Recordamos a Eduardo Martedí

"Aunque la vida perdió,
dejónos harto consuelo su memoria"

Eduardo Martedí, uno de los más firmes colaboradores de Herramienta, falleció el martes 11 de febrero, después de meses de una tenaz lucha contra el cáncer. Además de sus propias contribuciones para la revista, fue el corrector de los números publicados en los últimos años y corrector de estilo de los tres libros de más reciente edición. El miércoles 12, cuando se depositaron sus restos en el crematorio del Cementerio de la Chacarita, con la presencia de decenas de compañeros y amigos de Eduardo forjados en su trayectoria política y académica, su hermano Federico, amigos y compañeros de Herramienta, pronunciaron palabras de despedida que queremos reproducir en su homenaje.

Federico Martedí

Queridos camaradas: quería agradecerles a todos ustedes, en nombre de mi familia, de mi madre, de mis hermanos y de mis hijos el apoyo, la colaboración y el afecto que nos han dispensado a nosotros, y especialmente a Eduardo.

Les quiero señalar que todos los que están acá, en un mar de diversidad de opiniones, estuvieron durante décadas compartiendo el mismo sueño, la misma utopía, la misma mecánica que Eduardo y nosotros queríamos implementar para cambiar este mundo.

Por parte de nuestra familia y de los más cercanos amigos de Eduardo, los invitamos a este homenaje, no porque queríamos amontonarnos acá, sino porque pese a las opiniones de distinto tipo entre los presentes, hay una unidad, una forma de ser, una forma de pelear, una forma de existir, y eso es lo que queríamos que se reflejara.

Una vez a mi hermano un psicólogo lo puso ante la disyuntiva de que definiera con una palabra qué era. Eduardo podría haber dicho que era un buen hijo, un buen hermano o un buen amigo; pero le respondió: yo soy un militante. Como tal vivió y como tal murió, como un militante. Quizás como la expresión más acabada de un militante.

Eduardo, como muchos de nosotros, murió pobre, socialista activo, agnóstico filosófico y ateo convencido. Esto lo mantuvo hasta el momento final.

Eduardo no fue una persona común, no fue un mediocre. En el claroscuro de su personalidad existieron errores muy graves, quizás dramáticos, y virtudes sublimes. Esas virtudes sublimes son las que hacen que hoy estemos acá no reflejando el atavismo impúdico de una última despedida o algún adiós que él no puede conocer. Hoy estamos acá, camaradas, porque el recuerdo de lo que fue Eduardo nos unifica, porque compartimos lo esencial de su ser.

Eduardo murió como vivió: peleando, perdiendo y resistiendo. Quizás hoy en el epitafio de él no estén mejor puestas aquellas palabras del poeta inglés que dijo: aquí yace alguien cuyo nombre no fue escrito en agua.

Eduardito, nuestro querido y viejo Eduardito... sabemos y le damos el derecho de haberse llevado con él algo de nosotros. Yo afuera le decía a un compañero, porque me emocioné y se me cayeron lágrimas, que los hombres no lloran. Y este compañero me dijo: los hombres de palo no lloran. Así como le reconocemos el derecho a Eduardo de haberse llevado algo de nosotros, me otorgo el derecho a mí y a todos ustedes de poder derramar una lágrima para seguir combatiendo. Muchas gracias compañeros.

Andrés Méndez

No es fácil decir adiós a quien para nosotros, un poco mayores, fue siempre Eduardito.

Los que hacemos Herramienta, acompañamos el dolor de su familia..., que es nuestro propio dolor. Eduardo para nosotros fue un compañero de muchos años, muchos, de militancia, de lucha, de discusiones; a veces muy ásperas. Porque Eduardo era de discutir muy ásperamente; pero todos sabíamos que pasado el momento de la discusión, éramos los mismos camaradas, los mismos amigos que al empezar.

Para la revista fue un colaborador, un trabajador muy importante... Trabajó casi hasta el momento de su muerte. Uno de nosotros retiró ayer de al lado de su cama, los originales de los capítulos del libro que él estaba corrigiendo; con su cuerpo destrozado, a veces con caídas fuertes de ánimo, trabajaba casi como si hubiera estado en la plenitud de sus fuerzas.

Fue un camarada, un amigo y un compañero de tareas cuya falta ya estamos sintiendo demasiado.

Néstor López Collazo

Amigos: deseo leerles el correo electrónico con que Herramienta anunció embargado de dolor, a sus amigos y colaboradores la partida de Eduardito.

Hoy, después de larga lucha contra el cáncer, Eduardito encontró paz, pero en ese camino en los días anteriores encontró y reencontró amores, no solo el amor de los suyos, de su compañera, hermanos, mamá, sino el amor fraternal de amigos y compañeros de lucha. El domingo cuando ya la morfina le calmaba el dolor pero le nublaba la vista, brotó un rayo de placer de sus cansados ojos cuando le transmití cariños de los que lo querían, incluso desde lejos ya que había recibido un correo de John Holloway quien me mandaba cariños para Eduardito a quien admiraba como el corrector de su libro que le discutió párrafos enteros.

Eduardito se hacía querer y amar, porque tenía ese raro don de criticar con dureza, de polemizar sin contemplaciones, ácidamente pero combinándolo con respeto y cariño. Nos atraía su mente brillante, su crítica aguda y su capacidad para avanzar en el pensamiento superando viejos marcos teóricos y desde allí cuestionarse todo, y dudar y amar. Eduardito huía de la rutina como de la peste, ¿quien se podrá olvidar del desafiante trabajo que escribió recordándonos el esfuerzo vano de Sísifo siguiendo e insistiendo con la misma piedra y la misma montaña que no le permitía salir del mismo lugar?.

Mañana cuando nos encontremos para despedirlo, nos unirá el dolor y el amor a la vida porque Eduardito amó la vida y en ese amor encontró el de todos los que lo queremos. Con Eduardito muchos pierden algo de si, porque su pasión por la política lo llevó a abarcar múltiples actividades. Su pasión por el estudio lo encontró descollando en los ámbitos del Instituto Joaquín V. González y Herramienta no sólo pierde un colaborador extraordinario, sino un critico implacable, un verdadero insumiso, o sea un revolucionario adorable. Chau hermano. Néstor.

Hemos recibido innumerables correos electrónicos acompañándonos en el dolor. Han llegado desde Inglaterra, Francia, Suiza, México, Uruguay, EE.UU., Brasil, Colombia, España, así como del interior de nuestro país.

Gardel

Quería decir algunas palabras, representando un poco a los amigos más íntimos de Eduardito. Seguramente en lo que dijo Federico, en lo que seguramente piensan todos ustedes, está reflejada la importancia que Eduardo tuvo en nuestras vidas desde el punto de vista intelectual y militante. Yo quiero señalar, compañeros, que Eduardo fue mucho más. Desde mi punto de vista, quizás lo más importante: Eduardo fue un amigo. Un amigo leal y generoso. Marcelo me decía que cuando pasen los días vamos a sentir cada vez más que seremos un poco menos porque nos falta Eduardo, y yo, compañeros, creo que también cuando pasen los días nos vamos a sentir mucho más solos. Eduardo, hace algunos años, cuando leyó el libro La revolución es un sueño eterno, se enamoró de una cita, que repitió casi constantemente durante mucho tiempo. Debe ser porque encontró en esa cita un reflejo de su existencia, que fue la existencia de un inconforme, fue la existencia de un tipo que entregó su vida para la pelea, de un tipo que nunca buscó la satisfacción personal. No la necesitaba. Eduardo decía que se sentía representado en las palabras del libro de Andrés Rivera. Yo quiero despedirme de él con esas palabras: un revolucionario es el que pierde y resiste, pierde y resiste, pierde y resiste. Eduardo murió como vivió: resistiendo.

Marcelo Claros

Compañeros y amigos:

Seguramente lo que voy a decir a algunos le parecerá exagerado. No me importa. No sólo es el cariño y el amor que yo tenía por Eduardo lo que reflejo, cariño y amor que muchos de ustedes comparten; sino que además le tenía una profunda admiración. El primer sentimiento que yo tuve con Eduardo cuando lo conocí, en plena dictadura (él trabajaba en el Banco BIR y yo el Español), y que ayer rememorábamos con su mamá, fue admiración. Después conocí su desprendimiento, su coraje, su pasión, su inteligencia.

Yo creo firmemente que desde ayer a las 10 y media de la mañana, cuando falleció Eduardo, todos vamos a ser un poco peores. Algunos, mucho peores. Ahora que veo los rostros –no los conozco a todos–, pero a los que conozco les puedo preguntar ¿quién no se peleó con Eduardo? ¿quién de ustedes no discutió a los gritos con Eduardo?. Sin embargo lo amábamos profundamente, porque Eduardo era la pasión. Uno no discutía con una persona mezquina, con uno que peleaba por ganar posiciones; discutía ideas.

Quiero contar dos anécdotas. En la última etapa, con Eduardo nos juntábamos en su casa de calle Larrea y habíamos retomado el amor por la poesía del Siglo de Oro español. A Eduardo le gustaba citar y poner como títulos versos de Quevedo, como en su última publicación [1] , de Manrique, de Lope de Vega. Nos sentábamos a rememorar esa poesía, y un día a mí se me escapó decirle: (no le dije que la cita me hacía recordar a él, que pensé en él). Le dije que un revolucionario debía actuar como decía Plutarco. Discúlpenme la cita culterana, Plutarco dice en Vidas paralelas: "su virtud era que hablaba para la República de Platón, aunque estuviese entre las heces de Rómulo". Ese era el revolucionario y amigo Eduardo, hablaba para una sociedad futura, pensaba para una mejor sociedad; no le importaba que estuviera entre la mierda y la bosta; no le importaban las tácticas ni los puestos. Por eso era permanentemente crítico, por eso era el hombre con quien nos peleábamos. Jamás fue un conformista, siempre encontraba algo mal, y a pesar de discutir con él uno se iba con el convencimiento de que debía repensar el hecho.

Era una persona con una inteligencia prodigiosa, de una valentía hasta la intrepidez. Por supuesto, también era intolerante. Pero todo se lo perdonábamos porque volaba como las águilas, porque siempre estaba por encima nuestro; las bajezas las dejaba para otro. Quiero recordarlo así, con esa frase de Plutarco, que comentamos mucho. El la tomó como una consigna, inclusive como orador o como escritor (nunca tuvo miedo de usar palabras raras, para él era normal decir ideas que parecieran locas, provocar): "siempre habló para la República de Platón aunque estuviese entre las heces de Rómulo". Por eso era un revolucionario, no acostumbrado a conceder. Estaba convencido de que para acercarse a un ser humano no tenía que hacerlo con la ropa interior sucia, disfrazándose de populista, buscando el lenguaje soez o bajo, siempre buscó llegar con la verdad. Lo que algunos quizá tildaron de altanería, era su gran virtud. Quiero despedirlo con uno de sus poetas favoritos.

A él le gustaban mucho las Coplas a la muerte del padre, de Jorge Manrique, y quiero tomarla para despedirlo: Eduardo Martedí,

"Aunque la vida perdió,
dejónos harto consuelo su memoria"

 


 

[1] "Vos, que hacéis, repetir siglo pasado..." Herramienta Nro 20, Invierno del 2002