Tantos muertos y refugiados... ¿por qué?

Las encuestas en Francia muestran que el apoyo a la guerra en el Afganistán se desmorona. La prensa anglosajona dice que se desmorona en toda Europa. Y está lejos de ser unánime en los Estados Unidos, en donde hay agrupamientos ad-hoc así como también los sectores de la sociedad clásicamente de izquierda que continúan manifestando su oposición a las represalias, consideradas inadecuadas y más parecidas a una venganza que a una respuesta eficaz a los atentados. El gobierno de los Estados Unidos, con diversas amenazas contra los profesores que organizan discusiones en sus cursos trata, como lo hizo durante la guerra de Viet Nam, de criminalizar esta disidencia ideológica.

Pero el movimiento de opinión "anti" es demasiado amplio como para que los norteamericanos y los europeos, sin hablar de otros, dejen de plantear cuestionamientos. Porque las respuestas oficiales provenientes del gobierno de los Estados Unidos y repetidas por sus "Aliados" desde el comienzo aparecieron insuficientes para muchos. Y el curso adoptado por la guerra no puede más que reforzar las dudas iniciales.

En efecto, ¿qué vemos? Al país más poderoso del mundo bombardear a uno de los países más pobres, con el único resultado verdaderamente significativo hasta ahora de la huida de aproximadamente un millón y medio de civiles afganos de sus casas. Por modestas que fueran, eran sus hogares. Los más afortunados llegaron a los campos de refugiados de Peshawar en el Pakistán ya superpoblados: más de 2 millones y medio de personas incluso antes del 11 de septiembre. Los menos afortunados arribaron a los campos iraníes igualmente superpoblados en los que se han declarado la disentería y el cólera. Los aún más desafortunados vagan por las rutas del interior del Afganistán casi sin alimentos y librados a su suerte en el gélido viento del invierno que se inicia. Y los más infortunados quedaron encerrados en las montañas de Hazara, ahora inaccesibles, a la espera de morir de hambre y de frío.

Los periodistas balbucean sobre el número de muertos causados por los bombardeos norteamericanos. Un periodista de la BBC, el 25 de octubre, hablando de 15 muertos afganos civiles, dice: "soy escéptico, los talibán tienen tendencia a embellecer (¡!) la realidad y no nos mostraron los cuerpos". La misma desconfianza predominaba en el informativo de las 20 horas del 6 de noviembre de la cadena de televisión francesa internacional, pero por una razón diametralmente opuesta: los talibán "exhiben complacientemente los cadáveres de los niños". Muy por el contrario, no se cuestionó el número de las víctimas de las Twin Towers. Se nos dijo 5.000 y se repite 5.000; se dijo 6.000 y van 6.000; se recuenta y hay menos, pero no importa. Y nadie denuncia intoxicación o desinformación. No se reclamó ver los cuerpos. No se les reprocha a los norteamericanos por mostrarlos o por no mostrarlos. La diferencia se apoya en la muy repetida frase "No se puede tener confianza en los talibán", lo que implica que sí se puede tener confianza en los norteamericanos. Esta "doble medida" de los reportajes que se agrega a la "doble medida" con que se conduce la , tal vez pase desapercibida acá, pero no afuera de Europa y de los Estados Unidos, en donde habita la mayoría de los habitantes del planeta.

Pero a pesar del racismo inconsciente o calculado que impregna los reportajes, no se puede ocultar al público que la mayoría de las muertes no se deberán ni a los atentados ni a los bombardeos, porque el principal resultado de esta guerra, el más tangible, es haber arrojado a la población civil a las rutas sin que nadie sepa cuándo podrán volver a sus casas, si es que algún día puedan hacerlo. En el siglo xx, la guerra expulsó de sus hogares a millones de personas. Después de la Primera Guerra Mundial las grandes potencias acuñaron la doctrina del "reagrupamiento étnico" –precursora de la "limpieza étnica"– que supuestamente evitaría futuras guerras, e impusieron inmensos traslados de población en los Balcanes, con el resultado conocido. El estallido de la Segunda Guerra Mundial evidenció la ineficacia de esa doctrina y ella a su vez creó millones de "personas desplazadas". Luego, la ONU debió crear para ellas una de sus más grandes agencias: el Alto Comisionado para los Refugiados.

Esto es lo que retiene la opinión: hay millones de personas que no han hecho nada que se encuentran de golpe transformadas en mendigos y de las cuales van a morir millares.

Pero debe haber alguna razón, se dice la opinión. Sí, pero, ¿cuál es? ¿Cuál es el bien mayor que surgiría de su actual desgracia? ¿Cuál es el mundo de "después" y qué mejora tendrá que justifique este sacrificio o mejor dicho de esta tortura, porque quienes lo decidieron no son quienes la sufren?

Los Estados Unidos realmente no contestan estas preguntas. ¿La "lucha contra el terrorismo"? El secretario de defensa norteamericano Rumsfeld, admite que buscar a Bin Laden en las montañas es como buscar una aguja en un pajar y que probablemente no se lo encontrará nunca (algo que se le podría haber dicho desde el comienzo). Y sin embargo, éste es el objetivo declarado de la guerra: buscar y castigar a los culpables. Si no está Bin Laden en el horizonte, y aun menos delante de un tribunal ¿cuáles son los fines de la guerra? Nos han dicho que las "infraestructuras" de Al Qaida están destruidas. Muy bien. Pero nos dicen también que las finanzas de Al Qaida están intactas, porque no se las puede encontrar. Con Bin Laden en libertad y su plata en lugar seguro, y admitiendo que él es "el culpable", ¿qué les impedirá reconstruir las infraestructuras en otro lado? Entonces, nuevamente la pregunta: ¿cuál es el objetivo de la guerra? Muy rápidamente, el ataque al Afganistán, inicialmente "justificado" por su sostén a Bin Laden, en la retórica occidental pasó a ser un fin en sí mismo, una especie de beneficio colateral de la guerra contra Al Qaida: ya que estamos allí, aprovecharemos para voltear ese régimen odioso. Luego pasó a ser el único objetivo (hace tres semanas los talibán eran atacados porque se rehusaban a entregar al terrorista Bin Laden; como renuncian a encontrarlo, los talibán lo reemplazan en el rol de enemigo). Seymour Hersh, del New Yorker, se asombra de este subrepticio cambio de objetivo; William Ruspberry, del Washington Post, lo considera el signo de que no hay objetivo. En el gobierno francés, Huber Védrine, por ejemplo, ya no habla más del talibán; para él no hay más que "tropas terroristas" bajo las bombas.

El régimen talibán, no se hizo odioso de un día para el otro, lo era antes, y hay otros cuantos (regímenes odiosos). Pero, o bien se admite que ningún país tiene el derecho de voltear el gobierno de otro, como es el derecho internacional hoy día, o bien se decide que Occidente está encargado (por sí mismo) de una misión: reemplazar a todos los regímenes odiosos. Bien, pero en éste caso, ¿no haría falta un procedimiento para la evaluación de la "odiosidad" de cada régimen según criterios "universales" y un orden de prioridad? ¿Qué es la justicia sino un conjunto de reglas, presidida por la regla de que tales reglas deben ser iguales para todos? Lo contrario a esta regla eminente de la justicia es la arbitrariedad. Pero Occidente, que pretende hacer justicia, se arroga también el derecho de administrarla con la más absoluta arbitrariedad y según su propia conveniencia.

Dejemos este detalle de lado: acordemos el beneficio de la duda al Occidente. Una vez acabada la guerra, ¿cómo hará toda esa gente para volver a sus hogares? Todo el mundo habla del "post-talibán" como si esto fuera algo asegurado, una pequeña cuestión. Pero en principio, los "Aliados" no logran formar un gobierno alternativo al de los talibán. No menos de seis negociaciones están en curso en diversas capitales y ninguna solución está a la vista. Dejemos de lado también este "detalle". Admitamos que tal gobierno se forme. Pero preguntémonos ¿cómo podrá gobernar ese gobierno, impuesto por las potencias extranjeras? ¿Cómo logrará que no lo derroquen los rebeldes (que los habrá)? ¿Solamente gracias a una presencia militar extranjera importante sobre el conjunto del territorio afgano? ¿Y durante cuanto tiempo? Hace falta mirar las cosas de frente: solo una ocupación militar del Afganistán podría garantizar ese "post-talibán". Es un principio discutible ¿es ese el bien mayor por el cual habrán muerto muchos miles? Pero hasta inclusive dejemos esto, puesto que tantos principios han sido ya sacrificados por los "Aliados". Incluso si se adhiriera a este programa sin principios, es necesario preguntarse si es realizable. Porque nadie, ni los norteamericanos, ni la ONU, tienen medios y ganas de inmovilizar 500.000 hombres durante 10 años. Entonces, el "post-talibán" verdadero, el que debemos considerar, es el reinicio de la guerra civil a un nivel más intenso que el de "antes del talibán", gracias a la fuerte ayuda aportada por la Alianza del Norte. En cuanto a los refugiados, los que no mueran -pues habrá muchos muertos pero muchos mas sobrevivientes- quedarán como refugiados por el resto de sus días. Y la nueva guerra civil producirá nuevos refugiados.

Pero entonces ¿para qué sirve la guerra? Se buscan razones verdaderas, aunque no sean válidas, como si el espíritu prefiriera malas razones a ninguna explicación. En el caso del Afganistán se invoca el interés geoestratégico de los norteamericanos por el famoso proyecto del oleoducto. Con esto, se atribuye a los Estados Unidos intenciones, cínicas e inmorales por cierto, pero racionales. Algunas notician hacen pensar que posiblemente sea concederles demasiado. En efecto, Rumsfeld se pregunta nuevamente y en voz alta cuál es el próximo blanco de la "guerra contra el terrorismo": el piensa en Somalia, en tanto que su adjunto Woolfoiwod, se inclinaría por un país no musulmán como Colombia, por ejemplo, tanto como para cambiar. E Iraq, el Yemen o Filipinas, entre otros, serían los siguientes en la lista. Pero en la mayor parte de estos países no hay ni petróleo ni oleoductos en la mayor parte de estos países. ¿Irán sin embargo a hacer la guerra a esos lugares, como en el Afganistán y para iguales resultados?

No se puede dar crédito al objetivo de "erradicar el terrorismo", un proyecto muy poco creíble por lo irrealizable y, por otro lado, abandonado de hecho. Entonces ¿cuál es precisamente el objetivo que persiguen los Estados Unidos? El mundo necesita saber para qué las bombas, para qué los muertos, para qué los refugiados.


El artículo fue enviado por las autoras para su publicación en Herramienta gracias a la atenta colaboración de Jacques Texier, cofundador de Actuel Marx. La traducción del francés fue realizada por Marita López.