Apuntes para el debate sobre el papel de las revistas de izquierda

Les envío algunos apuntes sueltos para la discusión. No son exhaustivos, apenas traté de ordenarlos un poco, y se basan exclusivamente en los tres materiales tomados como puntos de referencia.

Una cuestión metodológica

El punto de partida de Anderson para discutir la importancia de una revista de izquierda en nuestros días, y eventualmente el perfil que debería tener, me parece el punto de partida correcto. Si la situación política se modifica (la situación política de comienzos de los sesenta, en el caso de los orígenes de la New Left Review a los que se refiere Anderson), una revista puede desaparecer o, en caso de seguir existiendo, seguramente deberá modificar su perfil. Chesnais también parte de un punto de partida semejante para evaluar la importancia y el perfil de Carré rouge y de las discusiones programáticas que propone desarrollar. Pasemos entonces a la caracterización de la situación política.

De la situación política

La descripción de Anderson de la situación política de los noventa me parece, en principio, esencialmente correcta en sus líneas fundamentales (consolidación del predominio norteamericano, alineamiento de la socialdemocracia europea con el neoliberalismo, retroceso japonés, debilidad de la resistencia de masas a la transición capitalista en la ex URSS, consolidación general del neoliberalismo a la manera de tercera vía, emergencia de un nuevo orden mundial político asociado). Sólo hay en su caracterización dos problemas: a) una cierta unilateralidad y exageraciones en cuanto a la ausencia de luchas sociales y a la hegemonía neoliberal (por ejemplo, cuando asocia el neoliberalismo a "la ideología más exitosa de la historia mundial" desde la Reforma), y b) un marcado eurocentrismo (salvo alguna alusión a la periferia, no menciona luchas sociales que no pueden estar ausentes en un balance de la situación política de los noventa, como el zapatismo o el MST).

Me parece que hay que tener cuidado con estas caracterizaciones por una razón muy sencilla: se corre el peligro de identificar la debilidad/ausencia de luchas sociales desarrolladas por sujetos tradicionales, bajo formas de organización tradicionales y con modalidades y programas de lucha tradicionales, con la ausencia/debilidad de luchas sociales sin más. Creo que las exageraciones de Anderson vienen de ahí. Considero que, en períodos de grandes cambios como el presente, hay que hacer un esfuerzo, siempre muy difícil, para evitar que las eventuales luchas sociales de nuevo tipo que se desarrollen no nos resulten invisibles simplemente porque las seguimos abordando con categorías tradicionales.

Tareas de una revista de izquierda

Anderson rechaza con razón a la vez las tendencias conformistas y las tendencias nostálgicas de buena parte de la izquierda. Pero su formulación de la tarea de una revista de izquierda es problemática: "realismo intransigente", "espíritu de ilustración, antes que los evangelios", etcétera. ¿Qué significa todo eso? Si significa reivindicar el rigor intelectual contra las ilusiones y dogmatismos reinantes, es obviamente correcto. Pero el marxismo de una revista no puede apuntar a la ilustración ni al realismo, sino a la crítica; no puede asumir –como parece hacerlo Anderson, de manera positivista– que una cosa es la ciencia de la revista y otra las conclusiones morales de sus editores y de sus lectores. La noción de crítica marxista, que debería orientar a toda revista de izquierda, no puede reconocer esa escisión.

Petras, la apología de la barbarie

Petras critica, acertadamente, cierto "derrotismo" y cierto "academicismo" que en efecto se encuentran en Anderson. Pero es casi el único punto en el que acierta: el resto de su intervención es un muestrario de vulgar populismo y anti-intelectualismo propios de un intelectual (porque las dos cosas, paradójicamente, son aberraciones propias de algunos intelectuales) perfectamente ajenos al marxismo. En toda la tradición marxista, desde Marx y Engels, desde los marxistas aparentemente más alejados de la militancia política (digamos Adorno o Shaikh) hasta los marxistas más comprometidos con esa militancia como Lenin o Trotsky, se reivindica a cada paso la importancia decisiva de desarrollar la crítica teórica rigurosa del capitalismo. El discurso anti-intelectualista de Petras, en cambio, es simple populismo anti-marxista. Daré a continuación algunos ejemplos.

Petras rechaza sin más algunos de los aportes más importantes del marxismo del siglo XX:

Althusser y sus seguidores elaboraron un andamiaje intelectual carente de todo significado operativo, un conjunto de proposiciones abstractas de elegante deducción lógica, pero irrelevantes para las luchas prácticas o la realidad concreta. (...) Poulantzas y Milliband se enfrascaron en debates teóricos que contribuyeron a ampliar la comprensión de las esferas de lo "político" y lo "cultural", pero al mismo tiempo ignoraban el problema del imperialismo, particularmente del Estado imperialista. (...) Leyendo los debates entre Milliband y Poulantzas sobre el Estado capitalista, uno nunca podía enterarse de que los más importantes recursos ideológicos y económicos e instituciones del ‘Estado capitalista’ de los Estados Unidos estaban involucrados en una importantísima guerra imperialista.

No importa en este punto qué posición tengamos acerca de esta o aquella corriente de pensamiento dentro del marxismo. Lo importante es advertir que Petras menosprecia así los grandes avances realizados por la teoría marxista del Estado durante los sesenta, disparados en su conjunto justamente por el debate Milliband-Poulantzas y realizados después de cuatro décadas (más o menos, desde los aportes de Gramsci, de los consejistas como Korsch y de los opositores de izquierda rusos como Pashukanis) en las cuales dicha teoría se encontró prácticamente estancada. Petras prefiere quedarse, sin duda, con alguna versión rudimentaria de los apuntes de Lenin sobre el Estado (muy cuestionables en sí mismos) o, peor aún, con la concepción estalinista posterior acerca de la fusión entre el Estado y los monopolios. Una concepción instrumentalista semejante del Estado es, justamente, la implícita en su concepción vulgar, conspirativista y no marxista, del imperialismo.

Algo semejante puede decirse de su juicio sobre Althusser, que ignora sin más, por ejemplo, sus aportes a la teoría de la ideología. Pero incluso podemos preguntarnos: ¿qué quiere decir Petras con "significado operativo"? ¿Supone alguna concepción instrumental del conocimiento, característica de la racionalidad instrumental burguesa y su compromiso con la manipulación de los humanos y la naturaleza (racionalidad de la cual el estalinismo es un perfecto exponente, dicho sea de paso)? ¿Y qué entiende por "realidad concreta"? ¿Supone alguna concepción de la realidad como cosa físico-empírica, propia del positivismo burgués (y del Diamat soviético, también de paso)? Seguramente esto es así, porque los propios trabajos de Petras (como el publicado por Herramienta acerca de las ocupaciones de tierras del MST) no superan en nada a las clasificaciones de la sociología empírica burguesa.

Petras tiene además una curiosa idea de la lucha revolucionaria. Es una idea sumamente estrecha, como queda en claro cuando, con un tono puritano propio de algún socialista del siglo XIX (o algún estalinista del XX), condena a la "izquierda del tipo ‘rock, sexo y drogas’", a Burroughs y Ginsberg, a los "‘estilos de vida’ radicales", al "pseudo-ethos de anti-trabajo", a "las posturas de vanguardia de la elite de los Cahiers du Cinema y en la Nouvelle Vague", etcétera, de los sesenta y setenta. Petras posiblemente prefiera el realismo socialista y la ética del trabajo stajanovista... (Recordemos aquí que el dicho "sobre gustos no hay nada escrito" es falso: las formas estéticas y la cultura pueden y deben ser objeto de crítica, como nos enseñaron varios de los marxistas del siglo XX que Petras ignora, y la ética del trabajo y el realismo socialista que deben "gustarle" a Petras son decididamente reaccionarios). Pero lo importante es notar que Petras ignora cualquier vínculo entre este tipo de fenómenos estéticos y culturales y la lucha de clases. Y a la vez su idea de la lucha revolucionaria es sumamente amplia, como queda claro en cada una de las innumerables veces en que reivindica las luchas del "Tercer Mundo" (una palabreja impropia de marxistas, dicho sea de paso), sin detenerse a analizar ni una sola vez la naturaleza específica de esas luchas, ni sus proyecciones, ni sus resultados efectivos.

Finalmente, Petras es decididamente estalinista:

Estas mejoras socioeconómicas y políticas en la Unión Soviética pasaron inadvertidas para importantes sectores de la Nueva Izquierda, que continuaron desplegando su anticuada retórica "anti-estalinista" en lugar de realizar un análisis ponderado de la compleja y contradictoria realidad soviética. (...) la semilla que llevaría a la catástrofe rusa de los noventa fue sembrada en la estalinofobia de los sesenta y setenta. (...) La importancia del bloque soviético consistió en un contrabalanceo del poder imperialista de los Estados Unidos, un mercado alternativo, fuente de comercio, inversiones, préstamos y armas; resultaba estratégicamente importante como sostén de los países no alineados, y algunos regímenes revolucionarios, aún cuando impusiera anteojeras y en algunos casos políticas destructivas para aquellos partidos que lo secundaban.

En primer lugar, Petras reclama a la nueva izquierda el no haber realizado un análisis ponderado, pero no indica de qué manera debía ponderar esa nueva izquierda, por ejemplo, los millones de muertos y deportados por el estalinismo. Seguramente, Petras habrá realizado ya alguna grilla donde, por ejemplo, el ítem "ejecución de zar y zarina" sea equi-ponderado a "asesinato de 100.000 campesinos", y así sucesivamente. En segundo lugar, peor aún, Petras festeja la reaccionaria lógica de "elegir un campo" que encerró la lucha de clases durante la guerra fría –lógica según la cual la crítica del estalinismo es complicidad con el capitalismo–. Su apología acrítica de Cuba (salvando, por supuesto, las distancias entre el estalinismo soviético y la burocracia castrista) y de las FARC (cuya orientación ideológica adivinamos bastante estalinista) es la consecuencia de este enfoque.

En resumen, ninguna tarea para una revista de izquierda puede contraponer Petras a la propuesta por Anderson para la NLR, puesto que de hecho no reconoce la necesidad de ninguna elaboración teórica y en cambio se limita a insistir en los viejos y reaccionarios mitos populistas. Sin embargo, me detuve en su intervención justamente porque me parece que una tarea importante para una revista de izquierda en nuestro medio se sigue implícitamente del texto de Petras: esa tarea es criticar sin miramientos concepciones como la de Petras, tan extendidas en nuestra izquierda.

Chesnais, o a mitad camino

El aporte de Chesnais contiene varios aciertos importantes y cuenta además con la ventaja de tener un perfil mucho más militante que el de Anderson.

Su punto de partida es, en nuestra opinión, evidentemente correcto:

Ninguna corriente política o sindical seria, que tenga la meta de luchar por terminar con el capitalismo codo a codo con millones de mujeres y de hombres cuya adhesión debe ser obtenida (y no la construcción de una secta o de una iglesia milenarista), puede seguir diciéndose "armada del programa".

Podría incluso radicalizarse este punto de partida y sostener que incluso los propios criterios de delimitación entre corrientes políticas (entre trotskismo, maoísmo, guevarismo, etcétera) entraron en crisis junto con la crisis de esos programas y ya no deben ser empleados para delimitar ideológicamente a las organizaciones revolucionarias.

Lo mismo vale para su afirmación del carácter histórico de todo programa:

Ninguna de las respuestas dadas a estos puntos desde el Manifiesto de 1847 puede ser considerada como inmutable, como si fueran definiciones dadas de una vez y para siempre, ni siquiera en sus "grandes líneas". Todas son, en grados diversos pero siempre importantes, históricamente determinadas.

Y lo mismo vale, en contrapartida, para su crítica a la osificación de los programas (se refiriere a la tradición trotskista, pero puede generalizarse):

Según la experiencia que hemos vivido, mucho tiempo después de que esas obras fueran escritas y en contextos políticos ya muy cambiados, recibieron el estatus de textos programáticos básicos, incuestionables o más bien intocables, como si fueran, diciéndolo más claramente, las "tablas de la Ley". Ello a pesar de que, como está dicho explícitamente en el texto de 1938, el Programa de Transición fue redactado en relación con una serie de acontecimientos y experiencias políticas muy específicas y para un período histórico determinado.

El problema con el aporte de Chesnais es que, por así decirlo, sus críticas tienden a quedarse "a mitad de camino" en muchos puntos clave. Veamos un par de ejemplos. Chesnais sostiene (obviamente, con razón) que las características del capitalismo mundial en la época de redacción del Programa de Transición eran distintas a sus características actuales (habría que discutir, de todas maneras, si eran correctas las entonces identificadas por Trotsky para esa época, pero esto es ahora secundario). Y cuando aporta elementos para un nuevo programa, afirma:

Hablar de neoliberalismo y no de capitalismo y propiedad privada de los medios de producción, de comunicación y de cambio, significa que aún hay en la configuración del imperialismo (la mundialización del capital), posibilidades para regular al capitalismo sin tocar la propiedad del capital...

Chesnais entiende que este capitalismo de la "mundialización" es distinto del capitalismo de los años treinta, por supuesto, pero su crítica se queda a mitad camino en la medida en que (de la misma manera que Trotsky a fines de los treinta) trata de derivar el programa de "imposibilidades objetivas" del capitalismo (Trotsky, de la imposibilidad de un ulterior desarrollo de las fuerzas productivas, Chesnais, de la imposibilidad de "regulación" sin tocar la propiedad privada). Pero el peligro radica en que esta supuesta nueva imposibilidad (como la anterior) no sea tal y sea derribada por el desarrollo del capitalismo, y el nuevo programa basado en ella quede obsoleto antes de ser puesto en práctica. Lo que me parece que habría que discutir es la idea misma (en el fondo, determinista) de que el programa debe descansar sobre supuestas "imposibilidades objetivas" del desarrollo capitalista, antes que simplemente dedicarse a suponer nuevas imposibilidades.

Algo semejante puede decirse de su consigna de los "Estados Unidos socialistas y democráticos de Europa" y del problema de las relaciones con los Estados Unidos. Esto está muy poco desarrollado aquí, pero en otros textos Chesnais parece caer sin más en la tesis de que existe una suerte de hegemonía mundial del capital financiero asociada con la imposición de un modelo anglosajón de capitalismo rentístico y parasitario encabezado por los Estados Unidos. Entre esta tesis, derivada de las concepciones más tradicionales del imperialismo, y un chovinismo europeo de nuevo tipo hay apenas un paso. Todas estas son cosas que, me parece, deberían ser sometidas a crítica con más profundidad.

Bueno: espero que estos apuntes sirvan para la discusión.

Un abrazo a todos.