¿Avance o retroceso?

A Maxi y Darío

En febrero escribimos "Coyuntura inédita, situación compleja"[1]. Nuestro trabajo finalizaba así: "Por ahora, gobierno débil, y coordinación y fuerza de las demandas re-expropiatorias, con nuevas formas organizativas de lucha". Decíamos también: "El descubrimiento de la propia capacidad política puesta en acción ha colocado sobre la mesa de discusión al Estado y al capital (no a sus fundamentos)."

Frente a los resultados de encuestas y a la experiencia de la participación en las asambleas y otras formas de expresión de los movimientos populares se discute la vigencia de la consigna "que se vayan todos". Algunas encuestas marcan aumentos en la voluntad de participación en el amañado proceso electoral lo que señalaría un debilitamiento de la consigna, otros interpretan que hay un descenso en la participación asamblearia pero que la consigna sólo está "callada".

No es mi intención aquí opinar sobre esto, sino más bien reflexionar sobre qué tipo de situaciones se han generado durante este proceso con relación al Estado. Qué tipo de conductas podemos apreciar conforme sean las visiones de frente al Estado. Qué vinculaciones habría entre los distintos tipos de conductas. Qué tipo de conductas pueden ser más o menos conducentes para un proceso más favorable o, al menos, menos desfavorables para los sectores excluidos y expropiados.

Para ello trataría de aproximarme a tres cuestiones: la exclusión, la política y las visiones del Estado.

La exclusión

Algunos amigos sostienen que es preferible la palabra pobre a la palabra excluido, sostienen que la pobreza es una exclusión en una inclusión en el sistema. Como me parece que no se trata de una cuestión terminológica sólo diré porqué prefiero referirme a los excluidos. Me parece que estamos hablando de una forma histórica de individualidad que no es la misma del pasado ya sea por razones de magnitud, ya sea por razones estructurales. Creo que esta pobreza es ya una estructura, diría, con sus propias leyes de funcionamiento, que genera sus propias relaciones o vínculos sociales. No estamos hablando de la mendicidad (los pobres que hubo siempre) ni estamos hablando de algo marginal y temporal (la pobreza de las crisis cíclicas) ni tampoco del ejército industrial de reserva (no veo que así sea después de tres generaciones de excluidos). Creo que este nuevo tipo de pobre puede definirse centralmente como excluido de la producción; por lo tanto, de la propiedad (no tiene la propiedad de su fuerza de trabajo, porque no la puede realizar); por lo tanto, del mercado (sólo los propietarios van a mercar); por lo tanto, del contrato; por lo tanto, del consumo. No es ya que no sea propietario de los medios de producción sino ni de sus propias fuerzas y habilidades.

La lista de las exclusiones implica la de la salud, la educación y las propias condiciones para el ejercicio de la ciudadanía. La migración forzada implica la exclusión de la ciudadanía. La indiferencia fomentada, deliberadamente o no, por la degradación de los mecanismos representativos, es decir, la "apatía política" implica la exclusión de la ciudadanía.

Por un lado, cabe señalar, que no todas las exclusiones se dan al mismo tiempo en un mismo individuo (aunque en algunos sí y éstos se mueren, incluso antes de nacer), por otro, la exclusión no siempre responde a las mismas causas. Hay exclusión de la producción causada directamente por la revolución producida por la incorporación creciente de la inteligencia artificial en desmedro de la incorporación de energía "física", pero en otros casos, indirectamente vinculado con aquél, por los procesos expropiatorios en muchas regiones del planeta. Es el papel de la expropiación por el capital financiero a través del endeudamiento, el control de la moneda, etcétera. No es éste el lugar para tratar de ello, sólo quiero decir que, habiendo distintas formas, grados y causas de exclusión, lo característico que nos permitiría hablar de un "tipo" es la no-producción.

La política

Me parece que, ante la evidencia de que las decisiones que afectan la forma de vida de grandes grupos humanos desde los diversos centros financieros trans y supra nacionales, es hora de dejar de definir la política en relación con el Estado. Ya no hace falta leer entre líneas cuáles son las decisiones políticas que exigen los organismos de los acreedores. Si las decisiones que afectan u ordenan las conductas de grandes grupos humanos ya no se toman, o apenas se toman desde el Estado, entonces es posible pensar que la política se puede generar en otro ámbito que no sea el jurídico-estatal.

El Estado

Creo que, salvo que uno conciba al Estado como un conjunto de normas y procedimientos –cosa que puede hacer un jurista–, se pueden tener al menos dos visiones del Estado. Una, como personificación del pueblo o de la nación, personificación de una comunidad asentada en un territorio, con una historia común, algunas tradiciones, lengua y cultura común, con un gobierno que nos representa –a los miembros de esa comunidad–, cuya legitimidad está dada porque como miembros asociados hemos elegido a las autoridades que lo componen. Otra visión, menos ingenua, puede ver la existencia de un grupo de individuos que ocupan un lugar desde donde se toman, por cuenta propia o por encargo, decisiones que ordenan la vida de los miembros de la población, es decir gobiernan y deciden sobre los mecanismos electorales que hacen posible su propia elección o, lo que es lo mismo, autogeneran su legitimidad para mantener su profesión política. Para decirlo de otra manera, una clase de individuos privados que se atribuyen la representación de los miembros de una comunidad. O, más simplemente, los que mandan.

Por último puede, a la vez, participarse de las dos visiones. Es decir, pueden aparecer, dentro de un mismo grupo humano, simultánea o alternativamente los dos aspectos. Propongo llamar a la primera idea Estado como nación y a la segunda Estado como gobierno.

Frente a la actividad del Estado se hallan no sólo nuestras ideas sino nuestra práctica positiva, cualquiera sean nuestras ideas respecto a ella.

a) Si la idea que se posee, sobre ese núcleo de relaciones sociales que conforma el Estado, es la de que "encarna" la nación o la voluntad del pueblo a través del sistema representativo, es decir, la visión del Estado como nación, nos podemos encontrar en dos situaciones: i) la primera, intentar actuar desde el Estado, es decir, desde esa estructura organizada cuyos procesos cumplen la función de gobernar. Así, para ello, grupos de excluidos en el ámbito económico (producción, mercado, consumo, propiedad personal, ahorro), cultural (educación, información, comunicación), político (derechos ciudadanos, derechos humanos), social (derechos etarios, de género), sanitario (calidad de vida, medio ambiente), pueden intentar, individual o colectivamente, en forma de partidos políticos, movimientos sociales u organismos no gubernamentales, buscar insertarse en ese mecanismo representativo para defender o lograr los bienes de que están excluidos. Esta opción aparece en varios movimientos sociales, con algunos éxitos muchas veces limitados por la función clientelar del mismo sistema de producción de legitimidad representativo. ii) La otra situación es la de creación de nuevos vínculos económicos, sociales, culturales y hasta políticos, operando colectivamente a pesar de la actividad estatal, es decir, a pesar de la acción excluyente y expropiatoria del grupo gobernante (clase política) aun considerando al Estado como representación de la nación, aun considerando que el Estado sintetiza la comunidad pero, en la práctica prescindiendo de intentar la participación en sus mecanismos, lo que no significa no tener relación con ellos. Este tipo de situación "a pesar de" aparece en casos de cooperación productiva de viviendas, de bienes de consumo, de trueque, de instalación de unidades sanitarias, de comedores escolares, de ollas populares, de apoyo a cooperativas escolares, de periódicos y radios barriales, de rescate de fábricas, de redes solidarias y de tantas expresiones de ese tipo bien conocidas y largas de enumerar. Digo que crea también nuevos vínculos políticos en dos sentidos: en tanto esos agrupamientos establecen normas de conducta generales para el grupo y en tanto generan formas institucionales productoras de esas normas organizativas: las asambleas. Algunos de estos casos son ya emblemáticos. La generación de esos "espacios", no necesariamente territoriales, resiste la exclusión en ese espacio de relaciones sociales y genera otras nuevas. En la medida que estas nuevas relaciones sociales crecen, la propia práctica debilita la capacidad expropiatoria del Estado, le resta bienes materiales e inmateriales a la expropiación. Genera una nueva capacidad. Pero, a la vez, generando relaciones comunitarias, debilita la ilusión de comunidad que detenta el Estado, aparece una comunidad no ilusoria, no trascendente sino inmanente.

b) La idea, la noción, la intuición con que los excluidos pueden vincularse con el estado puede ser, a la vez, la de hacerlo con un Estado como "ilusión de comunidad", representativo del pueblo o la nación y la de hacerlo con un gobierno como grupo organizado para eso, para gobernar. Es decir una visión a la vez, del Estado como nación y del Estado como gobierno. Se puede agregar, entonces una situación de los excluidos frente al Estado, no desvinculado, sino enfrentado. Esta situación podría expresarse en dos tipos de acciones: la primera, demandando la provisión de bienes y servicios (materiales e inmateriales), salarios de desempleo, planes de trabajo, subsidios, alimentos, ropa, útiles escolares, medicamentos, etc. En muchos casos lo logrado es administrado al interior del grupo y gestionado para logros en la situación de "a pesar" del Estado. Es decir que no sólo se limita la actividad expropiatoria del Estado sino que genera otras capacidades, coincidiendo así con los resultados del otro tipo de situación descrito como relación a pesar del Estado (véase el punto a), ii)). Pero también al hacer esto, a la vez, en una segunda acción, se demanda, se exige, el ejercicio de la representación. Si al demandar bienes se está interpelando al gobierno en su poder de detentador de los mismos, es decir, como grupo que dispone de ellos, que actúa como propietario-poseedor de ellos, al interpelarlo como representante de la comunidad le está recordando su obligación como tal representante. La posición en que se ubica el excluido, individual o colectivamente, es la de un miembro de la comunidad representada frente a sus representantes pero entendiendo que, además, ellos, "sus representantes", son quienes disponen de los bienes. Este enfrentamiento genera la contradicción entre la acción del Estado, cuya función es la de la exclusión de los representados en el poder político (para que se queden los representantes) y de la expropiación de bienes en el terreno económico (a través de la función fiscal, el endeudamiento público, el manejo de los ahorros públicos, la devaluación monetaria, las políticas de flexibilidad salarial, la privatización de los bienes sociales, etcétera) con su aspecto de representación del bien común de la comunidad. Contradicciones entre su aspecto público con su carácter privado, entre su aspecto incluyente con su función excluyente, entre su aspecto de representación y su acción de dominación,  entre su aspecto de Estado como comunidad y su función de gobierno como clase. Contradicción, en suma, entre la idea de Estado como nación y la de Estado como gobierno. En este tipo de vinculación no sólo se limita también la acción expropiatoria, sino que se pone en tela de juicio la legitimidad de la representación, a través de su propia práctica.

c) Por último, si la visión con que se encuentra el excluido es la del Estado como frente a una organización de un grupo humano cuya función es la de la expropiación y la autoconservación a través del mecanismo de la producción de legitimidad representativa, –Estado como gobierno– su acción puede ser la de una posición contra el Estado, en defensa de su auto-conservación o, al menos, su supervivencia. No necesariamente sería ésta una situación consciente, ni tampoco necesariamente una actividad de violencia armada. Esto último podría llegar a serlo en caso de defensa de la supervivencia (y difícilmente sea provechoso en esta relación de fuerzas) y lo primero sólo por intuición, acumulación de experiencia práctica o algún grado importante de información. Pero también resultado práctico de cualquiera de otras posiciones iniciales de las del tipo de las descritas anteriormente. Su ventaja consiste, quizá, en conocer el límite y la potencialidad de la propia fuerza. En saber que es necesario apoyarse en el "a pesar de" y desarrollar las formas complejas de organización autónoma (lo que no quiere decir desvinculada de la realidad que significa la existencia del Estado en sus dos aspectos). Dicho de otro modo, la conciencia práctica de su exclusión. Si en el "a pesar de" hay una especie de indiferencia, este "contra" significa, además de organizar su supervivencia, ese aspecto constructivo inmediato, una negatividad liberadora de la ilusión de comunidad. La necesidad de un nuevo orden más amplio, de un nuevo orden aún dentro del viejo, la probabilidad de una anticipación en el tiempo, una estrategia. A la vez que se construye sobre la lógica de la supervivencia, sin desplazar las aspiraciones a un mundo de un "más allá" futuro, genera elementos, condiciones de posibilidad de "comunidad regulada" en la tierra, no en el cielo. El aspecto negativo de las luchas contra la contaminación del medio ambiente contiene el aspecto positivo de la probabilidad de construcción de un medio no contaminado; el aspecto negativo de la lucha contra la propiedad privada de los medios de producción fundamentales (la información, la comunicación, los conocimientos científicos) contiene el aspecto positivo de la probabilidad de disposición social, común, de esos bienes; el aspecto negativo de la lucha contra la apropiación privada los medios de producción políticos de legitimidad (toda la maquinaria representativa electoral) contiene el aspecto positivo de la probabilidad de generar formas complejas y flexibles de organización institucional, de autoorganización, autogestión y autocontrol. Las conciencia práctica de los límites históricos de este Estado-Nación como "comunidad ilusoria" abre la probabilidad de una universalización compleja de las relaciones humanas.

Naturalmente ninguna de estas prácticas de vinculación con el Estado aparece en forma pura, ni en una forma cronológica ordenada. Pueden darse simultáneamente, en mayor o menor grado de intensidad, en territorios más o menos amplios. Éste es el desafío para la acción colectiva y ésa es la razón para que las formas de su organización no puedan ser simples, reductivas, sino complejas. Si la abstención electoral, por ejemplo, es una forma de acción colectiva contra el Estado en un momento determinado (y sería el grado más alto de la lucha), ella puede ser provechosa si, y sólo si, su acción efectiva debilita al gobierno. En este caso esa debilidad, aunque no existieran condiciones para un nuevo orden, posibilitaría la profundización de las demandas, es decir las vinculaciones frente al Estado, cuyos resultados, lo vimos, debilitan el poder expropiatorio e ideológico del grupo dominante. Es decir, generaría una nueva relación de fuerzas. Si, por el contrario, su papel fuere intrascendente, la generación de una acción colectiva de presencia contundente que pretendiera un espacio en el propio modo de producción de legitimidad representativa, es decir desde el Estado, podría intensificar las demandas frente al Estado debilitando sus funciones a la vez que permitiría desarrollar nuevas relaciones a pesar del Estado. Nada de esto es especulación. Muchas de estas cosas han ocurrido antes y después del 19/20 de diciembre; mucho más después de esos días. El resultado es un gobierno débil, incapaz de gobernar, incapaz de seguir manteniendo el ritmo expropiatorio, incapaz de seguir manteniendo la ilusión de comunidad.

Situación compleja, mucha gente descree de la clase política, pero parece que mucha quiere votar.

Coyuntura inédita, en la debilidad casi absoluta de un gobierno que no gobierna ni a los banqueros, ni a los exportadores, ni a las privatizadas, ni a las fuerzas armadas y de seguridad, ni a las mafias. Tampoco puede juntar su propia tropa. Pero tampoco puede parar la ocupación de establecimientos autogestionados.

El gobierno no maneja la recaudación fiscal ni la moneda. Tampoco, ni aun asesinando, puede frenar la generación, no sólo de nuevas relaciones colectivas-cooperativas, sino de los nuevos vínculos de solidaridad de buena parte de la sociedad civil no excluida o no totalmente excluida.

Se siguen produciendo situaciones complejas e inéditas que requieren respuestas colectivas complejas e inéditas. Estas respuestas no pueden, me parece, ser coyunturales, sino estratégicas, de ofensiva a más largo alcance aunque, por el momento, no pasen de ser defensivas-constructivas. Ni avance ni retroceso: avances y retrocesos, pero no statu quo.

Quizá sea bueno traer aquí a Ernst Bloch. Recordaba Sergio Rostagno [2] que en una lección inaugural Bloch se preguntaba "¿Puede la esperanza ser decepcionada?", y respondía: "ciertamente". A lo que Rostagno acotaba: "La esperanza puede también ser desilusión porque no es ilusión o evasión de la realidad. La verdadera esperanza debe asumir la desilusión para no devenir en una especie de compensación psicológica o una fe ciega en un dios que finalmente pondrá cada cosa en su lugar... La esperanza de la que Bloch nos quiere hablar será entonces una ‘esperanza fundada’... Pero la esperanza fundada no es precisamente una esperanza garantida."

Octubre de 2002


[1] E. Logiudice, "Coyuntura inédita, situación compleja. Bancarrota del Estado recaudador", revista Herramienta, Nº 19, Buenos Aires, otoño 2002, pág. 69.

[2] Sergio Rostagno, "Utopia e regno di dio" en VV.AA., Ernst Bloch, teologia, utopia e coscienza anticipante, Bolonia, Capelli Editore, 1985, págs. 29 y 30.