Gramsci, Arendt y la revolución (primera parte)

 

Gramsci y la revolución rusa

El proceso revolucionario que se desarrolla en la Rusia entre febrero y octubre de 1917 y sus consecuencias, constituyen la espina dorsal y atraviesan toda la producción periodística de Gramsci, al menos a partir del artículo Nota sobre la revolución rusa [1].

El tema central de este artículo puede resumirse así: ¿la revolución rusa de febrero es una revolución proletaria o es una revolución jacobina (que para el Gramsci del período en consideración es sinónimo de burguesa)?

Pese a la escasez de noticias disponibles a causa de la censura de guerra, Gramsci logra marcar al rojo vivo la distinción fundamental entre la revolución como hecho, como evento en que el poder autocrático del zarismo fue substituido por un poder "aún no bien definido", y la revolución como "acto proletario" que "naturalmente debe desembocar en el régimen socialista".

Revolución de los soviets y libertad

Hacer una analogía entre revolución rusa y revolución francesa, para el Gramsci de 1917 es totalmente equivocado. Es sólo fruto directo del análisis interesado que hace la prensa burguesa: en realidad "la revolución rusa ha ignorado el jacobinismo" por cuanto su objetivo no fue la conquista de la mayoría mediante la violencia, sino más bien el derrocamiento de la autocracia zarista.

Acá se está ante uno de los temas centrales de la reflexión ético-política gramsciana en esta fase: la burguesía no tiene fines universalistas, no piensa en plural, piensa sólo para sí misma. Por ello, cuando hace la revolución, la hace por sus propios intereses, ejerciendo una doble violencia: la primera para destruir el viejo orden, la segunda para imponer uno nuevo.

Sustancialmente, la revolución burguesa reemplaza un régimen autoritario con un régimen autoritario. En cambio, "la revolución rusa destruyó el autoritarismo y lo reemplazó con el sufragio universal, extendido incluso a las mujeres". Los revolucionarios rusos reemplazaron con la libertad al autoritarismo, están dando al proletariado ruso la posibilidad de expresarse, mediante el sufragio universal, sobre cual será su futuro:

(...) los revolucionarios socialistas no pueden ser jacobinos: actualmente en la Rusia sólo tienen la tarea de controlar que los organismos burgueses (...) no practiquen el jacobinismo para desvirtuar la respuesta del sufragio universal y aprovechar el hecho violento para sus propios intereses.

Lo que impacta en la posición gramsciana es por cierto la insistencia en el sufragio universal entendido como test para medir el consenso popular en las confrontaciones revolucionarias.

¿Por qué el periodista sardo pone más énfasis que nunca en subrayar la necesidad del sufragio universal? No porque ello constituya la diferenciación entre revolución rusa de febrero, liberal, y revolución francesa jacobina, autoritaria[2], sino porque eso es el medio a través del que mejor puede manifestarse, al menos en esa fase, la esencia de la revolución, es decir su ser acto de libertad.

De hecho, el origen de la perspectiva mental y cultural de los revolucionarios rusos

(...)no debe buscarse en la tradición democrática occidental, en el jacobinismo, en la doctrina de Rousseau, así como no deben buscarse en el tolstoísmo, en el bizantinismo oriental: la cultura de los bolcheviques es asunto de filosofía historicista; ellos conciben la acción política, la historia, como desarrollo y no como arbitrio contractual, como proceso infinito de perfeccionamiento, no como mito definitivo y cristalizado en una fórmula exterior (...). En la Rusia tiende así a realizarse el gobierno con el consenso de los gobernados, con la autodecisión de hecho de los gobernados, porque no hay vínculos de subordinación que liguen a los ciudadanos con el poder, sino que se produce una coparticipación en el poder[3].

Para Gramsci, por ahora, el problema no es la forma del Estado que surgirá de la revolución, por cuanto el gobierno de los soviets es precisamente la máxima manifestación de un poder real, en tanto realizado con el consenso de todos los gobernados en base a un acto de libertad que constituye la novedad introducida por los bolcheviques en relación a la tradición política occidental, ya sea liberal o democrática. Por tanto la libertad es el fundamento de la revolución, causa y efecto simultáneamente del impulso creativo del proletariado ruso, que logra asignarle un valor universal, un valor de liberación y regeneración, no abstracto sino concreto, en tanto constituyente de la exigencia más inmediata de masas postradas por la miseria, pero sobre todo por el yugo autoritario del zar.

Que la libertad sea la estructura que sostiene la reflexión del joven Gramsci sobre la revolución de octubre queda confirmado, a mi modo de ver, por la lectura de los textos:

En la Rusia la revolución ha creado una nueva costumbre. Ella no sólo ha cambiado un poder por otro poder, ha cambiado costumbre por costumbre, ha creado una nueva atmósfera moral, ha instaurado la libertad del espíritu, además de la libertad corporal[4].

Comienza la historia, la verdadera historia. Cada uno puede ser dueño de su propio destino, si quiere que la sociedad sea plasmada en obediencia al espíritu y no a la inversa. La organización de la convivencia civil debe ser expresión de humanidad, debe respetar toda la autonomía, toda la libertad. Comienza la nueva historia de la sociedad humana, comienza la experiencia nueva de la historia del espíritu humano[5].

La revolución rusa es el dominio de la libertad: la organización se funda mediante la espontaneidad, no mediante el arbitrio de un héroe que se impone a través de la violencia. Es una elevación humana continua y sistemática, que sigue una jerarquía, que crea una y otra vez los órganos necesarios de la nueva vida social  (...) el socialismo no se instaura en una determinada fecha, sino que es un continuo devenir, un desarrollo infinito en un régimen de libertad organizada y controlada por la mayoría de los ciudadanos, o del proletariado[6].

Esta centralidad de la libertad está confirmada por Gramsci también en el análisis de la disolución de la Asamblea Constituyente[7] dispuesta por el Comité Ejecutivo del soviet en la mañana del 19 de enero de 1918. Partiendo del presupuesto que la disolución de la Constituyente no constituye un "episodio de violencia jacobina", que la Constituyente representaba tendencias aún poco claras de las fuerzas revolucionarias operantes antes de Octubre, Gramsci continuaba sosteniendo que estas fuerzas verdaderamente revolucionarias luego de Octubre "están elaborando espontáneamente, libremente, según su intrínseca naturaleza, la forma representativa a través de la cual la soberanía del proletariado deberá ejercerse".

Tales formas eran los soviets, no la Constituyente, es decir un parlamento de tipo occidental "electo según el sistema de la democracia occidental". Por tanto la disolución de la Constituyente solo podía ser entendido como acto violento, jacobino, por las fuerzas burguesas, que no llegaban a comprender que "el jacobinismo es un fenómeno completamente burgués, de una minoría que lo es incluso tendencialmente". En cambio

(...) una minoría segura de que devendrá mayoría absoluta, sino expresión de la totalidad de los ciudadanos, no puede ser burguesa, no puede tener como programa la dictadura perpetua. Ella ejerce provisoriamente la dictadura pera permitir a la mayoría efectiva organizarse, tornarse consciente de su necesidad intrínseca, y de instaurar su orden mas allá de todo apriorismo, según las leyes espontáneas de esta necesidad.

Por lo que, a pesar de las formas exteriores, la disolución de la Constituyente es "un episodio de libertad".

Es notable la consonancia de enfoque entre el artículo de Gramsci y el Proyecto de decreto de disolución de la Asamblea Constituyente escrito por Lenin el 19 de enero y publicado al día siguiente en Izvestia[8]. En este documento se lee:

La Asamblea Constituyente, electa en base a las listas confeccionadas antes de la revolución de octubre, era la expresión de las viejas relaciones de fuerza existentes cuando en el poder estaban los conciliadores y los cadetes (...). Las clases trabajadores han debido persuadirse, en base a la experiencia, que el viejo parlamentarismo burgués cumplió su tiempo, que el mismo es absolutamente incompatible con el objetivo de la actuación del socialismo, que no las instituciones nacionales generales, sino solamente las de clase (como el soviet) están en condiciones de vencer la resistencia de las clases poseedoras y poner los fundamentos de la sociedad socialista.

Por tanto renunciar al soviet, conquistado por el pueblo, hubiera significado "el fracaso de toda la revolución de octubre obrera y campesina". El enfoque coincidente no se basa en una misma lectura de los acontecimientos en curso, porque Gramsci escribe sirviéndose de informaciones escasas y fragmentarias, en tanto Lenin vive directamente los acontecimientos y es su protagonista. Sin embargo, por ahora, tanto para uno como para el otro, el soviet como conquista popular es una forma de democracia que va más allá de la parlamentaria y, justamente por esto, la disolución de la Constituyente es entendida como un nuevo acto en el camino de la completa liberación del pueblo.

Por otro lado el soviet y el socialismo como resultado del proceso de superación de la fase parlamentaria-burguesa a través de la continua obra de los revolucionarios rusos guiados por Lenin, está in nuce en un artículo de julio de 1917:

Los maximalistas rusos son la revolución rusa misma (...) son la continuidad de la revolución, son el ritmo de la revolución (...). Ellos encarnan la idea-límite del socialismo: quieren todo el socialismo[9].

Su tarea es impedir todo compromiso con el pasado, impedir el cierre de la revolución. Por eso son odiados por la burguesía occidental. Gramsci reconoce al gobierno provisorio el mérito de no impedir la propaganda revolucionaria, pero Lenin y los bolcheviques son el verdadero sujeto de su discurso: "Lenin y sus compañeros no se apoderaron de las conciencias, no las conquistaron", porque "los hombres son al fin de esta manera los artífices de su propio destino, todos los hombres". E incluso cuando el líder es obligado a salir de la escena[10], la simiente que arrojó fue tan efectiva que su mensaje sigue vivo y presente en las acciones del proletariado ruso. De este modo "la revolución continúa, hasta su completa realización. Está todavía lejano el momento en que será posible un relativo reposo. Y la vida es siempre revolución".

De los textos gramscianos hasta aquí examinados emerge una idea de socialismo reconducible a la máxima realización de la libertad, a la construcción de una verdadera democracia en el seno de la cual cada uno será consciente del rol que cumple y de la responsabilidad ética-política  con la que está investido en cuanto protagonista de una transformación que, por la forma adquirida y sobre todo por la que adquirirá, representa una época.  

Por tanto la forma, la institución y con ella la institución de la verdadera democracia que se está construyendo en la Rusia, es decir el soviet, deviene el objeto del discurso. El soviet es "el núcleo vivo" de este ordenamiento no reconducible a casta y a clases, abierto, creado por la exigencia de organizar la libertad, de conducir las masas a la unidad, de transformar la autoridad en autoridad espiritual:

El soviet es la organización primordial a integrar y desarrollar y los bolcheviques se convirtieron en el partido gobernante porque sostienen que los poderes del Estado deben depender y ser controlados por el soviet[11].

A partir de esto comienza el nuevo orden, se constituye un ordenamiento que tiene en un individuo, en Lenin, su punto de referencia. Este ordenamiento que se funda en el prestigio y la confianza en uno, se ha formado espontáneamente y se mantiene por libre elección. Lo utópico es la libertad que se transforma en carrerismo, no la espontaneidad: "La libertad no es utopía porque es aspiración universal, porque toda la historia del hombre es lucha y trabajo para suscitar la institución social que garantice el máximo de libertad". La integración de soviet y partido bolchevique garantizan el dominio de la libertad. ¿Y qué es el soviet?:

Todos los trabajadores pueden ser parte del soviet, todos los trabajadores pueden incidir para modificarlo y hacerlo más expresivo de su voluntad y sus deseos. La vida política rusa está orientada de modo que tienda a coincidir con la vida moral, con el espíritu universal de la humanidad rusa. Se produce un continuo intercambio entre estas etapas jerárquicas: un individuo tosco se afina en la discusión para elegir su representante al soviet, él mismo puede ser representante; él controla éste organismo porque lo tiene siempre bajo los ojos, cercano. Adquiere el sentido de responsabilidad social, deviene ciudadano activo en la toma de decisiones de su país. Y el poder, la capacidad se extiende a través de esta jerarquía, del uno a los muchos, y la sociedad progresa como nunca en la historia.

Soviets y consejos de fábrica

Si para el Gramsci del Grido del Popolo el soviet es el objeto de análisis, para el Gramsci de L’Ordine Nuovo será el sujeto revolucionario, el núcleo de un proyecto de transformación que, partiendo de la fábrica, debería difundirse en toda la sociedad. En el Gramsci de 1919-1920 la lección de la revolución de octubre es transferida al contexto nacional de la situación italiana para verificar las posibilidades de éxito que podría tener una tentativa de revolución a partir de los consejos de fábrica en un país capitalista (aunque debe tenerse presente que, como se intentará demostrar, soviet ruso y consejo de fábrica turinés no son lo mismo).

La tarea a desarrollar por los revolucionarios es la organización de todos los centros de vida proletaria, desde las comisiones internas en las fábricas hasta la comunidad campesina: "Las comisiones internas son órganos de democracia obrera que a las que debe liberarse de las limitaciones impuestas por los empresarios y a las que debe infundirse nueva vida y energías". Ellas deberían sustituir al capitalista "en todas sus funciones" e inmediatamente los obreros "deberán proceder a la elecciones de amplias asambleas de delegados" teniendo como consigna "todo el poder de la sección al comité de sección" relacionada con otra consigna más ambiciosa "todo el poder del Estado al consejo obrero y campesino".

Así tomaría consistencia un sistema de democracia obrera entendida como la capacidad de organizar a las masas mismas habituándolas a la dura realidad cotidiana de la lucha. Sólo el convencimiento de ser el sujeto real del cambio, un sujeto que se ha dado instituciones autónomas y electas desde adentro (el consejo de fábrica), puede determinar el pasaje a la dictadura del proletariado, que es "la instauración de un nuevo Estado, típicamente proletario, en el que confluyen la experiencia institucional de la clase oprimida, en el que la vida social de la clase obrera y campesina se convierte en un sistema extendido y fuertemente organizado". Este Estado no puede ser una improvisación, pues para edificarlo los comunistas rusos trabajaron durante meses haciendo concreta la fórmula: todo el poder al soviet. Del mismo modo deberán proceder los comunistas italianos[12].

Apenas un mes más tarde, Gramsci aclara que la realización de los consejos de fábrica como embriones de un nuevo Estado en la Italia, según el modelo del soviet como embrión del nuevo Estado soviético, corresponde a una perspectiva internacionalista, o sea al mismo tiempo supranacional y nacional, que tiene en la adhesión a la Tercera Internacional su punto culminante:

Adherir a la Internacional Comunista significa adherir a la concepción soviética del Estado y repudiar todo residuo de la ideología democrática (...) es necesario proceder en el interior de la vida productiva capitalista (...) Una acción de este tipo (...) puede ser ejercida permanentemente sólo por los mismos obreros y campesinos, desde adentro de las fábricas (...) en los establecimientos agrícolas (...) adherir a la Internacional Comunista significa (...) integrar las propias instituciones con el Estado proletario de la Rusia y de Hungría. La Internacional Comunista (...) es una conciencia histórica de las masas (...) una red de instituciones proletarias que desde su mismo seno están expresando una jerarquía compleja y bien articulada, de modo que puedan desenvolver todas las funciones inherentes a la lucha de clases así como hoy se perfilan nacional e internacionalmente[13].

Sacando una primer conclusión, puede decirse que el análisis de la revolución rusa desarrollado en el curso de los años 1917-1918, culmina en los años 1919-1920 con la identificación de la nueva forma de democracia proletaria a contraponer con la democracia parlamentario-burguesa.

La relación Gramsci-revolución de octubre tal como ha sido presentada hasta aquí, sólo dejaría espacio para registrar el entusiasmo con el que esos acontecimientos fueron recibidos por Gramsci y la consecuente idealización que se percibe claramente en la auspiciada transposición de los éxitos de aquella experiencia (el soviet) a la realidad italiana de la primer posguerra.

Quien escribe, sin embargo, quiere subrayar no tanto el tono apologético y la concordancia con algunas posiciones leninianas -que ya fueron puestas de manifiesto por otros-, sino también lo distintivo, los matices, las diferencias, los elementos que ya a comienzos de los años veinte adelantan la temática (gramsciana) de la cárcel y una reflexión más desencantada sobre los aparatos y los instrumentos del poder proletario. La distancia existente entre el enfoque gramsciano del período ordinovista y el soviético no puede ser reducida de manera simplista al voluntarismo ligado a la formación no exactamente marxista que muchos encontraron en Gramsci.

Diré en cambio que el consejo de fábrica como embrión del Estado obrero, como escuela de autogobierno, como topos de la sustracción progresiva de partes vitales de la sociedad civil a la órbita cerrada y omnicomprensiva de la sociedad política, es lo más marxista que fuera pensado por el joven Gramsci, es decir, por Gramsci. Y a pesar del tono elogioso con que Lenin acoge "el rumbo de los militantes del Ordine Nuovo" por su correspondencia con el de la Internacional, a diferencia de lo que ocurría con la mayoría de los dirigentes socialistas,[14] subsiste el hecho de que el autogobierno consejista turinés es no es lo mismo que la centralización soviética rusa. Y en esto conviene detenerse.    

En la Rusia el soviet es algo diferente que el consejo de empresa; el primero es órgano de poder, el segundo, aun si se configura como órgano de gestión y de control obrero, nunca asigna al productor "la directa responsabilidad del trabajo" por lo que, en último análisis, no es del todo cierto lo que afirma Gramsci en este sentido: "En la organización de fábrica se encarna (...) la dictadura proletaria"[15]. Para confirmar esto basta releer algunos párrafos del leniniano Proyecto de normas para el control obrero, de los que surge que el consejo de empresa es órgano consultivo pero no deliberativo, en tanto las decisiones últimas corresponden al soviet que es el único verdadero órgano de poder. En el segundo párrafo está escrito que el control obrero "es ejercitado por todos los obreros y empleados de la empresa" pero sus disposiciones deben ser transmitidas al "soviet local de diputados obreros, soldados y campesinos". En el párrafo quinto se lee que las decisiones del consejo de empresa son vinculantes para el propietario de la empresa, pero sobre ellas existe el derecho de revocación por parte del sindicato y del congreso, o sea, en última instancia, del soviet[16].

El desarrollo mismo del proceso revolucionario ruso, tal como puede seguirse en los documentos, es el que conduce a poco andar a una concentración del poder en manos de los soviet,  los que a su vez se transformarán en apéndices del partido.

Un Gramsci sumariamente informado sobre la revolución rusa, no podía apreciar la diferencia de fondo entre su teoría del control obrero como mecanismo de crecimiento desde abajo de la autonomía de los productores que se hace Estado, con respecto a la dinámica super-acelerada de los acontecimientos que en la Rusia imponía opciones definitivas y limitativas de la misma democracia obrera.

Puesto el problema en estos términos, es posible razonar sobre la relación Gramsci-revolución de octubre con mayor espíritu crítico, sosteniendo que Gramsci reconocía en el soviet la tendencia hacia una forma de Estado basada en la democracia obrera y planteaba la necesidad que la misma forma de estado se realizara también en la Italia. Para él, sin embargo, el verdadero órgano de poder era el consejo de fábrica, y el soviet era la consecuencia:

(...) la construcción del soviet político comunista sólo puede suceder históricamente al florecimiento y la previa sistematización del consejo de fábrica. El consejo de fábrica y el sistema de consejos de fábrica explora y revela en primera instancia la nueva posición que en el campo de la producción ocupa la clase obrera; otorga a la clase obrera la conciencia de su valor actual, de su real función, de su responsabilidad, de su futuro. La clase obrera  extrae las consecuencias de la suma de experiencias positivas que cada individuo cumple personalmente, adquiere la psicología y el carácter de clase dominante, y se organiza como tal, es decir, crea el soviet político, instaura su dictadura[17].

Aquí, el consejo de fábrica es el órgano de poder, el soviet y el partido son sus instrumentos: en comparación con el documento leniniano sobre el control obrero, la relación jerárquica entre la base y el vértice está completamente invertida en favor de la primera.

El problema de fondo del leninismo del Gramsci consejista y ordinovista se resuelve con la clara, neta e innegable elección de la democracia obrera de los consejos contra la democracia parlamentario-burguesa, elección sugerida también por una contingencia histórica (la primera posguerra en la Italia) que parecía presentar justamente las condiciones para un evento revolucionario.

Como se demuestra con la lectura de los textos, se está en presencia de un Gramsci antijacobino, que ve en el jacobinismo un fenómeno burgués, con un enfoque desde arriba (aunque en esto Gramsci, como intérprete de Lenin, sostiene posiciones teóricas y políticas diferentes a las del líder bolchevique). El Gramsci del período aquí considerado tiene una relación de concordia discors con Lenin; de hecho, toda la experiencia revolucionaria rusa, asumida inicialmente como modelo, deviene progresivamente un acontecimiento que debe someterse a una continua verificación en relación con la situación italiana y europea.

Se trata de demostrar que, en esencia, esta verificación comenzó, si bien inconscientemente, ya durante el desarrollo de los hechos (la presente analogía entre consejo de fábrica y soviet), y el mismo antijacobinismo gramsciano puede ser leído desde esta óptica.

Incluso el futuro jacobinismo de Gramsci[18] no tiene mucha semejanza con el de Lenin en el período caliente de la revolución, en el sentido que la categoría no es usada en la perspectiva de la gestión del poder, sino más bien en el de la conquista de alianzas útiles para llegar al poder, un jacobinismo por tanto visto desde el ángulo de lo político, del uso político y no de la utilización pura y simplemente conceptual.

Polémica con los reformistas

Sería necesario ahora analizar, o re-analizar, el uso que hace Gramsci de la revolución rusa desde una óptica antireformista. El punto de enfrentamiento lo constituye la distinta valoración del Estado de los soviet. Efectivamente,

(Para Turati) el parlamento es al soviet lo que la ciudad es a la horda bárbara. De esta errada concepción del devenir histórico, de la añosa práctica del compromiso y de una táctica "cretinamente" parlamentarista, nace la vieja fórmula de la "conquista del Estado" (...). La formula "conquista del Estado" debe ser entendida en otro sentido; creación de un nuevo tipo de Estado, generado por la experiencia asociativa de la clase obrera, y sustitución por el mismo del Estado democrático-parlamentario[19].

Y más claramente todavía en un artículo posterior:

El nulismo oportunista y reformista, que ha dominado al partido socialista italiano por decenas y decenas de años, y hoy se burla con senil escepticismo burlón de los esfuerzos de la nueva generación y del tumulto apasionado suscitado por la revolución bolchevique, debería hacer un pequeño examen de conciencia sobre su responsabilidad y su incapacidad para estudiar, para comprender y para desarrollar una acción educativa (...). El Estado italiano que, por parlamentario, sería respecto a la República de los soviets lo que la ciudad a la horda bárbara, nunca intentó siquiera enmascarar la despiadada dictadura de la clase propietaria.

Por tanto, según Gramsci, dado que los reformistas no habían comprendido la naturaleza de clase del Estado unitario italiano, se pronunciaron inmediatamente por la república burguesa contra la de los soviet; pero "la juventud intelectual socialista italiana" maduró en el estudio de la revolución bolchevique y está ahora lista para dar vida a "ideas, mitos, audacia de pensamiento y acción revolucionaria para la fundación de la República soviética italiana"[20].

Ya tres años antes, inmediatamente después de terminada la insurrección turinesa del 22 de agosto de 1917, Gramsci rompe el silencio impuesto por la censura, y también aceptado de hecho por los socialistas, con un artículo sobre esos hechos del que se desprende claramente la latente manifestación de un posicionamiento contra la dirección del partido. El tono es fuerte, y las motivaciones son enteramente ideales y morales, la invitación a no ceder es evidente, es incluso el fundamento de todo lo escrito:

El proletariado (...) es un organismo social, es un complejo vital, que no da solo momentos deslumbrantes, sino que sabe también difundir a su alrededor la luz continua de la laboriosidad cotidiana, incesante, que templa en la lucha, que forma el implacable poderío de carácter, que no se desmiente a sí mismo, que luego de una caída no relaja sus fuerzas, sino que se levanta más numeroso que antes, mejor preparado que antes, porque más experto y más aguerrido[21].

Apenas una semana después, Gramsci responde a un artículo de Treves que, sustancialmente, condena el motín turinés invitando a una posición de espera que, según el dirigente socialista, se tenía incluso en la Rusia visto y considerando que, a pesar de la revolución, aquel país seguía la guerra[22]. El tono usado por Gramsci es firme, decidido. No hubo errores en la acción del proletariado turinés que, actuando, demostró existir. Es verdad que no logró organizarse, pero igualmente actuó. Significa que en el seno del socialismo italiano crecen fuerzas vitales y activas desconocidas por los mismos socialistas. Por esto Gramsci saluda el hecho de Turín como un acontecimiento que, mostrando por un lado la fuerza del proletariado, por el otro desenmascara el filisteísmo de los dirigentes socialistas, dispuestos solamente a descargar predicas y pavonearse con analogías y metáforas. Gramsci concluye: "El proletariado no quiere predicadores de exterioridades, fríos alquimistas de palabrerías, quiere comprensión inteligente y simpatía plena de amor"[23].

Justamente señalaba Spriano a propósito de esta polémica: "La polémica puede ser considerada históricamente como el inicio de un contraste destinado a hacerse cada vez más nítido en la primer posguerra entre el grupo de L’Ordine Nuovo y el de la Critica Sociale"[24]; o sea entre los ordinovistas y consejistas y las otras inspiraciones del socialismo italiano. Lo que Gramsci imputa al partido socialista italiano es la incapacidad de superar la fase pura y simplemente negativa de la revolución, con una fase positiva en el curso de la cual el subversivismo debe objetivarse en instituciones de masas como son los consejos. En esencia, Gramsci acusa al PSI de carecer justamente de lo referido a la intervención política, la construcción de un proyecto político[25].       

No es por olvido que recién ahora, en esta tentativa de releer y replantear la relación entre Gramsci y la revolución de octubre, haga aparecer el fundamental artículo del 24 de diciembre de 1917 titulado "La revolución contra el Capital" publicado en Avanti! [26], en la conclusión de este re-exámen, como síntesis del enfoque de Gramsci con respecto a estos acontecimientos y como portador de una tensión ética y política que terminará de tomar forma en el curso de la reflexión que se ha tratado de reconstruir. Sobre el artículo en torno al que mucho se ha dicho y escrito, no vale la pena gastar más palabras, basta la re-proposición de lo que, para quien escribe, es todavía el punto de vista más claro y más lúcido: la referencia de Togliatti que, al tiempo que subrayaba los aspectos errados presentes en el enfoque gramsciano y que podían advertirse en el mismo título, ponía en evidencia que lo escrito no estaba apuntado

(...) contra las fundamentales enseñanzas del marxismo que son la lucha de clases y la necesidad morfológica de la revolución proletaria, sino contra la degeneración positivista de El capital de Carlos Marx y del marxismo, contra la chatura economicista, contra la pedantería de los reformistas, y contra las semillas ideológicas del adversario[27].

Gramsci, por tanto, recogía en la revolución rusa el elemento subjetivo del marxismo, la subjetividad revolucionaria que, sustrayendo al marxismo mismo de las manos y las plumas de demasiados intérpretes que querían reducirlo a mero economicismo, sabía poner en evidencia la capacidad creadora de auténticos momentos de libertad que está implícita en las lecciones de Marx. Haciendo esto, el joven periodista sardo relanzaba en nuevo términos un debate, que estaba en peligro de fosilizarse, en torno a los presupuestos ideales del marxismo.

Retomando las consideraciones en torno a las relaciones entre Gramsci, L’Ordine Nuovo y el PSI, parece casi obvio recordar que las diferencias progresivamente acumuladas hasta manifestarse en la escisión de Livorno, nacieron durante y a través de este debate que, en definitiva, no puede ser reducido de modo simplista a una discusión instrumental sino, como surge de este re-exámen, a un razonamiento teórico de alto nivel, de notable consistencia y determinante para la suerte del movimiento obrero italiano.

Se ha señalado que el análisis gramsciano de la revolución de octubre ligó estrechamente el momento nacional y el internacional; así se corporizó un discurso que, además de proponer una lectura comparada de la historia italiana y la rusa, toma la dimensión internacionalista del empeño de las fuerzas que, más allá de la Rusia, se pronuncian a favor de los bolcheviques en el momento en el que los gobiernos occidentales, entre los cuales el italiano, reconocen al gobierno filo-zarista del Almirante Kolchak. Gramsci escribe:

El control obrero sobre la producción y el intercambio será el medio más enérgico (porque permanente) con el que la clase obrera salvará la República soviética de la reacción subalterna y desleal que quiere asesinarla productivamente[28].

No casualmente, el control obrero es el centro vital y dinámico de la posición gramsciana y, con el concepto de libertad, es el otro momento de apoyo para la construcción de un nuevo tipo de Estado.

Cambio y continuidad

La insistencia de Gramsci en el nexo libertad-control obrero permite una reflexión sobre el peso que, en la fase aquí considerada, se debe dar al concepto de partido político. Esencialmente, no es posible dar un salto lógico-histórico, como sin embargo a veces ocurrió, afirmando una línea de continuidad entre el Gramsci de 1917-1920 y el de los Cuadernos. No es posible decir que Gramsci en 1917 "admitía el valor universal del liberalismo"[29] y que la superación radical de esta posición en sentido jacobino como sinónimo de democracia, se produce gracias a la definición del partido político en los años 1930-1931.

El liberalismo está ya superado con el reconocimiento de la importancia del sufragio universal que, a su vez, se sistematiza dentro de un proceso de fenomenología de la libertad en la creación de un Estado en cuya base están los consejos de fábrica. El jacobinismo, y por tanto la necesidad de nuevas alianzas para las clases subalternas derrotadas tras el bienio 1919-1920, es la fijación en términos teórico-políticos de una urgencia, es decir, de la exigencia de crear un sujeto político de masas, que ya no puede ser el consejo, que sepa leer la nueva situación y comportarse en consecuencia: estamos en 1921.

En síntesis, en opinión de quien escribe, Gramsci realmente no fue siempre consejista[30]; además, parece plausible sostener que abandonó la posibilidad de tal solución ya desde 1921 y que la eventual consonancia de análisis carcelarios y precarcelarios no puede ser reducida a una continuidad difícil de sostener, sino que debe ser remontada a la ayuda que representó una derrota de la que se comprendían los motivos sin que aún se hubieran reconocidos los mecanismos de superación.

Además, teniendo como blanco al PSI, a sus dirigentes y su política, Gramsci, en sintonía con Bórdiga, intuye la necesidad de un nuevo partido político del proletariado que es el partido comunista de Italia, fundado en 1921 y refundado en 1926.

En síntesis, para Gramsci la revolución de octubre es un fenómeno que abarca toda una época y supranacional en tanto:

a) surge durante la primera guerra mundial y, por esto, se la entiende como manifestación por un lado de cansancio, y de empeoramiento de las condiciones generales de vida por el otro, de un proletariado sometido a una de las mas brutales autocracias;

b) crea, de manera nueva y original, instrumentos de gestión del poder desde la base nunca vistos en el curso de otros eventos revolucionarios, y mucho menos en la revolución francesa, que fue conducida desde arriba;

c) pone en evidencia la capacidad creativa de las masas, la subjetividad que se mueve en busca de los modos más idóneos de organizar la libertad a fin de que la misma no manifieste su dominio de manera despótica.

A este Gramsci, analista entusiasta, siguió el interprete que, aunque sigue reconociendo el alto significado de la revolución de octubre para la época, comienza a relacionarla con el contexto europeo y extraeuropeo, estableciendo con esto la imposibilidad de su exportación y por tanto su relectura en contextos políticos distintos al de la Rusia, más articulados y heterogéneos desde el punto de vista de la relación entre sociedad política y sociedad civil, contextos como el italiano en que el capitalismo se afirmó gracias a la ayuda del fascismo.


Debido a su extensión se ha dividido el presente artículo en dos partes. La segunda parte será publicada en el próximo número de Herramienta.

[1] En Il Grido del Popolo, 29 de abril de 1917. Incluido en La città futura 1917-1918, a cargo de S. Caprioglio, Turin, Einaudi, 1982, págs. 138-141.

[2] Vander, F.; "Democrazia, rivolucione e partito nel giovane Gramsci", en Critica marxista, Nº 6, 1991, págs. 95-116.

[3] Gramsci, A.; "Para conocer la revolución rusa", Il Grido del Popolo, 22 de junio de 1918. En Il nostro  Marx 1918-1919, ed. a cargo de S. Caprioglio, Turín, Einaudi, 1984, págs. 131-139.

[4] Gramsci, A.; "Note sulla rivoluzione russa", ob. cit.

[5] Gramsci, A.; "Un anno di storia", Il Grido del Popolo, 26 de enero de 1918. En La città futura 1917-1918, ed. cit., págs. 734-737. 

[6] Gramsci, A.; "Utopía", Avanti!, 25 de julio de 1918. Il nostro Marx, ed. cit., págs. 204-212.

[7] Gramsci, A.;  "Costituente e Soviet", Il Grido del Popolo, 26 de enero de 1918. En La città futura 1917-1918, ed. cit., págs. 602-603. Sobre el período entre la elección de la Asamblea Constituyente y su disolución ver O. Anweiler, Storia dei Soviet 1905-1921, Roma-Bari, Laerza, 1972, págs. 381-401.

[8] Lenin, "Proyecto de decreto de disolución de la Asamblea Constituyente"; Opera scelte, Roma, Editori Riuniti, 1976, págs. 1041-1042.

[9] Gramsci, A."I massimalisti russi", Il Grido del Popolo, 17 de julio de 1917. En La città futura 1917-1918, ed. cit., págs. 265-267.  

[10] Gramsci se refiere a la fuga de Lenin a Finlandia, en julio de 1917, a consecuencia del proceso penal abierto por el gobierno provisorio contra él y otros dirigentes bolcheviques tras la fallida sublevación de los obreros y soldados de Petrogrado. A la campaña de prensa que acusaba al máximo dirigente bolchevique de ser agente alemán se refiere Gramsci en "Gli agenti della Germania", en Il Grido del Popolo, 21 de septiembre de 1918. En Il nostro  Marx 1918-1919, págs. 295-297.

[11] Gramsci, A.; Utopia, ob. cit.

[12] Gramsci, A.; "Democracia operaria", L’Ordine Nuovo, 21 de junio de 1919, ahora en L’Ordine Nuovo 1919-1920, a cargo de V. Gerratana y A. A. Santucci, Turin, Einaudi, 1987, págs. 87-91.

[13] Gramsci, A.; Per l’Internazionale comunista, L’Ordine Nuovo, 26 de julio de 1919, ahora en L’Ordine Nuovo 1919-1920, ob. cit., págs. 150-153.

[14] Lenin, Discorso al II Congreso de la Internazionale comunista, 30 de julio de 1920.

[15] Gramsci, A.; "Sindacati e Consiglio", L’Ordine Nuovo, 11 de octubre de 1919, ahora en L’Ordine Nuovo 1919-1920, ob. cit., págs. 236-241.

[16] Lenin, "Proyetto di norme per il controllo operaio", Opera scelte, cit., págs. 1005-1006 (escrito entre el 8 y 13 de noviembre de 1917, publicado en Pravda el 16 de noviembre de 1917.

[17] No firmado (pero atribuible a Gramsci), "Lo strumento di lavoro", L’Ordine Nuovo, 20 de febrero de 1920, en Gramsci, A.; L’Ordine Nuovo, ob. cit., págs. 413-.416. 

[18] La publicación de una serie de artículos de Mathiez sobre L’Ordine Nuovo desplaza a Gramsci hacia el jacobinismo. Ver L. Paggi, Gramsci e il moderno principi, vol. I, Roma, Editori Riuniti, 1970, pág. 444.

[19] Gramsci, A.; "La conquista dello Stato", L’Ordine Nuovo, 12 de julio de 1919, ahora en L’Ordine Nuovo 1919-1920, ob. cit., págs. 127-133.

[20] Gramsci, A.; "Lo Stato italiano", L’Ordine Nuovo, 7 de febrero de 1920, ahora en L’Ordine Nuovo 1919-1920, ob. cit., págs. 403-408. En passant, no debe callarse que las posiciones de Gramsci fueron igualmente duras en su confrontación con Serrati y los maximalistas.

[21] Gramsci, A.; "Carattere", Il Grido del Popolo, 8 de septiembre de 1917. En La città futura 1917-1918, ed. cit., págs. 319-320.

[22] Treves, C. "Antica predica", Critica sociale, 1-15 de septiembre de 1917.

[23] Gramsci, A.; "Analogie e metafore", Il Grido del Popolo, 15 de septiembre de 1917. En La città futura 1917-1918, ed. cit., págs. 331-333.

[24] Spriano, P.; Storia de Torino operaia e  socialista. Da De Amicis a Gramsci, Turín, Einaudi, 1972, pág. 441.

[25] Sobre el tema, ver Gramsci "Il dovere de essere forti", Avanti! del 24 de noviembre de 1918, en Il nostro Marx, ed. cit., págs. 415-417.

[26] El artículo fue escrito para Il grido del popolo del 1 de diciembre de 1917. Suprimido por la censura aparece como editorial en Avanti! del 24 de diciembre de 1917 para ser reeditado en  Il grido del popolo del 5 de enero de 1918. En A. Gramsci, La citta futura, ed. cit., págs. 513-517.

[27] Togliatti, P.; "Il leninismo nel pensiero e nell’azione di A. Gramsci", en AA. VV., Studi Gramsciani, Actas del encuentro realizado en Roma los días 11-13 de enero de 1958, Roma, Editora Riuniti, 1973, pág. 23. La misma posición es sostenida por Togliatti en el informe realizado en el ámbito del mismo congreso titulada "Gramsci ed il leninismo". Para citar algunas voces autorizadas en desacuerdo con la interpretación togliattiana véase N. Bobbio, Profilo ideologico del Novecento italiano, Turin, Einaudi, 1986, págs. 116-120; A. Asor Rosa, Storia d’Italia, IV/2, La Cultura, Turin, Einaudi, 1975, págs. 1447-1448.

[28] Gramsci, A.; "La settimana política", L’Ordine Nuovo, 14 de junio de 1919, en L’Ordine Nuovo 1919-1920, ob. cit., pág. 81.

[29] Vander, F.; ob. cit.

[30] Compartimos la posición asumida sobre el tema del sovietismo en Gramsci por Guido Liguori (Gramsci conteso. Storia di un dibattito 19222-1926, Roma, Editopri Riuniti, 1996, págs. 158-159) que critica el enfoque favorable al continuismo sostenido por Massimo L. Salvadori (Gramsci e il problema storico della democrazia, Turin, Einaudi, 1973.). Aún si, en plena crisis Matteotti, durante el Comité Central del 13-14 de agosto de 1924, Gramsci interviene con un tono abiertamente ordinovista y sovietista, no hay dudas que, ya desde 1921, el elemento con el cual medir la progresiva, "molecular" conquista del Estado por parte del proletariado es el partido (cfr. A. Gramsci, La construzione del Partito comunista 1923-1926, Turin, Einaudi, 1978, especialmente págs. 38-39).