Que se vayan todos (QSVT), 10 años

Holloway, John

          (english version)
 
¡10 años! No miremos hacia atrás. O miremos para atrás sólo para seguir avanzando.
La ira y la furia[2] y la desesperación aún están ahí. Todavía están ahí la injusticia y la explotación y la opresión. Y no ha ocurrido nada que detenga la carrera de la humanidad hacia su propia autodestrucción. El capital aún domina. El dinero todavía nos ata a una dinámica mortal.
Hay un flujo social de la ira y de la furia, hermano del flujo social de la rebelión, del que habla Sergio Tischler. Es difícil sujetarlo, e imposible institucionalizarlo. Inseparable del capitalismo, la ira fluye por el mundo, variando constantemente en su intensidad, siempre burbujeando bajo la superficie, explotando ahora aquí, ahora allá: en la Argentina, en Bolivia, en Venezuela, ahora en Egipto, en Túnez, en Grecia, Francia, Italia, Irlanda. A veces parece calmarse, hasta desaparecer, pero en un mundo basado en la frustración del potencial humano nunca está lejos de la superficie.

La crisis es un tiempo de ira y de furia. Ira y furia porque se frustran nuestras expectativas: ya no hay más lugar en las universidades, ya no se consiguen empleos, ya no hay recursos disponibles para lo que queremos hacer con nuestras vidas. No es que no tengamos las capacidades, no es que no podamos ver lo que queremos hacer o lo que se debe hacer. Pero todo depende del dinero y no hay dinero disponible; al menos no para nosotros. El dominio del dinero es el dominio de la frustración. La ira, la furia, es contra el dominio del dinero.

Ira y furia profundas, porque millones y millones no tienen lo suficiente para comer. No es que no existan los alimentos, no es que los seres humanos no tengan apetito; sólo es que se necesita dinero para comprar los alimentos y la gente no tiene dinero. Furia contra el dominio del dinero.
La ira y la furia no son el problema. En el mundo no escasean la ira y la furia. Y probablemente estallarán cada vez más en los años por venir. El problema real es qué viene después, cómo dirigir la ira y la furia, cómo construir desde ellas. La furia contra Mubarak es buena, pero no lo suficientemente lejos. La ira contra los banqueros es buena, pero los banqueros no son más que los sirvientes del dinero.
“¡Que se vayan todos!” subió el nivel de la ira, abrió un nuevo nivel de lucha por un mundo diferente. Primero porque no sólo exigía la expulsión de un político, como sucede tan a menudo (De la Rúa, Mubarak, Berlusconi), sino de toda la clase política. Y segundo, y más fundamentalmente porque la exigencia abrió la puerta para la ocupación de una multitud de espacios.
La ira y la furia que estallan en un momento de crisis capitalista son a menudo ocasionadas por la retirada del capital. La mayor parte del tiempo, las relaciones sociales capitalistas nos suministran una estructura para sobrevivir (quizás, no para vivir, sino para sobrevivir). La mayoría tenemos empleos, y el estado suministra algún tipo de infraestructura educativa y de salud. Y entonces se contrae el capital, y de pronto aumenta el desempleo, hay cortes masivos en el gasto estatal, hasta pueden dejar de funcionar los bancos.
Cuando sucede esto –  como sucedió en la Argentina en 2001-2002 y ahora está sucediendo cada vez más por todo el mundo – sólo hay dos opciones posibles. Una es suplicar al capital que vuelva a ocupar el lugar que ha dejado vacante: queremos empleos, queremos más servicios estatales. ¡Luchemos por el derecho al trabajo, contra los cortes de los gastos estatales! ¡Regresa capital! ¡Regresa Estado!
 
La otra posibilidad es ver que el capital ha cedido espacios y apresurarnos a ocuparlos. Cuando el capital nos hace desempleados, lo festejamos porque ahora podemos hacer algo significante con nuestras vidas. Cuando el Estado capitalista cierra escuelas y hospitales, vamos y los tomamos nosotros mismos. Cuando los capitalistas cierran una fábrica, la tomamos, no para reproducir los mismos métodos de trabajo sino para hacer las cosas de una manera completamente diferente.
Es evidente que la primera de estas respuestas es la única sensata y cuerda[3]. En todo el mundo, esta ha sido la respuesta abrumadoramente mayoritaria de los movimientos sindicales y socialistas. ¡Defendamos nuestros empleos! ¡Que los capitalistas paguen por su crisis! No somos los culpables de la crisis; ¿por qué deberíamos pagarla nosotros? El único problema con esta respuesta sensata y cuerda es que cierra el sistema alrededor nuestro, hace que toda ruptura sea imposible. El único problema con esta respuesta sensata y cuerda es que cada resolución de la crisis capitalista en un contexto capitalista nos acerca un paso más a la autoaniquilación humana. El único problema con esta respuesta sensata y cuerda es que es insensata y desquiciada.
Sí, por supuesto, la otra respuesta es ridícula, estúpida y el único futuro posible para la humanidad. Comenzamos observando que el empleo capitalista es la explotación, la subordinación de nuestra actividad cotidiana a la lógica de la acumulación capitalista y que las actividades del estado buscan promover las mejores condiciones para la acumulación de capital. Si el capital es incapaz de cumplir estas funciones nos alegramos y llenamos estos espacios con nuestras propias relaciones sociales, nuestra propia forma de hacer las cosas, con el hacer que consideramos necesario o deseable. Precisamente es de eso que trata la interpretación radical del que se vayan todos. Fuera todos ellos, no sólo los políticos, no sólo los capitalistas, sino toda la manera en que se organiza la sociedad. El capital nos ha dado la espalda, ha fracasado. No queremos que vuelva, dejémoslo que se vaya al infierno.
Lo dicho es absurdo, porque no controlamos el mundo, sólo controlamos pequeños trozos de él; grietas, fisuras en la textura general de la dominación. Es absurdo porque ¿cómo podemos sobrevivir si mandamos al capital al infierno? “No te necesitamos, capital, podemos sobrevivir sin ti”, decimos con coraje. Pero, ¿cómo vivimos sin el capital? Esa es la verdadera prueba. No es que necesitemos nuevas instituciones para que nuestra rebelión perdure; esa no es la cuestión. La fuerza de nuestro rechazo al capital depende finalmente de nuestra capacidad de vivir sin él, de nuestra capacidad de vivir haciendo cosas en una forma diferente, de nuestra capacidad de crear aquí y ahora un mundo diferente.
¿Cómo vivimos si nos libramos del capital? Los viejos revolucionarios tenían una respuesta: mostrando que el socialismo es una forma más eficiente de producción que el capitalismo. La vieja respuesta fracasó por partida doble: los “comunistas” (como se autodenominaban) fueron incapaces de crear un sistema de producción tan eficiente como el capitalismo, y mientras trataban hacerlo reprodujeron las mismas estructuras de jerarquía, opresión y alienación como las que estaban tratando de derribar.
Fracasaron, pero eso no significa que nosotros tengamos la respuesta. La pregunta persiste: ¿cómo vivimos sin el capital? Ya no es más la cuestión de cómo podemos construir una economía planificada en el futuro, sino cómo podemos construir, aquí y ahora, lo que Raúl Zibechi denomina en su excelente contribución a esta colección una “economía política en resistencia”. Esta es la gloria y el dilema del argentinazo de hace diez años. Nos muestra el camino hacia delante y nos obliga a reflexionar sobre las dificultades.
 
El que se vayan todos, el grito de “podemos hacerlo nosotros mismos, no necesitamos ni al capital ni al estado”, las asambleas barriales, las fábricas recuperadas, los piqueteros y las cocinas, talleres y escuelas comunitarias, el movimiento del trueque: todas estas son formas de lucha que se proyectan dentro un mundo que todavía no existe, o que existe sólo a través de nuestras luchas. Este es quizás el ejemplo urbano más glorioso de luchar por crear otro mundo viviendo ahora el mundo que queremos crear. Fue una lucha que fue más allá de la mera negatividad para crear, en una rápida apertura de grietas, un antimundo, no sólo un mundo de oposición, sino un mundo de relaciones sociales diferentes, diversas formas de hacer las cosas.
Vivir ahora el mundo que todavía no existe es la única forma de crear ese mundo, pero también es arriesgado, precisamente porque el mundo en el que elegimos vivir todavía no existe. O más bien existe no-todavía, como anticipación, mediante nuestra creación y las creaciones de los millones de personas que viven contra-y-más allá del capital. Esto hace al proceso maravillosamente estimulante y creativo, pero también lo hace muy frágil. Pero quizás bajo la fragilidad hay también una resistencia, una gran fortaleza.
Quizás deberíamos pensar al argentinazo como capas y diferentes temporalidades. Una hermosa explosión de creatividad que iluminó al mundo y mostró el futuro, pero frágil porque necesitaba de una “economía política en resistencia” más poderosa para sustentarla. Aún así ha dejado un fuerte sedimento de acción más silenciosa, menos espectacular que continúa construyendo el mundo que creamos viviéndolo. Esta es quizás la única forma en que podemos fortalecer y direccionar la furia que probablemente fluyan a través del mundo en los años por venir.
 
 

Enviado especialmente por el autor para su publicación en Herramienta.
Traducido del inglés por Francisco T. Sobrino. Revisión Técnica, Rodrigo F. Pascual.
 
[2] NdE se ha traducido, en casi todo el texto, rage por ira y furia. La utilización de ambos vocablos remite a la necesidad de utilizar términos que permitan contener la pluridimensionalidad del original en inglés.
[3] El autor utiliza los términos sane y sensible. El segundo término no produce mayores problemas, el primero en cambio parece remitir a varios significados. Aquí utilizamos “cuerdo” porque pareciera advertir un tipo de conducta definida clínicamente acorde a lo que la situación del estado de cosas actuales demanda.