Diciembre de 2001: la resistencia de los ajustados

En estas páginas queremos volver sobre los acontecimientos de diciembre de 2001 en Argentina para proponer una explicación sintética de los mismos y pasar revista de una serie de discusiones que suscitaron. Apenas aspiramos a reavivar ciertos debates que creemos importantes, sabiendo de antemano que no podemos agotarlos en estas pocas páginas. En la primera parte, repasaremos la naturaleza de la convertibilidad, para entender mejor su crisis. En la segunda, nos concentraremos en la dinámica de la crisis de la convertibilidad, poniéndola en relación con la dinámica de las luchas sociales. Y en la tercera nos detendremos en estas luchas sociales durante los acontecimientos de diciembre. Acompañaremos nuestros argumentos con algunas referencias bibliográficas, no demasiadas, que incluiremos en notas al pié para agilizar la lectura.

La naturaleza de la convertibilidad 

Durante los acontecimientos de diciembre de 2001 cayó, junto con el gobierno de De La Rúa, la convertibilidad del peso instaurada por Menem diez años antes. Y la explicación de esos acontecimientos es, como veremos, inseparable de la explicación de las características de esta convertibilidad.[1] En efecto, la convertibilidad no había sido una política anti-inflacionaria más, sino el eje del denominado “modelo neoliberal” vigente en la Argentina durante los noventa, es decir, de la modalidad específica que había adoptado en nuestro país la ofensiva capitalista de disciplinamiento de mercado de la clase trabajadora, a través de políticas monetarias y financieras, que ya venía desplegándose a escala mundial desde la década previa. La sanción de la convertibilidad por ley del peso a comienzos de 1991 había significado un intento de acabar con la modalidad inflacionaria de desarrollo de la lucha de clases (y de los conflictos inter-burgueses) que había caracterizado a la sociedad argentina de posguerra y que había culminado en la crisis de mediados de los setenta. El relativo estancamiento de la reestructuración capitalista en la década siguiente, había conducido a un recrudecimiento de este desarrollo inflacionario de la lucha de clases desde mediados de los ochenta y desembocado en los procesos hiperinflacionarios de 1989-90. Y entonces la burguesía hizo suya la estrategia neoliberal: rescatar el dinero de la lucha de clases, para volver a emplearlo como arma suya en esa lucha de clases.

Veamos. La eliminación del recurso a las devaluaciones competitivas mediante la fijación de un tipo de cambio revaluado, en condiciones de apertura de la economía doméstica y desregulación de los flujos globales de capitales y mercancías, exigía una reinserción del capitalismo argentino en el mercado mundial sustentada en el aumento de la productividad y/o el descenso del salario nominal, es decir, en cualquiera de los casos, en el aumento de la explotación del trabajo. Aquí se revela el significado íntimo, es decir, el significado de clase de la convertibilidad. Y aquí se plantea la primera de las discusiones que queremos revistar. La convertibilidad, ciertamente, no era ese conjunto de “reglas de juego” tan neutras ante las clases, como el dinero mismo, que pregonaban sus gestores neoliberales. Pero tampoco era ese “modelo de valorización financiera” o “rentístico financiero” que favorecía a ciertas fracciones de la burguesía en desmedro  de otras, digamos, a una oligarquía parasitaria que acumulaba gracias al endeudamiento externo y las privatizaciones en desmedro de una vieja burguesía nacional productiva que acumulaba mediante la industrialización en alianza con la clase trabajadora, que denunciaban sus críticos populistas.[2]

La imposición del disciplinamiento de mercado de la clase trabajadora mediante la convertibilidad, en realidad, había cristalizado el cambio en las relaciones de fuerzas entre las clases que se había registrado en los procesos hiperinflacionarios de 1989-90. Esta nueva relación de fuerzas era favorable para la burguesía en su conjunto y desfavorable para los trabajadores en su conjunto. Y es por esta razón que las distintas fracciones de la gran burguesía se organizaron como un monolítico bloque en el poder alrededor de la convertibilidad en los noventa. Ni el hecho de que ese disciplinamiento de mercado se ejerciera inmediatamente como disciplinamiento de la propia burguesía, en términos de competitividad, y mediatamente esta burguesía debiera ejercerlo sobre los trabajadores, en términos de explotación; ni el hecho, resultante del anterior, de que algunos capitales individuales o incluso sectores sucumbieran ante ese disciplinamiento, cambia el hecho de que el significado de clase de la convertibilidad se definiera en términos de clase, no de fracciones de clase. Las implicancias políticas de esta discusión eran y seguirían siendo muy importantes. Durante la década pasada, el discurso que definía el carácter de la convertibilidad en esos términos fraccionalistas (entre cuyos portavoces no sólo había populistas sino también muchos izquierdistas) apuntaba a convertir a los trabajadores en masa de maniobra de las fracciones de la burguesía menos competitivas en el mercado mundial. Pero, como estas fracciones eran incapaces de encarar una estrategia de acumulación distinta de la asociada con la convertibilidad, ese discurso no podía traducirse políticamente. No alcanzaba con intentar poner a los trabajadores en el furgón de cola, también había que encontrar burgueses para poner en la locomotora. Pero las cosas serían distintas después de los acontecimientos de diciembre. Durante la década siguiente y devaluación mediante, en cambio, ese mismo discurso contribuiría a convertir a los trabajadores en masa de maniobra de aquellas fracciones de la burguesía más competitivas, que otrora habían sostenido la estrategia de acumulación asociada con la convertibilidad, detrás de “la bandera de reindustrializar la Argentina” del kirchnerismo. A la locomotora se subieron los burgueses equivocados.           

La dinámica de la crisis

Pasemos ahora a la dinámica de la convertibilidad y su crisis. La convertibilidad, en realidad, no solo había cristalizado estáticamente la relación de fuerzas desfavorable para los trabajadores que se había impuesto en los procesos hiperinflacionarios, sino que tendía dinámicamente a profundizarla. La sanción de la convertibilidad fue el disparo de pistola que desató una suerte de carrera del peso detrás del dólar, que debía desarrollarse en dos calles: una monetario-financiera y otra productiva. La convertibilidad implicaba, inmediatamente, que el Banco Central renunciaba por completo a su facultad de crear dinero otorgando crédito al gobierno y, en buena medida, a su facultad de crear dinero otorgando crédito al sistema bancario. Desataba así una carrera hacia el equilibro fiscal o, en su defecto, hacia el financiamiento interno o externo vía endeudamiento o venta de activos públicos y, complementariamente, hacia el reforzamiento del sistema financiero privado. La liquidez del mercado y las finanzas del estado dependían del resultado de esta carrera y la cesación de pagos de la deuda pública y la quiebra del sistema bancario y eran de antemano las modalidades que adquiriría la crisis en caso de que ese peso perdiera su carrera.

Pero la convertibilidad implicaba entonces que la única fuente de creación de dinero era el sector externo y, puesto que había suprimido el recurso a las devaluaciones competitivas y se había implementado en condiciones de una apertura casi irrestricta del mercado doméstico a la competencia internacional y de desregulación generalizada de los flujos de capitales y mercancías en el mercado mundial, desataba una segunda carrera, esta vez hacia un aumento de la competitividad sustentado en un aumento de la explotación del trabajo. Y esta era la gran carrera. La supervivencia del capitalismo doméstico en el mercado mundial en condiciones de moneda convertible dependía, a mediano plazo, del resultado de esta carrera y el deterioro de la cuenta corriente del balance de pagos y la depresión eran de antemano las modalidades que adquiriría la crisis en caso de que el peso la perdiera.  

Entender la dinámica de la convertibilidad, es decir, identificar estas dos calles en que el peso debía correr su carrera detrás del dólar, nos permite explicar su crisis en medio de las luchas sociales de diciembre de 2001. Desde luego que pueden discutirse muchos aspectos de este modo en que presentamos la dinámica de la convertibilidad. Aspectos teóricos: suponemos, por ejemplo, que el tipo de cambio depende en última instancia de la competitividad de la economía doméstica en el mercado mundial y que a su vez esta competitividad depende de los niveles de explotación absoluta y relativa del trabajo. Y aspectos empíricos: sostenemos que estas dos carreras dejaron efectivamente sus huellas en la evolución de las cuentas nacionales durante los noventa: en las cuentas fiscales, en las tasas de aumento de la productividad del trabajo, en los índices de desempleo, en el producto, en los números de quiebras, etcétera. Pero no podemos discutir estos aspectos en estas pocas páginas. Aquí vamos a concentrarnos, en cambio, en la discusión de algunas interpretaciones alternativas de la crisis de la convertibilidad. Y precisamente esta es la discusión decisiva para aproximarnos a esos acontecimientos de 2001, pues nosotros vamos a afirmar que la crisis de la convertibilidad debe explicarse a partir del antagonismo entre capital y trabajo -el mismo antagonismo que se manifestó en las calles porteñas como piquetes y cacerolazos durante las jornadas de diciembre.

Recorramos muy sintéticamente algunas de las principales interpretaciones de la crisis de la convertibilidad.[3] Un primer grupo de interpretaciones importantes enfatizó en causas externas: el reflujo de capital financiero respecto de los llamados mercados emergentes después de las crisis del Sudeste Asiático de 1997 y de Rusia de 1998 y, como parte de una misma dinámica de crisis financiera, la apreciación del dólar –y por ende del peso convertible- y la devaluación del real. Y este reflujo fue enmarcado a veces, desde una perspectiva más crítica, en la fragilidad y la inestabilidad de los sistemas financieros internacional y doméstico.[4] Esta interpretación rinde cuenta de un factor importante de la crisis de la convertibilidad. Esta crisis es, efectivamente, parte integrante de la serie de crisis financieras iniciada a mediados de 1997 en los tigres asiáticos. El resultante reflujo generalizado de capitales financieros hacia plazas más seguras dificultó el citado recurso al financiamiento externo de los déficit fiscales y las bruscas alteraciones en los tipos de cambio redujeron la también mencionada competitividad externa. El hecho de que los spreads superaran los 600 puntos básicos ya desde 1998 o que la apreciación del tipo de cambio real alcanzara un 35% ya en 1999 sólo pueden explicarse a la luz de la crisis financiera internacional. Sin embargo, como siempre, la manera en que se expresó esta crisis financiera en la economía nacional también estuvo condicionada por factores internos. Aún quienes enfatizaron en estos factores externos reconocieron que la cesación del pago de la deuda hacia la que se dirigía el estado argentino no se debía exclusivamente a los humores de los mercados financieros internacionales, sino también a la imposibilidad interna de imponer un ajuste fiscal; que la crisis externa que enfrentaba la economía argentina no se originaba solamente en los avatares de los mercados cambiarios internacionales, sino también en la imposibilidad interna de forzar una depreciación real del tipo de cambio. Reconocían así, mediante expresiones como “las dificultades políticas pusieron en tela de juicio la sostenibilidad” (Guillermo Calvo), la manera en que se expresaba el antagonismo entre capital y trabajo en la sociedad argentina. 

Un segundo grupo de interpretaciones enfatizó en la situación fiscal interna. Se trata de la interpretación liberal más ortodoxa, sostenida por el establishment del FMI desde que se desencadenó la crisis y por varios think tanks locales, pero subyacente también a medidas como el impuestazo de Machinea de fines de 2000 o el recorte de Lopez Murphy de comienzos de 2001.[5] Y es indiscutible que el déficit fiscal aumentó durante la segunda mitad de los noventa y se convirtió en un ingrediente importante en la crisis de la convertibilidad. Pero no puede considerarse, en sí mismo, como el factor decisivo. El carácter más o menos explosivo de un déficit fiscal del 3,2% del PBI (según cifras oficiales, para 2001) dependía de su contexto (la proscripción del financiamiento inflacionario impuesta por la convertibilidad) y de las dificultades para financiarlo mediante venta de activos (después del cierre del proceso de privatizaciones) o mediante endeudamiento en los mercados financieros (dadas la escasa magnitud del mercado doméstico y la crisis que atravesaba el mercado internacional). Esto nos devuelve a la necesidad de imponer un déficit cero mediante un aumento de los ingresos (como el mencionado impuestazo de Machinea) o mediante un descenso de los gastos públicos (como el mencionado recorte de Lopez Murphy) o sea, al antagonismo entre capital y trabajo en la sociedad argentina. La crisis se debía “problemas políticos en Argentina y a la derrota de Ricardo López Murphy en su intento para imponer el recorte necesario” (Michael Mussa).

Un tercer grupo de interpretaciones, finalmente, enfatizó en las dificultades de productividad y competitividad que enfrentaba el capitalismo doméstico para insertarse en el mercado mundial en condiciones de convertibilidad.[6] Este tipo de explicaciones, en nuestra opinión, identifica la causa decisiva de la crisis. Se trata de la segunda carrera del peso detrás del dólar a la que nos referimos antes, es decir, la carrera hacia un nivel de explotación del trabajo que volviera sustentable a mediano plazo la convertibilidad. Pero, en nuestra opinión, estas explicaciones solo son completamente satisfactorias si, superando los límites de la economía como disciplina, reconducen al antagonismo entre capital y trabajo. La relación social antagónica fetichizada en los conceptos económicos -como el concepto de capital, del que predicamos esas productividad y competitividad- no es un mero sustrato metafísico, sino que se actualiza en acontecimientos decisivos como la crisis que acarreó la caída de la convertibilidad a fines de 2001. Y nuestra explicación de esta crisis no puede hacer caso omiso de la manera en que se expresa en ella el antagonismo entre capital y trabajo.

La mejor explicación de la crisis, en este sentido, se escribió con aerosol en las paredes: “el límite del ajuste es la resistencia de los ajustados”. Sólo podemos explicar la crisis de la convertibilidad entendiendo tanto su carrera monetario-financiera como su carrera productiva como dos dimensiones distintas en las que se desarrolla un mismo antagonismo entre capital y trabajo, un antagonismo que se expresa tanto en el ajuste de las cuentas públicas como en el ataque a los salarios nominales en las condiciones deflacionarias reinantes. Más aún. Sólo podemos explicar las explosivas consecuencias que acarrearon para la suerte de la convertibilidad el reflujo de capital financiero y las alteraciones de tipos de cambio que siguieron a las crisis del Sudeste Asiático y de Rusia en su especificidad, es decir, en su diferencia específica respecto de las consecuencias que acarrearon para otros mercados emergentes en 1997-98 e incluso para el propio mercado argentino crisis financieras previas como la de México de 1995, si atendemos a ese desarrollo del antagonismo entre capital y trabajo.[7]

Las luchas sociales

Ahora bien ¿en qué consiste este antagonismo entre capital y trabajo, en el que insistimos hasta el cansancio? El partido de vanguardia y su programa, la conciencia de clase, las centrales sindicales y sus huelgas, los piquetes, las asambleas, los cacerolazos pueden ser expresiones de este antagonismo. Pero, en realidad, no depende de ninguno de ellos en particular para expresarse. ¡Ni siquiera depende de la lucha de clases! (La definición estricta de las clases implica un mínimo de subjetivación colectiva que puede no estar presente en expresiones individuales de este antagonismo, como la del ejemplo de Holloway del trabajador que arroja el despertador contra la pared por la mañana, o incluso en algunas expresiones grupales como los saqueos a los supermercados). Puede objetarse que estas disquisiciones son superfluas porque, en las jornadas de diciembre, ese antagonismo entre capital y trabajo se expresó abiertamente como luchas sociales alrededor del ajuste. Pero no son superfluas, porque no sólo se expresó en los piquetes y cacerolazos de las calles porteñas sino también, por ejemplo, en las convulsiones de las calificaciones de riesgo y los spreads de los mercados financieros.

Pero vayamos, ahora sí, a esas luchas sociales de las jornadas de diciembre. Hay dos discusiones sobre estas luchas sociales que nos parecen especialmente relevantes. La primera es una discusión alrededor de la naturaleza de estas luchas. Durante la década de los noventa se registró una metamorfosis en el modo de desenvolvimiento de la lucha de clases, que puede resumirse en un desplazamiento desde la centralidad de los segmentos de la clase trabajadora empleados en el sector privado, particularmente en la industria, con sus organizaciones sindicales, demandas predominantemente salariales y huelgas en sus lugares de trabajo, hacia la centralidad de otros segmentos de esa clase trabajadora expulsados o amenazados de ser expulsados de sus puestos de trabajo, con sus demandas predominantemente vinculadas con sus empleos y sus nuevos modos más comunitarios de organización y de lucha. Y esta metamorfosis fue conceptualizada por algunos sociólogos que investigaban los movimientos sociales, la protesta o la acción colectiva en términos de un fin de la “matriz sindical” o del “paradigma del movimiento obrero” que ponía en entredicho, en última instancia, el carácter de clase de esas luchas sociales.[8] Sin embargo, en su mayoría, las nuevas luchas sociales que desde comienzos de la década de los noventa ya comenzaron a registrarse en las márgenes de la lucha sindical pero que recién predominarían durante el ascenso que se inició hacia 1996-97 y que culminó en las jornadas de diciembre de 2001, no estaban reemplazando la lucha de clases sino simplemente desarrollándola bajo modalidades no-sindicales. Sin tener en cuenta aquel cambio en el modo de desenvolvimiento de las lucha de clase no pueden entenderse las características de las jornadas de diciembre de 2001 (por ejemplo, el papel relativamente marginal de las centrales sindicales), pero estas características (la centralidad que adquirirían los planes nacionales de lucha de los congresos piqueteros, por ejemplo) tampoco pueden entenderse si conceptualizamos esa metamorfosis como el fin de la lucha de clases. Y, por cierto, menos aún puede entenderse el protagonismo renovado que adquiriría la modalidad sindical de lucha de los trabajadores durante la década siguiente.

La segunda discusión que nos parece relevante se refiere a la relación entre estas luchas sociales y los conflictos interburgueses. Sucede que, durante los últimos meses de ese ascenso de las luchas sociales que se inició en 1996-97 y culminó en las jornadas de diciembre de 2001 (más exactamente: desde fines de 1999), también comenzaron a registrarse crecientes conflictos entre distintas fracciones de la propia burguesía. Y estos conflictos interburgueses fueron, indiscutiblemente, un aspecto importante de la crisis de la convertibilidad. Pero algunos abordajes sociológicos de estos conflictos cometen tres graves errores, a saber: desvinculan estos conflictos entre fracciones de la burguesía de la lucha de clases, tienden a considerarlos de una manera conspirativa y pretenden explicar la caída de la convertibilidad a partir de ellos.[9] Veamos. Existe, ciertamente, una diferencia básica entre los conflictos entre distintas fracciones de la burguesía y la lucha de clases que reside, en última instancia, en que los primeros son expresión de la relación de competencia entre capitales mientras que la segunda es expresión de aquella relación de antagonismo entre capital y trabajo –y de aquí se sigue, precisamente, la prioridad general de ésta sobre aquellos en la explicación de la dinámica social. En este sentido, los conflictos entre distintas fracciones de la burguesía y la lucha de clases son, sencillamente, cosas distintas. Pero, en los hechos, la capacidad o la incapacidad de esas distintas fracciones de la burguesía de unificarse en un bloque en el poder, es decir, de no intervenir como fracciones (o incluso como burgueses individuales) disgregadas en el mercado sino reunidas como clase a través del Estado, es un corolario de la lucha de clases. Ni la integración de un bloque en el poder alrededor de la convertibilidad tras los conflictos interburgueses que se registraron durante los procesos hiperinflacionarios de 1989-90, ni la desintegración de ese bloque y los nuevos conflictos que se registraron con la crisis de la convertibilidad hacia 1999-01 pueden explicarse prescindiendo de la lucha de clases. Estos conflictos entre fracciones de la burguesía, además, no revisten la modalidad conspirativa que a menudo revisten en aquellos abordajes. La crisis de la convertibilidad no puede explicarse a partir de ninguna puja entre los bandos de “los devaluadores” y “los dolarizadores” así como tampoco la salida de la convertibilidad puede explicarse como el éxito del primero sobre el segundo. Más bien los capitalistas, en su gran mayoría, parecen haber enfrentado la crisis defendiendo ciegamente el statu quo mientras reclamaban medidas puntuales para protegerse a sí mismos, mientras que la salida de la convertibilidad consistió en una mera devaluación forzada por la propia crisis. Y esto fue así sencillamente porque el curso de los acontecimientos no estaba escrito de antemano en los planes de ningún grupo económico, sino que se escribía día a día en la lucha de clases.                       

Para concluir, volvamos al comienzo. En estos acontecimientos de diciembre de 2001 cayó el gobierno de De La Rúa y cayó también la convertibilidad que, instaurada por Menem diez años antes, De La Rúa había mantenido hasta último momento. Pero la convertibilidad había sido nada menos que el eje de la modalidad específica que había adoptado en nuestro país durante la década de los noventa el neoliberalismo, es decir, la ofensiva capitalista de disciplinamiento de mercado de la clase trabajadora a través de políticas monetarias y financieras que venía desplegándose a escala mundial desde la década previa. Y el disciplinamiento impuesto por esta convertibilidad había sustentado a su vez la hegemonía política neoliberal más o menos sólida que había signado a la sociedad y a la política argentina durante la década.[10] Esos acontecimientos que acabaron con el reaccionario gobierno aliancista, sucesor de los menemistas, la convertibilidad y la hegemonía neoliberal vigente durante una década entera fueron, en pocas palabras, una insurrección.

Bien sabemos que a esta insurrección siguió una restauración. Sabemos que la devaluación de 2002 vino a ajustar inflacionariamente los salarios que no habían podido ajustarse deflacionariamente, iniciando una recuperación de la acumulación. También sabemos que el sistema de partidos y la democracia representativa volvieron con las elecciones de 2003, iniciando una recomposición de la dominación. Sabemos, en definitiva, que de aquella insurrección apenas parecen quedar rastros en el gatopardismo kirchnerista. Pero, si antes insistimos tanto en entender la crisis de fines de la década de los noventa en su conjunto en términos de lucha de clases y ahora insistimos en entender los acontecimientos de diciembre en términos de insurrección es porque creemos que el primer requisito para mantener vivas en el presente las promesas de las luchas del pasado es no escamotearles su nombre.   


[1] Apenas sucedidos esos acontecimientos de diciembre, aunque a partir de una interpretación previa de la convertibilidad, propusimos la explicación que resumiremos en estas páginas en artículos como “Que se vayan todos. Crisis, insurrección y caída de la convertibilidad”, en Cuadernos del Sur 33, Bs. As., 2002 y “Que se vayan todos. Argentina’s crisis and upsurge in question”, en Historical Materialism 14 (1), Leiden, KoninklijkeBrill, 2006.

[2] Para la interpretación neoliberal puede recurrirse directamente a Cavallo (El peso de la verdad, Bs. As., Planeta, 1997) o a Llach (Otro siglo, otra Argentina, Bs. As., Ariel, 1997); para la interpretación populista, entre otros, a A. E. Calcagno y A. F. Calcagno (El universo neoliberal. Recuento de sus lugares comunes, Bs. As., Alianza, 1995) o a E. Basualdo (Estudios de historia económica argentina, Bs. As., FLACSO – Siglo XXI, 2006).

[3] Para tener un panorama acerca de las principales interpretaciones, puede recurrirse al survey que escribió en su momento B. Nofal: “Las causas de la crisis de la Argentina”, en Boletín Informativo Techint 310, Bs. As., Organización Techint, 2002. Ella distinguía entre siete tipos de  explicaciones, que enfatizaban en el plano fiscal, el atraso cambiario, la disminución en el ingreso de capitales, la caída de la demanda interna, el deficiente funcionamiento de las instituciones, los problemas estructurales intrínsecos del modelo económico y los errores de la dirigencia política.

[4] Véase por ejemplo la explicación de Guillermo Calvo, el famoso economista del BID (G. Calvo; A. Izquierdo y E. Talvi: “Sudden stops, the real Exchange rate and fiscal sustainability: Argentina´s lessons”, NBER Working Paper, Cambridge, 2003 o G. Calvo: “La crisis argentina: una explicación”, en C. Bruno y D. Chudnovsky (comps.): ¿Por qué sucedió? Las causas económicas de la reciente crisis argentina, Bs. As., Siglo XXI, 2003). Y, más heterodoxa, la de M. A. Macedo Cintra y M. Farhi: “Contradicciones y límites del Plan de Convertibilidad”, en Nueva sociedad 179, Caracas, 2002.

[5] Véanse las propias explicaciones de Anne Krueger, entonces subdirectora del FMI (“Crisis, prevention and resolution: lessons from Argentina”, NBER Working Paper, Cambridge, 2002) o de Michael Mussa, por entonces su director de investigaciones (Argentina y el FMI: del triunfo a la tragedia, Bs. As., Planeta, 2002). En nuestro medio fue la explicación de economistas de think tanks como el CEP (M. Teijeiro: “Una vez más, la política fiscal”, Bs. As., CEP, 2001) o FIEL (D. Artana; R. López Murphy y F. Navaja: “La crisis económica argentina”, en D. Artana y R. Dornbusch (comps.): Crisis financieras internacionales. ¿Que rol le corresponde al gobierno?, Bs. As., FIEL – CATO Institute, 2004.

[6] Véanse, por ejemplo, los análisis de la dinámica de la convertibilidad de G. Gigliani: “El plan de convertibilidad (1991-98): siete años de ofensiva del capital”, Bs. As., Mimeo; R. Astarita: “Ciclos económicos en la Argentina de los 90”, en Herramienta 16. Bs. As., 2001; P. Bustos: “Volver a empezar, una vez más”, en Nueva sociedad 179, Caracas, 2002.

[7] Vale advertir que solamente por razones de espacio nos referimos aquí a la manera en que se desarrollaba ese antagonismo entre capital y trabajo a escala nacional. Los reflujos de capitales financieros y las alteraciones de los tipos de cambio en el mercado mundial aparecen, en consecuencia, como meras variables exógenas. Pero no hay que olvidar que, en realidad, ese antagonismo entre capital y trabajo se desarrolla a escala mundial y cualquier explicación que se restrinja a la escala nacional, como la nuestra, es insuficiente. En cualquier caso, en una serie de trabajos (como por ejemplo: “El comando del capital-dinero y las crisis latinoamericanas”, en W. Bonefeld y S. Tischler (comps.): A 100 años del ¿Qué hacer?, Bs. As., Herramienta, 2003) intentamos explicar como se desenvolvía ese antagonismo entre capital y trabajo en el mercado financiero internacional.           

[8] Nos referimos a estudios como los de Federico Schuster (F. Schuster et alii: Transformaciones de la protesta social en Argentina 1989-2003, Documento de Trabajo 48, Instituto de Investigaciones Gino Germani, FCS-UBA, 2006; F. Schuster et alii : Tomar la palabra. Estudios sobre protesta social y acción colectiva en Argentina contemporánea, Bs. As., Prometeo, 2005) o de Marina Farinetti (“¿Qué queda del movimiento obrero? Las formas del reclamo laboral en la nueva democracia argentina”, en Trabajo y Sociedad1 (I), Santiago del Estero, 1999; “La conflictividad social después del movimiento obrero, en Nueva sociedad 182, Caracas, 2002). Un artículo en prensa de Adrián Piva (“Fin de la clase obrera o desorganización de la clase”) es el mejor abordaje que conozco de esta discusión. 

[9] Véase D. Aspiazu y M. Schorr: “¿Atrapados sin salida? La crisis de la convertibilidad y las contradicciones en el bloque de poder económico”, Bs. As., FLACSO, 2002; A. Castellani y M. Schorr “Argentina: convertibilidad, crisis de acumulación y disputas en el interior del bloque de poder económico”, en Cuadernos del Cendes 21 (51), Caracas, 2004. Abordamos esta discusión (emparentada con la anterior acerca del fraccionalismo) con mayor detalle en A. Bonnet y A. Piva: Argentina en pedazos. Luchas sociales y conflictos interburgueses en la crisis de la convertibilidad, Bs. As., Peña Lillo / Continente, 2009.

10] La que bautizamos como “hegemonía menemista” y analizamos en La hegemonía menemista. El neoconservadurismo en Argentina, 1989-2001, Bs. As., Prometeo, 2008. Véase también el análisis de este fenómeno de Adrián Piva en Acumulación de capital y hegemonía en Argentina (1989 – 2001), Tesis de Doctorado, Mención en Ciencias Sociales, de la Universidad Nacional de Quilmes, 2009.