ARGENTINA: ¿QUE PASO CON EL "QUE SE VAYAN TODOS"?

Guillermo Almeyra

La participación en las elecciones batió récords; los votos blancos y nulos fueron mínimos y todos los grupos de la izquierda y la ultraizquierda (sumando desde los comunistas hasta los socialistas y desde los varios grupúsculos seudo trotskistas hasta Autodeterminación y Libertad) sólo alcanzaron menos del 5% o sea, menos de la mitad de lo que habían obtenido en octubre del 2001, en las legislativas. ¿Qué pasó con la “insurrección ciudadana” por algunos pregonada? ¿Qué sucedió con la “situación revolucionaria” (o “prerrevolucionaria”) que otros veían ocupar las calles? ¿Qué sucedió  con el “¡Que se vayan todos!” que John Holloway y el subcomandante Marcos calificaban de consigna

revolucionaria? ¿Cuál fue la suerte de las asambleas populares surgidas de los cacerolazos que derribaron –con la ayuda de la conspiración peronista- al gobierno de la Alianza presidido por el ultraconservador Fernando de la Rúa? ¿Nada cambió? ¿Todo fue inútil y el país conservador renace apenas mejora algo la situación económica y premia con casi el 40 por ciento de los votos al hombre del gran capital, Ricardo López Murphy, agente de Estados Unidos, represivo y al delincuente Carlos S. Menem, socio de George Bush?

En primer lugar, la ultraizquierda confundió “insurrección” con “insubordinación”. La primera no existió ni podía existir, mientras que la segunda, muy importante porque afecta gravemente el sistema de dominación, abarcó –todavía, esperamos- sólo a una parte minoritaria de la población, sobre todo en la pequeñoburguesía urbana media y pobre de la Capital Federal, Córdoba y Rosario, con algunas manifestaciones menores en otras ciudades capitales en las provincias. Para que haya una situación revolucionaria, según la famosa frase de Rosa Luxemburgo, los de arriba no deben poder gobernar como antes y los de abajo no deben querer ser gobernados como antes. Pues bien: “los de arriba” (en este caso los diferentes clanes peronistas en lucha entre sí) tenían respaldo para gobernar en lo fundamental como antes (colaboraron para echarlo a de la Rúa y canalizaron a su favor La acción popular sin dirección ni objetivo); por su parte, “los de abajo” estaban dispuestos a repudiar, a protestar, pero no a echar a nadie como lo revelaba, para quien supiera leer, la consigna desesperada e impotente, pero rabiosa, “¡Que se vayan todos!”, que dejaba en manos de los políticos repudiados el tener un gesto final de dignidad o en manos del Destino el hacerlos desaparecer.

En cuanto a las asambleas populares, en su mejor momento llegaron a ser cerca de dos mil. Si se les atribuye, con generosidad, una asistencia media militante de 200 personas por asamblea, se llega a la cifra muy importante de 400 000 personas movilizadas permanentemente, las cuales, con simpatizantes y familias, podrían representar dos millones de personas. Pero el país tiene una población de 37 millones y de esa diferencia salió el 40% de votos ultraconservadores por Menem o López Murphy, que la ultraizquierda ignoraba. La importantísima minoría que pasó por las asambleas tenía y tiene la tarea de convencer y ganar a la mayoría, desilusionada, despolitizada o conservadora. Ahora bien, por un lado los grupúsculos de la izquierda tradicional y la funesta ultraizquierda, que no habían creado las asambleas, que fueron fruto de la iniciativa popular anónima, se lanzaron a coparlas, a sectarizarlas, no escucharon a la gente común que las componían, la ahuyentaron. Además, no se puede mantener indefinidamente, reuniéndose al aire libre, en calles y plazas, en pleno invierno y bajo la lluvia, una movilización cotidiana nocturna que es posible en verano y hasta en otoño. Sobre todo cuando no hay un proyecto alternativo que movilice y una y la mitad del tiempo hay que dedicarlo a parar las desgastantes maniobras de la ultraizquierda y cuando, por odio a la política institucional, la mayoría de los asambleístas cree que la política debe ser evitada, justamente cuando las asambleas son el hecho político más prometedor y cuando hay que reconquistar la política para los trabajadores, en el sentido lato de la palabra. Las asambleas, por lo tanto, se redujeron en número y en concurrencia y militancia. Pero subsisten y la gente que pasó por ellas ya no es la misma, pues recuperó el espacio público, escuchó y se escuchó, creó organismos que son germen de doble poder a nivel local, barrial. Lejos de reproducir simplemente el poder, como dice Holloway, el doble poder al mismo tiempo lo reproduce y lo combate, cambia al que lo ejerce y cambia la relación de fuerzas en la sociedad, crear poder de abajo debilitando al poder de arriba y prepara en la cabeza de la gente y en la sociedad las condiciones revolucionarias, cambiando el peso relativo del poder, debilitando la dominación, construyendo alianzas al mantener un hospital bajo autogestión de enfermos, parientes, médicos, trabajadores, asamblea barrial o al crear granjas comunitarias que dan de comer a los desocupados.

En la Argentina de hoy subsisten más de 130 empresas, chicas y medianas por lo general, que trabajan ocupadas por sus obreros, que las administran en autogestión. Es muy importante, por supuesto, que en vez de resignarse al cierre y al despido, o de simplemente protestar desde afuera, muchos desafíen la sacrosanta propiedad privada, ocupen, mantengan la producción y el medio de trabajo. Pero esa ocupación jamás es preventiva o política: se da sólo ante un cierre, es defensiva. Y, además, en muchos casos los trabajadores piden la estatización o municipalización de las empresas ocupadas, para garantizar sus salarios y tener un respaldo legal que impida que se les desaloje, como en el caso emblemático de la textil Brukman, en Buenos Aires. Estas fábricas ocupadas que resisten a veces lo hacen con dinero de los proveedores, que no quieren quedarse sin clientes, y muchas veces reduciendo los salarios para capitalizar la empresa. La idea de autogestión sin duda se refuerza y demuestra su viabilidad a nivel de toda la sociedad, pero la medida no deja de ser defensiva y la conciencia de quienes la aplican está lejos de ser revolucionaria, como pretenden algunos portavoces ultraizquierdistas de los opcupantes que sólo los aíslan y les quitan aliados.

Por lo que respecta a los piquetes (grupos de desocupados organizados) ni siquiera se ha llegado a la unidad. Cada organización de izquierda tiene “su” piquete. Y la conquista de una cuota de planes de trabajo pagados por el gobierno facilita el surgimiento de un clientelismo nefasto porque no se puede trabajar si no se es afiliado y no se acata la línea de la dirección que negocia dichos planes de trabajo.

El fracaso estruendoso de la izquierda se debe a su incomprensión del nivel alcanzado por la conciencia de los trabajadores a nivel nacional (por ejemplo, los obreros de los grandes gremios están ausentes, como tales, de una lucha en la que algunos participan como individuos). Se debe a sus saltos mortales políticos (el Partido Obrero, por ejemplo, vociferó contra las elecciones oponiéndoles una fantasmal Asamblea Constituyente Popular de asambleas y piqueteros hasta que, de golpe, presentó un candidato a presidente propio en las elecciones que tanto había condenado) y a su incapacidad total para encarar acciones político-programáticas viables, capaces de movilizar y de elevar la conciencia de los movilizados. Pero se debe también a su incapacidad de pensar que el protagonista de las revoluciones, su sujeto, es la gente común trabajadora, no una raquítica organziación partidaria supuestamente  poseedora, de una vez para siempre, de la Verdad y la Línea Correcta. Sus actos, su comportamiento, su lenguaje, su sectarismo son el obstáculo mayor para la construcción de un polo unitario de izquierda, pluralista, democrático, que tanto hace falta.

Entonces ¿no pasó nada? ¿Se quedaron todos los que se debían ir y todo sigue como antes de diciembre del 2001?. No. Las elecciones demostraron una fragmentación de la burguesía que no tiene precedentes. La Unión Cívica Radical, que tiene 113 años de antigüedad como partido liberal con base popular de masas, virtualmente desapareció. El peronismo, lejos de resolver su conflicto interno, se fragmentó aún más. Menem, el hombre del imperialismo, fue repudiado por el 80 por ciento del electorado (antes lo habían elegido dos veces con amplísima mayoría). Néstor Kirchner no representa al peronismo aunque sea peronista (y la mitad de sus votos en realidad fueron contra Menem). Uno de los errores constantes de los analistas superficiales consiste en que idealizan la realidad: el “que se vayan todos” es para ellos sinónimo de un no al capitalismo cuando incluye la ilusión en un capitalismo limpio y sano, las asambleas y los piquetes son anticapitalistas (aunque junto a unos cuantos revolucionarios existan y militen  muchos que sólo quieran protestar, esperen reformas y no estén contra el sistema ) y el voto a candidatos peronistas es un voto consciente, duro, peronista, aunque en realidad es un voto al mal menor (tipo Kirchner) contra el mal mayor (la derecha clásica, esa sí dura, que sigue a López Murphy) o la banda de Menem.

La movilización, desde diciembre del 2001, debilitó al establishment,  dio márgenes para la autoorganización y, sobre todo, confianza y moral a los movilizados. A falta de una alternativa tuvieron que ir a votar o sea, combatir en un terreno ajeno, y tuvieron que elegir, sin esperanzas, entre los diversos males. Pero el hecho de que no se espere nada de un líder burgués y se tenga conciencia de por qué se ha votado por otro no pudiendo votar por un programa y un candidato propio implica que se ha recorrido ya casi la mitad del camino hacia la independencia política y la organización de una alternativa anticapitalista. El voto masivo demuestra, paradójicamente, un buen nivel de conciencia política, porque buscó, con buen sentido, utilizar las urnas, ya que no se podía hacer otra cosa, para evitar el regreso de la ultraderecha.

Pasadas las elecciones habrá que responder a los problemas cotidianos. O sea, pelear en el terreno de la lucha de clases directa y no en el electoral, que es simbólico y desfavorable. El voto popular fue esencialmente antimperialista y antineoliberal. Eso se expresó en la recepción multitudinaria a Fidel Castro y a Hugo Chávez.. Kirchner podría utilizar ese factor para tratar de construirse una base de apoyo para una política nacionalista burguesa moderada que frene el camino a la creación de una real izquierda y a una alternativa anticapitalista en el país. Los intelectuales que, como Miguel Bonasso, le dan patente de combatiente antimperialista, o los elogios de Fidel Castro, desgraciadamente le ayudan en esa tarea. Pero la reanimación, aunque pequeña y relativa, de la economía argentina, abrirá el camino nuevamente al gran ausente, el proletariado organizado, hoy paralizado por la desocupación y la miseria (la desocupación llega al 24% y ésta supera el 75%, lo que indica que buena parte de los ocupados son pobres o miserables). Los avances no siguen nunca en línea recta ascendente. Hay pausas, retrocesos parciales, desvíos temporarios: pero nadie le puede quitar a quienes la vivieron la experiencia de la autoorganización, de la democracia directa, de la autogestión. Todo eso, pasado este invierno, electoral y político, reflorecerá en la próxima primavera.