El concepto de “enajenación” (Entäußerung) en la Ontología del ser social y en la Estética de Lukács

 

El propósito del trabajo es precisar el modo en que Lukács concibe la enajenación (Entäußerung) en la esfera estética. Para ello nos detendremos en primer lugar en las determinaciones que la categoría recibe en Para una ontología del ser social (publ. en 1984), y en las distinciones entre enajenación, objetivación (Vergegenständlichung) y alienación (Entfremdung) que allí encontramos. La exploración del término en la Ontología ofrecerá, así, la base para precisar la especificidad que la categoría asume en La peculiaridad de lo estético (1963).   
Recordemos que en la Ontología del ser social la alienación es concebida como una situación variable históricamente y derivada de la contradicción entre el desarrollo de las capacidades humanas exigidas por la evolución de las fuerzas productivas, por un lado, y el desarrollo de la personalidad, por el otro. En el capitalismo esta contradicción se vuelve particularmente acusada y nociva, pues el alto grado de evolución de las capacidades humanas al servicio de la producción redunda, por lo general, en la despersonalización del individuo, en una imposibilidad de traducir en el sujeto las potencialidades generadas por la formación social. Dicho en otros términos, la alienación deriva de la discontinuidad o heterogeneidad entre dos dinámicas inseparables pero diferenciadas que intervienen en la autoproducción humana: la objetivación y la enajenación (cf. Vielmi Fortes, 2012:71).
Nos referiremos brevemente a las distinciones entre ambas categorías. Lukács explica en la Ontología que en el proceso de trabajo cada reflexión y cada acto se dirigen a una objetivación, esto es, a una transformación del objeto que de este modo adquiere una utilidad social. De allí que la objetivación suponga, para Lukács, la introducción del ser-para-nosotros en el ser-en-sí de la naturaleza. La objetivación guarda relación directa con la creciente conquista, por parte de los hombres, del mundo natural, con el progresivo retroceso de sus límites, con la socialización del mundo de los objetos. Apunta, pues, a la producción de algo en el mundo, a los resultados objetivos de la exteriorización de las capacidades humanas exigidas por la formación social en cuestión.
La enajenación, por su parte, forma en la praxis un acto inescindible de la objetivación, pero mientras que esta última se refiere al efecto del acto teleológico sobre el objeto, en la primera el énfasis se coloca sobre el sujeto. Con el propósito de ofrecer una primea descripción de esta categoría, Lukács retoma la cita de Marx de El capital en la que ambos procesos, objetivación y enajenación, aparecen diferenciados:
 
Al final del proceso de trabajo, brota un resultado que antes de comenzar el proceso existía ya en la mente del obrero; es decir, un resultado que tenía ya existencia ideal. El obrero no se limita a hacer cambiar de forma la materia que le brinda la naturaleza, sino que, al mismo tiempo, realiza en ella su fin, fin que él sabe que rige como una ley las modalidades de su actuación y al que tiene necesariamente que supeditar su voluntad. (Marx, 1973 vol. I: 130)
 
La cita pone de relieve dos elementos que Lukács tiene en cuenta a la hora de delimitar la categoría de enajenación: por un lado, la realización del propio fin, el pasaje, con sus necesarias transformaciones, de la idea al acto; por otro, la subordinación de la voluntad del sujeto al fin convertido en ley, a la exigencia impuesta por la meta de reflejar correctamente los nexos causales y hallar los medios adecuados para su concreción. Sobre este segundo elemento se insiste particularmente, en la medida en que a Lukács le interesa analizar los efectos de retorno sobre el sujeto de sus actos de enajenación. La enajenación supone, pues, una adecuación de la subjetividad al proceso productivo, una transformación del sujeto a través de la actividad que se traduce, por ejemplo, en el dominio de las inclinaciones y las emociones, o en el aumento de ciertas habilidades en desmedro de otras. Esto, a su vez, repercute en el modo en que el sujeto se concibe a sí mismo, en el modo en que sintetiza en su personalidad la totalidad de sus actos de enajenación. Con el avance de las fuerzas productivas y la división del trabajo en el capitalismo, los fines últimos que rigen la actividad se vuelven cada vez más ajenos para el individuo, que en el acto de trabajo responde a metas parciales con destrezas parciales. Todo trabajo, toda transformación del objeto exige una adecuación del sujeto; pero en condiciones alienadas la sucesión de adecuaciones no redunda en una síntesis que fortalezca la personalidad, sino todo lo contrario. De allí que se acentúe la brecha entre el éxito de los procesos de objetivación (esto es, el avance de la socialización del mundo de los objetos), y las nefastas consecuencias para los sujetos de sus actos de enajenación: nos referimos a la despersonalización del individuo, a la imposibilidad de autopercibirse como parte del género humano que efectivamente hace la historia al objetivarse.
Lukács, en efecto, establece una relación entre esta situación alienada y el problema del acceso a la genericidad para sí y la superación de la particularidad. Señala que
 
sólo cuando el hombre singular entiende su vida como un proceso que es parte de este desarrollo del género humano […] alcanza un vínculo real y no más mudo con la propia genericidad. Sólo cuando anhele […] esta genericidad […] puede considerar haber alcanzado –al menos como obligación respecto de sí mismo– una elevación por encima de su ser hombre meramente particular. (Lukács, 1981 vol. II: 582)[1]
 
Para recuperar los conceptos hasta aquí abordados, podría decirse que en condiciones alienadas (trátese de la sociedad esclavista, del capitalismo del siglo XIX o del capitalismo contemporáneo) las objetivaciones requeridas por la formación social en cuestión imponen al sujeto enajenaciones a las que subyace un determinado estado de conciencia: el del hombre meramente particular, con su punto de vista parcial y parcializante.
Antes de pasar al concepto de enajenación en la esfera estética, cabría preguntarse cuál es el vínculo que Lukács establece entre la alienación y la superación de la particularidad y el acceso a la genericidad para sí. En la Ontología Lukács señala que se trata de un vínculo complejo: por un lado, la situación alienada obstaculiza el abandono del punto de vista particular; por otro, la superación de esta perspectiva limitada no es un remedio seguro contra la alienación. Es probable que esto ocurra porque la alienación involucra elementos objetivos y subjetivos, una situación histórica que no se modifica necesariamente cuando se modifica el estado de la conciencia. Lukács ejemplifica este punto señalando que la elevación por sobre la particularidad, cuando se da como resistencia individual y aislada, resulta impotente en condiciones alienantes drásticas como la esclavitud o la jornada laboral en el capitalismo del siglo XIX, o que el compromiso individual con una causa colectiva puede conducir a alienaciones sui generis, como en el stalinismo u otros fenómenos donde la causa colectiva no coincide con la causa humana (cf. Lukács, 1981 vol. II: 586-587). Sin embargo, como resulta evidente, la superación del estado de conciencia de la particularidad resulta una predisposición subjetiva indispensable para luchar contra la alienación.
Hay otro factor que obstaculiza este combate y al que aludiremos brevemente: se trata de la tendencia a percibir los fenómenos objetivos y la propia realidad vital en términos abstractos, fijos y aislados, la inclinación a cosificar lo que debería ser visto como proceso y a separar lo que debería captarse en sus relaciones. Podemos presumir que cuando Lukács habla de los efectos sobre el sujeto de sus enajenaciones en condiciones alienadas piensa, entre otros, en este efecto: el de la dificultad de no pensar y pensarse en términos cosificadores. En la sección de la Ontología que abordamos, Lukács demarca una amplia gama de cosificaciones, siendo las más peligrosas aquellas que afectan directamente el modo en que el hombre se percibe a sí mismo y a su relación con el mundo. Se trata de lo que Lukács llama las “cosificaciones alienantes”, término con el que se refiere no sólo a los fenómenos, ya analizados en Historia y conciencia de clase (1923), de la conversión del trabajador en mercancía o de la apariencia autónoma que asumen los productos bajo el capitalismo surgido en el siglo XIX, sino también a otros menos explorados, en los que se destaca el papel de las ideologías como reforzadoras del efecto sobre la percepción antes señalado. Así, Lukács se detiene extensamente en las cosificaciones operadas por la religión: la separación rígida entre cuerpo y alma, la concepción estática del alma en el más allá, la concepción reificada de la naturaleza humana que subyace a la doctrina del pecado original, etc. Pero también insiste sobre las cosificaciones alienantes propias del capitalismo del que fue contemporáneo. En este sentido, el autor se refiere en más de una oportunidad a cómo el aparato ideológico se orienta a la promoción del consumo de prestigio, al consumo de mercancías que le permiten al consumidor crearse una imagen, lo cual constituye “una explícita cosificación del propio hacer, de la propia situación, del propio ser”. (Lukács, 1981 vol. II: 694)
El arte, por el contrario, es una de las formas ideológicas superiores que contribuyen a debilitar los fenómenos ligados a la alienación que acabamos de repasar: la permanencia en el nivel de la particularidad, la ceguera inherente a la mera genericidad-en-sí y la percepción de los fenómenos en términos fijos y aislados. Vastas secciones de la Estéticason dedicadas a la descripción del modo en que el verdadero arte supone un rebasamiento de la mera particularidad, contribuye a hacer patente la genericidad para sí y desarticula fetiches, esto es, percepciones cosificadoras. Lo que aquí nos interesa es analizar la especificidad de la categoría de enajenación en este contexto, y esclarecer su función respecto de lo que Lukács llama en la Estética la “misión desfetichizadora” del arte.
Habíamos visto que en el ámbito del trabajo el término enajenación remitía a los aspectos subjetivos de la relación sujeto-objeto, y ante todo, a la adecuación de la subjetividad al fin puesto. En la esfera estética se mantienen esos sentidos, con algunos matices específicos. En primer lugar hay que señalar que Lukács se vale de la fórmula hegeliana “la enajenación y su reasunción en el sujeto” para describir la peculiar relación sujeto-objeto que tiene lugar en el arte logrado: enajenación en este contexto significa, en términos de Lukács, “camino del sujeto al mundo objetivo, a veces hasta perderse el sujeto en él” (1966: 237); mientras que la reasunción de tal enajenación representa por el contrario la penetración completa de la objetividad así captada por la cualidad particular del sujeto. La fórmula hegeliana, que alude al movimiento del Espíritu que reabsorbe en sí la sustancia en que se había enajenado, y que Marx y Lukács consideran falsa en el ámbito de la filosofía de la historia, resulta válida en el ámbito artístico, con la diferencia de que aquí no se trata de una disolución mística del objeto en el sujeto, sino de una mutua intensificación: la entrega al mundo objetivo está destinada a descubrir y dar sentido a los rasgos fundamentales de la realidad, con lo que se produce una objetividad intensificada; ésta, a su vez, está penetrada de subjetividad, una subjetividad que no interviene como añadido, comentario o atmósfera, sino como fundamento y momento constructivo. Dicho en otros términos, el doble movimiento de la enajenación y la reasunción tiende a destacar rasgos de la realidad en los que se hace visible, esto es, se vuelve consciente, su adecuación al hombre. Para delimitar más precisamente esta relación sujeto-objeto que tiene lugar en el arte logrado, podemos compararla con la que se da en manifestaciones que Lukács considera fallidas. Uno de los extremos es el encarnado por el arte subjetivista, en el que el sujeto se niega a emprender el rodeo que pasa por la enajenación, por el perderse en el mundo de los objetos. Se trata de una subjetividad confiada enteramente a sí misma, que cree poder renunciar a la recepción entregada del mundo externo. Lukács identifica esta postura en lo que él llama la moderna tendencia a la introversión, y evoca para describirla la figura hegeliana del alma bella, que es, precisamente, en términos de Hegel, aquella a la que “le falta la fuerza de la enajenación” (Hegel, 1966: 384). En el otro extremo (representado por el naturalismo de Zola o el nouveau roman) falla en cambio el momento de la reasunción. De acuerdo con Lukács, estas tendencias caen en un culto al detalle, en un reflejo mecánico del en sí de los objetos que impiden que la realidad quede referida al hombre, con lo que se mantiene la extrañeza entre sujeto y objeto.
El resultado de la enajenación y su reasunción en el sujeto en el arte verdadero es, pues, la evocación de un mundo referido al hombre. En toda autoconciencia determinable como estética, señala Lukács, lo subjetivo se sumerge siempre en el mundo de los objetos como en su ambiente, ordenándolo, distribuyendo sus acentos y coloreando su objetividad con una cualidad particular (1966: 332) ¿Qué primeras diferencias podemos establecer, entonces, entre el modo en que se efectúa la enajenación en el ámbito artístico y en el ámbito del trabajo? Una de las primeras observaciones de Lukács en la sección sobre “la enajenación y su reasunción en el sujeto” indica que en el trabajo no sólo hay enajenación del sujeto (esto es, entrega al reflejo correcto del en sí del objeto y la herramienta) sino también recuperación de esa enajenación (en la medida en que la objetividad así reflejada es puesta al servicio de los fines subjetivos y no permanece como algo muerto e independiente); pero la diferencia con respecto al arte es que mientras aquí esa unidad sujeto-objeto se vuelve consciente, en el trabajo suele permanecer inconsciente. En la praxis laboral, señala Lukács, “domina por lo común el ser en sí del objeto –como entrega absoluta al trabajo objetivo, o, de un modo corriente en niveles más desarrollados, como un estar perdido en el mundo de los objetos al cual el trabajador se siente condenado” (1966: 223-234) Dicho en otros términos, en el trabajo, la relación sujeto-objeto que efectivamente tiene lugar y que garantiza el éxito de la actividad no se vuelve consciente; menos aún en condiciones alienadas, donde la enajenación del sujeto tiene como correlato consciente el sentimiento de estar perdido en un mundo ajeno. En el arte logrado, en cambio, esta relación sujeto-objeto logra hacerse patente.
            Una segunda diferencia ligada a lo que acabamos de señalar es la concerniente a las formas de adecuación implicadas en el trabajo y en el arte. Mientras que las enajenaciones en la esfera del trabajo, y ante todo del trabajo alienado, tienen como efecto de retorno el empobrecimiento de la personalidad, en la esfera del gran arte tiene lugar un tipo de enajenación, de adecuación, que requiere de, y por lo tanto produce, una alta forma de subjetividad. Algunos pasajes de la Ontología permiten esclarecer estas diferencias; allí Lukács señala que el correcto reflejo de la realidad constituye la condición del éxito tanto en el trabajo como en el arte; pero mientras que en el primero este reflejo, esta adecuación es un medio para realizar una tarea concreta, en el segundo la adecuación a la realidad referida a los hombres se vuelve un fin: “el objeto del arte debe ser la realidad global que cabe en el horizonte humano” (1981 vol. II: 595). De allí que el producto de trabajo sea indiferente a la alienación, mientras que la obra de arte auténtica supone siempre un combate contra la misma: “en el proceso de trabajo de un altísimo grado de alienación pueden surgir productos de gran utilidad social (…) La obra de arte, por el contrario, cuando es verdadera, está permanentemente e inmanentemente dirigida contra la alienación” (1981 vol. II: 595). Ahora bien, para que se concrete el acceso a esa realidad global es preciso que en el artista se produzca una determinada forma de adecuación, que en Lukács se vincula con la adopción de un renovado punto de vista, de una perspectiva más elevada: se trata de que el artista “mire el mundo con los ojos de una verdadera individualidad (…) orientada a la genericidad para sí del hombre y de su mundo (…) independientemente de sus particulares concepciones subjetivas” (1981 vol. II: 595-596). La adecuación exigida al sujeto en el ámbito del arte verdadero, la enajenación que aquí tiene lugar, es este pasaje de la visión del artista particular al punto de vista del sujeto que ha superado su particularidad, al punto de vista de la especie. Más adelante señala Lukács que en el terreno del arte, una objetivación lograda es imposible sin una enajenación de este tipo, esto es, “una enajenación del sujeto ya no particular” (1981 vol. II: 600).
Para finalizar, nos detendremos en algunas secciones de la Estética que aportan nuevas determinaciones al concepto de enajenación en este ámbito.
Creemos que el apartado sobre “el medio homogéneo, el hombre entero y el hombre enteramente” contiene precisiones útiles en ese sentido. Habíamos señalado que la enajenación en el trabajo suponía la transformación de ciertas disposiciones subjetivas de acuerdo con las exigencias de la tarea, y que esta adecuación (el desarrollo de una destreza en desmedro de otras, el control de las inclinaciones y emociones, etc.), solía redundar en un empobrecimiento de la personalidad. Podría decirse que en el trabajo en condiciones alienadas hay una reducción de los aspectos subjetivos a los necesarios para el cumplimiento de la tarea, y que no hay una recuperación de esa reducción, que tiende a hacerse permanente. En el acto estético hay, asimismo, un primer momento de reducción: la múltiple orientación al mundo externo propia del comportamiento cotidiano se estrecha, se concentra en lo que puede experimentar un solo sentido o a lo perceptible desde un género artístico determinado, que Lukács llama “medio homogéneo”. Pero este acto de reducción y concentración de la recepción del mundo es sólo un momento del acto unitario, el que posibilita la percepción de objetos de un modo inaccesible al “hombre entero” de la cotidianidad. Lukács insiste en que este momento es inescindible de otro: la concurrencia de todas las capacidades y peculiaridades que constituyen al hombre entero en el resto de su vida en la conformación de la obra de arte. Podría decirse que el qué y el cómo de una obra de arte están codeterminados por las leyes autónomas y supraindividuales propias de cada género a las que el sujeto se somete (momento de reducción) y por la confluencia de la totalidad de los impulsos y cualidades del individuo singular de que se trate (momento de recuperación de esa reducción). Ahora bien, lo que se constituye en este segundo momento (que no es posterior sino simultáneo al primero) no es exactamente el “hombre entero” de la vida cotidiana, sino otro tipo de subjetividad que nace únicamente en el acto estético. Esta subjetividad se caracteriza, en primer lugar, por una movilización de la totalidad de las capacidades, sensaciones, conocimientos y experiencias y su puesta al servicio de las exigencias del medio homogéneo (Lukács, 1966: 344). Y en segundo lugar, por el acceso a una percepción de la realidad diversa de la cotidiana, una percepción desfetichizadora, en la medida en que los detalles y las partes se captan en sus relaciones con el todo. Esta percepción desenmascara las cosificaciones y, como señala Lukács, salva al mismo tiempo “el papel de los hombres en la historia” (1966: 380). Se trata, precisamente, del acceso a esa atalaya desde la que el mundo se ve desde la perspectiva de la especie. La enajenación no es aquí mera reducción en el sentido de un empobrecimiento, sino concentración de las capacidades y elevación de la subjetividad. 
Ahora bien, en este punto podríamos preguntarnos si el acceso a esta perspectiva depende de que ella se vuelva meta consciente del artista, o no. Lukács se inclina claramente por la segunda alternativa: todo lo que puede y debe hacer el artista es lanzarse á corps perdu en el proceso creador, esto es, entregarse a la captación de la realidad a través de su arte y someterse a las exigencias que imponen el medio homogéneo y el mundo que la obra pretende evocar. En otras palabras, el acceso a la perspectiva desfetichizadora y al punto de vista ya no particular depende de la capacidad del artista de enajenarse. Del cumplimiento cabal del acto de enajenación se deriva lo que en la Estética se llama la mirada espontáneamente desfetichizadora del arte. De acuerdo con Lukács, una disposición artística orientada en este sentido tiene como correlato una adecuada captación de las relaciones entre las partes y el todo que se reproduce en la obra. Esto implica, en un nivel técnico, la posibilidad de evitar desvíos que fortalecen la percepción fetichizadora, desvíos que Lukács reconoce en la autonomización del detalle en el naturalismo de Zola y del nouveau roman, en la hipermotivación de la acción en algunas tragedias de Hebbel y en la ausencia total de motivación en la “action gratuite” de André Gide.
Los artistas valorados por Lukács son, en cambio, aquellos que más allá de sus posiciones conscientes consiguen de manera espontánea, y en virtud de una atenta entrega a la realidad y a las tareas impuestas por la obra, evocar un mundo de relaciones dialécticas en el que la indeterminación y la determinación, la necesidad y el azar, la apariencia y la esencia, lo accidental y lo sustancial no se convierten en hipóstasis. Homero, Shakespeare y Goethe son los ejemplos más frecuentes de esta visión dialéctica espontánea a la que no se accede deliberadamente, sino en virtud de lo que aquí delimitamos como la enajenación en la esfera del arte. De allí que Lukács encuentre un símbolo del proceder artístico en el niño del cuento de Andersen que grita con ingenua sorpresa que el rey está desnudo (1966:387), donde la revelación no es consecuencia de una intención desfetichizadora, sino de una mirada honesta y enteramente volcada a la realidad.
 
 
Bibliografía
Hegel, G. W. F., Fenomenología del espíritu. Trad. de Wenceslao Roces. México D.F..: FCE, 1966. 
Infranca, Antonino, “La alienación en la Ontología del ser social”. Trad. de María Belén Castano. En: Infranca, A., Vedda, M. (compiladores), La alienación: historia y actualidad. Buenos Aires: Herramienta, 2012, pp. 91-108.
Lukács, György, Estética I. La peculiaridad de lo estético. Trad. de Manuel Sacristán. 4 vols. Vol. 2: Problemas de la mímesis. Barcelona-México D.F.: Grijalbo, 1966.
__, Per l’Ontologia dell’essere sociale. Trad. de Alberto Scarponi. 3 vols. Vol. II: Il momento ideale e l’ideologia. La estraniazione. Roma: Editori Riuniti, 1981.
Marx, Karl, El capital. Crítica de la economía política. Trad. de Wenceslao Roces. 3 vols. México D.F.: FCE, 1973.
Vielmi Fortes, Ronaldo, “Las categorías de objetivación (Vergegenständlichung), enajenación (Entäuβerung) y alienación (Entfremdung) en el último Lukács”. Trad. de Julián Fava. En: Infranca, A., Vedda, M. (compiladores), La alienación: historia y actualidad. Buenos Aires: Herramienta, 2012, pp. 67-89.
 
 
 
 


[1] Las citas de la Ontología son traducciones mías de la versión italiana.