Los movimientos indígenas y la lucha por la hegemonía: el caso del Ecuador

Todo rastro de iniciativa autónoma de parte
de los grupos subalternos debería ser de valor
inestimable para el historiador integral
Antonio Gramsci
Cuaderno 23 & 2, tomo 6, pág. 178

Eje de la confrontación ideológica se traslada hacia el interior de los movimientos populares

En la América Latina actual, hacia finales del 2003, se expresa una acrecentada disputa ideológica en el seno de la tendencia izquierda y de sectores más amplios, a los cuales podríamos denominar democráticos. Esa disputa de ideas, que delata una pugna por hegemonía, tiene como escenario las perspectivas y estrategias para implementar políticas diferentes, en sentido contrario, de las dictadas por el poder mundial, a través de organismos como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial.

El contexto de esta lucha por la hegemonía está marcado, por un lado, en el acrecentamiento de las revueltas sociales y en la derrota de los partidos políticos de la derecha, de aquellos candidatos que expresaban claras posturas neoliberales en los procesos electorales en el Brasil, Argentina, Ecuador; y, por otro lado, se encuentra la demanda de las transnacionales y de los Estados Unidos de avanzar con celeridad en el reforzamiento del control regional, a través de nuevos instrumentos como el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y el Plan Colombia.

Esta lucha por la hegemonía se va trasladando de las esferas de la opinión pública hacia el interior de los movimientos sociales que sustentan corrientes políticas críticas del neoliberalismo y de los círculos oligárquicos.

En el Ecuador uno de esos espacios de disputa de ideas y de proyectos políticos es el movimiento indígena, pero no se limita a ellos, se expande al conjunto del movimiento popular, luego del debilitamiento de la tendencia de izquierda provocado por la participación en el gobierno del coronel Gutiérrez.

¿Por qué se ha trasladado el centro de la disputa ideológica hacia el interior de los movimientos populares y de izquierda? Porque ellos lograron recuperar un protagonismo político sobre la base de bloquear la aplicación de aspectos sustanciales del modelo neoliberal y obtuvieron respaldos sociales significativos de alcance regional y nacional. Pero tampoco se encuentran lo suficientemente consolidados como para revertir la tendencia principal. Parte de esas inconsistencias se encuentran en una parcializada y fragmentada constitución como sujetos políticos, y la falta de una fortalecida "sociedad civil de los de abajo", puesto que las estructuras políticas vigentes no están a la altura de las nuevas demandas.

Fortalezas y limites del movimiento indígena renuevan al bloque popular en el Ecuador

El conjunto de la sociedad ecuatoriana, y aún más las propias organizaciones de izquierda, fueron removidas en el decenio de los noventa por la consolidación y el protagonismo del movimiento indígena.

El movimiento indígena ecuatoriano de finales de los años ochenta e inicios de los noventa es uno de los primeros en América Latina que levanta un programa étnico-cultural, se organizan reivindicando su carácter de pueblos y nacionalidades indígenas, descendientes de las culturas originarias, portadores de formas particulares de entender las relaciones de los seres humanos entre sí y de estos con la naturaleza. Su eje organizativo son las comunidades. Las exigencias principales giran en torno a: a) demandas concretas de carácter reivindicativo, como la lucha legitimada por su alcance territorial, y b) políticas globales de interés del conjunto de la sociedad, como el reconocimiento del carácter multicultural y plurinacional del país.

La presencia organizada y combativa de los pueblos y nacionalidades indígenas provocan una auténtica reforma cultural entre 1990 y el 2003; sacuden las percepciones del conjunto de los habitantes, obligando a revalorizar el polo indígena que atraviesa a toda la población, no sólo a los pueblos ligados directamente a las culturas originarias, sino también al conjunto de los habitantes mestizos, a quienes quinientos años de dominación impusieron la negación de sus orígenes.

La población ecuatoriana no volvió a ser la misma, y la propia izquierda se vio obligada a reformularse en este campo, como se ha señalado con precisión: "las identidades étnico-culturales son formas simbólicas en que cuajan y se cruzan complejos intereses sociales y de clase" (Moreano, 2001).

El aparato gubernamental también sufrió mutaciones, y a la par ensayó procesos de cooptación: por un lado se crearon organismos para atender las demandas indígenas como el Consejo de Nacionalidades y Pueblos del Ecuador (CODENPE), el Programa para el Desarrollo de los pueblos indígenas y negros del Ecuador (PRODEPINE), la consolidación de la Dirección Nacional de Educación Bilingüe (DINEIB); y por otro, algunos dirigentes fueron atraídos para comprometerse en instancias oficiales, como el ministerio de Bienestar Social. En 1998 las reformas constitucionales reconocieron el carácter multicultural e incorporaron los derechos de los pueblos indígenas a la constitución del Ecuador.

Como lo expresa uno de los dirigentes históricos de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), Luis Macas (2001):

hemos alterado las raíces mismas de las estructuras de poder y hemos hecho que en el Ecuador este momento -no en todas las direcciones, ni totalmente- se den cambios profundos, quizá uno de ellos sea el reconocimiento a una identidad histórica, el reconocimiento de la existencia misma de los pueblos indígenas; la identificación del carácter plurinacional de nuestra sociedad y del Estado. Éste es uno de los aportes significativos, la propuesta de constituir un Estado plurinacional, de considerar la diversidad étnico-nacional como un reconocimiento previo para construir la democracia.

El contexto histórico presionó para la constitución del movimiento indígena como sujeto político, factores externos como la aplicación del modelo neoliberal, la creciente resistencia social a su implementación, la crisis de los partidos políticos tradicionales, así como factores a lo interno del bloque popular como la crisis del socialismo, la quiebra del movimiento obrero, un instrumental teórico e interpretativo limitado ante los cambios provocados en el mundo dieron celeridad a este proceso.

Es precisamente en el desenvolvimiento de su carácter político donde se evidencian las potencialidades y las limitaciones, en especial en dos acontecimientos de enorme trascendencia: la revuelta social que derrocó al presidente Mahuad en el año 2000 y el triunfo electoral en las elecciones presidenciales del 2002, apoyando al coronel Gutiérrez.

A estas alturas es evidente que la principal organización indígena sufre de la insuficiencia de un proyecto político cuyo eje central es la construcción de un Estado plurinacional, la estrechez de una base social que no construye un bloque de alianzas fuertes con otros sectores de los explotados-excluidos, y la pérdida de direccionalidad política ante el conjunto del programa hegemónico en implementación.

Salto de la fase particular a la fase político-universal en el debate sobre hegemonía

Período clave y muy reciente, fue la participación del movimiento indígena en el proceso electoral, formando parte de una alianza triunfante e integrando un sector del gabinete inicial del gobierno electo, participación que se redujo al corto período de algo más de siete meses, entre enero y julio del 2003.

En este proceso fue evidente una cesión de la conducción política, un debilitamiento en el proyecto étnico cuestionador del Estado-nación y crítico del modelo neoliberal, y su sustitución por una conducción marcada en concesiones ante el poder, a nombre de un "diálogo nacional" controlado desde el Banco Mundial y sus organismos.

El que estas posiciones hayan asumido el control del accionar político de la CONAIE y el partido Pachakutik constituye lo que he llamado: la primera derrota política del movimiento indígena contemporáneo.

El planteamiento desde estos sectores fue el siguiente: la demanda de un proyecto que supere los límites de lo particular del movimiento indígena, que se plantee como una propuesta política para el conjunto de la sociedad, solo puede desenvolverse en el marco de los estatutos de la ciudadanía, acelerando una integración en la sociedad civil predominante, dentro de un esquema de gobernabilidad.

Es decir, en el salto de los proyectos particulares, en este caso sociales, étnicos y culturales, hacia un proyecto político de bien común, se produce la metamorfosis de un discurso crítico al sistema hacia un discurso de concertación con el mismo, a nombre de ese interés general expresado en un horizonte que no impugna las relaciones de propiedad, ni las estructuras estatales, ni las relaciones centro-periferia en el contexto mundial.

Esa mutación, que en verdad es un retroceso, se expresa, entre otros, en el campo de la economía, de las visiones sobre la estructura de la sociedad, el posicionamiento ante temas como: deuda externa, acuerdos con el Fondo Monetario y Banco Mundial, negociaciones con las potencias capitalistas, zonas de libre comercio, distribución de la riqueza, reforma tributaria, reforma laboral, entre otros. Allí fueron desplazados los voceros de los sectores populares y colocados los representantes directos de los empresarios y las transnacionales.

Una de las tareas para desmontar los renovados proyectos hegemónicos, atraviesa por la crítica al discurso predominante sobre ciudadanía y sociedad civil, democracia articulada a mercado, que dan base a una visión de liberalismo social, en el cual se pretende encajonar a los movimientos populares contemporáneos.

En ese camino existen aportes estimables, como los de Tischler (2002), que respecto al debate sobre ciudadanía señala que el fundamento de este concepto

es la versión liberal de ciudadanía, que inscribe el problema al interior del sujeto burgués; [para recalcar que:] la ciudadanía se puede pensar como mediación que opera en varios planos: 1) como mediación de la lucha de clases, que permite, 2) la producción de un universal despojado de todo contenido de clase, lo cual, 3) es condición para la existencia del Estado liberal.

Aquí la esencia está en que el paso de la fase particular a la universal, pretende ser copada por una perspectiva de lo universal despojada de todo contenido de confrontación de clases, una fetichización del Estado político separado de las relaciones sociales y de la economía.

Sobre el debate en torno a sociedad civil, bien vale recuperar los trabajos de Coutinho (2001) que indican: "los presupuestos organizativos e institucionales del proyecto neoliberal se orientan a transformar a la sociedad civil en un supuesto tercer sector, situado más allá del estado y del mercado, regido por una lógica ‘solidaria’, por la cual el aparato estatal termina transfiriendo sus responsabilidades en la gestión e implementación de los derechos y las políticas sociales".

Aquí la esencia está en el desmontaje de los derechos sociales y colectivos de los trabajadores, a favor de garantizar las condiciones de rentabilidad para el capital y el mercado, a nombre de promover la "sociedad civil".

La renovada ideología del liberalismo social, ha encontrado en la reutilización de las versiones burguesas sobre ciudadanía y sociedad civil, instrumental muy valioso para desvirtuar los procesos de politización de los movimientos populares y su constitución en sujetos políticos contrahegemónicos, para ello también ha renovado su sociedad civil en instancias de planificación de gran alcance, como el Banco Mundial, sus oficinas difusoras y la imposición de sus vademécum sobre democracia y desarrollo.

Construcción de autonomía en las clases subalternas

Al inicio del artículo transcribí una cita de Gramsci, en la cual éste llama a dar un valor inestimable a todo rastro de iniciativa autónoma de los grupos subalternos, y en la misma reflexión (Cuaderno núm. 3 & 14) recalca que a las clases subalternas les cuesta mucho escapar al entramado de coerción y cohesión que tienden las clases dominantes para controlar y asegurar los consensos. En otra parte de sus textos sobre la subalternidad, Gramsci (Cuaderno núm. 3 & 90, tomo 2, pág. 89) llama a prestar atención a dos fases del accionar de estas clases: a) la conquista de una autonomía con respecto a los enemigos que habría que abatir; y b) la conquista de la adhesión de otras fuerzas que pueden ayudar activa o pasivamente. Junto a ello pone hincapié en la construcción de "formaciones políticas que afirman la autonomía integral".

Uno de los límites a vencer es recuperar una perspectiva integral de la crítica, a retomar el debate sobre estado y capital, en ese camino vale la pena resaltar las interpretaciones de Gramsci sobre bloque histórico: las relaciones entre estructura y superestructura, entre teoría y práctica, entre fuerzas materiales e ideología, y ponerlas en el contexto presente.

Asumir que ese salto de la fase particular a la fase universal, es el proceso por el cual aquella clase o sector social que en el polo popular se ha constituido en la "punta histórica de un determinado momento histórico-social", es capaz de asumir los intereses del conjunto de las clases y capas explotadas y excluidas en una perspectiva que afiance sus derechos y desmonte las estructuras de poder de las burguesías locales y mundiales. Que este en condiciones de construir un cuadro completo de adhesiones y alianzas, al mismo tiempo que precisar los enemigos de los cuales separarse y a quienes vencer.

Los tiempos presentes, generalmente denominados bajo el concepto de "globalización" están marcados, como lo expresó Fontana (1997), por: a) el aburguesamiento del mundo en términos de la expansión del mercado capitalista; y, b) por la fragmentación y desintegración de las unidades políticas". Junto a ello se han afirmado como concepciones hegemónicas, aquellas marcadas por el postmodernismo, las políticas de identidad, la articulación de los conceptos de democracia con el mercado libre.

En respuesta a esta hegemonía de globalización y postmodernismo se levantan los pueblos, arrinconan las iniciativas del poder, alcanzan incluso triunfos limitados, pero no logran llegar a nuevos estadios en la lucha social, la "autonomía integral" está aún en ciernes, pues estamos atrapados en las viejas interpretaciones de los procesos de cambio, las articulaciones entre reforma y revolución. Es necesario multiplicar un debate maduro y serio sobre el proyecto contrahegemónico, que de cuenta de nuevos instrumentales de conducción política, de concepciones de mundo renovadas, del encuentro entre los saberes de los pueblos originarios y las teorías socialistas, de una perspectiva de emancipación integral.


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Artículo enviado especialmente por el autor para su publicación en nuestra revista.

El autor es ecuatoriano, sociólogo, colaborador de la International Gramsci Society (IGS), escribe para el portal de Internet "Gramsci e o Brasil". Director de la revista Espacios, autor de libro: Alternativas al neoliberalismo y bloque popular. E-mail: espaciosec@yahoo.es.