Ruy Braga. La nostalgia del fordismo. Modernización y crisis en la teoría de la sociedad salarial


En esta reseña pretendo mostrar que La Nostalgia del Fordismo, de Ruy Braga, se constituye en una obra madura, capaz de inspirar la acción política y teórica de los sujetos comprometidos con la transformación del presente. Los objetivos del nuevo libro de Ruy Braga son aparentemente modestos. Se trata de un análisis crítico de la llamada escuela regulacionista, con énfasis particular en su corriente parisina (Aglietta, Boyer y Coriat, principalmente). En eso, el nuevo libro expande temas tratados en los capítulos 2 y 5 de su anterior obra, La restauración del capital (1997). Pero el proyecto es teóricamente ambicioso, y esto constituye una de las principales virtudes del libro.

Es a través de ese diálogo crítico que Braga construye una amplia crítica a la economía política del reformismo, afirmando, al mismo tiempo, caminos a través de los cuales es posible revitalizar el marxismo en el inicio del siglo XXI.

La elección del tema puede parecer extraña al ambiente intelectual brasileño. La principal obra de la escuela regulacionista, el trabajo seminal de Michael Aglietta, Régulation et crises du capitalisme (1997), ni siquiera se encuentra traducida al portugués. Pero Braga no escoge el adversario. Es el adversario quien lo escoge. Fiel a la máxima de Gramsci ‑"una ciencia nueva alcanza la prueba de su eficiencia y vitalidad fecunda cuando demuestra saber afrontar a los grandes campeones de tendencias opuestas" (Gramsci, 1997, p. 1423)‑ el autor de La nostalgia del fordismo mide fuerzas con la matriz de la economía política del reformismo. Y lo hace con paciencia y competencia admirables. Al abordar el conjunto de la obra de la corriente parisina de la regulación, Braga evita la trampa de los textos fáciles y accesibles y reconstruye de manera minuciosa el intrincado proceso de desenvolvimiento teórico que llevó una corriente de inspiración inicialmente althusseriana a la apología de la concertación social.

Con Aglietta, la escuela regulacionista se inclinó sobre la crisis económica que se configuró a partir del inicio de la década de1970 y se manifestó en el golpe del petróleo de 1973 y en la persistente inflación del período. La coyuntura económica de entonces era interpretada como "una crisis de la regulación salarial localizada, fundamentalmente, en el ámbito de las contradicciones producidas por la organización del proceso de trabajo" (Braga, 2003, p. 37). O sea, la crisis del capital es presentada como crisis del fordismo en sus múltiplpes dimensiones: como régimen de acumulación, como modo de regulación y como modo de desenvolvimiento. Tomando como punto de partida el fordismo plenamente constituido de la posguerra, la escuela regulacionista suprimía el momento de lucha. La coyuntura crítica de los años 1930 en los Estados Unidos, así como los años finales de la segunda guerra en Europa, desaparecían. En su lugar, en la cosmogonía regulacionista, queda el momento de la pasivización de la clase obrera estadounidense y europea: "En el principio era la luz".

Metodológicamente, el artificio replica la historiografía de Benedetto Croce y su historia de Europa, que comenzaba en 1815 y no en 1789, 1830 o 1848. Suprimido el momento de lucha, el fordismo no aparece como parte del resultado de la lucha de clases en el terreno de la producción y sí como el producto de una institucionalización de relaciones económicas capaces de imponer "coerciones al capital correlativamente a la integración de los asalariados" (Aglietta, 1997, p. 427). Organizando la sociedad y regulando el conflicto capital/trabajo, el Estado fordista se mostraría capaz de preservar los pre-requisitos de la acumulación de capital y, al mismo tiempo, expandir la relación salarial. Para Aglietta, el fordismo "representa un nuevo estadio de la regulación del capitalismo, el del régimen de acumulación intensiva, en el cual la clase capitalista busca dirigir la reproducción global de la fuerza de trabajo asalariada por medio de la íntima articulación de las relaciones de producción y mercantiles mediante las cuales los trabajadores asalariados adquieren sus medios de consumo." (Ídem, p. 93-94.) La reconstrucción histórica regulacionista, al enfatizar el momento de la restauración del capital, se coloca a sí misma como ideología de esa revolución pasiva.

Al generalizar la forma salarial como costo para las empresas y medio de consumo para los asalariados, se creaban las condiciones para el ciclo virtuoso responsable por los "gloriosos treinta", el período más espectacular de la expansión del capitalismo en el siglo XX. Esa articulación entre norma social de consumo y forma salarial ya anunciaba, para los regulacionistas, su crisis: la elevación del costo social de reproducción de la fuerza de trabajo limitaría la tasa de plusvalía obstaculizando la acumulación de capital. A las mediaciones institucionales, y principalmente al Estado, cabía encontrar aquel punto en el cual los salarios, garantizando patrones de consumo elevados, no comprometieran la virtuosidad del ciclo de acumulación.

Aparece aquí aquella contradicción fundamental para los regulacionistas, la que se establece entre los progresos de la productividad y la socialización de los modos de vida. Aparece, también, la que sería la posibilidad de resolución de esa contradicción, la renovación de la acción estatal y la constitución de una forma institucional capaz de reconstruir el consenso perdido. Compatibilizar las demandas del capital con las exigencias del trabajo por medio de la mediación estatal; ese es el programa de la escuela regulacionista. De ahí la fascinación que demostraron, en la década de 1990, por el modelo japonés de trabajo y organización. "Apoderarse de la eficacia que trajo el método japonés para abrir el contrato y el compromiso" es la alternativa para Benjamín Coriat (1994, p. 174).

No es sino en nuce que ese programa aparece en Régulation et crises du capitalisme. La tesis es modificada, con propiedad, por Michel Husson, en su Prefacio al libro de Braga: "me parece que la trayectoria de la escuela se caracteriza por una alteración progresiva, o incluso una ruptura, y que su punto de llegada no estaba programado desde un principio" (Husson, 2003, p.10). Detallado el análisis en el texto original de Aglietta, el argumento de Braga quedaría, así, cargado de un sesgo fuertemente teológico. Este tono es evitado por la reconstrucción criteriosa de la trayectoria regulacionista en el interior del aparato de Estado francés, acompañando, al mismo tiempo, su desenvolvimiento teórico.

"Hijos rebeldes de Althusser", los regulacionistas compartían con su maestro la idea de "fuerzas productivas como relación de apropiación de lo real". Braga identifica ese origen, al mismo tiempo que muestra cómo, alejándose incluso del marxismo, la escuela regulacionista no rompe con los supuestos de esa definición. Es en la crítica a la teoría de la regulación que el autor de La nostalgia del Fordismo construirá su propia concepción de relación entre fuerzas productivas y relaciones de producción. La lucha de clases ocupa en ella un lugar central, pero la relación de fuerzas generada en esa lucha no deja de tener como presupuesto la materialidad de las clases sociales, la "relación de fuerzas objetiva", como diría Gramsci, sobre las cuales ella se construye. Es, por tanto, en el análisis de la unidad dialéctica entre fuerzas productivas y relaciones de producción y en la constitución de esa unidad en un tiempo fracturado que Braga inscribe su obra.

La conceptualización plástica de la materialidad de las clases permitirá a Braga conducir un análisis sociológico no reduccionista de la escuela de la regulación. Destacando su presencia en el interior de los órganos de planeamiento del Estado francés, Braga identifica las bases materiales para el fetiche del Estado salarial. Como los filósofos criticados por Marx, que creían que el valor de sus ideas construiría lo real, los regulacionistas confían en la capacidad de los gestores estatales para producir la nueva articulación entre progreso y derechos. Con la asunción de Mitterrand a la presidencia de Francia, "la Teoría de la Regulación se transforma en técnica de la regulación" (Braga, 2003, p. 63).

Es como técnica de la regulación que esa teoría aparece como el programa económico de la tercera vía socialdemócrata. Con la mediación de un Estado ambivalente, sería posible crear la alianza entre la fracción modernizante de la burguesía francesa y las organizaciones sindicales de la clase trabajadora, particularmente la Confederación Francesa Democrática del Trabajo (CFDT). Tal alianza ya no podría resolverse en el programa común que había unificado al Partido Socialista y el Partido Comunista Francés en las elecciones de 1981. En medio de la recesión del inicio de los años 1980, tal programa es rápidamente abandonado. En su lugar, se consolida la "alternativa europea".

Es en esa situación que la escuela regulacionista se encuentra en el comienzo de la década de 1980. Su desenvolvimiento posterior, conforme a lo reconstruido por Braga en la segunda parte de su libro, la llevará cada vez más lejos del marxismo y más cerca de un Estado demiurgo. Acosada por la punzada neoliberal, la escuela regulacionista afinó su discurso y su programa. El neoliberalismo, con su paradigma liberal-productivista, no se constituiría como una alternativa a la crisis en la medida en que potenciaría, en vez de resolver, la contradicción existente entre los progresos de la productividad y la socialización de los medios de vida. "Un gran compromiso a ser negociado con los ciudadanos residentes en Europa" permitiría construir la alternativa a ese paradigma neoliberal (Lipietz, 1991, p. 166).

En la crítica a la "alternativa europea" y a la trayectoria de los regulacionistas en las décadas que siguieron al trabajo fundador de Aglietta, Braga desarrolla, también, una aguda crítica a las teorías campistas. Al circunscribir la política a elecciones entre opciones antitéticas (el bien o el mal, el progreso y la decadencia, la derecha o la izquierda, etc.), estas teorías ocultan el campo real de las luchas, aquél en el cual clases, las fracciones y sus formas institucionales miden fuerzas y construyen sus proyectos. La escuela del mal menor es siempre la opción por la reproducción del presente (Braga, 2003, p. 161-162).

Para la economía política de la tercera vía, la opción es clara: el progreso de la técnica, de las formas institucionales y de la sociedad salarial. Vencer la crisis y restaurar la norma es, así, garantizar las condiciones para la reproducción ampliada del capital. Para Braga, la crisis disuelve las certezas, irrumpe el tiempo histórico, revela los conflictos latentes, pone en escena a los sujetos sociales. En vez de la adecuación a las reglas, su concepto de crisis remite a las transformaciones económicas y políticas y a los conflictos sociales reales, a una historia que "no pronunció la última palabra" (Ídem, p. 216).

Referencias bibliográficas:

AGLIETTA, Michel. Régulation et crises du capitalisme. París, Odile Jacob, 1997.

BRAGA, Ruy. A restauração do capital. Um estudo sobre a crise contemporânea. San Pablo, Xamã, 1997.

CORIAT, Benjamin. Pensar pelo avesso. Río de Janeiro, UFRJ/Revan, 1994.

GRAMSCI, Antonio. Quaderni del carcere. Edición crítica a cargo de Valaentino Gerratana. Turín, Giulio Einaudi, 1977.

HUSSON, Michel. Prefacio. En: BRAGA, Ruy. A nostalgia do fordismo. Regulação e crise na teoria da sociedade salarial. San Pablo, Xamã, 2003, p. 9-14.

LIPIETZ, Alain. Audácia. Uma alternativa para o século XXI. San Pablo, Novel, 1991.