EN MEMORIA DE EDGARDO LOGIUDICE

El 2 de julio falleció Edgardo Logiúdice: amigo y camarada, brillante y modesto, incansable e inconformista compañero de redacción e impulsor de Herramienta. Hacía ya tiempo que su delicada salud lo mantenía alejado de las reuniones, pero multiplicaba desde entonces comunicaciones telefónicas, mensajes de correo electrónico y comentarios en Facebook...

La marca que deja en todas y todos los que con él compartimos preocupaciones, reflexiones y proyectos hace difícil pensar este colectivo editorial sin su presencia física. No hemos sido capaces de hilvanar palabras y conceptos capaces de evocarlo tal como lo exigen su calidad humana, compromiso político y porte y rigor intelectual.

Éste Consejo de redacción del que es parte, sólo atina a decir que trataremos de persistir en la brecha, honrando así su compromiso y memoria. Esperamos estar muy pronto en condiciones de rendir el debido homenaje, asociándonos para ello con todas y todos los que hemos tenido el gusto y el honor de recibir su colaboración y estímulo en en innumerables publicaciones, seminarios, grupos de estudio, intercambios epistolares... Mientras tanto, todas y todos los impulsores de Herramienta nos ponemos de pié y utilizamos las palabras de su amigo Jorge Saab para decir con él:

Hasta siempre Edgardo

 

 

                                                

 

Querido Edgardo:

He leído muy complacido —no sé si es la palabra exacta— tu trabajo sobre Checoslovaquia y las esperanzas revolucionarias. Creo que coincidimos en tantísimas lecturas que es como si hubiéramos ido juntos a la escuela de la revolución que no ha tenido lugar.
Juan Ramón Capella

“Y ustedes en qué andan”, preguntó el burócrata con aire irónico e inquisidor. “Somos los boludos que estudian y además preguntan”, contestó Edgardo mirándolo fijo.

Tenaz y riguroso, estudiar fue su otro trabajo, el no remunerado. Porque los garbanzos que daban sustento  a la familia salían de aquella escribanía que en tiempos de dictadura también fungía de auditorio, de sala de investigadores y de conciliábulo intelectual. Tiempos también en que junto al socio Leandro, amigo del alma como suele decirse, ayudaba a leer El Capital a quien tuviera ganas de superar el límite de aquellos manuales de marxismo-leninismo,  verdaderos compendios de dogmática positivista.

Perteneciente a la estirpe de letrados desafiantes, aquellos que enfrentan a la justicia del sistema con las propias armas de la constitución liberal y burguesa, compañero y a la vez discípulo de Abel García Barceló, Edgardo transitó por la crítica marxista del derecho hasta recalar en la filosofía política.. 

Cómo no buscar a Gramsci cuando la bancarrota y derrumbe total de la promesa soviética amenazaba con sepultar la entera teoría crítica y revolucionaria. Había que repensar la idea de partido, de movimiento, de estado, de sujeto, de revolución, en fin, tal como finaliza aquel cuento de Lenin que después de leer los ejemplares del Pravda editados a partir  de su muerte, abrió la puerta de su despacho y dijo: “camaradas, hay que empezar de nuevo”.

En aquellos seminarios que no otorgaban créditos ni puntajes y del que solo podía esperarse el crecimiento intelectual de cada quien, Edgardo hacía las veces de docente y gestor  porque para él no bastaba con sentarse a estudiar y escribir -lo cual no era poca cosa- sino de buscar y ayudar a crear los soportes, Doxa y Herramienta, entre otros, por donde salieran a la luz discusiones, debates y desarrollos de jóvenes y veteranos marxistas que, lejos de sentirse derrotados, la siguen peleando porque ´”allí donde haya capitalismo siempre habrá comunistas” y porque “la crítica no se detiene ante sus propios resultados ni teme enfrentar los poderes establecidos”” 

Infatigable discutidor y severo -muchas veces por demás- hasta consigo mismo, eran habituales sus intercambios con referentes de la talla de Prestipino, Bidet, Labica, Texier, Juan R. Capella, entre otros.

Además de su mirada marxista sobre Agamben y la teoría del estado de excepción y de Gramsci mirando al Sur, nos quedan sus ensayos y artículos publicados en Actuel Marx en Francia, Contributo y Liberazione en Italia, Octobre en Brasil, Anthrophos en España, Cuadernos de Cultura, Doxa, Periferias, Contrahegemonía web, Herramienta web y Herramienta en Argentina.

Más allá del atildado escribano (imposible no ver la mano de Julia en la pilcha), había un Edgardo que cada tanto se mandaba por  la ruta 3, el pie a fondo en el acelerador, apenas una parada para llenar el tanque y echar una meada, como solía decir y antes de las doce campanadas, hacía su entrada en Claromecó, allí donde el sol se levanta y cae en el mar.

Allí se lo podía ver, ahora de bombacha y boina blanca -como para que algún vecino lo salude como correligionario- trasladando su rutina inalterable al corte meticuloso del césped, a la consabida siesta y al mate que se toma en la galería con vista al bosquecito sobre el médano que preservó al construir la casa. Luego, el paseo por la estación forestal, el camino del arroyo, la vuelta por Dunamar y la inmensa playa que invita a largas caminatas en donde continuaban, si había compañia, las conversaciones  teóricas y políticas pendientes

                                         

Aquella casa bautizada Sans Culottes y la mayólica que reza Ave María, combinan  la cálida bienvenida con la advertencia ideológica. Solo quien tuvo la suerte de compartirla y participar de las largas charlas con mateadas o generosas parrilladas de por medio, puede llegar a entender que tras el cambio de ropa y de ambiente había un solo Edgardo, el primogénito de aquel peón de albañil que en aquellas mismas playas trabajó en la construcción de los clásicos primeros chalecitos que se levantan sobre la costanera, el mayor de los hermanos que egresó de la universidad sin renunciar a su linaje calabrés, el mismo que junto al hermano Fernando podía llegar a formar una dupla temible si se trataba de reparar una ofensa o preservar la integridad de la familia. Una historia que explica el talante amable y cabrero a la vez y que ayuda a entender la opción por los que trabajan y por los que más sufren, más allá de la trinchera elegida para librar la batalla. 

Si el apellido Logiudice alude a la justicia, Muratore, el “nombre de guerra” adoptado por Edgardo durante la época oscura, significa  albañil.
Los albañiles construyen casas. También utopías.

Va a ser muy duro pensar la práctica emancipatoria sin Edgardo, sobre todo en estos tiempos de tierra arrasada,  del mismo modo que va a ser muy duro llegar a Claromecó y no encontrarlo.

Jorge Saab,  invierno de 2019