El fútbol tapa, la prensa también


Por Pablo Llonto

La dictadura respondió a las denuncias por gravísimas violaciones a los derechos humanos con un arsenal de recursos propagandísticos. La invención de la campaña antiargentina fue el nuevo cuco que se alimentó de estrategias canallescas y operaciones sádicas.

La vergüenza está ahí, al alcance de la mano. Los más jóvenes la sentirán cuando hablen sus padres, o cuando no hablen. Es que el tiempo no ha diluido nada, y aún se escuchan las voces periodísticas que en 1979 llamaban a repudiar la visita de los miembros de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA.

Tal como había sucedido durante el Mundial de 1978, la colmena argentina, es decir nosotros, resultó saturada de un discurso desbocado que sostenía que los argentinos éramos derechos y humanos y que toda denuncia sobre desaparecidos, asesinados, torturados provenía de una conspiración roja internacional. Alguien denominó a estas denuncias como “la campaña antiargentina”, bautismo nada original, pero aún impune.

CAMPAÑA ANTIARGENTINA

Los antecedentes de esta denominación se encuentran, en abundancia, en todas las revistas de la Editorial Atlántida de la familia Vigil, que comandaban, entre otros, Samuel “Chiche” Gelblung, director del semanario más vendido: Gente. Fue el mismísimo Gelblung quien viajó a Francia para entrevistar a los dirigentes de los organismos que acusaban a la dictadura; pero en vez de recopilar sus denuncias y mostrar el horror, escribió una nota para desmerecerlos y defender a los genocidas. La tituló “Cara a cara con los jefes de la campaña antiargentina”.

Meses antes de septiembre de 1979, y mientras la dictadura preparaba el clima hostil para recibir a la Comisión, el exilio y los organismos de derechos humanos hacían lo suyo. El fútbol sería uno de los escenarios. Para mayo, la AFA programó algunos partidos de la Selección nacional de César Luis Menotti por Europa. Para entonces, Maradona ya formaba parte del equipo. El primero, en Suiza, ante los Países Bajos en la revancha de la final de 1978 (por la Copa 75º Aniversario de la FIFA, con un empate sin goles y la victoria argentina 8 a 7 por penales). De allí viajarían a Italia (empate 2-2 en Roma), Dublín y Escocia.

Durante esa gira, y más especialmente en Berna, los exiliados argentinos colmaron las tribunas con banderas y cantos antidictadura y lo hicieron también en los alrededores de los hoteles donde se alojaba el Seleccionado. El ingenio de la protesta dio sus primeros resultados. La consigna “Videla asesino” fue colocada sobre una extensa sábana atrás de los arcos.

Fue tal la sorpresa de los periodistas y de los militares en la Argentina que no se les ocurrió otra cosa que poner cintas negras de censura sobre la transmisión en directo. Pero lo hicieron tarde: con el partido empezado, millones vieron el cartel. Para el siguiente partido en Roma, con la ayuda de la prensa complaciente, se resolvió enviar a Roma un chárter de “hinchas famosos” para ocupar una porción de tribuna y desplegar banderas a favor de la propaganda oficial. Mónica Cahen D’Anvers, Juan Alberto Badía y Julio Lagos, entre otras estrellas radiales, pilotearon esa convocatoria.

Para septiembre, cuando otro Mundial estaba por abrumarnos, la prensa cómplice estaba mejor preparada. El Seleccionado juvenil apostaba sus fichas con Diego en Japón. La Comisión llegaba a Buenos Aires y a las ciudades con mayores denuncias por desaparecidos. Los aparatos de inteligencia de las tres fuerzas y un lote de medios y periodistas prodictadura la esperaban con toda la artillería.

Siempre en el primero que se piensa es en aquel antipático relator de fútbol que estaba convencido de que era el mejor de América. A tal punto que así se hacía llamar. José María Muñoz, desde radio Rivadavia, predicaba desde muy temprano contra las Madres de Plaza de Mayo y contra todo aquel que levantaba la voz pidiendo la aparición con vida de los secuestrados. En el larguísimo etcétera de odios de aquella prensa, todos los militantes de derechos humanos eran subversivos, y así se lo hacían saber a los indiferentes. Les molestaba que las masas no se moviesen más activamente en defensa de una Argentina que consideraban agredida por la garra marxista.

Para alimentar ese odio y movilizar a la población, todo era posible. La revista Para Ti, dirigida por Agustín Bottinelli, planificó junto con un grupo de tareas de la Armada sacar a una secuestrada (Thelma Jara de Cabezas, madre de un desaparecido) de las mazmorras de la ESMA, llevarla a una confitería y simular una entrevista donde apareciese como “libre” y hablando bien de los militares y mal de los Montoneros. El ardid buscaba mostrar que los organismos de derechos humanos mentían. La canallada salió publicada y hoy es motivo de justicia. Bottinelli ha sido el único periodista de la dictadura procesado por delitos de lesa humanidad.

EN CONTRA DE LA CIDH

El despliegue fue infernal y tuvo como epicentro la llegada de los campeones mundiales juveniles. El equipo fue traído en un avión militar a Aeroparque para que Maradona y los demás jóvenes levantasen la Copa en Plaza de Mayo. Hacia allí debían marchar las multitudes alentadas por los voceros oficiales de la radio y la TV de ese momento. Fue tan revulsivo el montaje cívico-militar de la propaganda dictatorial que uno de los pocos periodistas dignos de esos días, Oscar Cardoso, escribiría en Clarín un artículo que ha quedado como escaso botón de muestra de la resistencia. Se llamaba “La convocatoria”. En esa media página, que Cardoso no firmó por recomendación de sus jefes, desmenuzó la parafernalia televisiva y radial complaciente con Videla: “Mirtha Legrand, en tanto, sonreía y hacía sonar una campanita. Las emisiones continuaban desde exteriores y Lagos y Muñoz instaron al público que recorría incesantemente las calles céntricas a desplazarse a la Avenida de Mayo”.

Las gentes que pasaban por Avenida de Mayo no eran grandes villanos, sino seres comunes y corrientes. Todos, motivados por aquellas y aquellos dueños del micrófono que machacaban para defender la argentinidad proveniente de los cuarteles. Se destacaban por la ferocidad con la que se abatían contras las Madres y centenares de familiares que formaban la cola esperando su turno para transmitir la denuncia.

En ese marco, Adriana Lesgart, militante montonera cuya actividad era ayudar a los familiares con las denuncias, fue secuestrada el 21 de septiembre de 1979, cuando salía de la sede que albergaba a la Comisión. Los periodistas de la dictadura jamás se ocuparon de ella.

El velo que hoy los cubre es cada vez más débil. Aquella pasividad de la sociedad sobre la que se montaron se nos viene hoy encima con una sensación de antaño que duele. Pero no era sólo Buenos Aires. La prensa de todo el país respondía a los logros del aparato de campaña psicológica de la dictadura. “Las mentiras, calificadas con toda justicia de ‘infames’, con respecto a la existencia en nuestro territorio de ‘campos de concentración’ y otras especies difundidas dentro y fuera de nuestras fronteras con maldad, han quedado al descubierto para los miembros visitantes.” Así editorializaba en septiembre de 1979 el diario santafesino El Litoral. Y calificaba a los denunciantes de violaciones a los derechos humanos como “personas o instituciones mal asesoradas u obedientes a directivas del marxismo”.

Quedan todavía vestigios de aquel país, de aquella sociedad, y mucho más en el periodismo. Ahí andan hoy los campeones de la negación recorriendo los medios, diciendo que los 30 mil no son 30 mil mientras algunos comunicadores, como Del Moro, Lanata, Etchecopar o Longobardi, alientan y dirigen todo pronunciamiento en contra de los organismos de derechos humanos.

No son solamente cosas del pasado. En este tiempo que nos atormenta hay mucho de violaciones a los derechos humanos y mucho de prensa desmemoriada y de fútbol aquiescente. Por eso nunca está de más hablar de 1979.

Publicado por Caras y Caretas el 27 de agosto de 2019