Palestina: los cimientos del muro

El objetivo de este trabajo es rastrear los fundamentos del muro que el Estado de Israel erige sobre tierra palestina en la construcción de una memoria colectiva hegemónica por parte del sionismo. Memoria que se ha edificado sobre el olvido y la negación del otro, del palestino, de aquel que mayoritariamente habitaba la región antes de la proclamación del Estado de Israel. Olvido del saqueo, la apropiación de tierras y la expulsión del pueblo palestino.

El estudio de la imposición de esta memoria colectiva hegemónica permite comprender no sólo el sentido de la edificación del muro, sino que también explica la impasibilidad con que los israelíes aceptan -casi sin resistencia- su construcción.

 Muros y olivares

En junio de 2002 el Estado de Israel comenzó la construcción de un muro de separación de los palestinos de más de 650 kilómetros de largo y con paredes de hasta ocho metros de alto. Vallas electrificadas, circuitos cerrados de televisión, torres de vigilancia, caminos para patrullas de vigilancia, son edificados al mismo tiempo.

El muro no es una simple "barrera de seguridad" como la presenta el Estado israel [1]. Si así fuera Israel lo habría edificado algunos kilómetros hacia el interior de sus fronteras: "podría tener más de un kilómetro de altura, ser patrullado en ambos lados por el ejército, y estar minado con armas nucleares, absolutamente impenetrable" (Chomsky, 2004). Por el contrario, el muro es una obra de ingeniería de grandes dimensiones que se adentra kilómetros en territorios palestinos traspasando la denominada Línea Verde, que establecía las fronteras del armisticio tras la Guerra de los Seis Días de 1967. Impide el ejercicio de los derechos de libre movilización y de propiedad de los pobladores palestinos y afecta el acceso a zonas de cultivo, escuelas, servicios de salud, centros de trabajo y fuentes de agua.

El 20 de octubre de 2003 la Asamblea General de las Naciones Unidas condenó la construcción del muro. Meses más tarde, en julio de 2004, el muro fue declarado ilegal por el Tribunal Internacional de Justicia de la Haya (14 votos a favor y sólo 1 en contra, el de los Estados Unidos), considerando que deben ser derribados los tramos ya construidos e indemnizar a los palestinos y en julio de este mismo año la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó por abrumadora mayoría (150 votos sobre 166) una resolución en la que conminaba a Israel a acatar esta sentencia. El Estado de Israel no acató estas resoluciones, no reconociendo la legitimidad de las organizaciones internacionales respecto a sus asuntos internos.

Se ha estimado que parte importante del territorio de Cisjordania será expropiada de hecho mediante el muro [2], aislando comunidades entre cantones, enclaves y las llamadas zonas militares. El muro se adentra en territorio palestino incorporando asentamientos israelíes al Estado, dando lugar a la mayor anexión de tierras realizada por Israel desde la guerra de 1967.

Pero la construcción del muro no es meramente una expropiación de tierras. Aunque la apropiación territorial es un hecho indiscutible, sólo explica parcialmente su construcción. El Estado israelí podría apropiarse de territorios sin necesidad de muros, como lo ha hecho en años anteriores. La separación por la cerca de hormigón tiene otras implicancias más profundas y escondidas.

Los cimientos y las bases del muro que construye Israel no contienen tan sólo hormigón y piedra. Una estructura simbólica sutil y construida durante varias décadas constituye el fundamento principal del cerco de separación y aislamiento. Preguntarse por el sentido y las consecuencias del muro supone trascender la mera retórica de la seguridad propugnada por el Estado de Israel, pero también requiere evitar la reducción de complejidad que implica acotar su implantación a intereses económicos y a la apropiación de tierras y recursos.

Un largo y sinuoso camino llevó a los bulldozers israelíes a derribar casas y olivares para imponer en su lugar las losetas de hormigón. En ese itinerario se fue construyendo un entramado simbólico, impulsando la hegemonía de una determinada memoria colectiva israelí y, a la par, edificando el olvido colectivo. Este entramado de memoria y olvido constituyen a dar significación y sustento al cerco de cemento.

 Memoria y olvido 

El concepto de memoria colectiva encierra una construcción que apunta a la conformación de la identidad social de los individuos. Desarrolla un sentido de pertenencia. Atañe al pasado y al futuro, a la vez que da sentido a las acciones en el presente.

Desde el ámbito de la ciencias sociales Maurice Halbwachs (1980) ha sido uno de los pioneros en proponer que el pasado es una reconstrucción realizada socialmente y que de ningún modo es inmutable, sino que es moldeado por las experiencias e ideas ntes en el presente. La memoria colectiva consiste en el "movimiento dual de recepción y transmisión de hechos y circunstancias pasadas, que se continúa alternativamente hacia el futuro" (Yerushalmi, 1989: 19). Este movimiento pone en juego un proceso colectivo, cualidades intersubjetivas y transubjetivas que suponen cierta apropiación resignificada de la historia.

La memoria colectiva se construye a partir de procesos sociales y políticos que pujan en un particular espacio social. La construcción de identidades colectivas, la construcción de la memoria, implica una lucha política. Nunca existe una única memoria colectiva posible. Por el contrario, en cualquier sociedad existen una multiplicidad de memorias colectivas que se entrecruzan simultáneas. Es la lucha política la que impone hegemónicamente una memoria colectiva determinada. Al mismo tiempo, existen fuerzas sociales que promueven el olvido.

Memoria y olvido no son excluyentes ni antagónicos: la memoria no se opone en absoluto al olvido. Como afirma Todorov (2000: 15) "los dos términos para contrastar son la supresión (el olvido) y la conservación". La memoria es forzosamente una selección, una interacción entre la supresión-negación y la conservación. Conservar sin elegir no es una tarea de la memoria. En cualquier contexto histórico, la construcción de la memoria colectiva impulsa la lucha política por el recuerdo y por el olvido, a la vez que por el sentido de ambos. La memoria colectiva "es un instrumento y una mira de poder" (Le Goff, 1991: 181). La apropiación y control de la memoria y del olvido colectivo constituyen una de las máximas preocupaciones de las clases, de los grupos, de los individuos dominantes de las sociedades.

La rememoración es ese proceso de conservación, de fijar algo en la memoria. Olvidar "no es ausencia. Es la presencia de esa ausencia, una representación que estaba y ya no está, borrada, silenciada, negada" (Jelin y Kaufman, 1999). Es silenciamiento y negación. Como la memoria, el olvido colectivo también es intersubjetivo. Estas múltiples intersubjetividades, en tanto conforman la memoria y el olvido colectivo, constituyen identidades cuyo espacio -o, para utilizar el término de Pierre Nora, (1984) "el lugar de la memoria"- es un espacio de lucha social y política. 

 Pueblo y negación

Indagar por los cimientos del muro que está construyendo el Estado de Israel a través de las huellas de la memoria colectiva requiere trasladarse hasta los orígenes del sionismo. No se pretende aquí comprender de conjunto a la totalidad de los elementos que conforman la memoria colectiva israelí, sionista o judía en particular. Nos ocupa aquel aspecto de la memoria colectiva que forma parte constitutiva del Estado de Israel y que está en relación directa al pueblo palestino: aquella que se construye a partir del olvido y la negación del palestino.

En toda construcción de la memoria es fundamental el momento narrativo. Momento que comunica, que informa, y que contiene un carácter social. La afirmación narrativa lleva consigo también una negación. Cuando desde el sionismo, a fines del siglo XIX se afirma su más conocido lema "un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo", se expone una fuerte negación que será constitutiva de la construcción del olvido colectivo: la negación de la existencia de una importante población árabe en esas tierras, anterior al establecimiento del Estado de Israel.

La expresión "un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo" dará paso -y justificará- a un o de colonización en la cual la sociedad israelí buscará imponerse como sociedad exclusiva en Palestina. Este tipo de colonización, que ha sido llamado "modelo desviado de colonialismo" [3] (Said y otros, 1985: 218), presupone el desplazamiento de los palestinos. Por eso R. Weitz, jefe del departamento de colonización de la Agencia Judía, podía afirmar que: "debe quedar claro que no hay lugar para los dos pueblos juntos en este país" [4].

Hacia 1969, la entonces primer ministro israelí Golda Meir declaraba: "no existe el pueblo palestino" [5]. Otros dirigentes políticos y personalidades israelíes opinaban en este mismo sentido, como Levi Eskhol, quien preguntaba "¿Quienes son los palestinos? Cuando yo llegué acá había 250.000 no judíos, principalmente árabes y beduinos. Era un desierto, más que subdesarrollado". (Said y otros, 1985: 220). Se diluye de este modo la condición de palestino en la más general de "no judíos" y "árabes" y más abstracta de "beduinos". Cuando no, se los refiere como "un populacho vociferante vestido con ostentosos harapos salvajes" [6]. De este modo, "el primer paso en la deshumanización del odiado Otro es reducir su existencia a unas cuantas frases, imágenes y conceptos simples, repetidos con insistencia" [7].

Durante siglos y hasta después del establecimiento del Estado de Israel, la población de la región fue mayoritariamente árabe. En las últimas décadas del siglo XIX comenzó el arribo de colonos judíos. La primer colonia es fundada en 1878 y desde entonces el arribo de colonos judíos a la región se irá incrementando. En 1896 Theodor Herzl publica Der Judenstaat (El Estado judío), proponiendo la creación de un Estado propio para el pueblo judío. Un año después se celebra el primer Congreso sionista en Suiza, donde se adopta un programa para la colonización de Palestina y se rechazan otras zonas en Africa y América Latina para la creación de un Estado judío.

La consideración de Palestina como una tierra sin pueblo, un páramo por habitar y civilizar, va acompañada en el imaginario sionista de entonces por la reivindicación del "derecho divino de ‘redimir’ Palestina, de acuerdo con la promesa de ni más ni menos que la autoridad de Dios y porque, según la Biblia, los israelitas construyeron sus reinos por toda la tierra de Canaán hace más de 2000 años, lo cual les confiere derechos históricos sobre el lugar" [8].

Hogar e inmigración Previendo la derrota otomana al término de la Primera Guerra Mundial, Francia y Gran Bretaña firman un acuerdo secreto en 1916, el Acuerdo Sykes-Picot, que establece el reparto entre las dos potencias europeas del Oriente Próximo. Concluida la guerra, a partir del mes de junio de 1922 se da inicio al Mandato británico sobre Palestina que se mantendrá hasta 1948. En 1917, a través de la Declaración de Balfour, Gran Bretaña se compromete en el apoyo a la creación de un "hogar nacional para el pueblo judío" [9] en Palestina, minimizando la presencia árabe, que para entonces constituía el 90% de la población de la región. En la Declaración no se los llama árabes sino "comunidades no judías". Con el establecimiento del Mandato británico se acrecienta la inmigración de colonos judíos. Esta inmigración judía no tenía como único objetivo revertir la mayoría demográfica árabe en mayoría judía en el territorio. También la compra y colonización del suelo resultaban imprescindibles para la creación de un Estado nacional judío en Palestina. La tierra adquirida se convirtió en parte del Fondo Nacional Judío que especificaba que reemplazar por colonos judíos a los campesinos árabes requería también impedir que esas tierras pudieran ser nuevamente compradas por los árabes.

En mayo de 1936 el periodista francés Gabriel Péri escribía en el periódico L’Humanité que:

bajo el pretexto del hogar nacional judío se ha organizado en Palestina una verdadera expoliación de los árabes. La gran sociedad sionista Keren Hayessod se ha especializado en esas expoliaciones. Aprovechando la falta de títulos de propiedad por parte de los campesinos árabes y los beduinos, se pone de acuerdo con un señor feudal-jeque árabe para apropiarse de tierras. Después de hacerlo, avisa a los campesinos árabes que deben abandonar la tierra sobre la cual sus antepasados han labrado durante siglos. Si los campesinos no obedecen, la sociedad pide la ayuda de los soldados británicos (Péri, 1936).

Una vez que ha sido despojado de su tierra, el campesino árabe ya no podrá cultivarla ni como arrendatario ni como jornalero al servicio de los nuevos dueños. Con el fin de impedir que las consecuencias del trabajo asalariado en la agricultura, que haría volver a los árabes al terruño, tuviesen efectos negativos en el proceso de creación del Estado nacional, el departamento de colonización de la organización sionista determinó que se prohibiera el trabajo asalariado en las tierras que administraba el Fondo Nacional Judío. Más adelante esta condición para el cultivo de las tierras del denominado suelo estatal se convirtió en una norma casi constitucional. Aunque la lógica de la ganancia imperante en Israel, como en cualquier sociedad capitalista, hará que esta regla no sea respetada en muchas ocasiones.

Por otra parte, el movimiento sionista buscó impedir que la mano de obra árabe fuera contratada por establecimientos y empresas judías. Luego de su creación en 1920, la central sindical judía Histadruth organizaba "una verdadera caza al obrero árabe. Cada año, cuando se celebra la fiesta de la recolección de naranjas, las tropas de asalto sionistas organizan verdaderas expediciones punitivas en las obras de construcción, en las fábricas, expulsando despiadadamente a los obreros árabes" (Péri, 1936).

Pero los judíos continuaron siendo minoría en Palestina por muchos años. El Centro de Información de las Naciones Unidas ha estimado que durante el año 1895 la cantidad total de habitantes de Palestina sumaban alrededor de 500.000 personas, de las cuales menos del 10% (unas 47.000) eran judíos [10]. Para el año 1931 la población judía era de 174.606 contra un total de 1.033.314, en 1936 el número de judíos había ascendido a 384.078 y el total a 1.366.692, en 1946 había 608.225 judíos en un total de 1.912.112 habitantes (Said y otros, 1985: 216). La mayoría de los pobladores eran musulmanes sunníes. También había minoritariamente musulmanes shiíes, cristianos y drusos. Todos ellos tenían el árabe como lenguaje común. El conjunto de ellos, más la porción judía, constituían el pueblo palestino.

Esta sociedad compleja será progresivamente desmantelada y olvidada. La memoria colectiva que el sionismo va imponiendo es que Palestina estaba deshabitada cuando llegaron los primeros judíos a asentarse en el territorio y que fue la relativa prosperidad generada por los primeros asentamientos judíos la que atrajo a los árabes palestinos. En consecuencia, éstos no serían oriundos del lugar, sino tan inmigrantes como los propios judíos y por tanto carecerían de cualquier derecho ancestral sobre la tierra.

Sin embargo la política sionista de negación y ajenidad respecto al árabe palestino no logró imponerse de inmediato. La lucha por la construcción de una memoria colectiva basada en las concepciones del sionismo tuvo que enfrentarse con los lazos sociales existentes entre los habitantes -árabes, cristianos y judíos- de la región, que resistieron o no compartían esta construcción del sionismo. La mayoría de la población judía que habitaba en Palestina antes del inicio de la colonización a fines del siglo XIX era ajena al proyecto político sionista. El sionismo debió inmiscuirse como una cuña de violencia racial y económica -no sólo religiosa- para quebrar la convivencia anterior entre los pobladores árabes y judíos.

 La memoria sesgada

El arribo de colonos judíos y la venta de tierras por parte de los latifundistas árabes al sionismo generó tendencias nacionalistas árabes y antisionistas (y también antijudías) que temían y se oponían a que los árabes se convirtieran -como efectivamente sucedió con los años- en una minoría en Palestina. Pero, a la vez, el crecimiento de las ciudades y la crisis agraria causada por el abandono de la tierra por parte del campesinado árabe y, sobre todo, los nuevos sectores económicos que prosperaron en los años de la tutela británica abrieron un espacio para que obreros árabes y judíos desarrollaran trabajos y acciones conjuntas. Este es un aspecto que la memoria colectiva predominante luego del establecimiento del Estado de Israel ha soslayado y echado en el olvido.

Diversas compañías como los ferrocarriles y otras empresas y agencias gubernamentales como los sistemas telefónicos y telegráficos, el departamento de Obras Públicas y las oficinas portuarias y también las "bases e instalaciones militares británicas y aliadas en Palestina, se convertirían en una zona clave de interacción entre trabajadores judíos y árabes" (Schwartz, 2003). Empresas privadas y extranjeras, como la filial en Haifa de la Iraq Pretroleum Company o la fábrica de cemento Nesher, próxima a esa ciudad, también empleaban a trabajadores de ambas nacionalidades.

Existen no pocos ejemplos de luchas reivindicatorias conjuntas entre trabajadores árabes y judíos en las empresas en que trabajaban e intentos de formar sindicatos conjuntos. Estos intentos de unidad entre trabajadores fueron boicoteados por el Histraduth, ya que una organización de la clase trabajadora unida entraba en contradicción con la política de implantar una fuerza de trabajo únicamente hebrea.

La lucha de los trabajadores no pocas veces brincaba por sobre las muralidades nacientes que sus organizaciones se esforzaban por establecer. En la construcción de la fábrica de cemento Nesher, en Haifa, a mediados de la década del ’20, participaron trabajadores judíos organizados en el Histraduth, y también trabajadores egipcios, que recibían la mitad del salario que aquellos. Casi al final de la construcción los trabajadores judíos realizaron una huelga contra la dirección de la fábrica y buscaron la solidaridad de los trabajadores árabes, logrando el apoyo de éstos. La huelga duró dos meses y luego los obreros judíos llegaron a un acuerdo que les otorgaba algunas reivindicaciones. Los trabajadores egipcios no lograron nada y fueron despedidos. El Histraduth mantuvo la posición de que no era su responsabilidad defender a los egipcios. Sin embargo, los trabajadores judíos votaron por absoluta mayoría no regresar al trabajo a menos que se volviera a contratar a los trabajadores árabes. Finalmente, por presión del Histraduth, los trabajadores judíos volvieron al trabajo y los egipcios fueron deportados a su país. Esta situación se repetiría en los años siguientes: búsqueda de solidaridad y lucha en común entre los trabajadores y presión sindical y política para quebrar esa unidad.

En los años ’30, desde el Histraduth se impulsaron multitud de acciones para impedir la unidad entre trabajares judíos y árabes:

en 1931 sabotearon la lucha conjunta de los trabajadores árabes y judíos conductores de autobús y taxistas. Utilizaron la huelga para organizar a los conductores judíos en cooperativas. (...) En 1932 utilizaron la huelga de cargadores para intentar sustituir a los trabajadores árabes por judíos. Los cargadores judíos, que trabajaban codo a codo con los huelguistas árabes, se negaron a actuar de rompehuelgas" (Schwartz, 2003).

Todavía en 1946, cuando ya los cimientos del muro de la separación comenzaban a estar bien afirmados se produce una importante huelga conjunta entre trabajadores árabes y judíos: la de los trabajadores públicos, que involucró a trabajadores postales, telefónicos y telegráficos de toda Palestina. A los que pocos días después se sumaron los trabajadores ferroviarios, árabes y judíos, paralizando todo el sistema del ferrocarril en la Palestina de los últimos meses del Mandato británico.

Estas acciones conjuntas entre trabajadores árabes y judíos fueron expurgadas de la memoria edificada por los adalides de la separación, verdaderos precursores del muro. La memoria expurgada acaba en el olvido y la negación. Es memoria rechazada pero, como memoria al fin, siempre puede ser reconstruida. Si no se pierde de vista al olvido.

 Terror y desalojo

En la década de los años cuarenta los atentados istas por parte de las distintas organizaciones sionistas se multiplican en Palestina. Casi todas ellas realizaron ataques contra los británicos y, al mismo tiempo, atentados para aterrorizar y desplazar a la población árabe. La Haganah, organización militar creada en 1920, dinamitará numerosas casas árabes en la ciudad vieja de Jerusalén y también en aldeas campesinas. Acciones que provocan el éxodo de población árabe y "que se inspiran en las técnicas represivas aplicadas por las fuerzas británicas durante la rebelión árabe de 1936-1939" [11]. Por su parte el Irgún, que era responsable de la mayor parte de las muertes de los militares británicos entre 1945 y 1947, a finales de este último año organizó unidades "especialmente entrenadas para operar en zona árabe" (Weinstock, 1973: 350). De ambas organizaciones militares sionistas se formará el futuro ejército nacional israelí: la Haganah se transformará en el Ejército de Defensa de Israel tras la proclamación del Estado israelí en mayo de 1948, y el Irgún, aunque conservando por un tiempo cierta autonomía, también se integrará al ejército nacional israelí un mes después.

Otra organización sionista, el grupo Stern, constituye un caso más complejo. En opinión de Nathan Weinstock (1973: 353), su intransigente lucha contra los británicos "le lleva a abordar una lucha común con los árabes palestinos" contando entre sus miembros un cierto porcentaje de árabes. De cualquier modo, la preeminencia que dará la lucha sionista al enfrentamiento contra los árabes producirá una crisis en el grupo Stern, que finalmente también participará -en 1947- en ataques contra la población árabe. Serán integrantes de Stern, junto con Irgún, los que realizarán la matanza en la aldea de Deir Yasin, donde se dinamitan a los habitantes árabes en sus propias casas [12]. En 1948, un millar de los militantes del grupo Stern también se unen al flamante ejército oficial de Israel.

A partir de estos grupos militares predecesores, el ejército israelí fundamentó su existencia en función del proyecto sionista de desplazamiento de la población palestina árabe y la apropiación de territorios. Desde el inicio de la presencia de colonos sionistas en Palestina y hasta fines de 1947, "sólo un 5,5% de tierra palestina era de posesión judía, incluidas las tierras concedidas por el Mandato británico a los colonos judeo-europeos" (Oliván, 1998). Pero a partir de esa fecha por el accionar de los grupos armados sionistas primero, y del ejército nacional israelí después, la apropiación territorial será incesante. Desde principios de 1948 y hasta la retirada británica, el 15 de mayo de ese año, los grupos sionistas ocuparon un 14% de Palestina. Dos meses más tarde "ocuparon otro 9% de Palestina (parte de Galilea, el sector central de Lyda y Ramle, y el sur de Yafa). A finales de octubre de 1948 las fuerzas sionistas, ya convertidas en el ejército israelí, abatieron la defensa egipcia del sur de Palestina y ocuparon un 13% más de territorio, al tiempo que completaban la ocupación de Galilea y se adentraban en Líbano. Tras la firma del armisticio con Egipto a finales de ese año, Israel volvió a atacar el sur de Palestina ocupando un 42% más.

En 1947 Gran Bretaña había renunciado a su soberanía sobre Palestina y trasladado la cuestión a las Naciones Unidas que, por medio de su Asamblea General, aprueba la resolución 181 (II) en noviembre de ese año, propugnando un plan de partición que establecía un Estado árabe y otro judío con unión económica y con Jerusalén como territorio internacional. La partición otorgaba al Estado judío el 56% del territorio palestino bajo el Mandato británico. Tras la proclamación del Estado israelí en mayo de 1948, se produce el enfrentamiento con los Estados árabes circundantes [13], cuyo resultado será la victoria y consolidación del Estado israelí. Al finalizar el año 1948, el ahora Estado de Israel poseía el 77% de lo que fuera el territorio palestino bajo el Mandato británico.

Tan importante como la conquista territorial fue que por primera vez "nacía un Estado judío dotado de una mayoría judía -650.000 [habitantes]- y una minoría árabe (133.000), que aún no se definía como palestina" (Brieger, 1991: 42).

Gran parte de los palestinos fueron expulsados de los territorios que quedaron bajo el control del Estado israelí. Esta población fue conocida de allí en adelante con el nombre de "refugiados". La construcción de las definiciones conceptuales también es parte de la lucha por la hegemonía de la memoria colectiva. Los palestinos expulsados de sus tierras han pasado a denominarse "refugiados", a tono con el lenguaje impuesto en el concierto mundial por los Estados Unidos. Aquellos palestinos que quedaron viviendo bajo jurisdicción del Estado de Israel son llamados "árabes israelíes". Esta sustracción a la entidad palestina hace que en la época del surgimiento de la Autoridad Palestina, a fines de los años noventa, el término "palestino" refiera aproximadamente a tan sólo un tercio del total de los palestinos.

Se calcula que hacia 1949 el número de refugiados estaba entre 750.000 y 850.000 personas (OOPS, 2004; Brieger, 1991: 42; Said y otros, 1985: 224). Se establecieron en los territorios de la Palestina histórica no ocupados por Israel en esos años -Franja de Gaza y Cisjordania- o en los países árabes cercanos: Líbano, Siria, Jordania y Egipto. La expulsión masiva de los palestinos implicó centenares de aldeas y ciudades abandonadas. Morris (1987) estima que un total de 369 pueblos y ciudades fueron desalojadas. Jalidi (1992), eleva la cifra a un total de 418. El trabajo de Abu Sitta (1997: 4), registra 531 poblaciones añadiendo a las de Jalidi y Morris las tribus beduinas asentadas en el distrito de Bir Sheba. La inmensa mayoría de los refugiados árabes de Palestina de 1948 fueron campesinos que con la conquista y ocupación sionista habían perdido sus tierras y, con ellas, la base de su existencia.

Cuando se estudian con atención los datos sobre las fechas de los desalojos [14], se puede ver con claridad que la expulsión de los palestinos constituyó un proceso organizado de masivo que se llevó a cabo en muy pocos meses. Entre febrero y mayo de 1948 se realizaron gran cantidad de desalojos y expulsiones. De la eficacia y rapidez con las que actuaron las fuerzas sionistas da cuenta el hecho de que "el 15 de mayo, al término del Mandato británico en Palestina, más de la mitad de los palestinos (414.000) se habían convertido en refugiados y que 213 aldeas y ciudades habían sido ya destruidas" (Oliván, 1998). Esto significa que gran parte del desalojo masivo de palestinos se produjo antes de que se iniciase la primera guerra árabe-israelí, y pone en cuestión una afirmación mitológica del accionar militar israelí, que sostiene que sus acciones fueron respuesta defensiva ante el ataque de los ejércitos árabes (Finkelstein, 2003; Garaudy, 1996).

Otro aspecto de la construcción de la memoria colectiva israelí apunta a que el abandono de las aldeas fue consecuencia de las órdenes dadas por las autoridades municipales árabes y la propaganda de los gobiernos árabes de la región, lo cual conceptúa al abandono de las aldeas como voluntario. El trabajo de Morris (1987) demuestra que

de las 330 localidades registradas (...) el 85% (282 localidades) fueron desalojadas por una acción militar directa, mientras que sólo un 1% (5 localidades) lo fueron como consecuencia del abandono de sus habitantes ante las órdenes decretadas por las autoridades municipales árabes" [15]. Las aldeas fueron mayoritariamente destruidas mediante una acción de tierra arrasada. Se estima que sólo "un 12% de las aldeas fueron ocupadas por colonos, las restantes fueron literalmente borradas del mapa (Oliván, 1998).

Palestina dejó de existir como entidad política y administrativa.

Sólo en la Franja de Gaza era posible emplear el término Palestina sin suscitar el oprobio político o el castigo (...) los palestinos que seguían residiendo en la Palestina del Mandato adquirieron, mediante una serie de decretos israelíes, una nueva designación legal (Said y otros, 1985: 234).

Aquellos que estaban presentes físicamente en sus residencias cuando se realizó el primer censo israelí en 1949 se convirtieron en árabes israelíes.

Existen también palestinos y palestinas desalojados de sus aldeas que no se fueron a otros países sino que se refugiaron en otros pueblos de la zona o se escondieron en las montañas, pasando a convertirse en refugiados en su propia tierra. Algunos pudieron volver a sus pueblos y reconstruirlos. Los que no pudieron volver, pero tampoco querían marcharse, empezaron a construir nuevos poblados mientras esperaban la llegada del día del regreso a sus tierras. Hay unos 100 pueblos de este tipo en Israel, construidos o reconstruidos después de 1948. Son los llamados "pueblos no reconocidos" y legalmente no existen. En esas condiciones se encuentran unas 100.000 personas. Un pueblo que no existe no recibe ninguna infraestructura: ni carreteras, ni alcantarillado, ni luz, ni agua, ni escuelas, ni hospitales.

Los palestinos que vivían en la denominada Ribera Occidental [16] fueron naturalizados de acuerdo a la ley jordana. El resto de los palestinos, diseminados en los países árabes circundantes y en la Franja de Gaza, se convirtieron en personas sin nacionalidad, quedando bajo las reglas de los países en que residían. Sólo en la Franja de Gaza, bajo control egipcio, los palestinos tuvieron la posibilidad de organizarse políticamente como tales.

Aún hoy, "más de dos tercios de los palestinos (los refugiados más los ciudadanos de Israel) han sido excluidos de la definición de palestinos" (Barghouti, 2004), y dado que los descendientes de los palestinos desalojados también se han convertido en refugiados, el número actual de palestinos refugiados oscila entre 3.600.000 y 4.900.000 personas [17].

 Al-Nakba

Los palestinos han incorporado a su memoria colectiva este desalojo masivo y destrucción de sus aldeas y le han puesto en lengua árabe una denominación particular, que toma las características de un nombre propio, Al-Nakba. Significa literalmente desastre, desgracia, calamidad, lo que de por sí es elocuente. Pero a la vez el empleo del artículo determinado al, le da el contenido de algo singular, la desgracia o la calamidad. ¿Cómo ha sido construida la memoria colectiva israelí en torno a este hecho tan decisivo para la historia de los palestinos? El profesor universitario judío Ilan Pappé (2002) relata su propia experiencia:

Como niño judío nacido en Haifa a principios de la década de los cincuenta, nunca me topé con el término Nakba (...) Más tarde, durante mi etapa como estudiante de doctorado en la Universidad de Oxford, elegí el año 1948 como tema de estudio para mi tesis. (...) Descubrí pruebas en los archivos israelíes y británicos que, una vez analizadas en su conjunto, me dieron por primera vez una idea bastante clara de lo que había sido la Nakba. Todo esto contrastaba claramente no sólo con lo que yo había aprendido en la escuela acerca de 1948, sino también con los conocimientos que había adquirido durante mis estudios de licenciatura en la especialidad de Estudios de Oriente Medio en la Universidad Hebrea de Jerusalén. (...) Sobra decir que lo que descubrí como doctorando contradecía los mensajes que yo había recibido como ciudadano del Estado de Israel durante mi etapa de iniciación en el ejército y en el discurso que a diario repetían los medios de comunicación del país sobre la historia del conflicto palestino-israelí.

La negación de la Nakba que refiere el profesor Pappé resulta indispensable para comprender de qué manera se fueron estableciendo los fundamentos que hoy permiten el emplazamiento del muro, mayoritariamente aceptado por la población judía de Israel y de otros países. El olvido de las acciones istas y expulsión de los palestinos en la universidad y en la sociedad israelí forma parte de una negación primordial. La exclusión por completo del desalojo palestino del discurso académico en Israel se comprende en tanto la memoria colectiva israelí se construye a partir de aquella negación original que negaba su existencia misma. Cuando en 1982, un joven soldado israelí que participaba de la invasión al Líbano decía que le "gustaría ver muertos a todos los palestinos porque son una enfermedad donde quiera que vayan" (Said y otros, 1985: 217); o cuando los soldados israelíes con rostro aniñado apretujan a las mujeres palestinas sobre las planchas de cemento de un puesto de control del muro para registrarlas, haciéndolas esperar durante largo tiempo y dirigiéndose a ellas tan solo por gritos en árabe como ¡ruck! (¡camina!) o ¡wakf! (¡alto!) [18], expresan una memoria oficial que ha sido edificada y ha predominado durante más de cincuenta años y que considera a los árabes inferiores y primitivos.

La Nakba fue borrada como acontecimiento histórico, impidiendo que desde los estudios científicos se cuestionase la negación y la supresión de la memoria colectiva israelí. Olvido del olvido mismo.

En los años ochenta se publicaron varios libros que cuestionaban la versión oficial israelí sobre los hechos acaecidos en la guerra de 1948. Sin embargo, muchas de esas obras ni siquiera fueron traducidas al hebreo y "el establishment hizo todo posible por reprimir estos primeros brotes del conocimiento que los israelíes empezábamos a tener de nosotros mismos y del reconocimiento del papel jugado por Israel en la catástrofe palestina" (Pappé, 2002). Finalmente, cuando el Likud volvió al poder en el año 2001, el Ministro de Educación israelí ordenó que se retiraran los manuales liberales de historia y fueran reemplazados por libros basados sólo en los valores judíos y sionistas.

La negación de la Nakba está en estrecha relación con la negación, por parte de los diferentes gobiernos israelíes que han negociado Acuerdos de Paz con árabes y con palestinos, a tratar la cuestión de los refugiados palestinos que habían sido expulsados de sus casas en 1948. Ya en 1969 Menachem Beguin alertaba a los israelíes sobre el peligro de reconocer el desalojo: "si esta es Palestina y no la tierra de Israel, entonces ustedes son conquistadores y no labradores de la tierra; ustedes son invasores" (Said y otros, 1985: 220).

 Muro y paisaje

Alrededor de 14.680 dunums -cada dunum equivale a 1.000 metros cuadrados- han sido arrasados al paso del muro. Más de 100 mil olivos arrancados. 25 comunidades no pueden acceder a sus cultivos. Más de 200 edificaciones demolidas para erigir la pared de cemento. Es común la destrucción de acueductos y cisternas destinadas al uso doméstico y agrícola. El muro parece implacable, apabullante. Sin embargo, si no se es palestino, es muy poco probable que se tenga una imagen cabal de él. Las cadenas norteamericanas y europeas de noticias suelen tener varios "enviados especiales" en Israel y las zonas palestinas, pero como bien ha dicho Edward Said, los medios generan "una dieta atrozmente sesgada de ignorancia y malas interpretaciones. No mencionan nunca la palabra ocupación [y] nunca muestran, ni en CNN ni en las cadenas televisivas, ese muro del apartheid, de ocho metros de altura" [19].

Como aquel otro cerco del que narrara el escritor peruano Manuel Scorza en su novela Redoble por Rancas, el muro israelí habrá sido parido por la noche desde las paredes de un cementerio e, imparable, corre infectando la tierra. Sin descansar, pretendiendo derrotar hasta a los pájaros.

El muro crea de hecho nuevas fronteras entre Palestina e Israel. Obviando no sólo las reivindicaciones del pueblo palestino, sino también las recomendaciones sobre las fronteras hechas por la ONU. Pero de ninguna manera ha de pensarse que establece una frontera definitiva. La política de Israel siempre ha sido la de fronteras abiertas, no definidas. En ello repite el mismo camino que antes recorrieran los Estados Unidos que, en el siglo XIX, establecía sus fronteras abiertas hacia los territorios del lejano Oeste.

Es conocido el doloroso destino final de los indios americanos a causa de esta política de fronteras abiertas: reservaciones y exterminio.

Pierre Vidal-Naquet (1994) narra cómo se produjo la destrucción de los ilotas en Esparta en el siglo V antes de Cristo. Los ilotas desaparecen, son eliminados o destruidos, pero las palabras que designan a la matanza, a la muerte, no se pronuncian, y el arma del crimen permanece desconocida. Allí la memoria fue asesinada. Lo que nos llega a través del tiempo es una pequeña y fragmentada hebra de la memoria.

Esparta había encerrado a los ilotas en un estatuto de desprecio. Desprecio institucionalizado que volverá a repetirse en el siglo XX en Alemania, bajo el dominio , respecto a los judíos. Bajo el smo la condición de los judíos vuelve a convertirse en la de parias, como en la Edad Media "o si se quiere, en la de ilotas, y eso es lo que expresan diversas medidas legislativas tales como las ‘leyes de Nuremberg’ de setiembre de 1935" (Vidal-Naquet, 1994:141).

El smo, derrotado en la guerra, no pudo asesinar la memoria. Pero memoria y verdad no siempre caminan juntas. Por eso es válida la pregunta de ¿cómo es posible que un pueblo que sufrió lo indecible entre las paredes del gueto de Varsovia, encerrado en un muro de cemento y alambre de púas y vigilado militarmente, acepta casi impasiblemente las muralidades que encierran hoy a los palestinos? O, más precisamente, ¿cómo resistir al asesinato de la memoria?

Los cimientos del muro son poderosos. Algunos, construidos a partir de la negación y el olvido, los hemos desarrollado en este trabajo. Otros atañen a raíces más esquivas en la construcción de la memoria colectiva israelí. El sociólogo Zygmunt Bauman en su obra Modernidad y Holocausto (1989: 11) hace explícitas las consecuencias de una interpretación manipulada del holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial: "el Estado judío intentó utilizar los recuerdos trágicos como el certificado de su legitimidad política, como salvoconducto para todas sus actuaciones políticas pasadas y futuras y, sobre todo, como pago adelantado de todas las injusticias que pudiera cometer".

Las losetas de hormigón que elevan el muro se apoyan en la misma dinamita que se utilizaba en las casas de las aldeas árabes en los primeros meses de 1948. Como aquellas acciones, el muro separa y niega. Una vez erigido, ya no hay palestinos del otro lado. En algunos sectores del muro improvisados pintores han plasmado paisajes bucólicos en la cara interna del cerco. La imagen de los árboles y la calma de las praderas floridas hace olvidar al muro que las contiene. Primero se niega al palestino, luego el propio muro es negado.

Pero la memoria colectiva se construye no sólo con olvido, sino también con la lucha por la conservación del pasado y también por su sentido. Tanto como por el sentido del olvido. La resistencia al asesinato de la memoria es una lucha política que ha de partir, como quería Walter Benjamin, pensando la historia del lado de los derrotados. Es una lucha que en Palestina requiere batallar contra los militantes del olvido y los traficantes de la memoria. "Contra la invención de pasados recompuestos y míticos al servicio de los poderes de las tinieblas" [20]. Contra los conspiradores del silencio.

 Bibliografía

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[1] El gobierno israelí denomina "valla (fence) de defensa" a la obra, justificándola como medio de impedir los atentados suicidas en Israel.

 

[2] Noam Chomsky cita datos del Banco Mundial que ha calculado que el muro puede llegar a aislar a entre 250.000 y 300.000 palestinos -más del 10% de la población- y que Israel puede llegar a anexionarse, por la vía de los hechos consumados, hasta un 10% del territorio de Cisjordania, cfr.: "El muro es un arma", articulo publicado en diario El Mundo, España, el 24 de febrero de 2004.

 

[3] El o clásico de colonialismo incluye la explotación de la mano de obra local, junto a la extracción de la riqueza en beneficio del país colonizador, pero en el modelo desviado de colonialismo desplazar es más importante que explotar, e implica la visión, por parte de los sionistas, de "su conflicto con los palestinos como un juego de suma cero. La creación de Israel significaba, por necesidad la destrucción de Palestina" (Said y otros, 1985: 218).

[4] Citado por E. Said y otros, 1985: 218.

[5] Sunday Times, el 15 de Junio de 1969.

[6] Descripción de los palestinos hecha por Vladimir Jabotinsky, mentor de Menachem Beguin (Said y otros, 1985: 220).

[7] Edward Said, en La Jornada, México, 25 de octubre de 2002.

[8] Omar Barghouti, The Electronic Intifada, 6 de enero de 2004.

[9] Declaración de Balfour, noviembre de 1917.

[10] CINU, Centro de Informaciones de Naciones Unidas, www.cinu.org.mx/temas/palestina.htm

[11] En 1936 se organiza una huelga general palestina que llama a la desobediencia civil contra las autoridades británicas y contra el pago de impuestos. Se calcula que la represión británica asesinó a más de cincuenta mil palestinos, cfr.: www.nodo50.org/csca/palestina/al-nakba/al-nakba.html.

[12] En Deir Yasin, 254 civiles palestinos fueron asesinados, cfr.: Oliván, 1998.

[13] Según Nathan Weinstock (1973: 362) "los árabes palestinos no intervinieron, más que muy accesoriamente, en el desarrollo de los acontecimientos de 1945 a 1948".

[14] El estudio de Abu Sitta constituye una sólida base para la reconstrucción de los datos geográficos y demográficos de los palestinos expulsados y la destrucción de aldeas.

[15] Citado por Oliván, 1998.

[16] Un decreto emitido por el gobierno de Jordania en 1950 prohibía el uso de la palabra Palestina para referirse a lo que hoy conocemos como Cisjordania, zona que estaba bajo su jurisdicción, sustituyéndola por el nombre de Ribera Occidental, término que hasta hoy día se continúa utilizando en los medios periodísticos.

[17] El Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente (OOPS, o sus siglas en inglés UNRWA) considera 3.737.494 refugiados registrados para el año 1999, cfr.: www.un.org/unrwa/. Según el cálculo de Abu Sitta (1997), existían para la fecha de ese estudio 4.942.121 refugiados palestinos. El mayor número de refugiados y desplazados reside en Jordania (aproximadamente 1,5 millones), Gaza (aproximadamente 750.000) y Cisjordania (más de 500.000).

[18] Cfr.: Amira Hass, "Palestina, la vida junto a los puesto de control", Ha´aretz, 23 de julio de 2004.

[19] Edward Said, "De dignidad y solidaridad", artículo publicado en La Jornada, México, el 4 de julio de 2003.

[20] Yerushalmi (1989: 25).