"Ler Gramsci, entender a realidade, de C. N. Coutinho y A. De Paula Texeira (editores)"

Rio de Janeiro, Civilização Brasileira, 2003, 293 páginas.

En este volumen están recogidas las ponencias presentadas en el encuentro de la International Gramsci Society, realizado en Río de Janeiro entre el 19 y el 21 de setiembre de 2001, pocos días después del atentado a las Torres Gemelas. El trágico acontecimiento influyó, por cierto, en la preparación de las ponencias y, de hecho, a menudo se encuentran en ellas análisis explícitos que utilizan las categorías gramscianas para interpretar la realidad cotidiana del mundo de hoy, casi en un intento de fundar una verdadera teorìa de la historia contemporánea. Se trata, sin duda, de las exposiciones más interesantes, privadas del academicismo o del filologismo que son ciertamente inútiles para estos tiempos. Realmente este género de ponencias hacen del pensamiento de Gramsci un instrumento adaptado a comprender la realidad según la auténtica intención del gran pensador marxista que, según Coutinho, uno de los compiladores del volumen, es el mayor pensador político del siglo pasado.

Esta es, por lo tanto, una cuestión clave para transformar el pensamiento de Gramsci en un instrumento de interpretación de la realidad contemporánea y, en consecuencia, agrego yo, de basamento de una teoría de la historia, que sabría demostrar que sus análisis pueden mantener su validez aún hoy. Giorgio Baratta enfrente esta cuestión, afirmando que la respuesta se puede encontrar en el métoco usado por Gramsci en sus análisis: el método comparativo (pág. 13). Si podemos encontrar analogías y semejanzas entre la Italia de los años ’20 y ’30 del siglo XX y el mundo globalizado de hoy, podemos extender las categorías gramscianas a la realidad actual y descubrir que el sistema de ideas del pensador italiano es extremadamente válido en la época de la globalización.

El mismo Baratta ha analizado en su ponencia la formación del Brasil moderno para descubrir que los pensadores brasileños que han encarado estas cuestiones utilizaron categorías que eran crípticamente gramscianas, en una suerte de analogía derivada de un Zeitgeist (espíritu de época) que en los años ’20 y ’30 puso en sintonía a intelectuales que, por lo demás, eran tan distintos por la lengua, la formación y la espiritualidad. Baratta habla de la "internazionalizzazione de la ‘cuestión meridional’, cuestión que, como sabemos, ha sido en muchos aspectos el punto de partida de su reflexión. Gramsci es siempre muy prudente en la comparación entre Europa y América; subraya siempre cómo la situación de ésta última se encuentra condicionada por la dinámica económica inmediata, es decir, como aún no ha sido tocada (como la ‘histórica’ Europa) por la compleja experiencia de las luchas de hegemonía y por el duro trabajo de la construcción de las superestructuras" (pág. 20). Aquí, por América se entiende tanto la del norte como la del sur. Por consiguiente, si la "cuestión meridional" italiana es internacionalizada, es decir, si su comprensión se hace posible sólo insertándola en un cuadro más amplio y complejo, las categorías gramscianas pueden extenderse a la realidad de hoy. Aunque Gramsci no haya entrevisto en sus análisis de América la presencia de luchas por la hegemonía, hoy podemos estar universalemente de acuerdo sobre el hecho de que "los Estados Unidos siguen siendo la ‘nación hegemónica’, en el sentido gramsciano", como afirma Rita Medici (pág. 206). Así comprendemos esta hegemonía aún más claramente en el momento en el que los Estados Unidos fueron duramente golpeados por los atentados del 11 de setiembre.

La internacionalización de la "cuestión meridional" se puede entender también en su transformación en una cuestión internacional. La transformación es posible si se comprende que las categorías gramscianas que se pueden extraer de sus análisis de la "cuestión meridional" son las de dominados y dominadores, dirigidos y dirigentes, podríamos agregar excluidos y marginados del Tercer Mundo respecto del Primer Mundo. Los campesinos de Italia meridional, mutatis mutandis, tienen las mismas exigencias, las mismas expectativas y la mismas esperanzas que los pobres del Tercer Mundo, porque son a su vez el Tercer Mundo de la desarrollada Europa del siglo XX. A propòsito de esto, Marco Aurelio Nogueira indica que "si los pueblos de la tierra supieran acercarse y dar vida a acciones democratizantes combinadas, a presiones inteligentes, a alianzas sostenibles, capaces de imponer sus decisiones sobre todos, lograrían diseñar un pacto social de nuevo tipo -un pacto para hacer más digna a la comunidad humana, sin distinciones de cualquier especie y con la debida promoción de los más débiles- y hacer que éste prevalezca sobre la globalización económica. La convivencia humana puede ser más fuerte que el Imperio. Y si se llegara a esto, el futuro volverá a ser soñado" (pág. 233). No se trata de algo imposible, sino de un proyecto posible si se es consciente que que "la situación de subalternidad puede ser alterada cuando se es consciente del significado del propio obrar, de la efectiva posición de clase, de la naturaleza de las jerarquías sociales, elaborando una nueva concepción de la economía, de la política, del Estado y de la sociedad, capaz de provocar la desarticulación de la ideología dominante", sostiene Ivete Simionatto (pág. 286). Todo esto refiere, asimismo, a la conciencia de que "la lucha de clase no desaparece y las alianzas siguen siendo cada vez más necesarias" (ídem), en el mejor espíritu gramsciano.

En lo que hace a América Latina, Daniel Campione sostiene que la izquierda debería volver a observar el pensamiento de Gramsci con mayor conocimiento, liberándose del peligroso germen del nacionalismo (cfr. pág. 60), que tan a menudo ha desviado la concentración sobre la economía, la política, el Estado y la sociedad, como indicaba más arriba Simionatto. Las luchas populares que han estallado en estos años, después del 11 de setiembre, en América Latina han demostrado la capacidad de los dominados de liberarse de los condicionamientos descriptos. Las luchas populares en la Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador o México han puesto de manifiesto el deseo de los dominados de que se los considere como ciudadanos en pie de igualdad con los dominadores y su voluntad de apoderarse de sectores del Estado para transformarlos en instrumentos de la lucha política, con el fin de suprimir su propia condición de marginados y excluidos de la sociedad civil. Más bien podría llegarse a la conclusión de que esta lucha por la conquista de la hegemonía sobre la sociedad civil, así como de defensa ante la sociedad política y el mercado, ha transformado a América Latina en un campo de lucha que permite, mejor que cualquier otra parte del mundo, la aplicación de las categorías gramscianas.