La violencia de un huracán

El huracán Katrina voló los techos de las casas y, al hacerlo, dejó a la intemperie -a la vista de todos- el capitalismo depredador.

¿Qué forma tiene lo que dejó al descubierto? ¿Es un monstruo? Algo irreconocible en todo caso, como en las películas de terror: la violencia. Ninguna consecuencia más definitoria del neoliberalismo que la violencia dejada al descubierto.

Tampoco cualquier violencia, sino la más honda y feroz de las conocidas, la de transformar una catástrofe natural en una calamidad social.

El huracán Katrina iba a destruir materialmente mucho sin duda, pero derivó en una implosión de la sociedad. En su versión depredatoria, el capitalismo puede hacer que las catástrofes de la naturaleza se hagan cataclismos sociales y viceversa, que los cataclismos sociales provoquen catástrofes como el efecto invernadero.

¿Cómo actuó la inteligencia artificial del cataclismo sobre Nueva Orleans? Su chip fue la violencia. La violencia es en el capitalismo su manera de existir.

La capa más superficial del monstruo es la violencia racial. Antes que cualquiera murieron los negros. En la dirección de lo que William Benett, Secretario de Educación del gobierno de George Bush padre dijera hace pocos días en su programa radial Mañana en América, que con matar cada niño negro antes de nacer disminuiría en los Estados Unidos la tasa de criminalidad. Recordemos esto, que para acabar con la violencia en los Estados Unidos se exterminan los negros y listo. En este sentido el huracán, convertido en cataclismo, obró en la dirección de William Benett, Secretario de Educación: no mató negros pobres y negros ricos, solamente mató pobres. Es decir, debajo de la violencia racial está la violencia contra los pobres.

No obstante hubo negros y pobres que se salvaron, los que tenían automóvil. La violencia tomaba la dirección contra los negros, pobres y sin automóvil. Un dibujante norteamericano hizo una caricatura de los automóviles que vuelven por una autopista -entre ellos Benett tal vez al volante- y, a un costado, abajo, está el agua con los cadáveres negros flotando.

Otra capa más, debajo de la superficie del monstruo encontramos los registros generacionales de la violencia. También ello sucedió en la Argentina neoliberal: los niños considerados un "gasto" social mientras no entren a maximizar en el mercado, y los viejos porque al acabárseles la perspectiva maximizadora son el gran "gasto" social. Los muertos negros pobres sin auto de Nueva Orleans fueron niños y viejos. Hay 2.000 niños desaparecidos. Los viejos se ahogaban en los geriátricos o en la soledad de sus piezas.

Debajo de la violencia sobre niños y ancianos está la violencia de un Estado asignado a las guerras de agresión contra pueblos indefensos, en cuyo caso no un Estado preparado para tareas humanitarias. Se trata de la violencia de deserción del Estado, deserción sólo para quienes más lo necesitan. El alcalde de Nueva Orleans, el día dos del cataclismo, llamó a sus policías a no rescatar más cadáveres ni inundados sobrevivientes, sino dedicarse a defender la propiedad y luchar contra la violencia. Observen que, como Benett, el alcalde luchaba contra la violencia dejando que niños y viejos negros pobres sin auto quedasen librados a su suerte, se ahogasen incluso, para sus policías poder luchar contra la violencia.

Los pobres saqueaban, ciertamente, desde pañales hasta botellas de agua porque el Estado no estaba. Pero además saqueaban joyerías porque en unos minutos se podían salvar del proyecto de Benett para ellos. Como los presos en una cárcel, creaban desórdenes para poder escapar de la violencia superior de una cárcel. La policía mostró entonces para lo que fue creada y el alcalde confirmó, para defender a tiros la propiedad que se torna más insegura cuánto más crecen los desniveles y ocurren las calamidades, y se endurecen los sistemas sociales carcelarios. Se trajeron tropas de Irak, habituadas a matar, para que maten junto a los policías. Las calles inundadas no eran navegadas por lanchas salvavidas o de enfermería, sino por vehículos anfibios artillados con guerreros armados. No parecía el cuadro de una catástrofe natural sino el de una guerra civil comandada por Benett. Si el televisor estaba sin volumen, las imágenes se parecían mucho a un país africano acabado de invadir por la OTAN.

Más abajo, como el otro tejido del monstruo, está la violencia sobre lo público. En la Alemania o en la Italia el cataclismo no hubiera ocurrido en esas dimensiones porque trenes públicos habrían sacado a los sin auto del sitio de la catástrofe. En Nueva Orleans y buena parte de los Estados Unidos liberales, no existen autobuses ni trenes públicos. El cataclismo sintonizó la onda de la individualidad egoísta, agresiva o aislada, el móvil no compartido de la vida. Ningún tren ni autobús a compartir.

Más abajo todavía, el escenario que el sistema Benett calificó para alojar náufragos. El superdomo sin agua, sin baños químicos y sin alimentos. Un estadio para que dos equipos acorazados se destrocen en juego de pelota. Sin embargo el deporte por excelencia de los Estados Unidos era el béisbol, el del individualismo blanco y, a lo sumo, de italo inmigrantes blancos incorporados al equipo. La Segunda Guerra Mundial cambió al héroe individual por la imagen de un equipo nacional en guerra. Se necesitaba un equipo para ganar la guerra. No individualidades, un equipo. La mayor parte de los soldados eran negros, así que en el equipo de fútbol recién entraron los negros. La posmodernidad calificó el armamento deportivo. Por casco y armadura no hay diferencia entre el futbolista y el guerrero en el Irak. Benett también comparte el ritual de no moverse del televisor los domingos a la tarde, como millones de varones norteamericanos, detrás de la violencia victoriosa de su equipo acorazado que pronto estará ciberacorazado.

En ese espacio de la violencia espectacular del superdomo fueron alojados los negros pobres sin auto jóvenes sobrevivientes para que vivan en la inmundicia y se maten por agua potable.

Es la metáfora de la violencia por el agua que está más abajo. Porque finalmente el capitalismo ya envenenó con agrotóxicos y desechos industriales al 40% de los ríos y lagos en los Estados Unidos, perdidos para el suministro de agua potable. Hace disminuir constantemente el caudal de los ríos. Está matando el agua potable. En el Documento de Santa Fe IV preparado por el Partido Republicano se dice que los recursos naturales del hemisferio entero, incluida el agua, deben ser declarados prioridad estratégica de los Estados Unidos. La industria del embotellamiento de agua supera en ganancias a la industria farmacéutica y el galón de agua potable en los Estados Unidos ya supera el precio del galón de petróleo. Y el continente americano, se sabe, tiene la mitad de las reservas de agua potable mundiales. En Nueva Orleans se vio también la violencia de la sed. Benett lo sabe: un negro pobre que deba comprar el agua potable en el libre mercado, se morirá con libertad si Benett es el propietario del agua.

Más abajo del superdomo y el agua, está la agresividad del libre mercado, tan afectuoso con los ricos, pero inmisericorde con los demás. Sin límites su violencia. En la evacuación de Nueva Orleans por eso, obró el principio del libre mercado: cada cual maximizaba privadamente su sobrevivencia. La mano invisible del mercado era la mano terrorista de Benett. Los que tenían poco no sobrevivían. Los que tenían mucho dejarán la zona huracanada para siempre.

A propósito, cuando un huracán golpeó la isla pobre de Cuba en 2004, una sociedad rica evacuó casi el 10% de la población, 1,3 millones de personas, y no se perdió una vida ni hubo un robo. Se dirá que no había qué robar, pero sabemos que para un pobre una plancha es una fortuna.

La dialéctica entre catástrofe natural y cataclismo social está determinada por la violencia de acumulación en unos pocos. Esto es lo que está abajo del libre mercado. En la Alemania un gerente gana 15 veces más que un empleado promedio, en la Suecia 12 veces más, en los Estados Unidos 411 veces más. Bush redujo radicalmente los impuestos a los ricos y el Estado guerrero de los ricos se quedó sin recursos para atender catástrofes sobre los pobres, o bien disminuyó los recursos o bien los robó como en el caso de las defensas de los diques que se rompieron y Nueva Orleans se pareció a la Somalia, mientras, en Wall Street, no cesaba la especulación. Todo lo contrario, aumentaba porque nuevas variables disparan los pronósticos.

Más abajo está la violencia del mercado financiero que, durante el día uno del huracán, negociaba en ese solo día en el mundo más dinero que en medio siglo de intercambios comerciales mundiales. La llamada economía "Casino". Si estos montos están en el Casino, no lo están en obras "no rentables" como los diques en Nueva Orleans. Además un cataclismo social crea negocios extraordinarios. Por ejemplo las empresas que van a reconstruir Nueva Orleans, cuyos propietarios, se denunció, son socios de Bush, entre ellos Benett. Un buen cataclismo es un negocio que va más allá de la fantasía. Benett mata a los chicos negros antes de nacer y después gana con la fertilización asistida privada a negras que pierden a sus negritos. Destruir todo el Irak por ejemplo, y después reconstruirlo con dinero de los pobres sin auto niños y viejos con jubilaciones perdidas, porque se sabe que los ricos están exentos.

Aún más abajo la violencia de la especulación inmobiliaria. Los antiguos pantanos alrededor de Nueva Orleans, los que debían afrontar naturalmente al océano, secados, vendidos, robados por la inmobiliaria Benett y pensados -antes del Katrina tal vez- en un futuro Benettworld de diversiones.

Más abajo está la violencia de la "caridad". Como el gobierno federal no estaba, y Bush cenaba con empresarios durante el día uno, entró la Cruz Roja en acción pidiendo no se envíen mantas ni alimentos, sino dinero. Con dinero se hacen compras directas, se obtiene el 10% de retorno y se aumenta el sueldo a los gerentes de la Cruz Roja que también es una empresa que maximiza ganancias. Ningún médico se alistó para la solidaridad con los náufragos porque nadie quiere perder el empleo ni dejar de pagar las tarjetas de créditos en un modelo de vida cuyo ser, sentir y existir es la maximización de las ganancias para pagar los créditos.

Obvio que bajo la violencia de la caridad está la violencia de la soberbia rechazando la solidaridad de la Cuba, la Venezuela, la Rusia, la Francia, porque de los negros pobres sin auto nos encargamos nosotros quiso decir Bush, que nadie ponga las manos sobre los que dejamos negros pobres y sin auto.

Por eso después del cataclismo quedaron sin trabajo 240 mil adultos en la zona de guerra, que ahora vivirán de la caridad estatal, por lo menos hasta que el público se olvide de ellos con otro cataclismo, entonces pasarán a sobrevivir de la caridad consigo mismos.

La violencia del discurso de la soberbia se acompaña más abajo con el "Dios bendiga a América" repetido de Bush, lo cual significa, luego del cataclismo anunciado, que Dios -como quiere también Benett- bendiga a los ricos de América que son los que se salvaron. Si los negros pobres sin auto sucumbieron, por algo será. Algo habrán hecho para que en una sociedad cuyos gerentes ganan 411 veces más que un empleado, sean tan negros tan pobres tan sin auto.

The Proyect for a New America Century es el programa elaborado por la derecha durante ocho años cuyo objetivo es el gobierno mundial por los Estados Unidos, y del Pentágono que según Michael Moore quedó en manos de chiflados, a quienes se les unió el ex director de la CIA durante Clinton quien declaró que ha comenzado la cuarta guerra mundial, la guerra contra el terror, unilateral e ilimitada, que durará siempre. ¡Guau! exclamó Moore, es la versión del concepto chantaje de la antigua mafia.

Porque debajo de la violencia de gastos para el control del mundo está la violencia mafiosa o lo que el diputado suizo Jean Ziegler definió como utopía del capitalismo, la mafia, es decir no tener leyes a qué ajustarse, ninguna ley más que las propias y secretas.

Y debajo está todavía la violenta complicidad de los intelectuales asegurados, subordinados a la violencia. "Una deuda de amor" llama Carlos Fuentes a su artículo publicado por La Nación. Su mujer y él, enamorados pero distantes por compromisos literarios entre Boston y México DF, habían elegido Nueva Orleans como punto equidistante de encuentro, la hospitalidad del hotel Port-Chartrain, escribe, los almuerzos en Gallataire, las cenas en Antoine, los bares de Bourbon Street, la música en todas partes, la ciudad de Satchmo y Tenessee Williams y Sherwood Anderson, por eso todos los que amamos esa ciudad escribe, debemos crear un comité latinoamericano en pro de la restauración de la cultura de Nueva Orleans, integrado por él y otros grandes escritores, escribe.

Lo que no dice el turista Fuentes, es que esa ciudad ya no será lo mismo. Porque hay una violencia que está por debajo de todas y subsume a las demás, la Tierra que empezó a enojarse por el trato de esclavo a que la somete el capitalismo. Las aguas del Golfo de México calentadas apenas y su efecto dominó de los huracanes. Cataclismos sociales que vendrán con otros tantos huracanes por efecto del calentamiento global.

¿Cuántos automóviles particulares se necesitarán para las evacuaciones del medio siglo que viene? ¿Cuánto petróleo? ¿Cuánto consumo provocado sin atender a las insinuaciones de la Tierra? Nueva Orleans es la señal de una fatiga del ecosistema. Que los siete países más industrializados consuman la mitad del combustible mundial es una violencia intolerable. Qué el capitalismo de Estados Unidos, con el 5% de la población mundial, genere la cuarta parte de las emisiones de gas carbónico, es una violencia intolerable.

Todas estas violencias conjugadas abren, al revés, las puertas a la necesidad impostergable de una sociedad ecosocialista, basada en la racionalidad de la producción alternativa y un socialismo fundado en la sustentabilidad, el reparto de la riqueza, la pluralidad política y la diversidad cultural. La calidad de vida no está en el tipo de automóvil con que huye un blanco de Houston perseguido por el huracán Rita, está en otra cosa que debemos debatir aquí. En la larga autopista colapsada, una Ferraris de un millón de dólares iba a la misma velocidad máxima de 20 kilómetros que una chatarra sin precio.

El santafecino José Pedroni tiene un poema dedicado al viento fuerte. ¿Acaso Katrina no fue también viento? Lo llama hermano errabundo al viento que un día pasa polvoroso y recio, y otro día vuelve con olor a riego, y otro silba y gruñe en la puerta, sopla los fuegos y se lleva nubes y creen todos que es eterno, pero no, y otro día asola viñas y vuela techos, las cercas caídas, los rebaños sueltos, las mujeres tristes llorando en las puertas con sus hijos despiertos, y aunque los hombres no lo quieran y lo condenen, sepan esos mismos hombres, que también hay perros que mordieron al amo, que también hay amos que han herido al perro, y que hay almas que siguieron la palabra de los hombres buenos para después odiarla y, fracasados, de cara al cielo se esfumaron. Por todo ello el poeta quiere saber, de tanto escuchar al viento, cuál es su secreto.

Entonces lo llama hermano y le dice que un día entenderá su palabra. A la caravana patética de un millón de automóviles huyendo del Rita sin combustible, apelotonados, chocando privados en el camino, no le interesaba escuchar ningún viento, ni lo que dice ni lo que deja de decir. Porque en el fondo de todas las violencias de que hablamos está la de un sistema creador de linealidad, de grosera humanidad, chabacana humanidad, de una cultura oscura se diría, formadora no de robots sino de imbéciles que no quieren saber, no están preparados para sentir ni pensar un momento, que es improrrogable saber de qué cosa está hablando el viento.


Trabajo enviado por el autor para su publicación en Herramienta.