«El presente histórico y la historia universal. Otro paso para salir de los túneles del viejo topo», de José Vazeilles.

Buenos Aires, Manuel Suarez, 2005, 255 páginas.

Con este nuevo libro, el autor continúa la "saga" histórico-ideológica que comenzara con Platonismo, marxismo y comunicación social y luego La basura cultural en las jergas de Nietzsche y Heidegger - Una introducción al irracionalismo "posmoderno"; este último trabajo tuvimos el gusto de presentar y reseñar también el año pasado.

Un hilo rojo ha ido engarzando las tres obras: la intención de colocar bajo una doble mirada crítica, la profundización de la "crítica de la ideología burguesa" y "una autocrítica del materialismo histórico". Vazeilles procura no asumir su labor como un trabajo teórico sobre teorías, sino teórico pero "confrontando la cultura y la ideología con los hechos de la historia" en procesos que se influencian o determinan mutuamente.

El libro va recorriendo la historia como proceso humano real y como ciencia. Se remonta a su génesis, cuando la conducta humana se diferencia de la animal, el papel del lenguaje, la aparición de la agricultura excedentaria y la revolución urbana, que dará lugar luego a la aparición de la explotación social, con la sociedad de castas, de amos y esclavos.

A partir de esos procesos, irrumpe la producción mercantil. Pico analiza el "primer caso en la historia de un desarrollo mercantil que tiende a revolucionar el orden estático de la sociedad de castas," que tuvo lugar en Grecia y fue el embrión de lo que siglos más tarde se configurará como capitalismo. Fue justamente en Atenas donde, en contraste con Egipto, Persia y aún Esparta, donde predominaban las sociedades de castas, en Atenas, donde el dinero como capital comenzó a ser una nueva fuente de la posición social predominante.

En el capítulo 3, "El giro de la globalización interoceánica" se demuestra que este giro, que tan difundidamente aparece como fenómeno contemporáneo, este giro globalizador fue de un carácter relativamente más profundo durante el llamado "prólogo", que muchos historiadores y comentaristas, rindiendo tributo al eurocentrismo, describen como "feudal y europeo", mientras que Pico califica y fundamenta sólidamente su afirmación como "euroasiático". En este prólogo pesó en forma determinante la sociedad excedentaria con el más alto nivel de desarrollo en esa época, que era lo que hoy se conoce como China. El autor atribuye esta deformación en la visión del proceso histórico a los reflejos culturales del poder imperialista moderno.

En el capítulo 4, "El mundo moderno: formación del revolucionario presente histórico" Vazeilles ingresa en nuestra época. Para él, hay que diferenciar claramente las revoluciones de los giros históricos de la humanidad, según el carácter relativamente rápido y de cambios cualitativos de las primeras, y el más lento y acumulativo de los segundos. Además, en la categoría de "revolución histórica" debemos diferenciar aquellas que transforman las relaciones entre la humanidad y la naturaleza, como la "revolución neolítica" o la "revolución urbana", y las revoluciones que cambian de un modo relativamente abrupto los ordenamientos económico-sociales y políticos vigentes, que son todas ellas modernas, entendiendo por tales a los acontecimientos históricos posteriores al gran giro de la globalización interoceánica.

Siguiendo su argumento, los giros terrestres se han terminado, pues el interoceánico es el último de la historia, en dos sentidos: a) el planeta está enteramente ocupado y b) la producción para el mercado se ha impuesto a todas las sociedades humanas. La historia universal estaría respondiendo, entonces, al interrogante que Marx transmitiera en una carta a Engels, en 1858:

"La misión verdadera de la sociedad burguesa es establecer el mercado mundial, al menos en esbozo, y la producción adecuada al mercado mundial. Como el mundo es redondo, esto parece haber sido completado por la colonización de California y Australia y el descubrimiento de China y Japón. Lo difícil para nosotros es esto: En el continente [europeo] la revolución es inminente y asumirá de inmediato un carácter socialista. ¿no estará destinada a ser aplastada en este pequeño rincón, teniendo en cuenta que en un territorio mucho mayor el movimiento de la sociedad burguesa está todavía en ascenso?"(Marx - Engels: Correspondencia (p. 103)

En los capítulos 5 y 6, "El presente histórico" y "El socialismo y el futuro histórico" el autor ingresa a la problemática de nuestros días, donde los mayores recursos y por ende las mayores posibilidades de vida que genera el acelerado mayor dominio de la naturaleza por parte de la humanidad, dado el salto histórico cualitativo en el desarrollo de las fuerzas productivas, se combinan con la guerra y los genocidios, y el uso contraproducente de los recursos y el medio ambiente, irracionales para las necesidades humanas pero funcionales a la sed capitalista de mayores ganancias a cualquier precio, impidiendo así el pleno y racional aprovechamiento de esas mismas fuerzas productivas.

En los párrafos que dedica al socialismo y a su necesidad histórica y realidad internacional "o nacional", Pico constata que la idea de construir un socialismo nacional, en uno o más casos que se irían sumando hasta cubrir así el mundo, "ha quedado muy cuestionada desde la disolución de la URSS y las reformas capitalistas de la economía china." Asimismo, encuentra una confirmación del pensamiento dialéctico "en cuanto a la interdependencia entre las partes y el todo y en este caso su comprobación de que el capitalismo no sería lo que es hoy si no hubieran existido los socialismos reales, así como que el proceso de éstos estuvo y está muy influido por la evolución del capitalismo."

Aquí cabría reflexionar sobre la "realidad" de esos socialismos. El autor parece considerar que los denominados socialismos reales lo serían por tener o haber tenido "una realidad impropia o defectuosa en torno a lo que se supone deben ser los valores del socialismo" (239). Que el régimen político de esos transicionales capitalismos de estado ha sido un "neo-absolutismo", como dictadura de partido único sobre el conjunto de las clases sociales, con una unidad interna basada en la represión y con la única motivación legítima de defender los intereses del conjunto frente a la agresión y la intromisión de los imperialismos extranjeros, lo que el autor ha llamado su defensismo esencial (defensa de las "conquistas sociales" del régimen) (247).

Esto explicaría la paradoja de que luego de la "detente" que marcó el fin de la guerra fría se produzca el derrumbe de la URSS y los países del este europeo, cuando se podía esperar su fortalecimiento, al poder concentrar sus energías en sí misma y también por fin establecer un orden democrático sin renunciar al socialismo (247). Para Vazeilles esta paradoja es la expresión necesaria de una realidad histórica que tiene a la contradicción como modo constitutivo de su movimiento real (248). Esta contradicción consistía en que el régimen soviético, con su carácter neo-absolutista, quedó inerme para dar respuestas fuera de la motivación defensista, que era el elemento más fuerte de su tradición revolucionaria (247).

De acuerdo a esta línea argumental, cabe para el autor la hipótesis de hasta qué punto una necesidad objetiva defensista contra el bloqueo económico y la agresión estadounidense ha sido el principal incentivo para que Cuba haya mantenido sus banderas socialistas, a pesar el inicial aislamiento y debilidad en que la dejó la disolución del bloque "socialista". A esta situación "defensista" se sumaría una consecuente política de desarrollo de la salud pública y la educación, lo que generaría un sistema participativo de la población más democrático que en otros socialismos reales (248).

En tren de aportar hipótesis, o matizar las hipótesis desplegadas en este libro, pensamos que calificar de "una realidad impropia o defectuosa" respecto a lo que se supone debería ser el socialismo, pudo haber sido inobjetable en la primera década del régimen surgido de la revolución rusa. No olvidemos que Lenin lo calificaba como un "estado obrero con deformaciones burocráticas". La realidad tomó a partir de entonces otros derroteros, deviniendo la "dictadura del proletariado" (que para Marx era el "proletariado organizado como clase dominante") un estado estalinista que aunque mantenía el nombre "soviético", ejercía plenamente sus funciones políticas y gubernamentales contra el propio proletariado.

Esa dominación estatal, que de ningún modo podemos mentar como "socialismo real" continuó siendo hasta su derrumbe una función especializada dentro de la división del trabajo, y era como tal el monopolio de una burocracia política, económica y militar. Esta función se llevó a cabo a través de una organización autoritaria centralizada del proceso productivo, dirigida por grupos que determinaban las necesidades de la sociedad (el producto social y su distribución) sin control por parte de los gobernados. El que estos grupos dominantes hayan constituido o no una "clase" en el sentido que suelen dar los marxistas, constituye hoy, como decía Herbert Marcuse en El marxismo soviético, un "problema de exégesis marxista".

Las últimas páginas de este estimulante trabajo, cuyo derrotero pensamos que obliga a su autor a continuar su investigación, nos trajo a la memoria una reflexión, a modo de síntesis histórica esbozada en los Grundrisse:

"Las relaciones de dependencia personal (al comienzo sobre una base del todo natural) son las primeras formas sociales, en las que la productividad humana se desarrolla solamente en un ámbito restringido y en lugares aislados. La independencia personal fundada en la dependencia respecto a las cosas es la segunda forma importante en la que llega a constituirse un sistema de metabolismo social general, un sistema de relaciones universales, de necesidades universales y de capacidades universales. La libre individualidad, fundada en el desarrollo universal de los individuos y en la subordinación de su productividad colectiva, social, como patrimonio social, constituye el tercer estadio. El segundo crea las condiciones del tercero" [1].

Coincidimos con el economista Pablo Levin, cuando comentando el párrafo transcripto, piensa "que la civilización y nuestro sentido civilizado de indignación ante la opresión y la desigualdad social, tenga su origen y fundamento necesario en la opresión y la desigualdad, es un escándalo. También lo es que la ‘segunda forma’, que arrasó con los imperios y las comunidades, haya generado un poder infinitamente más grande que el de Roma"; o sea que esa "segunda forma", el régimen capitalista, aunque fundado en la anulación de toda "dependencia personal", engendraría la sujeción más absoluta. Y finalmente, "no menos escandaloso es para la idea de la realización humana, el que la ‘tercera forma’, en la que se cifra la esperanza de la humanidad real, requiera hoy todavía de la exacerbación del capital".[2]

Bajo otras formas, a desarrollar la conciencia de este escándalo también se ha dedicado este libro de José Vazeilles.


[1] K. Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador) 1857-1858, Siglo XXI, 1973, Buenos Aires, pág. 85.

[2] Pablo Levin, El capital tecnológico (www.econ.uba.ar/www/institutos/economia/ceplad/publicaciones/siglo/1.01.1.htm)