El ocaso del tiempo nacional como forma del capital. Algunas notas teóricas

I

La globalización pareciera haber traído consigo la hora de muerte del tiempo concebido como algo perteneciente a la nación y, con ello, la crisis de uno de los fundamentos centrales de la noción de soberanía y el Estado nacional. Si el tiempo y las acciones del Estado nacional están cada vez más determinados inmediatamente por los movimientos del capital global, entonces el principio político de la soberanía que hace al Estado nación inevitablemente se corre hacia los márgenes.

Esto es una de las consecuencias del cambio de la forma de reproducción del capital. En efecto, la política de apertura de mercados ha intensificado la competencia como estrategia para elevar la tasa de ganancia y explotación global. En esas condiciones, la antigua forma de reproducción, fincada en un alto grado de territorialización-integración del mercado (mercado nacional), entró en un proceso de fuertes transformaciones, en la que los mercados de los países menos desarrollados han sido integrados al flujo del capital global, determinado por los centros hegemónicos, como nueva forma de dominio.

En el corazón del cambio se encuentra la subordinación de los procesos sociales y políticos a la violencia del mercado, uno de cuyos efectos más visibles ha sido la transformación de la morfología social previa en una suerte de pedacería social, es decir, la desintegración del tejido social surgido de las luchas sociales al interior de la forma de dominio de la acumulación fordista/keynesiana. La nueva trama combina la tiranía del mercado con la democracia plebiscitaria como forma de gobierno.

II

La acumulación fordista de la posguerra fue una forma expansiva del capital global. En los países periféricos dio lugar a un tipo de inversión de largo plazo y de fuerte territorialización de los capitales. En Latinoamérica, el fordismo se tradujo en una política desarrollista de transformación de los mercados nacionales, privilegiando la industrialización sustitutiva. Ello dio lugar a la expansión del trabajo asalariado y de formas de organización social ligadas a las luchas de los trabajadores, al centro de las cuales estaban los obreros industriales. Por otro lado, la creación de una base tecnológica y educativa nacional era funcional a esa política y a una trama de dominio que tenía como eje legitimador la movilidad social ascendente de los nuevos sectores medios dinamizados por la industrialización, así como formas de integración nacional nuevas y modernas ligadas al sindicalismo y otras formas de organización de los trabajadores, en el marco de pactos sociales de precario equilibrio político.

Sin embargo, el fordismo no se puede entender simplemente como una política funcional a la acumulación de capital de la posguerra. El capitalismo fordista y la forma del Estado Benefactor son lo que, tomando a préstamo un concepto gramsciano, se puede nombrar como revolución pasiva del capital, es decir, una transformación en respuesta a la amenaza obrera. Para Negri (1986), el Welfare es una reacción del mundo del capital a 1917. Se podría argumentar incluso, que la categoría gramsciana de hegemonía describe el intento más ambicioso del capital por capturar y regular el desafío del mundo del trabajo, creando una forma estable de dominio racional e incluyente, en cuyo centro estaba el tira y afloja de un pacto social con ciertos sectores organizados de los trabajadores, pacto dinamizado por la expansión del trabajo asalariado en su forma clásica.

En el centro de ese tipo de revolución del capital estaba la idea de un Estado-sujeto. Su acción era definida por lo que podríamos nombrar, siguiendo a Lukács (1969), una pretensión de totalidad, como la existente en la síntesis propuesta por Hegel, el campo de racionalización pensado por Weber o el sistema de regulaciones del Estado Benefactor. La idea de la regulación del ciclo económico, del pleno empleo y de la ciudadanía social del capitalismo fordista-keynesiano son expresiones de un tipo de conocimiento y de una conciencia burguesa con esas características.

III

La pretensión de totalidad no se explica por una lógica supuestamente autónoma del Estado, sino por una mediación fuerte, surgida de la confrontación de clase. La mediación, en ese sentido, debe ser entendida como “existencia en el conflicto” (Bonefeld, 1992), como proceso empujado por la presencia negativa del trabajo en el capital; es decir, como lucha del mundo del trabajo que constituye poder social. En tal dirección, se podría agregar que cuando Gramsci elabora la cuestión de la hegemonía no se restringe a la noción descriptiva de consenso y coerción de la misma, sino que trata de capturar la dimensión profunda de la dominación, en el sentido de la producción de una mediación fuerte como respuesta a la crisis del Estado liberal y la amenaza del mundo del trabajo. La mediación surge de la crisis, de la potencia del trabajo que obliga al capital a negociar las condiciones de dominio.

IV 

El neoliberalismo ha significado una guerra del capital contra los logros sociales y organizativos de los trabajadores en el mundo. Lo cual implica el despliegue de una nueva forma de la relación capital/trabajo que ha hecho añicos al Estado de Bienestar y la mediación social que lo sostenía. Sin embargo, la política de “achicamiento” del Estado no significa que el capital haya seguido la senda de la dominación “pura”, renunciando a la hegemonía. Significa que la mediación en que se sustentaba la forma fordista/keynesiano de dominio ha sido desplazada por otras más desnudas y violentas, formas donde ha sido rechazada la presencia del trabajo en el capital y el componente de racionalidad no burguesa en las relaciones sociales. En ese sentido, podemos decir que la fuerte presencia del trabajo en el capital a través de sus organizaciones era el componente de la lucha de clases que obligaba al capital a un plus, a un salto más allá de su horizonte fundamental de la ganancia, como es la forma redistributiva de la economía para fines de cohesión social.

Por esa razón, se puede sostener que la debilidad de la nueva trama hegemónica reside precisamente en la exacerbación del componente de irracionalidad global del capital, ligado a la lógica de la ganancia.

En una situación así definida, el sistema de la democracia representativa, como la parte conspicua del aparato estatal, es incapaz de procesar la violencia e irracionalidad del mercado, con lo cual las clases subalternas quedan expuestas a las formas bárbaras de dominio, explotación, marginación y desintegración. Lo cual es, de esto no cabe duda, una nueva forma de dominio del capital: la potenciación de la desintegración del tejido colectivo y la exacerbación de la atomización. Para esto está la ideología del individualismo posesivo promovida por los mass media, una forma específicamente capitalista de cultura.

Esto nos lleva a la paradoja de la situación hegemónica actual: la democracia representativa puede ser una mediación en la medida en que la atomización y la fragmentación sean la realidad de la sociedad civil y del trabajo. Habría que decir en ese sentido, que la mediación mediática implica una política fuerte de fragmentación y atomización que el mismo Estado y el mercado se encargan de realizar cotidianamente. De tal manera, que la existencia de un campo vaciado de determinaciones históricas y sociales y de memorias colectivas es la condición de ese tipo de dominación. Este también es un proceso de abstracción real, política y social, que transforma al sujeto colectivo del trabajo en ciudadano y consumidor; es decir, en individuos subordinados a la trama liberal de la política y al mercado, planos en que se desdobla el sistema de dominio.

En tales condiciones, la identidad con la dominación se logra como vacío social o atomización ciudadana, como ausencia de sujeto. Sin embargo, tal situación es más un horizonte ideal de la dominación que una realidad, pues la crisis, lejos de llegar a ser resuelta o mediada en forma duradera, aparece por todos lados en forma de sujeto social enfrentado al sistema.

V

La lucha de los sujetos colectivos en la vida nacional de los países latinoamericanos -y en el plano internacional más general- es una expresión notable de la crisis de esa forma de dominio. Los zapatistas, el Movimiento de los Sin Tierra en el Brasil, los piqueteros en la Argentina, el movimiento indígena en el Ecuador, el movimiento de trabajadores y campesinos en Bolivia, y muchos más, son parte de la lucha que restituye lo colectivo como forma de existencia frente al mercado y el Estado neoliberales.

Habría que subrayar que una de las características del proceso de constitución de lo colectivo en esos movimientos implica el rescate y actualización de la memoria profunda de los subalternos, memoria de luchas o, parafraseando a Walter Benjamin (1982), memoria iluminada por “astillas de tiempo mesiánico”. Esta es una forma de lo social a contrapelo de la política del capital, pues esta última requiere borrar la memoria colectiva en la producción de las figuras reificadas del ciudadano y del consumidor: una forma ideológica de reducción de la historia y la vida cotidiana a figura mercantil, consumible, lo que Debord (2002) definió como cultura del espectáculo.

En el tipo mediación a que hicimos mención con anterioridad, el Estado debió reconocer demandas fundamentales como parte de la historia de la lucha de los subalternos, lo cual era una condición para transformar dicha historia en una suerte de memoria genérica (del Estado, de la nación) como parte del proceso hegemónico. En otras palabras, la política de identidad entre capital y trabajo era inviable sin el reconocimiento institucional de ciertos contenidos de clase derivados de la lucha de los trabajadores. La figura de la ciudadanía estaba impregnada de dichos contenidos, lo cual se puede apreciar en la formulación de Marshall sobre la ciudadanía social.

En el terreno ideológico, la hegemonía implicaba la posibilidad de una transfiguración fundamental en la forma de temporalidad: la transfiguración del tiempo de la dominación del capital en un tiempo universal en las figuras del Estado y la nación.

De manera evidente, dicho proceso estuvo plagado de contradicciones -como toda hegemonía-, pues la misma no puede eliminar las contradicciones y el conflicto; es más, como es conocido, éstas se exacerbaron en ciertos puntos de la cadena mundial de la dominación, como en el caso de muchos países latinoamericanos, especialmente la mayor parte de los Centroamericanos.

Pero lo que aquí nos interesa señalar son ciertos rasgos del cambio global de la dominación. Se puede decir que la política de identidad entre luchas de las clases subalternas y Estado que caracterizó la forma hegemónica del Estado de Bienestar tiende a ser desplazada por la figura abstracta del ciudadano y del consumidor en el proceso de producción hegemónica. El tiempo del capital se hace cargo de una manera más directa de la nación, cuya producción simbólica tiene que ver cada día más con la cultura del espectáculo. Como ya fue señalado, dicha transformación no ha sido pacífica; en su núcleo está la guerra del capital contra lo que más odia del Welfare, el peligro latente de una clase obrera organizada.

Se podría decir entonces que el Estado es hoy una forma “más pura” del capital, y que la temporalidad que lo define es la de la mercancía como forma universal de existencia. Pero producir identidad entre mercancía y libertad, entre mercancía y emancipación humana, es un problema imposible de resolver, a menos que pensemos en la viabilidad de un modelo de sociedad plenamente cosificada, y éste no es el caso. Por lo tanto, decir que la temporalidad que define al Estado es la de la mercancía no presupone la superación del conflicto sino, más bien, su potencial exacerbación y la elaboración de nuevos horizontes, o, para decirlo en palabras de Bloch (2004), de un nuevo “modo de futuro”.

En ese terreno se mueven lo nuevos movimientos de insubordinación en América Latina. Es un terreno donde la lucha contra el capital en la vida cotidiana choca directamente contra el Estado, precisamente porque éste se ha transformado en una forma más descarnada del capital. Las reivindicaciones por la tierra, por el control social de los recursos naturales, contra la privatización del agua, entre muchos otros, se han convertido en conflictos abiertos contra el capital, como lo demuestran las luchas de distintos sujetos colectivos en América latina y en otras latitudes, los cuales han recobrado y resignificado antiguas tradiciones de lucha y de organización.

Dentro de ese proceso de reinvención de lo colectivo se puede percibir una sensibilidad que brega por abrir el concepto de nación. Como se sabe, el tema de la nación ha estado clásicamente vinculado a la figura del Estado. En cambio, en importantes sujetos colectivos que conforman el campo de lo popular ha comenzado a elaborarse la idea de nación a partir de las nociones de autonomía y emancipación, lo cual implica la posibilidad de pensar lo popular contra la forma reificada del mismo en la identidad burguesa Estado-nación. Eso no se puede explicar sino como parte del conflicto de clase en las actuales circunstancias.

De tal manera, que si la nación como forma burguesa pierde sustancia, la nación como forma de lo popular emancipado tiene un largo camino por recorrer.

Bibliografía

Benjamin, Walter (1982); “Tesis sobre filosofía de la historia”, en Para una crítica de violencia, México, Editorial Premiá.

Bloch, Ernest (2004); El principio esperanza, Vol. 1, España, Editorial Trotta.

Bonefeld, Werner (1992); “Social Constitutuion and the Form of Capitalista State”, en Open Marxism,Werner Bonefeld, Richard Gunn, Kosmas Psychopedis (editores), Vol. I, London, Pluto Press.

Debord, Guy (2002); La sociedad del espectáculo, España, Editorial Pre-Textos.

Gramsci, Antonio (1975); Cuadernos de la cárcel. Notas sobre Maquiavelo, sobre política y sobre el Estado moderno, México, Editorial Juan Pablos.

Lukács, Georg (1969); Historia y consciencia de clase, México, Editorial Grijalbo.

Negri, Antonio (1986); “John M. Keynes y la teoría capitalista del Estado en el 29”, revista Estudios Políticos (N° 3-4), México, UNAM.