Lo nacional en los dramas de Friedrich Schiller, Heinrich von Kleist y Franz Grillparzer

La nación no es una estructura eterna, sino propia de determinada fase del desarrollo histórico-social. No hay naciones en el orden esclavista de la Antigüedad, ni en el orden feudal. Las naciones surgen consustanciadas con el orden burgués. Siendo reemplazado este por estructuras socialistas, la nación subsiste por un tiempo, prolongado incluso. Y constituye un error admitir que la identidad nacional desaparece en cuanto la burguesía pierde la hegemonía en la sociedad. Se trata de un error que, como se sabe, fue cometido en un pasado no muy remoto con consecuencias graves. Sin embargo, la transformación socialista implica en principio, desde sus inicios, una marcada tendencia a la superación de las divisiones nacionales y al surgimiento de estructuras de orden superior y más amplias. Previendo eso, el movimiento político que propicia la transformación socialista está impregnado, desde su origen, de una definida orientación internacionalista.

La nación está, pues, limitada no solo en el espacio, sino también en el tiempo. Tiene su momento histórico de origen y de finalización. Y es propio de chauvinistas y aun de racistas hablar de la nación española en época de los romanos o de los visigodos, de la francesa en tiempos de Vercingétorix, de la alemana en tiempos de Armiño el Querusco, o de la israelí en los de Moisés o David.

Hay quienes califican a la Iglesia Católica, estructura en principio propia del orden feudal, de "internacionalista" o "supranacional". Estos términos son, a nuestro entender, inapropiados, Habría que caracterizar a la Iglesia de "anacional"; puesto que en principio desconoce a la nación como ente; si bien en un contexto histórico modificado hizo serios esfuerzos por adaptarse a la existencia del orden burgués y de los Estados nacionales, con los cuales tiene tratos de acuerdo con las formas y normas diplomáticas.

El humanismo, primer gran antagonista histórico e ideológico de la Iglesia Romana, fue sin duda un movimiento de contenido burgués. Sin embargo, era también "anacional". Y la Iglesia no lo enfrentó seriamente, ya que no ponía en movimiento a las masas populares ni se proponía hacerlo.

Muy distinto fue el caso de la Reforma. Este movimiento sí fue "nacional" en los diferentes países. Los humanistas escribían sus obras en latín, como la propia Iglesia. Los reformadores en cambio usaban preferentemente los idiomas nacionales: Jan Hus, el checo; John Wicliff y John Knox, el inglés; Martin Lutero, Thomas Münzer, Ulrich von Hutten y Huldreich Zwingli, el alemán; Juan Calvino, el francés; Simon Budny y Martin Czechowicz, el polaco; Primos Trubar, el esloveno etcétera; por más que todos ellos dominaran a la perfección el latín. La razón era bien evidente: ellos se dirigían, no a la élite espiritual, sino a la masa del pueblo que no dominaba el "idioma de la cultura". La Iglesia Católica pronto percibió la esencial diferencia y no trató este movimiento con la suavidad que empleaba en su trato con los humanistas.

Pero también en las naciones que permanecieron dentro del Catolicismo -España y Portugal, Francia, Bélgica, Austria, Polonia, Irlanda, las naciones latinoamericanas, etcétera-, "lo nacional" se impuso en la vida espiritual, y la Iglesia tuvo que hacer sustanciales concesiones en el trato. La propia Iglesia, incluso, sufrió la transformación burguesa; sin que desapareciera, en el fondo, su esencia propia del orden feudal. Franz Mehring tiene razón, en todo caso, al afirmar que "el jesuitismo era el catolicismo reformado sobre la base capitalista"[i].

El caso de la nación italiana es especial, como -entre otros- lo describió Antonio Gramsci: la razón consiste en el estrecho vínculo con el centro de la Iglesia Católica, estructura cuyo carácter "anacional" hemos señalado. Tal situación determinó tanto las grandezas como las debilidades del proceso de constitución de la nación italiana: tanto el dominio de Italia sobre el resto de Europa occidental, como la tenaz dispersión, la intervención repetida de las grandes potencias y las dificultades que caracterizaron la unificación y emancipación nacionales. El propio Papado se empeñó, por un tiempo relativamente largo, en constituirse como centro de la unificación nacional de Italia, culminando tal tentativa histórica en el movimiento "neogüelfo". Por la misma razón, el conflicto entre Nación e Iglesia adquirió en Italia formas particularmente agudas.

El surgimiento de la nación imprime al arte, especialmente a la literatura, por su estrecho vínculo con la lengua, formas nacionales. Aparece la "gran obra nacional", particularmente en los géneros de la epopeya, del drama y de la novela. Es indudable que obras como el Quijote, la Divina Comedia, el Fausto, La Guerra y la Paz, así como también nuestro Martín Fierro, podían surgir solo al haber alcanzado cierto nivel el desarrollo de la nación; nivel sobre el cual ellas, a su vez, actuaron sustancialmente.

Aquí, por cierto, no nos referiremos a la "gran obra nacional" en este sentido amplio, sino a aquellas obras teatrales que manifiestan expresamente la reivindicación nacional. En tal sentido, el propio Fausto de Goethe, por más que exprese esta figura la esencia del carácter nacional alemán, no debe ser incluido en el estudio del "drama nacional". De toda la obra dramática de Goethe, solo el Goetz von Berlichingen y el Egmont admiten un vínculo con tal categoría. Hemos de señalar, por otra parte, que ellas pertenecen más al Sturm und Drang que al clasicismo.

Tampoco incluiremos en nuestro estudio, por la misma razón, otras grandes obras teatrales

como Miss Sara Sampson, Emilia Galotti y Natán el Sabio de Lessing, ni las comedias Minna von Barnhelm, de ese mismo autor y El cántaro roto, de Kleist.

En la obra de Schiller, sí se manifiesta expresamente la reivindicación nacional. Es inseparable aquí la idea de la emancipación nacional, no solo de la emancipación social, sino también de la humana y universal. El chauvinismo nunca puede remontarse a Schiller, como sí puede hacerlo a Kleist. No es un detalle insignificante que Schiller ubique con frecuencia lo patriótico, no en su propia nación, sino en otras: por ejemplo, la francesa en La doncella de Orleans, o la suiza en Guillermo Tell.

En la forma más pura aparece lo nacional en La doncella de Orleans. Aun el elemento de la emancipación social está aquí casi ausente, salvo en el detalle de que el bajo pueblo abraza masivamente la causa nacional, mientras la nobleza y el propio rey lo hacen -cuando lo hacen-en forma muy vacilante. Tal elemento, por otra parte, se ajusta plenamente a la verdad histórica, frente a la cual Schiller en general, y en esta obra especialmente, no es nada respetuoso. Al extremo de hacer morir a Juana da Arco en la batalla, cuando en realidad fue quemada viva, en Rouen, por la Iglesia anacional.

La doncella de Orleans es, entre los dramas nacionales de Schiller, el único que manifiesta la idea chauvinista, en principio reprobable, de que la propia patria sea la mejor.

¿Este país que caiga? ¿El más glorioso,
el más hermoso que contempla el sol
en su carrera, Edén de los países,
que Dios ama como sus propios ojos?
¿Un pueblo extraño lo ha de encadenar?
Aquí cayó el poder de los paganos.
Aquí se alzó la cruz, la imagen santa.
Aquí descansan de San Luis los huesos.
De aquí partieron los que conquistaron
Jerusalén [...] [ii]

A diferencia de Schiller, Bernard Shaw no hace caer a su heroína Juana de Arco en este vicio chauvinista. Por el contrario, la hace decir:

Ellos [los ingleses, A.B.] no son más que seres humanos. Dios los creó como a nosotros. Les dio su propio país y su propia lengua; y no es su voluntad que vengan a nuestro país y traten de hablar nuestro idioma [...] Dios será misericordioso para con ellos y se portarán como sus buenos hijos, si vuelven a su país, que creó para ellos [...] Yo he oído hablar del Príncipe Negro. En el instante en que tocó la tierra de nuestro país, lo poseyó el Demonio y lo transformó también a él en un diablo negro. Pero en su casa, en el lugar que Dios le dio para vivir, ahí era piadoso. Así es siempre. Si yo, en contra de la voluntad de Dios, me trasladara a Inglaterra para conquistarla, para vivir allí y tratar de hablar la lengua inglesa, entonces el Demonio me poseería a mí también [...][iii].

En Guillermo Tell, Schiller hace definir al patriotismo también de esta manera: la patria es amada, no por ser el mejor país, sino simplemente por ser el propio. Se reivindica la libertad de la patria sobre la base del derecho humano de quienes la habitan. Y, en todo caso, por haberla "creado" y "civilizado". Lo expresa Werner Stauffacher en su arenga en el Rütli.

Hemos creado aquesta tierra nuestra
con nuestras propias manos; esta selva,
inhóspito aposento de los osos,
la transformamos en morada humana.
También exterminamos al dragón,
surgido venenoso del pantano.
Rompimos la neblina que cubría
oscura y fría al sitio inhabitable.
La roca perforamos y tendimos

 

seguros puentes sobre los abismos.
Es nuestro por derecho milenario
la tierra, y el usurpador que viene
de afuera ha de imponernos este yugo?
¿Ha de humillarnos sobre nuestro suelo?
¿Remedio no hay contra tal opresión?
¡No! Tiene un límite el poder tiránico.
Si el oprimido no halla su derecho,
si la opresión se vuelve insoportable,
levanta el brazo intrépido hacia el cielo
para arrancarle su derecho eterno
que allí guardado está sin deterioro
e inquebrantable como las estrellas.
Volvemos al estado primitivo
y el hombre enfrenta al hombre sin tapujos.
El medio extremo, si los otros fallan,
dado por Dios al hombre es esta espada.
El bien supremo cabe proteger
de la violencia vil.¡Por nuestra tierra!
¡Por nuestros hijos! ‘Por nuestras esposas![iv]

 

Tal vez no todos compartan tal opinión; pero en nuestra opinión el más extraordinario drama nacional de Alemania es la trilogía Wallenstein, de Schiller. Destaca aun más la envergadura de este poema dramático el hecho de exponer, precisamente, la derrota de la causa nacional, y las raíces de la misma. El contexto histórico determina que, en aquel momento, la unidad nacional de Alemania podía ser lograda solo por encima del cisma religioso. Pero la casa imperial de los Habsburgo, que como los reyes de Francia podían ponerse a la cabeza del proceso de unificación, por los intereses de su base territorial, la cuenca danubiana, no podía ni deseaba romper con el Papado. El gran estadista Albrecht von Wallenstein, generalísimo imperial, que sí percibía el interés nacional que en última instancia coincidía con el de la corona imperial, no logró convencer al emperador de la necesidad de conceder iguales derechos a católicos y protestantes. Fue empujado a la rebeldía, y vencido por el poder imperial. Y con él cae vencida la causa de la nación alemana. Franz Mehring, con su perspicacia histórica, ve el paralelismo con lo que sucede en Francia: las coincidencias y las diferencias. En ambos casos se trata de la unidad política de la nación por encima del enfrentamiento religioso. En Francia, con una sociedad más desarrollada, el proceso resulta exitoso, destacándose en el mismo dos monarcas, Enrique IV y Luis XIV; y dos grandes estadistas, los cardenales Richelieu y Mazarino.

Es llamativo cómo Schiller percibe las leyes de la evolución histórico-social, y cómo es capaz de expresar el modo de manifestarse y reflejarse las mismas en una destacada personalidad. La inclinación del gran hombre hacia la astrología parece ser, a primera vista, solo un

artificio, un recurso de efectividad teatral. Pero no es así. Se manifiesta de tal manera en Wallenstein -el político y jefe militar- la vacilación ante la insuficiencia de los medios sociales. Proyecta él a los astros su propia indecisión; y esta última refleja la falta de madurez histórica, el insuficiente nivel de desarrollo alcanzado por la nación alemana. Califica el héroe de prosaicos, de estrechos de mente a sus amigos, que al analizar los factores concretos, terrenales consideran llegado el momento oportuno para la acción decisiva. Él, en cambio, sería capaz de percibir lo cósmico y misterioso que sería lo esencial. Pero resulta que quien yerra es él. Y entonces admite, si bien solo a medias, que los astros lo engañaron.

Se manifiesta en el acontecer escénico el conflicto histórico esencial. La derrota de Wallenstein y la victoria del emperador, significan el fracaso de la causa nacional en Alemania. Lo que más reprochan los imperiales al generalísimo, es que se muestre tolerante y magnánimo con los protestantes después de haberlos vencido. Para ellos, tal actitud constituye simplemente una traición. Lo es por cierto, en cuanto a la causa "anacional" católica. Pero es a la vez la reafirmación de la causa nacional alemana.

Pero si bien, por no poder desvincularse del papado, el emperador alemán es incapaz de unificar la nación mediante la monarquía absoluta, como sí pudo hacerlo el rey de Francia,

Wallenstein tampoco es capaz de lograr la unión. Él tenía la gran concepción nacional que el emperador de la casa Habsburgo no tenía ni podía tener. Y tenía, lo cual no es poco, la fuerza militar, independiente hasta cierto punto de la base política y territorial. Pero la falta de tal base, sin embargo, lo pone en inferioridad de condiciones. Y le faltaba, asimismo, la legitimidad, que en aquella época, en aquel contexto histórico, era esencial. Entre los reyes de Francia empeñados en la construcción de la monarquía absoluta, hubo grandes figuras. Pero hubo también figuras ridículas. Y sin embargo pudieron desempeñar su papel en aquel proceso, simplemente por ser los monarcas legítimos. En nombre del rey actuaron, no solo Richelieu y Mazarino, sino también aquella conductora genial que fue Juana de Arco. Ella fue capaz de arrastrar a la nación detrás de sí por la liberación nacional. Pero formalmente tuvo que colocar al rey a la cabeza del movimiento. Y el Delfín tenía que ser coronado en la Catedral de Reims como todos los reyes de Francia; de lo contrario faltaría la legitimidad, de la cual no podía prescindir la monarquía absoluta en su función de emancipación y unificación nacionales. De tal requisito carecía Wallenstein, si bien poseía la gran concepción nacional. Schiller lo sabe muy bien, y hace decir a su personaje:

¿Y cuál es tu intención? ¿Consideraste
el paso que has de dar? Pretenderás
arremeter contra el poder legítimo,
hecho sagrado por la tradición,
que en la costumbre secular se arraiga
y en la creencia ingenua de los pueblos
con mil raíces gruesas y tenaces [...]
[...] Al adversario oculto temo yo,
que se atrinchera en la emoción humana,
temible para mí por el temor.
Lo que valiente y vivo se presenta,
no es la amenaza, sino lo banal,
lo informe que se arrastra, lo de ayer,
lo que era y que es y que persistirá,
rigiendo solo por haber regido.
Que en lo banal está la esencia humana,
y la costumbre llama su nodriza[v].

Por otra parte, si bien Wallenstein posee la idea directriz, la concepción nacional, lo que Henrik Ibsen llama el "pensamiento real", le falta también, por lo menos en parte, la base material, la infraestructura; carencia que constituye otro rasgo propio de la inmadurez que caracteriza a la nación alemana. El ejército imperial por otra parte, el instrumento formidable que se encuentra en sus manos, tampoco es "nacional", ni por su composición, ni por estar animado de la idea correspondiente. Por eso, Wallenstein también tiene que recurrir a una potencia extranjera: a los suecos; como el emperador, su adversario, recurre a los españoles. Se trata, para colmo de males, de una potencia protestante, así como España es una fuerza católica. La gran concepción, la unidad de la nación por encima del cisma religioso, se niega así a sí misma. Intervienen en Alemania dos potencias extranjeras; lo cual, por supuesto, no puede actuar a favor de la unidad nacional, sino francamente en contra.

El coronel Wrangel, diplomático sueco que entró en tratativas con Wallenstein, como representante de un estado nacional constituido, se sorprende.

¡Dios mío! ¿Acaso no tenéis vosotros

patria ni hogar ni iglesia?

Y Schiller, que conoce bien la problemática histórica y sabe establecer una diferenciación entre la base territorial de la dinastía imperial y la nación alemana, hace que su protagonista dé la siguiente respuesta:

He de explicaros cómo es este asunto:
Tiene el austríaco una patria, sí.
Y la ama y hay razones para amarla.
Pero este ejército imperial que mora
aquí en Bohemia, patria no posee.
Proviene de otras tierras, es la escoria.
No tiene nada salvo el sol de todos[vi].

Wallenstein sabe bien que la falta de arraigo de estas tropas, a la vez lo favorece y lo perjudica. Ellas son suyas incondicionalmente por no pertenecer a ningún territorio, a ningún Estado. Pero por esa misma razón son incapaces de constituir políticamente una nación.

De modo que triunfó la casa imperial de los Habsburgo, y fue vencido Wallenstein.¿La razón? La inmadurez histórico-social de la nación alemana. Pero a su vez, tal desenlace fue fatal para el desarrollo ulterior de la misma. El enfrentamiento religioso se eternizó, y se eternizó la guerra: la Guerra de los Treinta Años. Guerra civil con intervención extranjera. Tal catástrofe nacional no sufrió ninguna nación europea, según dice Mehring. Dos tercios de la población fueron exterminados. Fue destrozada totalmente la economía. Cien años tardó la nación en recuperar el nivel económico de la preguerra: retraso con respecto a las demás naciones europeas que era imposible recuperar. Persistió también el atraso en el desarrollo político y social. El feudalismo no fue superado y entró en un proceso de descomposición lenta. Un siglo y medio después de aquella catástrofe, la irrupción de un conquistador extranjero superó hasta cierto punto aquel atraso. Pero la "modernización" política y social coincidió así con la opresión nacional; y el movimiento de liberación se efectuó bajo la hegemonía de fuerzas reaccionarias. Se divorciaron tajantemente la idea patriótica y la democrática, lo cual constituyó la raíz de todos los males propios de la nación alemana. Tal herencia persiste hasta el día de hoy.

Schiller percibió bien el origen de esa fatal contradicción. Goethe también; que escribió al

respecto este dístico:

Ser nación, lo esperáis, oh alemanes, en vano.

Pero podéis constituiros en miembros de la humanidad.

Suena muy audaz y orgulloso. Hay que reflexionar un poco para percibir cuán grande es la renuncia que se encuentra allí implicada.

Los clásicos, Schiller en particular, podían mantener unidas todavía la idea de patria y la de humanidad. Schiller, que murió tan joven, no vivió aquella ruptura. Goethe desconfiaba profundamente del entusiasmo nacional de las "guerras de liberación" antinapoleónicas."En este fuego forjaréis vuestras propias cadenas", dijo. Qué orientación adquirió la idea nacional en Alemania, es algo particularmente apreciable en la personalidad y la obra de Heinrich von Kleist.

Su propio nacimiento ya estaba marcado por la adversidad. Y no se trataba de la contradicción fecunda que favorece al movimiento y a la superación; sino de la que paraliza y conduce al pantano.

Dotado de un temperamento humanitario y propicio a la cultura, se crió en una familia de Junkers prusianos, caracterizada por la explotación de los siervos y el desprecio al trabajo productivo, por la admiración de la guerra de rapiña y de la violencia. Alemania, sumida en el atraso feudal que, por no poder superarse, había entrado en un proceso de descomposición, cayó bajo la bota de un conquistador extranjero que, mientras arremetía contra las estructuras obsoletas, ofendía y humillaba gravemente el sentimiento nacional.

Y por si faltara algo para consumar su insatisfacción plena, se agregaba un factor personal: Kleist, como lo revelan fehacientemente las cartas dirigidas a sus amigos era homosexual y, en el ambiente en que se hallaba, tal orientación sexual tenía que ser reprimida; al extremo de no llegar a ser consciente de ella, probablemente, ni él mismo. Pero tal situación tenía que contribuir a hacer esencialmente desgraciada su vida.

Kleist no fue capaz de unir, como los estadistas Stein y Hardenberg, como el poeta Theodor Körner y los militares Scharnhorst y Gneisenau, la idea de la emancipación nacional con la de la renovación social y política. En su concepción, el anhelo de liberación nacional se hizo absoluto originando la más violenta xenofobia, un odio ciego contra la nación francesa como tal.

De tal manera, tuvo que reprimir asimismo, no solo el sentimiento humanitario que estaba arraigado en su temperamento y se manifestaba en varias de sus obras -la graciosa comedia El cántaro roto y el relato Michael Kohlhaas- sino también la propia razón y el sentido común. Se entregó de cuerpo y alma a los príncipes comarcales, enemigos jurados del progreso social, de la dignidad humana, de la cultura y también de la unidad de la nación. Llegó a ver en ellos los campeones de la defensa de la patria contra el opresor extranjero, cuando en realidad eran traidores a la nación, quislings y marionetas del ocupante francés.

Tal subordinación a los príncipes, a los tiranos autóctonos "en defensa de la patria" se manifiesta particularmente en el drama El príncipe de Homburgo. Un jefe militar, pariente del soberano Elector de Brandemburgo, desobedeciendo una orden recibida, obtiene una brillante victoria. Pero el monarca no se lo agradece, sino que lo condena a muerte por rebeldía.

Solo después de someterse, de reconocer como "justo" tal dictamen, se le concede la gracia del indulto.

Con ironía castiga Bertolt Brecht tal actitud en un soneto:

¡Jardín artificial en arenosa marca!
¡Fantasmas en la noche azul de Prusia!
¡Héroe rendido por temor de muerte!
¡Colmo de orgullo audaz y servilismo!
¡Cerviz quebrada y galardón de honor!
Venciste, pero no tuviste la orden.
Y Nike no te abrazará. Te encierra
el alguacil del príncipe en el cepo.
Aquí lo vemos, pues, al gran rebelde,
expiando su pecado en el terror,
temblando bajo el ramo de laurel.
Tiene su espada aún, pero quebrada.
Vivo quedó. En el polvo está postrado,
junto a los enemigos de su feudo.
El último verso del soneto es el último del propio drama:
¡En el polvo, con todos los enemigos de Brandenburgo!
El enemigo externo y "el enemigo interno", el rebelde, han de caer, han de ser humillados juntos.

 

Muy difícil le resultó por cierto al poeta aquella lucha consigo mismo: la represión a la razón y a su orgullosa personalidad, esa triste victoria consistente en la sumisión, el sacrificio de sí mismo en beneficio no de la patria, sino del tirano. Más difícil aún le resultó la otra "victoria", la represión al sentimiento humanitario en beneficio de la nación propia y del odio ciego hacia sus enemigos, presentando por fin a la agresividad xenófoba como éticamente justificada. En La batalla de Armiño, el gran drama "nacional" de Kleist, el romano Ventidio comete un acto verdaderamente diabólico: con el engañoso pretexto de amarla, le roba a la princesa germana Tusnelda unos cabellos, para mandarlos como muestra a la emperatriz Livia en Roma. Porque después de la victoria de los romanos, todas las mujeres germanas han de ser rapadas, y sus cabellos han de servir para confeccionar pelucas para las damas romanas. De tal manera, la venganza de Tusnelda parece justa: tiende una celada a su galán y, con toda tranquilidad, delante de sus ojos, lo hace destrozar por una osa.

Y cuando Tusnelda le pide a su marido Armiño por la vida de un romano,
que exponiendo la propia vida,
llamado por la madre,
salvó a un niño de las llamas [...],
Armiño le contesta:
¡Él sea maldito si tal me hizo!
Pues por un momento
desvió mi corazón, convirtiéndome en traidor
de la gran causa de Alemania [...]
¡No quiero amar a la calaña diabólica!
Mientras se mantengan en Germania,
el odio es mi oficio y la venganza mi virtud[vii]

No los quiere amar, aun en contra de mejor entendimiento. Quiere matar su sentimiento humano, por la "causa". Probablemente Kleist-Armiño tuvo que "matar" también la idea de que una causa que exija tal disposición de ánimo, no puede ser intachable.

"Cuanto mejor, tanto peor. Cuanto peor, tanto mejor", opina entonces, habiendo llegado en dura lucha a tal punto de vista. Y no tiene reparos siquiera ante un acto que hoy designaríamos como provocación: hace cometer por sus secuaces crímenes contra la población, para achacarlos a los romanos e incitar así el odio general contra ellos. El fin justifica también tales medios.

Y tenemos otras violentas efusiones agresivas y chauvinistas como los himnos "Germania a sus hijos" y "Canto de guerra a los alemanes"; perfectas por su forma. Y la oda "Al rey de Prusia", en la cual el Guillermo Federico III es comparado nada menos que con Julio César.

Obviamente, el patriotismo y el humanismo universal, que en el período clásico iban de la mano, se disociaron y enfrentaron en el romántico, por lo menos en Alemania. Ello tiene que ver con aquella gran decepción, la pérdida de ilusiones con respecto a la Revolución Francesa, a raíz de los estragos que ocasionó en la práctica la transformación burguesa, el establecimiento del orden capitalista.

Heinrich von Kleist y el austríaco Franz Grillparzer a menudo son mencionados juntos. Son, en efecto, los únicos grandes poetas dramáticos del romanticismo en lengua alemana. Casi todo lo demás los diferencia. Como por otra parte las diferencias individuales son mucho más manifiestas en la literatura romántica que en el clasicismo.

Pero la diferencia más notable entre Kleist y Grillparzer está en su respectiva ubicación frente a lo nacional. La desilusión con respecto a la transformación burguesa, común a ambos, se manifiesta en ellos en forma totalmente opuesta. Si en Kleist la exaltación del sentimiento nacional llega hasta la más cruel xenofobia, Grillparzer, manifestándose consustanciado con el humanitarismo, declara incluso incompatible con él mismo a la propia nacionalidad.

"El camino de la nueva cultura," dice, "conduce desde la humanidad a través de la nacionalidad hacia la bestialidad".

Habiendo sufrido Grillparzer por la opresión del retrógrado régimen del emperador Francisco I y su omnipotente ministro Metternich, es difícil de entender que, siendo derribado este régimen por la Revolución de 1848-49,diera su apoyo, después de una breve vacilación, al absolutismo habsbúrgico. Pero él vio en la rebeldía popular, particularmente en los movimientos de emancipación nacional de los pueblos oprimidos, solo la destrucción y la disociación. Así llegó incluso a cantar loas al Mariscal Radetzky, el represor de la rebelión del norte de Italia:

¡Adelante, mi mariscal, y aplica el golpe
no solo por el brillo de la gloria!
En tu campamento está Austria [...]

Austria, para él era aquella "idea supranacional", la monarquía danubiana, que en verdad mereció el nombre de "cárcel de pueblos". No creía en la posibilidad de su transformación en una libre unión de pueblos. La alternativa, la única modificación posible era para él la destrucción, la fragmentación de aquel conjunto amplio, orgulloso, milenario. En varias de sus obras dramáticas, particularmente en Una lucha fratricida en la Casa Habsburgo, exalta a la "patria grande", amenazada por la renovación y el particularismo. Y reivindica también a la idea conservadora, la sumisión ante el "poder constituido". La rebeldía, declara, conduciría solo a la disolución, al caos, a la pérdida de la libertad y de los derechos de todos.

La sangre es ese rojo lacre, que
transforma las mentiras en verdades:
de pueblo a pueblo y de monarca a súbdito.
A comprobar mediante las espadas
lo que solo el espíritu comprueba.
Respétese el honor de aqueste Imperio.
Mas cuando del horror la puerta esté
abierta y cunda el gran incendio, entonces,
pudriéndose mis huesos ya, pensad:
Presentes estuvimos y lo deseamos[viii].

La exigencia de derechos y libertades solo originaría la guerra civil, así como el cisma religioso -el poeta lo sabe, y hace que su personaje lo prevea- originó aquella Guerra de los Treinta Años que hemos descrito al comentar el Wallenstein de Schiller.

En el drama Dicha y ocaso del Rey Ottokar, Grillparzer describe, condenándolo, al gran infractor, concebido sin duda bajo el impacto de la figura de Napoleón Bonaparte. El "hombre de acción", siendo visibles ya las lacras de la sociedad burguesa, es para Grillparzer el malhechor antihumano.

Pero en cuanto a la patria, esa Austria pequeña que siente suya, la alaba en estos versos conmovedores:

Es un buen país,
merece que se ocupe de él un príncipe.
¿Acaso visteis algo parecido?
Mirad alrededor: por todas partes,
sonrisas como de una dulce novia.
De verdes prados, de dorado trigo,
de lino y azafrán bordado todo,
de flores exquisitas, nobles plantas,
un ramo espléndido, multicolor,
atado por la cinta del Danubio;
sube hacia las colinas, donde crece
la dulce vid que bajo el sol madura.
Hay liebres, ciervos en la selva oscura.
De Dios el soplo tibio lo bendice,
calienta, abriga y hace latir el pulso,
como no late en las estepas frías.
Por eso, franco y alegre es el austríaco,
no oculta su alegría ni su pena,
no envidiará, prefiere envidia ajena,
y en su actitud no entran las falsedades.
Quizás en la Sajonia o por el Rhin
hay gentes que más libros estudiaron.
Mas lo preciso y lo que agrada a Dios:
mirada clara, sensatez, criterio [...]
consciente es el austríaco de su talla.
Piensa para ubicarse bien y calla.
¡Oh buen país, oh patria bienamada!
La niña Italia y la Alemania adulta
flanquean a la fresca adolescente.
Que Dios conserve tu alma juvenil.

Y enmendarás lo que otros estropearon[ix].

La revolución de 1848-49 fue el último movimiento nacional del pueblo alemán, planteado de manera democrática. Esa revolución ya adolecía de llamativos defectos y contradicciones, que se debían a los estigmas, por demás evidentes, de la trasformación capitalista. La burguesía alemana, temerosa de la clase obrera que ya le pisaba los talones, prefería lograr sus intereses de clase en alianza con los restos del régimen feudal y con la monarquía militar prusiana, en vez de arriesgarse en un lance revolucionario. La Revolución terminó en una derrota. Dos décadas más tarde, fue concretada la unidad política de la nación alemana desde arriba, "a sangre y hierro", por obra de la dinastía comarcal más fuerte, la prusiana. Le imprimió su sello tal modo de constituirse. La nación italiana, que también llegó tarde a su unificación política y tampoco pudo prescindir del aporte de su dinastía comarcal más fuerte, realizó sin embargo esta tarea histórica de manera más democrática: mediante un compromiso entre esta dinastía y las fuerzas democráticas. Compromiso que se expresaba en el preámbulo de su Constitución monárquica: "Per la grazia di Dio e la volontà della nazione Re d’Italia". En Alemania, en cambio, se trataba formalmente del convenio de los príncipes comarcales. La diferencia es significativa.

A pesar de ello, la unificación de la nación alemana, quedando Austria fuera de la misma, fue una tarea histórica progresista. Pero importa más el modo reaccionario de concretarse.

Constituida así la unidad nacional, ya tuvo lugar, quemando etapas, la trasformación del capitalismo de la libre empresa en imperialismo, estando el imperialismo alemán animado por una agresividad particular. La filosofía y el arte "nacionales", burgueses de Alemania, con Nietzsche y Wagner inclusive, ya carecían francamente de espíritu democrático y humanista. Ni hablar de la degeneración ideológica y ética que culminaría en el racismo. El espíritu democrático y humanitario del pueblo alemán en el siglo XX, manifiesto y vigoroso, ya llevaba el signo de otra clase, que no era la burguesía caracterizada por sucesivas frustraciones y tan viciada por lacras históricamente determinadas.


[i] Franz Mehring, Zur deutschen Geschichte. Berlin: Soziologische Verlagsanstalt, 1931, p. 66. Todas las traducciones me pertenecen.

[ii] Friedrich Schiller, La doncella de Orleans, pról., esc. 3.

[iii] George Bernard Shaw, Santa Juana, esc. 1.

[iv] Friedrich Schiller, Guillermo Tell. acto II, esc. 2.

[v] Friedrich Schiller, La muerte de Wallenstein, acto I, esc. 4.

[vi] Ibíd., acto I, esc. 5.

[vii] Heinrich von Kleist, La batalla de Arminio, acto IV, esc. 9.

[viii] Franz Grillparzer, Lucha fratricida en la casa Habsburgo, acto III.

[ix] Franz Grillparzer, Dicha y ocaso del rey Ottokar, acto III.