Il modello mafioso e la società globale, de Luigi Cavallaro

Roma, Il Manifestolibri, 2004, 141 pags.

El libro de Cavallaro tiene el objetivo explicito de demostrar “que la 'sociedad global”, en la cual según muchos observadores actualmente vivimos, se aviene a asemejarse en ciertos aspectos no secundarios a aquellas sociedades en las cuales la protección de las transacciones y de los intereses individuales está 'asegurada', por decirlo de alguna manera, por la mafia; es decir, que la división internacional del trabajo social que se va delineando entre las empresas que producen riqueza y los Estado-Nación que las protegen, promueve la generación de un ambiente político y económico que reproduce muy estrechamente las prácticas arquetípicas de la Italia meridional (más particularmente de la isla de Sicilia)” (pág. 71).

No se trata de la tesis de Sciascia de la reaparición de la línea de la mano a lo largo de la península italiana, es decir, de la transformación de Italia en una sociedad mafiosa, sino de algo más complejo y elaborado. Cavallaro quiere demostrar, y lo logra, que las relaciones internacionales en la era de la globalización tienen una naturaleza intrínsecamente mafiosa, por la sencilla razón que falta la confianza reciproca entre los actores que intercambian mercancías, favores, capitales, y cualquier otra cosa.

Cavallaro recuerda que la sociedad siciliana se caracteriza por una tradicional falta de confianza (cfr. pág. 16). El origen de esta falta se debe a la historia misma de la isla, invadida continuamente por pueblos extranjeros que, una vez instalados en la isla, terminaban siendo victimas de otros invasores. La tradicional falta de confianza ha determinado un estancamiento de las actividades productivas en Sicilia, quedando en la práctica en un nivel sustancialmente reproductivo, en aquellos casos que no fueron objeto de usufructo externo por parte de los dominadores circunstanciales de la isla. El desarrollo capitalista impuso, de alguna manera, un desarrollo económico en Sicilia. Y por lo tanto la falta de confianza hizo necesaria la intervención de un tercer actor entre dos que intentan intercambiarse bienes de cualquier naturaleza. La mafia ha cumplido precisamente la función de garante o, como se dice actualmente en el lenguaje internacional de los negocios el sindicate power. Naturalmente, esta función requiere a una condición que de hecho la mafia posee: capacidad de control territorial. Pero Cavallaro, muy agudamente precisa: “El hecho que existan grupos, de carácter mafioso, que brindan protección en el ámbito de un Estado soberano no debe hacer pensar que ellos estén dotados de un especial carácter 'político'... En ellos, está ausente cualquier consideración inherente a la disposición de los mismos intereses `económico-corporativos´ a hacerse `Estado´, deviniendo así (...) intereses universales” (págs 14-15). Volverse Estado significaría estar en condiciones de interpretar intereses universales, y también de fijar reglas universales que deberían ser respetadas sobretodo por quien las impone. Mientras que la eficacia del accionar mafioso consiste justamente en la aplicación de sus propias leyes con la más absoluta arbitrariedad, sin ninguna limitación normativa o ética, y relegando normas y reglas éticas solo a un nivel simbólico, es decir en la modalidad de la misma acción arbitraria.

Cavallaro en el curso de todo el libro demuestra de diversas maneras y con distintas argumentaciones que los grupos de interés, las multinacionales o los Estados, se comportan hoy en día como si fueran una sociedad mafiosa. La Organización Mundial del Comercio se comporta como si fuera la cúpula de la Cosa Nostra (cfr. pág. 42). Sobretodo en América Latina, aunque no sólo allí, esta tesis fue sostenida con vigor, seguramente porqué América Latina es el continente que tuvo una explotación más antigua y más sistemática por parte del Primer Mundo o del centro del sistema dominante. América Latina fue, en la práctica, una suerte de laboratorio de la globalización ya desde la conquista española y continúa siéndolo en estos últimos 30 años. Esta tesis es sustancialmente correcta, y de hecho la hago mía, pero su corrección, me parece, emerge más claramente si se profundiza su alcance y se comprende su complejidad. Intentaré muy rápidamente profundizarla.

La globalización se funda sobre comportamientos mafiosos, porque la mafia se comporta políticamente como una forma pura de dominio, es decir, sin ninguna limitación a su misma acción, en el más completo arbitrio. Cavallaro justamente recuerda que particularmente en América Latina, más precisamente en Argentina, se ha podido comprobar cuan nociva ha sido, desde el punto de vista social y humano, la política económica impuesta por el Fondo Monetario Internacional. Y es justamente en Argentina donde se visualiza la arbitrariedad y la incoherencia de las líneas políticas impuestas por el FMI en estos últimos dos años. Primero el FMI impuso una política suicida, luego sostuvo la política de recuperación durante la gestión de Duhalde para aceptar después la decisión del presidente Kirchner de no restitución de los bonos argentinos, y luego se opone a la negativa de Kirchner a aceptar la deuda tal cual estaba. Esta política oscilante demuestra que cada decisión se toma sobre la base de puras conveniencias de carácter inmediato.

En este punto, Cavallaro lamenta reiteradamente la ausencia de reglas universales dirigidas a la defensa del individuo, es decir, de cada uno de los seres humanos en tanto sujetos individuales. Cavallaro recuerda que “el orden jurídico internacional se ha estructurado hasta el momento en base al principio según el cual los `individuos´ no serán los destinatarios directos de sus normas: estas han regulado fundamentalmente las relaciones entre los Estados y solo ocasionalmente las situaciones individuales” (pág. 110). La consecuencia es que los Estados defienden sus propios intereses que solo a veces coinciden con los de los individuos. Esto se refleja en el caso de las guerras que se hacen contra Estados despóticos, pero que terminan obviamente golpeando a los ciudadanos particulares de esos Estados.

El carácter arbitrario de la globalización es tan evidente que algunos de sus teorizadores, como David Friedman, han llegado al punto de admitir la existencia de “agencias de protección privada” (pag. 80) que permitan los intercambios económicos y financieros. Estamos frente a la teorización de una actividad totalmente análoga a la de la mafia. Obviamente que esta teoría se reviste con los lauros de la novedad y por la mayor libertad que ofrece a los actores en el terreno económico. El Estado se hace cada vez más ligero y cada vez más dispuesto a intervenir solo en defensa de los intereses constituidos, que son los actores verdaderos en el escenario de la política internacional.

Cavallaro en la parte final de su libro discute también las tesis de Negri y Hardt en relación a la presencia o no de un Imperio norteamericano en la actualidad. Como se sabe, Negri y Hardt han sostenido que no se puede hablar ni siquiera de un centro del Imperio y han continuado sosteniendo obstinadamente su propia tesis aún después del 11 de septiembre. Cavallaro habla en cambio de una hegemonía norteamericana y, me parece, su posición está más en consonancia con la situación efectivamente existente. Los Estados Unidos no son los únicos que representan el centro del Imperio, pero son, sin lugar a dudas los que, más que Europa o el Japón, aprovechan la existencia de un sistema de dominio global que excluye, en forma creciente, a una gran parte de la humanidad del uso de los recursos del planeta.

El libro de Cavallaro es entonces un óptimo instrumento para el análisis de las relaciones de dominio de la globalización actual. Cavallaro es también un profundo conocedor de la mafia, en tanto siciliano y juez que trabaja en Palermo; su idea nace precisamente del profundo conocimiento tanto de la mafia como de la política económica mundial. Estamos frente al caso de un intelectual que puede desarrollar un análisis de la globalidad a partir de la propia situación local. El glocalismo, como se define a la globalización que se instala en la situación local, comienza a dar sus frutos también del punto de vista intelectual. Se trata de un ejemplo a seguir, para todos los intelectuales que podrían analizar cuanto de específicamente local es posible rastrear en la globalización. El libro de Cavallaro es también ejemplar por el estilo en el cual está escrito: una reflexión que envuelve al lector, informándolo continuamente en cada vuelta, hasta llevarlo a las consecuencias finales del razonamiento. Semeja casi una narración envolvente, que es también un estilo específicamente siciliano.