Invertir la sociedad. La resistencia, una variante independiente. Acerca de «América Latina en la conformación de la economía-mundo capitalista», de José Guadalupe Gandarilla Salgado

*

El ensayo de José Gandarilla, tan justamente premiado, que dio origen a este libro, es breve pero sustancioso y, sobre todo, muy oportuno.

En efecto, crecen las resistencias, como se vio en la Cumbre de Mar del Plata, incluso de los gobiernos capitalistas de los países saqueados, porque ya es insoportable el deterioro de los términos de intercambio, el pago de los intereses sobre los intereses de la deuda, la exportación de ganancias de las transnacionales, la evasión de impuestos por éstas, los precios monopólicos, y la reducción de los salarios reales; es intolerable la gigantesca bomba aspirante que se lleva cada año centenares de millones de dólares de los países dependientes hacia los países imperialistas.

Pero también y particularmente crecen las resistencias populares ante políticas que en Europa misma, -como en Italia, que, según The Economist, va por el camino que recorrió la Argentina- ven caer los salarios reales y aumentar la tasa de explotación; o que, en Bolivia, pretenden expropiar el futuro a un entero país al apoderarse del agua y del petróleo.

No hay que confiarse: el período de la acumulación primitiva del capital no es cosa del pasado, ni se acabó hace dos siglos. Hoy sigue en Rusia, en China, en el Sudeste asiático, en todo el mundo, en la explotación brutal de las relaciones precapitalistas, de las economías campesinas, de las economías organizadas en formas cooperativas y en la supresión de toda cooperación (familiar, comunitaria, sindical o lo que fuere). De ahí la impresión de déja vu que se tiene al ver lo que sucede en las fábricas de las transnacionales en el Sudeste asiático o en Haití, ya que lo hemos leído en las novelas de Dickens, pero hablando de la Inglaterra del pasado…

El aumento brutal de la dominación, de la explotación, del despojo, con la reaparición del trabajo forzado, de la esclavitud productiva o para el uso sexual, de la prolongación ad infinitum de la jornada laboral, del trabajo infantil, de las operaciones colonialistas, como en Medio Oriente, choca con la resistencia de la economía moral de los pueblos que defienden el agua, los recursos naturales, el hábitat, su cultura, a los que consideran bienes públicos, no susceptibles de ser degradados y malvendidos como mercancías. El intento de las clases dominantes de volver a la situación imperante en el siglo XIX se enfrenta entonces, en las clases dominadas, al retorno a sus grandes tradiciones de solidaridad, ayuda mutua, autoorganización e independencia del Estado y de sus aparatos de mediación. La unificación del mundo por el capital está uniendo, también mundialmente, la lucha anticapitalista e, Internet mediante, crea las condiciones para que quienes hasta ayer se decían sólo rebeldes, como el EZLN, pasen a verse ya como anticapitalistas, y a pensar en una alternativa a este sistema.

La teoría del desarrollo desigual y combinado no sirve sólo para explicar por qué en distintos sectores de un mismo país coexisten unidades económicas ultramodernas que trabajan para el mercado mundial y para las clases locales que forman parte de la burguesía mundial, junto a grupos que practican una economía miserable de subsistencia. Esa misma teoría nos sirve igualmente para entender cómo, junto a los sectores burgueses nacionales que están integrados en el capital financiero internacional, surgen (resistencias?) entre los más pobres y desposeídos, quienes se apoyan en sus tradiciones comunitarias o de lucha colectiva y adquieren una conciencia internacionalista y anticapitalista.

La unificación capitalista del mundo no puede prescindir ni de los Estados ni de los territorios, contrariamente a lo que propagan Tony Negri y Michael Hardt. No puede haber un gobierno capitalista mundial, no solo por las contradicciones entre los diversos grupos capitalistas, resultantes de la historia, sino también porque la mundialización del sistema ha llevado a hacer confluir, en una sola corriente, a escala internacional, la lucha de clases en un mundo en el cual, como enseña el caso iraquí, se han borrado las diferencias entre lo interno, o nacional, y lo externo, o internacional; todo es interno e internacional a la vez: desde el zapatismo hasta el repudio a Bush en Estados Unidos. Por la misma razón los capitalistas no enfrentan informes "multitudes", como dicen Virno o Negri y Hardt, sino, a causa de la subsunción por el capital de la agricultura y de las relaciones precapitalistas, una lucha de clases de sectores heterogéneos, cierto, pero unificados por el explotador y opresor común.

Las políticas del capital financiero no tienen los mismos efectos ni tiempos en todos los lugares. Pasan con mayor o menor dificultad según las regiones, pues dependen de la resistencia que les puede ofrecer el diferente espesor histórico-cultural de cada pueblo. De este modo, a la homogenización de las políticas se opone el factor "variable", humano, social, de la resistencia. Y, dado que el capital quiere hacer tabla rasa de la historia social -de la lucha por la libertad, la igualdad, la fraternidad, de las conquistas de un siglo de combates obreros, de la democracia- y para eso niega la igualdad a los ciudadanos de color, a los que tienen diferencias sexuales o religiosas, a los trabajadores inmigrados, a las mujeres; esa acción del capital junta a todos contra su dominación (cuyo velo se desgarra, ya que es contestada permanentemente), contra la opresión y el despojo nacionales, y pone en peligro el consenso que el capital necesita para mantener la explotación misma.

La visión de quienes creen que es posible una unidad nacional para acabar con la dominación y despojo de los excedentes por el capital, como muy bien desarrolla Gandarilla, es una visión falsa, pues prescinde de la lucha de clases a escala mundial y en cada país, y de las transformaciones mismas en el capitalismo desde fines de los años setenta, que vieron el terrible debilitamiento o la desaparición de las llamadas burguesías nacionales y la fusión de buena parte de ellas en el capital financiero internacional, mediante la exportación ilegal de capitales.

Por eso no es viable reproponer las teorías del dependentismo; por el contrario, como también sostiene Gandarilla, apoyándose en Zavaleta Mercado, hay que trabajar para invertir la sociedad. Ésta, en efecto, está organizada para la acumulación capitalista, para el egoísmo, el lucro, la explotación y el despojo, por consiguiente, se basa en la dominación.

Por lo tanto, si se quiere ser realista, hay que exigir lo que hoy es imposible y organizarse de modo que deje de serlo. Por consiguiente, no al dependentismo, sino un antiimperialismo anticapitalista (perdóneseme la redundancia), no a la unidad nacional, sino la construcción de la conciencia de que el capitalismo afecta también a muchos sectores capitalistas secundarios y, por lo tanto, de que no nos enfrentamos a un único bloque reaccionario, sino que el frente adversario está atravesado por diferencias y grietas que a veces son importantes y otorgan un margen de acción para algunas coincidencias parciales, a condición de no perder jamás la independencia de clase. No al nacionalismo en abstracto, al nacionalismo de los oprimidos contra el nacionalismo de los opresores, así como también contra la pretensión de la propia burguesía de representar a la nación.

Si se quiere evitar que los países dependientes sigan desangrándose exportando capitales a los imperialistas, enriqueciéndolos y fortaleciéndolos más, hay que cortar el nudo gordiano, construir una alternativa anticapitalista que puede empezar con reformas que, en sí mismas, son inaceptables para el sistema y, por lo tanto, revolucionarias. Por ejemplo, una autoreducción concertada de la deuda de bloques de países, para fortalecer el mercado interno, crear trabajo, frenar la emigración. O la construcción de una economía en sinergia, sobre bases regionales, como esboza la colaboración de Venezuela con el MERCOSUR, aunque en el mismo subsistan las clases capitalistas locales, porque la principal fuerza de ellas viene del capital imperialista que, si se debilita, debilitará al conjunto de los explotadores. Por ejemplo, reformas agrarias, aumentos generalizados de salarios y prioridades sociales para las inversiones (plan de empleo, obras públicas, sanidad, educación cultura, investigación).

Estas reformas revolucionarias pueden reunir a vastas capas que no son hoy anticapitalistas, pero sí quieren luchar contra la dominación extranjera y la explotación. Al mismo tiempo, pueden ayudar a la autonomía, a la autoorganización y a la creación de las bases para la emancipación de los trabajadores, no sólo de la dominación del capitalismo, también de la dependencia de salvadores y caudillos nacionales de todo tipo. Porque no hay que olvidar que, contrariamente a lo que dice la Biblia, en el principio no fue el Verbo, sino la Acción, porque ésta es la que genera el conocimiento y cambia al ser humano.

México DF, 27 de noviembre del 2005


*Texto leído, por su autor, durante la Presentación del libro América Latina en la conformación de la economía-mundo capitalista, de José G. Gandarilla Salgado, México, UNAM, 2005. Plantel Del Valle de la UACM, 28 de noviembre del 2005.