El antileninismo no alcanza

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A 100 años del ¿Qué hacer?
Compiladores: Werner Bonefeld y Sergio Tischler.
Leninismo, crítica marxista y la cuestión de la revolución hoy. Buenos Aires, Ediciones Herramienta / Universidad Autónoma de Puebla, 2003. [What is to be done? Leninism, Anti-Leninist Marxism and the question of revolution today. Ashgate, 2002.]

Editar un volumen para recordar el centenario de la publicación del ¿Qué hacer? ha sido una buena idea. Cuando las fuerzas dispersas de la izquierda intentan amoldarse al nuevo siglo, y tratan, como una de sus tareas más importantes, de exorcizar el hechizo del leninismo. Lamentablemente, mientras que algunos de los diez colaboradores de este volumen tienen interesantes e importantes cosas para decir, el libro, de hecho, como un todo tiene muy poco para contarle al lector, tanto sobre el contenido del panfleto leniniano de 1902, como sobre el lugar de este en la historia del movimiento revolucionario.

Al estudiar las ruinas de las revoluciones de 1848, Marx, en su Dieciocho brumario, reflexionó "la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos". Liberar el pensamiento de las generaciones actuales del pasado leninista es una tarea delicada de cirugía cerebral, que demanda un gran cuidado y una escrupulosa objetividad, no el equipamiento machacón de algunos de estos colaboradores.

En particular, si deseamos despertar de la pesadilla del siglo xx, debemos recordar la revolución rusa y dejar de pensar en ella como el paradigma para todo cambio social progresivo.

Estos problemas no corresponden a una académica "historia de las ideas". Estamos hablando de cómo el movimiento obrero internacional intentó comprender el desarrollo de su propio autoconocimiento. A menos que veamos las contribuciones de personas como Lenin y Trotski (su heroísmo y sus errores) como aspectos de este proceso objetivo, continuaremos separando subjetividad y objetividad, precisamente el error que hay que corregir.

En tanto trata sobre los problemas del movimiento ruso, el ¿Qué hacer? está realmente arraigado en la historia de la Segunda Internacional. Cuando Lenin escribió su opúsculo, para ser editado por Iskra, en preparación para el Congreso de 1903 del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR), estaba preocupado en mostrarse como un partidario ortodoxo de la Internacional, y en particular de la lucha de Kautsky contra Bernstein. Esto es especialmente cierto con respecto al famoso pasaje sobre "introducir la conciencia socialista a la clase trabajadora, desde afuera". Lenin sostiene esto con una larga cita de Kautsky, con la cual busca machacar dentro de las cabezas de sus compañeros austríacos la idea de que la "conciencia socialista moderna" requiere no sólo del proletariado, sino también de la ciencia, y que ‘el vehículo de la ciencia no es el proletariado, sino la intelectualidad burguesa’. Lenin coloca la cita sin reservas. También debemos señalar que la propuesta organizativa leninista fue apoyada, en esencia, por el comité editorial de Iskra en su totalidad, incluyendo a Plejánov. Vale la pena recurrir ahora a los detalles históricos, ya que no basta con trozos del folklore izquierdista. Algunos de los colaboradores de este volumen quieren saltar directamente desde la lucha de Lenin por una organización revolucionaria de los marxistas rusos, en 1902, al desenlace de la revolución rusa de 1917, que se veía a sí misma como socialista. Pero los marxistas rusos no comenzaron a hablar de una revolución socialista hasta el resultado y las expectativas trotskistas de 1907, y Lenin no pensó en esos términos durante el decenio posterior.

Ya en el Congreso de 1903, Lenin intentó evitar que el ¿Qué hacer? fuera leído como una obra teórica. La experiencia del levantamiento de 1905 lo condujo a mitigar aún más el sentido de su contribución de 1902 y a declarar, en su introducción a la reedición de 1908, que debía ser vista como el "resumen" de la táctica de Iskra y su política organizativa en 1901 y 1902. Bogdanov, que se alejó de Lenin en 1908, llegó incluso a denunciar a su autor de traicionar el ¿Qué hacer? La promoción del panfleto al estatus canónico de un manual para la organización revolucionaria, data recién del trabajo realizado por Zinoviev para burocratizar la Internacional Comunista, después de 1922. De hecho, hasta entonces, no existía tal canon.

Trotsky, que ingresa en este volumen por alguna aguda denuncia, y debe, por supuesto, ser considerado un leninista, criticó el ¿Qué hacer? en 1904, y nunca cambió de opinión en cuanto a las perspectivas del panfleto en relación con la conciencia socialista y la ‘espontaneidad combativa’. Sin embargo, se mantuvo bastante tranquilo en su descontento y nosotros los trotskistas, que hemos hecho algo así como un fetiche del opúsculo de Lenin, nos avergonzamos de señalar que él había revelado su oposición de toda la vida a estas perspectivas en su último libro, Stalin.

Nada de esto excusa el yerro del panfleto leniniano. Pero si deseamos aprender de nuestros errores, tenemos que comprender correctamente la historia. Por esto no puedo ver al marxismo antileninista como la respuesta positiva al leninismo que tan poco necesitamos. La tendencia exhibida por algunos de los colaboradores es apilar a Lenin, a Trotsky y a Stalin uno encima uno del otro, y colocarle al cúmulo el rótulo: "Esto debe ser destruido", lo que imposibilita llegar al corazón del problema.

Si separamos el ¿Qué hacer? de la historia posterior, revela algo más importante que el descrédito "políticamente incorrecto" de Lenin sobre la conciencia del proletariado. Como siempre, Lenin toma ideas de la "ortodoxia marxista" y las expone de la manera más extrema posible. De esta manera, a veces, revela lo que, de otro modo, podría permanecer escondido. Lo importante en esta negación de que los proletarios puedan descubrir "espontáneamente" la "conciencia socialista", es lo que nos dice sobre la idea "marxista" de "teoría". Bajo esta forma, alejada de la actividad viva, tiene que desarrollarse en paralelo con aquélla, y éste es el centro de la oposición directa entre el "materialismo dialéctico marxista", y las ideas de Karl Marx. Cuando Lenin se encontró a sí mismo tratando de aplicar sus ideas de la Segunda Internacional entre las ruinas del imperio zarista y una brutal guerra civil, esta oposición entre una "teoría" abstracta y la humanidad viva puso al humanismo marxista de cabeza.

El volumen que reseñamos comienza con una conferencia de hace treinta años, escrita por el veterano "comunista del movimiento consejista" Cajo Brendel: "Kronstadt: una extensión proletaria de la revolución rusa". De alguna manera, se supone que el levantamiento de Kronstadt de 1921 está relacionado con el panfleto leniniano de 1902. Los dos decenios y las tres revoluciones que los separan son simplemente barridas del cuadro. Por supuesto que hay una conexión, pero ésta tiene que ser desarrollada.

Peor que esto, al tensionar cada nervio para presentar a Trotsky como "el Gustav Noske de la Revolución Rusa", Brendel confunde toda la historia. Así se refiere al movimiento huelguista de Petrogrado, de 1921, buscando asimilarlo a Kronstadt: "[Ellos demandaban] libertad para todos los trabajadores, levantamiento de los decretos especiales y elecciones libres en los soviets. Estas demandas son idénticas a las planteadas solo pocos días después en Kronstadt [...] surgió la ‘oposición obrera’ liderada por dos ex trabajadores metalúrgicos" (pág. 36)[1]. De hecho, los miembros de la oposición trabajadora de Shliapnokov, Miasnikov y Kollontai, que fueron expulsados del décimo congreso del partido, en cuanto estalló la rebelión de Kronstadt, eran sumamente entusiastas sobre su supresión, y concordaban con la visión del partido acerca del ataque al poder soviético desarrollado por los campesinos. En realidad, el movimiento huelguista expresó, no una perspectiva ideológica, sino pura hambre, precisamente en la misma desastrosa situación económica que dio lugar al levantamiento de Kronstadt.

(Un punto menor: mientras que Trotsky siempre aceptó la responsabilidad política por la supresión de Kronstadt, él no se encontraba presente de hecho, puesto que estaba enfermo en ese momento. La mitología bolchevique sobre Kronstadt es bastante mala. No hay necesidad de reemplazarla por otra serie de mitos.)

En "Perspectivas de la política de izquierda. Hacia la creación de una concepción antileninista de la política socialista", de Dietard Behrens, se da cuenta en forma útil de una serie de críticas a Lenin hechas desde la izquierda, especialmente dentro del movimiento alemán. Sin embargo, aun cuando comienza con la crítica de Luxemburgo al ¿Qué hacer?, omite cualquier mención al ataque aún más recio de Trotski.

Con "¿Era Lenin un marxista?" entramos en un terrritorio más serio. Clarke ofrece una argumentación minuciosa para mostrar cómo la perspectiva de Lenin está signada por el populismo ruso. En cuanto a esto, tal como demuestra Clarke, Lenin es un fiel seguidor de Plejánov, tanto en su obra filosófica como en su perspectiva organizacional.

Sin embargo, creo que Clarke se extravía cuando intenta eximir a Kautsky de estos cargos (pág. 104). Para mí, la pregunta "¿Era Lenin marxista?" -a la cual Clarke responde con un rotundo "¡No!"-, es menos importante que la pregunta "¿Era Marx marxista?". Plejánov y Kautsky están igualmente comprometidos en la formalización de la doctrina llamada "marxismo", en la Segunda Internacional, obliterando en el proceso las ideas esenciales de Marx. El indudable hiato abierto entre Lenin y Kautsky es de mucha menor importancia que el golfo que separa a ambos de las ideas de Marx.

Por esto pienso que "La dialéctica del trabajo y la emancipación humana", de Mike Rooke, está entre las mejores contribuciones a este libro. Al encabezar una sección de su artículo "La revolución de Marx contra la filosofía", el autor nos conduce al centro del problema. La Segunda Internacional, seguida de cerca por la Tercera y la Cuarta, evadió la preocupación principal de Marx sobre la naturaleza de la humanidad y la lucha autotransformadora de ésta contra las formas sociales inhumanas. (El papel representado por Engels en esta evasión necesita ser tratado con gran cuidado, sin embargo. Sus formulaciones abren la puerta para que se entierre a Marx bajo el peso del positivismo, pero no siempre fueron llevadas por él hasta el final, según creo.)

En "Estado, revolución y autodeterminación", Werner Bonefeld presenta un excelente bosquejo del concepto marxiano de comunismo (permítanme ignorar las desafortunadas referencias de Bonefeld a Kronstadt, en las cuales se dejó extraviar por el resumen histórico imaginario de Behrens). El ensayo de Bonefeld nos brinda una base para un retorno al concepto marxista de revolución, que ha sido ocultado bajo la noción de "toma del poder", en la Segunda, la Tercera y la Cuarta Internacional.

"El comando del capital-dinero y las crisis latinoamericanas", de Alberto Bonnet, es muy interesante. Pero sólo trata cuestiones económicas, evadiendo honesta y abiertamente cualquier discusión sobre el ¿Qué hacer?. Quizás es culpa de la traducción, pero no encontré fácil de leer la contribución de Sergio Tischler, "La crisis del sujeto leninista y la circunstancia zapatista". Sin embargo, creo que contiene importantes ideas. Tischler explica muy claramente las concepciones cosificadas de Lenin sobre el Estado, la economía y la lucha de clases.

La idea leninista de sujeto encarna una concepción instrumental sobre la lucha de clases. Proyecta a un nivel teórico la ruptura entre sujeto y objeto. En este juego, el sujeto es finalmente reducido al partido o al Estado, mientras que la clase "empírica" juega el papel de soporte, en el mejor de los casos, o bien se presenta como una reconstrucción desde un centro que le da consistencia política "real" (pág. 250).

"Lenin y la producción de la revolución", de George Caffentzis, muestra los resultados malsanos del no comprender a fondo el "marxismo". El autor, que tiene en mente el trabajo del movimiento "antiglobalización", piensa que todavía tenemos mucho qué aprender del opúsculo de Lenin. Lenin, según dice él, fue el primero en aplicar el marxismo al marxismo, algo que aparentemente no se le había ocurrido al viejo Marx. En cuanto a esto, Lenin presentó al mundo un "modelo comunicacional" de la revolución. Con esta ayuda, podemos comprender cómo hay que "producir la revolución". Pero, ¿qué diablos piensa él que es una revolución?, ¿un programa para la computadora? ¿Imagina que el mundo tiene que esperar que venga un grupo de personas para saber cómo leer su copia, tal como los consumidores revolucionarios de IKEA?

El texto de Johannes Agnoli, "La emancipación: caminos y metas", es ciertamente menos entusiasta sobre el "modelo" de Lenin, pero su idea de cambio social es igualmente instrumental. Para él, la emancipación exige que respondamos las preguntas acerca de las formas institucionales.

Está impresionado por la experiencia de los verdes alemanes, que emprendieron el camino emancipatorio, decidieron que esto los conducía por "la larga marcha en las instituciones" y terminaron siendo un partido parlamentario. "La organización debe anticipar el objetivo de la emancipación y, a través de ese objetivo, determinar su carácter" (pág. 273). Está bien. Para acuñar una frase, ¿qué hacer? "Cómo sería eso posible, no se puede en modo alguno aclarar intelectualmente", dice Agnoli, "sólo se puede realizar en el trabajo práctico" (ibíd.). ¡Muchas gracias!

El ensayo final, de John Holloway, "Revuelta y revolución, o ¡Lárgate, capital!", no pretende dar respuestas definitivas a tales problemas, pero realmente despeja un poco el terreno para que tales respuestas sean investigadas. Apunta con precisión: "dos elementos [...] cuando pensamos en la posibilidad de un cambio revolucionario. El primero es decir al capital (y a los capitalistas y sus políticos) que se vayan [...] El segundo elemento es pensar [...] cómo evitar la recaptura, cómo evitar que nos veamos obligados a subordinarnos de nuevo por falta de acceso a los medios de hacer" (pág. 279).

Como en su libro Cambiar el mundo sin tomar el poder, muestra cómo estas preguntas expresan la verdadera naturaleza de la vida humana. Ésa, creo, es la esencia de lo que era erróneo en el ¿Qué hacer? La tarea de romper con el legado del bolchevismo no puede evadirse ni ignorándolo, ni descartándolo simplemente. En conjunto, valió la pena producir este volumen, pero las deficiencias de algunas de las contribuciones deben encaminarnos a trabajar más duramente y con mayor esmero.


* Artículo enviado por su autor especialmente para su publicación por nuestra revista. Traducción del inglés: Mariela Ferrari.

[1] Todas las citas han sido extraídas de la edición en español.