Capitalismo especulativo y alternativas para América Latina

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Cualquier respuesta mínimamente respetable sobre el futuro de las sociedades latinoamericanas, especialmente sobre sus perspectivas económicas de medio y largo plazo, presupone un diagnóstico adecuado sobre la etapa actual del capitalismo mundial y sobre su probable trayectoria en las próximas décadas.

Pocos cuestionan hoy el hecho de que vivimos, desde más o menos la mitad de los años '70, una nueva etapa capitalista, muy diferente de los "treinta años gloriosos". En aquella época, la explotación capitalista pudo convivir con un nivel de vida relativamente satisfactorio para los trabajadores del Primer Mundo y con un proyecto de desarrollo en algunos países del Tercero. Esto permitió, por lo menos en las ciudades, algún grado de ascenso social de parte de los trabajadores y la formación de una clase media con cierta significación.

El capitalismo en su nueva etapa

¿Qué características básicas presenta esta etapa capitalista, bajo la que vivimos y de la que aún seguimos siendo víctimas?

Katz[1] resume bien algunas de las características que configuran el período. En primer lugar, este autor destaca la ofensiva que el capital desencadenó contra el trabajo. De hecho, la política neoliberal desde los años '80 implicó un retroceso político e ideológico de los trabajadores, representando pérdidas significativas desde el punto de vista económico, en términos de salarios, empleo, trabajo estable y conquistas sociales. La política generadora de desempleo, tanto en los países ricos como en los demás, fue desestructuradora de la resistencia del trabajo. La segunda característica que señala Katz se refiere a la expansión del capitalismo, tanto geográficamente (alcanzando a los ex países socialistas), como en profundidad, con la generalización de las privatizaciones de empresas públicas y la mercantilización de bienes antes públicos (salud, educación, cultura), además de una mayor internacionalización de la producción. Finalmente, destaca el surgimiento de una nueva revolución tecnológica y la recuperación de la hegemonía norteamericana en diversos ámbitos. Señala también una cuarta característica, que sería la recuperación de la tasa de ganancia de corto plazo, algo coyuntural y a lo que nos referiremos más adelante.

Sin embargo, el autor, por lo menos en el texto citado[2], aunque menciona a la desregulación financiera, no destaca lo que nos parece ser una característica básica de la etapa capitalista contemporánea[3]: la financiarización mundializada del capital; el dominio del capital especulativo parasitario sobre el capital sustantivo en el ámbito mundial del capitalismo. Esto, que Chesnais llama mundialización financiera, más que una característica de la actual etapa capitalista, es su propia definición. Este autor ya la describió y analizó con mucha precisión en sus determinaciones más concretas.[4]

Financiarización/Especulación

Por detrás de esta realidad financiarizada, reina lo que llamamos capital especulativo parasitario. Se trata del mismo concepto de capital ficticio expuesto por Marx en el Libro III de El capital, sólo que mucho más desarrollado, en una fase avanzada de su desenvolvimiento. Mientras que el capital ficticio, tal como es descrito en los textos de Marx, aparece como un aspecto subordinado en el interior de la unidad contradictoria que podemos llamar "capital" y que tiene como polo dominante al capital industrial, el capital especulativo parasitario es el capital ficticio que se ha desarrollado y se ha vuelto dominante, debido a la inversión de los polos.[5]

Incluso las propias empresas dedicadas a la producción o al comercio, cuando son grandes, se ven contaminadas por la lógica especulativa.

Es verdad que no es la primera vez que el capitalismo presenta con intensidad su cara especulativa y parasitaria. La diferencia radica en el hecho de que ahora esa cara se volvió la propia esencia de una nueva etapa, prolongada y con profundas implicaciones y consecuencias. Hay otra diferencia, tal vez de menor importancia, pero no insignificante, y que no puede dejar de mencionarse: la especulación hoy ya no se hace exclusivamente en el espacio privado, sino que se presenta también, y de manera privilegiada, a través de títulos públicos emitidos por los diferentes Estados.

Producción/Apropiación: la contradicción principal de la nueva etapa

Otros autores también destacan la financiarización de la economía capitalista. Es el caso de Duménil y Lévy[6] que, en sus análisis, llaman a la actual etapa capitalista "neoliberal" y privilegian el estudio de la contradicción entre la propiedad y la gestión del capital. Sin negar la existencia de esta contradicción, nos parece que no es la que nos debe preocupar prioritariamente. La contradicción principal que debe ser analizada en el estudio de la etapa capitalista actual es la que hay entre la producción y la apropiación del excedente capitalista.[7]

El capital ficticio es, por extensión, el capital especulativo parasitario y al mismo tiempo, dialécticamente, ficticio y real. Si lo miramos desde el punto de vista de las relaciones individuales de mercado, es tan real como cualquier otro capital y puede fácilmente ser intercambiado por cualquier otra forma de riqueza material. Así, desde este punto de vista, el capital especulativo parasitario, forma desarrollada de capital ficticio, es real. Por otra parte, y viéndolo desde un punto de vista global, es ficticio por estar desprovisto de sustancia (por no constituir un capital sustantivo) y por no contribuir en nada a la producción de plusvalía. Sin embargo, aunque es ficticio por esta razón, es real porque es reconocido socialmente como legítimo merecedor de remuneración (intereses y ganancias especulativas). Así, el capital ficticio es ficticio y real al mismo tiempo.

Es justamente esta dialéctica ficticio/real la que nos indica la relevancia de la contradicción entre la producción y la apropiación del excedente-valor.

Especulación: respuesta a la crisis del capital

El origen de la nueva etapa especulativa y parasitaria del capitalismo mundial tiene algunas vertientes: por un lado, la quiebra del sistema monetario internacional en los años '70, seguida de la posterior explosión de la deuda externa de muchos países en los años '80, y, por otro lado, la manifestación aguda de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia que se observa en los países imperialistas.

Sin duda, esta última es la cuestión de fondo, que responde a la naturaleza misma de la economía capitalista.

Cálculos realizados por Duménil y Lévy les permitieron construir el Gráfico 1. Este muestra la evolución de la tasa de ganancia del sector privado para el caso de los Estados Unidos y del conjunto de tres países europeos (Alemania, Francia y Reino Unido), para el período de 1960 a 2000. En realidad, se trata de de un indicador de la tasa de ganancia de un alto nivel de abstracción, pues incluye los impuestos, intereses, ganancias productivas, ganancias comerciales y remuneración del trabajo improductivo. Lejos de significar una limitación, esto constituye una ventaja, pues se refiere al concepto de ganancia tal como fue expuesto por Marx en los primeros capítulos del Libro III de El capital y que constituye el objeto a partir del que se desarrolla la sección dedicada a la tendencia decreciente de la tasa de ganancia.

Los cálculos de los autores no podrían ser más concluyentes. A partir de 1965, aparece en los Estados Unidos una aguda manifestación de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, que se prolonga hasta los primeros años de la década de 1980. Algo similar ocurre en los tres principales países europeos, con inicio un poco antes.[8]

Así, en la década de 1970 se observa en el mundo capitalista una dificultad creciente para que los grandes capitales internacionales encuentren espacios de acumulación adicional a tasas atrayentes de remuneración. De esto derivan algunas consecuencias: a) estímulo para que los grandes capitales incorporen nuevas tecnologías, que les permiten, por transferencia, una apropiación mayor del excedente-valor originado en las demás fracciones del capital; b) presión para que los diferentes Estados adopten políticas restrictivas que impliquen reducciones de las conquistas sociales y de los niveles salariales de los trabajadores, gracias al crecimiento del desempleo; c) presión para una mayor transferencia de excedente-valor de los países periféricos; d) y la que resulta de mayor interés para nuestra hipótesis: la búsqueda de nuevas alternativas de valorización, fuera del espacio de la acumulación sustantiva, es decir, en el ámbito de la renta y, sobre todo, en la especulación. En este último aspecto, pero no sólo en él, encontrarán en los diversos Estados (tanto del centro como de la periferia) las políticas necesarias: el neoliberalismo pasa a ser indispensable. La crisis de la deuda de los años '80 es manifestación de toda esta situación.

Gráfico 1: Tasa de ganancia en % de la economía privada
Estados Unidos y el conjunto de tres países de Europa (Alemania, Reino Unido y Francia)

Fuente: G. Duménil, G. y D. Lévy, D. "Neo-liberal Dynamics: Towards A New Phase?", 2004, en K. van der Pijl, L. Assassi, D. Wigan, Global Regulation. Managing Crises after the Imperial Turn, Palgrave Macmillan, New York, 2004. Con base en datos de: NIPA (BEA); Fixed Assets Tables (BEA); OECD; French National Accounts (INSEE).

Así, al final de los años '70 o comienzos de los '80, asistimos al surgimiento de una nueva etapa capitalista: el capitalismo especulativo. Globalización es un eufemismo para denominar esta etapa. La voracidad del capital especulativo y la limitada expansión del capital sustantivo frente a las limitaciones en su remuneración, son los elementos que evidencian que la contradicción principal de esta etapa es la existente entre la producción y la apropiación del excedente económico. El capital especulativo se apropia, crecientemente, de un excedente para cuya producción no contribuye en nada; al mismo tiempo, el capital sustantivo ve limitada su expansión (el desempleo de masas considerables de asalariados es la manifestación más evidente de esto). Hay una fuga de nuevos capitales desde los espacios productivos hacia los de la especulación.

¿Cómo sobrevive un capitalismo que privilegia a la especulación por sobre la producción?

Para entender la sobrevivencia del capitalismo especulativo, hay elementos aceptados por varios autores (al menos por aquellos que deben algo a Marx): plusvalía absoluta (extensión e intensificación de la jornada de los trabajadores asalariados), plusvalía relativa, incremento de la superexplotación, crecimiento de la explotación de trabajadores no asalariados. Obviamente, las transferencias de valor de la periferia al centro imperialista del sistema no están ausentes de la explicación y están íntimamente relacionadas con los elementos mencionados.

Sin embargo, surge una dificultad. El problema es que, de hecho, estos factores no son totalmente suficientes como explicación de la sobrevivencia del sistema, con las características descritas (el capitalismo especulativo) por un período de tiempo tan largo (hasta nuestros días). La etapa especulativa no se mantendría por tanto tiempo con un grado tan alto de contradicción producción/apropiación. No hay crecimiento posible del nivel de explotación, por elevado que fuese, que pudiera permitir la orgía de especulación observada hasta nuestros días, y los trabajos de Chesnais y de muchos otros[9] no son suficientes para mostrar la amplitud de este enorme proceso especulativo. Por otro lado, sólo una limitada percepción keynesiana puede satisfacerse con la idea de que la explicación estaría en el hecho de tratarse simplemente de crecientes créditos sobre la futura producción de riqueza económica y que pueden ser sancionados por decisión de los bancos centrales.

Y nuestra dificultad es aún mayor. No sólo el impresionante crecimiento de la explotación capitalista observado durante las últimas décadas en el mundo no puede explicar la sobrevivencia de la etapa, sino que mucho menos puede explicar la trayectoria ascendente de de la tasa de ganancia en los años '80 y '90, de acuerdo con los indicadores calculados por Duménil y Lévy.

¿Cómo es posible que, limitado el crecimiento del capital que produce o que contribuye a la producción de la plusvalía y amplificado de manera alarmante el crecimiento de un capital parasitario, pueda observarse no sólo la prolongación de la etapa especulativa como una significativa elevación de la tasa general de la ganancia? ¿Más aún a continuación de una fase (que termina en los años '70) de aguda manifestación de la caída de la tasa de ganancia? Por grande que haya sido el crecimiento de la explotación, y de hecho lo fue, no es posible entender lo que ha sucedido.

La dificultad no está en encontrar una justificación para una eventual tesis en el sentido de que esta etapa especulativa tiene límites y llegará, en tiempo más o menos breve, a su fin. Lo más difícil es explicar por qué todavía no se hundió. ¿Cómo salimos de esta dificultad teórica? O nuestra explicación para la actual etapa capitalista está totalmente equivocada, o hay algo nuevo en el plano teórico.

La ganancia ficticia como solución (¿solución?)

La explicación de todo esto radica en el hecho de que la ampliación de la explotación fue acompañada de un crecimiento persistente, en buena parte del período, de lo que podemos llamar ganancias ficticias. Es verdad que este concepto no aparece en Marx y no podía aparecer, dado que no tenía relevancia en el período de su vida. Pero un estudio adecuado y profundo de varios de los capítulos del Libro III de El capital, en especial del concepto de capital ficticio, permite descubrir el contenido de lo que podemos llamar ganancia ficticia.

¿Cuál es el significado de este concepto? Ya tuvimos oportunidad de presentarlo rápidamente en un trabajo anterior.[10] Para entenderlo es necesaria una adecuada dosis de conocimiento, alejada de las simplificaciones corrientes, sobre la teoría marxista del valor. Trataremos aquí sólo de manera ilustrativa el concepto de ganancia ficticia.

Está claro que la valorización especulativa de los activos aparece como ganancia del capital y, en este caso, es fácil percibir que se trata de una ganancia circunstancial y que desaparece, como por arte de magia, una vez superada la coyuntura especulativa. Más difícil de entender como lucro ficticio es lo que surge del crecimiento de la deuda pública de los Estados, cuyo origen haya sido la capitalización de los intereses no pagados. Obviamente, las ganancias en el mercado de los derivativos están compensadas por las pérdidas que allí se producen y, desde un punto de vista global, la suma es cero. Pero esto puede constituir una transferencia de riqueza real desde sectores medios rentistas o especulativos hacia el capital, lo que sí aparecerá para estos últimos como una ganancia real. Lo mismo ocurre con la valorización especulativa de los activos, antes mencionada. En la medida en que signifiquen transferencias de no-capital para el capital, se transforman en ganancias reales. En resumen, podríamos decir que las ganancias ficticias están constituidas fundamentalmente por la valorización especulativa de diversos tipos de activos y por el crecimiento de la deuda pública de los Estados.

Desde otro punto de vista, podríamos decir que la magnitud anual de las ganancias ficticias del capital es exactamente igual al crecimiento anual de la masa del capital ficticio existente, del volumen del capital especulativo parasitario. La magnitud adicional de este capital que surge durante un año determinado no tiene sustancia, no proviene de la plusvalía producida ni del excedente-valor producido bajo relaciones no salariales. Es puramente ficticio en el sentido de Marx, ficticio y real al mismo tiempo.

Es obvio que las crisis financieras tienen como consecuencia la reducción de la ganancia ficticia, la disminución del volumen del capital especulativo parasitario y una menor intensidad de la contradicción producción/apropiación. La magnitud de esta disminución es proporcional a la intensidad y extensión de la crisis. El problema es que las crisis financieras tienen como consecuencia, también, la destrucción de capital sustantivo.

Así, son justamente las ganancias ficticias las que, junto con el crecimiento de la explotación y de las transferencias de riqueza de la periferia a los centros, explican la inversión de la trayectoria de los indicadores de la tasa de ganancia en los Estados Unidos y en las tres más importantes economías europeas después de 1980. Obviamente, nuestra tesis merecería una investigación más profunda para establecer una mayor relación entre las fases de mayor crecimiento de las ganancias ficticias y esa trayectoria. Pero esa es una tarea para otra oportunidad.

A pesar de esto, estamos seguros de nuestra tesis, considerando que hay elementos suficientes parta sostenerla. Y eso tiene como consecuencia una curiosidad teórica: si ricardianos, neoclásicos y keynesianos buscaban elementos para refutar la tesis marxista de que la ganancia capitalista tiene como origen la plusvalía, es decir, la explotación del trabajo productivo, les entregamos un argumento decisivo. La ganancia ficticia, parte considerable de la ganancia capitalista de nuestros días, no resulta de la explotación, no es una plusvalía apropiada. Sin embargo, este elemento no sólo no afecta a la teoría marxista; por el contrario, proviene directamente de ella y la reafirma sólidamente, en la medida en que le permite adquirir la capacidad para entender el capitalismo real de nuestros días. Hay dos importantes cuestiones más, relacionadas con todo esto, que deberían ser más exploradas de lo que es posible aquí. La primera es que el concepto de ganancia ficticia surge, así, como un nuevo determinante de la disimulación de la plusvalía, no porque engaña, sino por mucho más que eso: porque de hecho no tiene origen en la explotación. La segunda es que la ganancia ficticia se configura como un nuevo y poderoso elemento contrarrestante de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, que así se mantiene incólume, incluso frente a la trayectoria de los indicadores de las tasas de ganancia presentadas en el gráfico anterior.

En definitiva, la ganancia ficticia resuelve no sólo nuestra dificultad de interpretación, sino también la contradicción producción/apropiación descrita más arriba. La soluciona, sí, pero la soluciona hoy, para ampliarla mañana. Esto es porque permite hoy bases para una apropiación mayor de lo que sería posible, pero al mismo tiempo y en la misma medida, amplía la contradicción al aumentar el volumen del capital especulativo parasitario. Podría seguir solucionando la contradicción mañana, pero al precio de volverla mucho más intensa después, como si fuera una bola de nieve, que en cualquier momento puede transformarse en una avalancha.

El neoliberalismo y la situación actual

Las políticas neoliberales fueron el instrumento del capital para imponer al mundo la nueva etapa capitalista caracterizada por el dominio de la especulación por sobre la producción. El neoliberalismo es la ideología del capital especulativo parasitario y de la más cínica derecha, que consiguió imponerla como concepción ideológica dominante, como pensamiento único. Durante la década de los '90, llegó al auge de su prestigio.

No obstante, a partir del comienzo del nuevo milenio, especialmente con la crisis argentina de 2001 (con la quiebra de su clase media, que entonces tal vez era la más rica de América Latina, y el fuerte empobrecimiento de sus trabajadores), podemos decir que en nuestro continente comienza la declinación del neoliberalismo, al menos como cuerpo de ideas capaz de dominar las interpretaciones más difundidas sobre el mundo en el que vivimos.

Aplicado por primera vez en el Chile del dictador Pinochet, en los años '70, después del sangriento golpe militar, asistió también a la primera manifestación de resistencia y rebeldía con repercusión mundial, también en América Latina, con el levantamiento zapatista en la Selva Lacandona, en 1994. Poco después, en 1999, decenas de miles de personas se reunieron en Seattle y manifestaron su oposición a la reunión de la OMC. A partir de este momento, la resistencia al neoliberalismo no se detuvo más.

El neoliberalismo como cuerpo de ideas está perdiendo terreno rápidamente; está a la defensiva. Pero aún no fue derrotado el neoliberalismo como proyecto y como propuesta de políticas. Si como ideología se encuentra a la defensiva, el proyecto neoliberal y sus políticas (especialmente la económica), implementados en todo el mundo desde los años '80, están alcanzando sus límites. Sus resultados han sido funestos y ya no es posible esconder su carácter antipopular. El fracaso del proyecto neoliberal no es más que la expresión de los límites de la fase especulativa del capitalismo.

A pesar de todo esto, las políticas neoliberales siguen vigentes en muchos gobiernos de América Latina e incluso en algunos que, en su momento, fueron electos con propuestas diferentes y hasta contrarias, con programas de cambios de contenido reformista y progresista. Pero sólo tienen vigencia como farsa.

¿El fin de la era especulativa y del proyecto neoliberal que la acompaña significa el fin del capitalismo? La bola de nieve de la especulación/ampliación de las ganancias ficticias hace que la situación sea insostenible; la etapa especulativa del capitalismo no podrá tener una vida muy larga; ya vivió demasiado tiempo. ¿Significa esto que el capitalismo está con los días contados y necesariamente será sustituido por una nueva sociedad? Para resumir nuestra visión sobre esto podríamos afirmar que teóricamente el capitalismo está muerto; pero no lo está históricamente; es preciso matarlo y esa, lamentablemente, no es una tarea menor.

¿Sobrevivirá el capitalismo?

El capitalismo puede sobrevivir a la desaparición de su etapa especulativa; tal vez esto sea lo más probable y seguramente es lo más trágico. Podrá surgir una nueva etapa de las cenizas, pero será diferente; no presentará esa locura de la acumulación especulativa y de las ganancias ficticias dominando la rentabilidad del capital. ¿Cómo se producirá el cambio?

En un principio, podríamos haber pensado que la solución de la contradicción apropiación/producción podía producirse a través de una gran crisis. Una crisis de tal magnitud sería una gran tragedia para la humanidad y especialmente para los pueblos de la periferia. Hoy creemos que es más probable algo diferente: la etapa no puede durar mucho tiempo, pero puede hacerlo por el tiempo suficiente para extender aún más la tragedia humana que ya vivimos en el mundo actual. El capitalismo, a través de su lógica actual, puede continuar existiendo por un tiempo más, prolongando el estancamiento y puntuándolo con crisis financieras en un lugar o en otro, mayores o menores. La tragedia no será menor; sólo que se extenderá en el tiempo.

Se equivocan los que creen en la posibilidad de una nueva etapa capitalista de retorno al "compromiso keynesiano"[11] con ciertas concesiones a los trabajadores, aunque sea exclusivamente a los de algunos países. La eventual nueva etapa capitalista no podrá hacer concesiones a los trabajadores. Por el contrario, sólo será posible sobre la base de una explotación aún mayor. Si la etapa especulativa implica una gran tragedia para la humanidad (por lo menos para un sector importante de la humanidad) y si la transición a una eventual nueva etapa supondrá una profundización y extensión de esta tragedia, el capitalismo sólo sobrevivirá imponiendo una tragedia superior. Este es el resultado de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia que, a pesar del efecto contrarrestante de las ganancias ficticias, sigue vigente y operante y que, en la eventualidad de una nueva etapa capitalista, con el capital ficticio contenido dentro de límites estrechos, sólo podrá encontrar un atenuante en un nivel aún mayor de explotación de trabajo. La etapa del capitalismo especulativo, si éste sobrevive, sólo podrá ser sustituida por el capitalismo funesto.

Todo esto significa para todos nosotros, en particular para los pueblos de la periferia y, por lo tanto, para los países de América Latina, que dentro del capitalismo no tienen salida. No existe un camino, no hay una posibilidad.

La globalización del mundo capitalista, la financiarización especulativa, el proyecto neoliberal y la consiguiente derrota del movimiento popular en las últimas décadas, en el mundo entero, fueron las únicas alternativas que le quedaron a la burguesía y al capitalismo enfermo por la tendencia a la caída de la tasa de ganancia.

No podría ser diferente en América Latina. La burguesía voraz y subordinada al movimiento del capitalismo mundial no tuvo ni tiene alternativa: se adhirió, con mas o menos dificultades, a esa globalización y a la lógica especulativa. En el futuro, aún si lo deseara no tiene posibilidad de hacer algunas concesiones, ni siquiera pocas, al conjunto de los trabajadores, salvo las políticas compensatorias dirigidas a los sectores más desorganizados y más excluidos. En la periferia, en mayor medida que en otras partes, el capitalismo no ofrece la menor posibilidad de futuro para la gran mayoría de la población.

El fracaso y la cercanía del fin del proyecto neoliberal significan la ampliación de las desigualdades entre los países desarrollados y los de la periferia. En estos últimos se observa el crecimiento de la exclusión social, la intensificación de la explotación de la fuerza de trabajo y el aumento de las transferencias de riqueza a los países desarrollados. Esta situación agrava todavía más las condiciones de vida de más de dos tercios de la población mundial, que queda cada vez más excluida económica, social y políticamente.

Por otra parte, la estrategia norteamericana de guerra preventiva generó el caos en los países atacados por el ejército imperialista, y el caos que se desprende el neoliberalismo se extiende también a otras amplias regiones del planeta.

Además, el camino transitado por el desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas durante la etapa especulativa generó un patrón de consumo imposible de ser generalizado a toda la población mundial. Cualquier tentativa de inclusión de los socialmente excluidos en los mercados capitalistas, además de ser imposible desde el punto de vista de la lógica del capital, llevaría al colapso de los recursos naturales existentes.

Todo esto significa que el futuro de la humanidad será poco menos que dramático y exige un cambio revolucionario de las fuerzas productivas y nuevas relaciones sociales de producción, con el consecuente cambio del patrón de vida y de consumo de toda la población. Esta es una tarea urgente.

¿Hay alternativas?

Ante este cuadro, los movimientos sociales de todo el mundo están buscando caminos y alternativas. Esta búsqueda se enfrenta con dos respuestas: la primera es la alternativa antineoliberal y la segunda la alternativa anticapitalista. Está claro que éstas no son necesariamente excluyentes, a condición de que la primera sea conducida teniendo en mira la construcción del socialismo. La alternativa antineoliberal que apunte sólo a la "gobernabilidad" de la economía, asociada a programas de compensación focalizados (del tipo defendido por el Banco Mundial), no permite la salida de las graves contradicciones planteadas por el capitalismo contemporáneo.

De cualquier modo, los caminos que cada Estado-nación pueda recorrer, para su efectivo desarrollo social, dependerán de las condiciones internas y externas específicas, surgidas de su proceso histórico de desarrollo. Algunos podrían avanzar más aceleradamente en su camino a la construcción del socialismo; otros irán más lentamente. En aquellos en que la lucha de clases se torne más aguda, con mayor resistencia de las burguesías locales y asociadas, es de esperar el recrudecimiento de la violencia y, en casos específicos, incluso de la lucha armada. Otros tal vez puedan recorrer una vía más pacífica, utilizando la limitada democracia burguesa para efectuar su transformación.

En cualquiera de los casos, debe tenerse claro que las burguesías nacionales, asociadas e internacionalizadas jamás entregarán libremente el poder y la propiedad de los medios de producción. Por esta razón, ningún gobierno conseguirá efectuar las reformas necesarias, apuntando a la transformación socialista, sin el apoyo masivo de un amplio movimiento de masas, dispuesto a enfrentar la dura reacción de las elites actualmente dirigentes.

Las condiciones actuales de desarrollo, con la amplia internacionalización del capital real y el predominio del capital especulativo parasitario, ya no permiten una salida en los moldes del antiguo modelo nacional-desarrollista, fundado en una alianza de los trabajadores con la burguesía nacional, que pueda oponerse a la gran burguesía internacionalizada. Porque en los países periféricos en los que hubo un proceso de industrialización significativa, una parte importante de esa industria ya está desnacionalizada, como consecuencia de la internacionalización del capital de los países desarrollados del Norte y de la implantación de las políticas neoliberales.

Así, las burguesías nacionales que surgieron y se desarrollaron con este proceso de industrialización tienen actualmente sus intereses estrechamente ligados a las burguesías industriales y financieras de los países centrales.

La construcción de un proyecto nacional de desarrollo implica la elaboración de objetivos de corto y de largo plazo, subordinados los de corto plazo a la obtención de los de largo plazo. No es posible establecer una amplia lista de estos objetivos; sin embargo, podemos tratar aquellos que nos parecen fundamentales. En el largo plazo, el horizonte de las medidas debe apuntar a la efectivización de un proyecto genuinamente anticapitalista, cuyo fundamento está en la supresión de la explotación del trabajo y de la explotación o del fetichismo de la mercancía y del dinero.

Como la explotación del trabajo se origina en la propiedad privada de los medios de producción, la única forma de acabar con esta explotación es la transformación de la propiedad privada en alguna forma de propiedad social. En este sentido, la apropiación social de los medios de producción debe ser acompañada con una profundización de la democracia, en que las decisiones sean resultado de una amplia participación popular. La transformación de la propiedad privada de los medios de producción en alguna forma de apropiación social conduce a la supresión del capital como relación social, pero debe ser acompañada, o incluso precedida, por la eliminación de formas específicas y autonomizadas del capital, especialmente el capital dinero y el capital ficticio.

El fetichismo de la mercancía y del dinero sólo será superado mediante la plena supresión de la forma mercancía y de la forma dinero. Este proceso implica la separación entre la producción y la apropiación de la riqueza social. Así, el objetivo final deberá ser la desaparición del mercado como forma de distribución de la riqueza y su sustitución por mecanismos sociales que aseguren la subsistencia cotidiana de toda la población, con patrones mínimos de atención de todas las necesidades individuales y sociales históricamente determinadas.

Pero esta determinación histórica no puede ser definida a partir del estado al que llegó el consumo voraz, excesivo y superfluo de las franjas más ricas de la población de todos los países, incluso de los países pobres. La contradicción que se plantea en este proceso de transformación del patrón de consumo opone a las clases oprimidas y excluidas, cuyo sueño fetichizado es alcanzar el mismo patrón de consumo de las elites nacionales, a las capas más ricas de la población que, por haber alcanzado ya este patrón, se niegan a abandonarlo. La resolución de esta contradicción tenderá a desencadenar una feroz oposición de esas capas actualmente beneficiadas por ese patrón de consumo.

No bastará con asumir el gobierno y utilizar el aparato estatal capitalista para efectuar las reformas necesarias para la transformación de largo plazo. El objetivo deberá ser también la destrucción del Estado capitalista y la construcción de una nueva forma de organización social para dirigir la sociedad. En este proceso, las instituciones estatales capitalistas deben ser sustituidas progresivamente por otras formas de dirección de la sociedad. En el propio proceso de apropiación social de los medios de producción, así como en la constitución de una nueva forma de apropiación de la riqueza socialmente producida, deberán ser constituidas nuevas instituciones para ejecutar estas tareas.

El Estado, como instrumento de dominación de las clases dominantes, debe ser gradualmente desmontado y sustituido por formas populares y participativas. Las fuerzas armadas y policiales, que actualmente actúan esencialmente en la represión contra las clases trabajadoras, deben ser destruidas y sustituidas, cuando sea necesario -y probablemente será contra las clases dominantes-, por el poder colocado a disposición de las masas populares.

Finalmente, la construcción consciente de una nueva forma de sociedad no puede prescindir de una revolución no sólo en la conciencia social, sino en las conciencias individuales, o sea, construir también un "hombre nuevo", en las palabras del Che. El capitalismo no encontró a los individuos preparados para la nueva sociedad. La formación del individuo, libre e independiente, para convertirse en fuerza de trabajo lista para la explotación capitalista fue el resultado de un largo proceso histórico, que duró siglos y que aún no se completó plenamente en algunas regiones del planeta. El individuo consumidor, con todas sus determinaciones, es un proceso que todavía está en curso. Aún no es posible determinar, con algún grado de precisión, hasta qué punto puede llegar la furia consumista de la parte de la población mundial que tiene acceso a las "delicias del capitalismo".

De igual modo, la construcción del "hombre nuevo" probablemente exigirá siglos y, al contrario del proceso histórico citado, deberá ser un proceso conscientemente dirigido. El problema fundamental es que no hay un único modelo, una única propuesta; además, casi todas las experiencias históricas fracasaron en este sentido. De cualquier forma, se puede afirmar a priori que no se puede constituir una nueva elite dominante o un partido político "con una nueva verdad" para imponerla a todos los individuos y sociedades. Tampoco se puede esperar que la transformación de la infraestructura económica transforme automáticamente a la "superestructura jurídico-política e ideológica". Esta deberá ser destruida y reconstruida a partir de un proceso consciente de transformación social, en el cual el principal sujeto deberán ser las masas populares, una alianza de todas las clases y sectores excluidos y explotados por el capitalismo, organizadas para la construcción de una nueva sociedad.

Elementos para un programa de reformas económicas anticapitalistas

a) Aspectos generales

A los críticos de las políticas neoliberales y de los gobiernos elegidos con proyectos alternativos (pero que, al final, terminaron cediendo a ese tipo de propuestas) se nos acusa de no ser capaces de elaborar un programa económico concreto de gobierno. Este programa debería ser compatible con el sostenimiento provisorio del funcionamiento de la sociedad, de manera que esta siguiese operando de manera aceptable (tanto en lo que se refiere a la producción como a la distribución económicas) y, al mismo tiempo, constituir el camino para su transformación, para la sustitución de la lógica del funcionamiento capitalista por una que implique el dominio humano consciente sobre las relaciones sociales, en otras palabras, para alcanzar el socialismo.

La dificultad está en el hecho de que un programa como el que se exige no puede ser elaborado de manera abstracta y que no es una cuestión puramente de técnica económica. Sólo puede ser pensado de manera concreta, tomando en consideración las condiciones históricas y culturales del país de que se trate y, sobre todo, las circunstancias políticas e ideológicas concretas que determinan el carácter de un gobierno dotado de las mínimas condiciones para proponerse esa tarea.

Ciertamente, los procesos electorales en el seno de la democracia formal burguesa tienen importancia para nosotros y el caso de Bolivia (además de la Venezuela de Chávez), con la victoria de Evo Morales, no deja ninguna duda al respecto. Sin embargo, un gobierno popular capaz de poner en práctica políticas verdaderamente antineoliberales y anticapitalistas no puede derivar su poder solamente de las urnas. Es indispensable que responda adecuadamente a un movimiento popular organizado y muy fuerte, que exija en las calles transformaciones radicales. Este movimiento necesita presentarse de manera independiente y con dirigencias capaces y competentes, que tengan una visión estratégica adecuada.[12] En las condiciones concretas de América latina, un gobierno, para tener el poder suficiente para un programa anticapitalista, necesitaría convivir e incluso estimular una situación de preinsurrección, encabezada independientemente por este movimiento popular.

Sólo en esas condiciones concretas es posible pensar un programa para la transformación y la transición revolucionaria. Fuera de ellas, sería una pura ilusión, ingenuidad y pérdida de tiempo. Este programa presenta una gran complejidad y debería abarcar las esferas económica, política, social, cultural e ideológica, lo que está mucho más allá de nuestras posibilidades.

Nuestro objetivo aquí es presentar a continuación tan solo algunos elementos económicos, que en nuestra opinión son fundamentales para contribuir a la discusión de un proyecto de construcción del socialismo en el largo plazo. Queremos destacar un aspecto que nos parece muy importante: en las condiciones actuales del capitalismo, y especialmente en América Latina, no hay el menor espacio para un proyecto realmente reformista. Esta posibilidad fue totalmente superada en la actual etapa mundial del capitalismo especulativo.

Ya hemos visto que el desarrollo de las contradicciones causadas por la acumulación del capital en su fase contemporánea plantea la posibilidad de una nueva crisis mundial o de un largo período de estancamiento jalonado de crisis parciales, que afectan especialmente a los países periféricos. Mientras los Estados nacionales permanezcan como instrumentos de dominación de la burguesía contra las clases subalternas, estas crisis afectarán gravemente, en primer lugar, a las capas más pobres de la población. Al mismo tiempo, agravarán las condiciones de reproducción de un sector, tal vez considerable, de los capitales individuales más frágiles.

Por otro lado, cuando un gobierno realmente democrático y popular toma alguna medida contra el capital, es la propia burguesía la que provoca o estimula la crisis, a través de la agudización de la especulación, tanto en el mercado financiero como en el mercado de productos y servicios. Estas crisis, ya sean el resultado incontrolable de las contradicciones internas, ya sean provocadas por la burguesía, funcionan como mecanismos que agravan aun más la pobreza y precariedad de los trabajadores y que aceleran la centralización del capital.

La experiencia histórica reciente demostró que las burguesías nacionales asociadas a la burguesía internacional siempre usaron este mecanismo, la crisis económico-financiera, como instrumento para subordinar a sus intereses particulares a los gobiernos considerados de izquierda.[13] En un programa de transformación revolucionaria se trata entonces, en primer lugar, de construir mecanismos, instrumentos y formas de protección para los trabajadores y las franjas más humildes de la población, durante y después del auge de la crisis. En segundo lugar, el Estado no debe ser utilizado como instrumento de superación de la crisis del capital; por el contrario, debe usárselo con el objetivo de debilitar económica y políticamente a la burguesía y a todas las capas sociales aliadas a ella. Exactamente al contrario de lo que suele ocurrir en las crisis capitalistas, en las que las fracciones más fuertes y desarrolladas del capital salen reforzadas y las clases populares políticamente más débiles. Así, la crisis deberá ser utilizada conscientemente para reforzar el poder de las masas populares, haciendo avanzar a la lucha de clases y a la conciencia individual y social.

Este proceso nunca ocurrirá de manera tranquila, sin un gran enfrentamiento entre las clases sociales. La crisis agudizará aún más las contradicciones sociales y no estará exenta de sufrimiento para la mayoría de la población. Sin embargo, una crisis provocada contra un gobierno popular y democrático, si se la utiliza adecuadamente y se la profundiza en aquellos aspectos que interesen políticamente, será menos traumática y causará menos sufrimientos y dificultades a la población trabajadora, por lo menos en el mediano y largo plazo, que una crisis incontrolable derivada de las propias contradicciones del capital. Así, cada vez que la burguesía provoque una crisis, el Estado deberá profundizarla como crisis del capital, de modo de aprovecharla adecuadamente. Con esto, estará cuestionada una de las funciones primordiales del Estado capitalista, que es la gestión de la crisis con la intención de recuperar las condiciones de reproducción del capital en general.

b) La reforma antineoliberal: por los trabajadores

Una de las manifestaciones de la crisis capitalista es la desvalorización de la moneda, a través de un acelerado proceso inflacionario. La forma de proteger los salarios y otros ingresos de los trabajadores contra esa desvalorización es la creación de mecanismos automáticos de recomposición del poder de compara de los salarios y otros ingresos, el establecimiento de sistemas de control de precios y la adquisición y redistribución de alimentos a precios subsidiados. Al mismo tiempo, deben ser abolidos todos los mecanismos que reconstituyen el valor de los activos físicos y financieros de propiedad de los capitalistas. Es decir: a favor de la indexación del ingreso de los trabajadores y en contra de la indexación del ingreso del capital, en la medida más amplia posible.

La progresiva construcción de una nueva política salarial que apunte a reducir las enormes diferencias entre los salarios, tanto en las empresas públicas y privadas como en el Gobierno, será uno de los grandes desafíos a superar. Esto se debe a la importancia y extensión de la burocracia estatal y al peso significativo de las clases medias, cuyos intereses están más cercanos a la burguesía que al proletariado en la actual fase de predominio del capital especulativo parasitario. Estos intereses están asociados, pues una parte importante del patrimonio acumulado de las clases medias se compone de colocaciones en el mercado financiero. En este proceso, se debe esperar una oposición cada vez mayor de esta pequeña burguesía contra los trabajadores.

Una parte sustancial de bienes y servicios, en especial los llamados servicios públicos, como el transporte público, el agua potable, la energía, las comunicaciones, la salud y el saneamiento básico, podrá ser progresivamente "desmercantilizado" hasta el punto de ser totalmente gratuitos. A este conjunto de servicios, el Estado debería agregar el acceso a las actividades culturales, deportivas y recreativas. Asimismo, el Estado deberá poner mayor énfasis en la universalización de la educación pública y gratuita, con nuevas formas y nuevos contenidos que apunten a una amplia formación general, especialmente política e ideológica.

En los países en que se introdujeron las reformas neoliberales en los sistemas de protección social, la tarea principal en el corto plazo es la reconstrucción de un sistema solidario y universal de previsión y asistencia social, así como la supresión de los sistemas privados. Este proceso, realizado por el Estado, se enfrenta con un problema de financiamiento en el contexto de un capitalismo en crisis, principalmente en los países periféricos, obligados de forma extorsiva a remunerar al capital privado nacional e internacional. Suprimir esta remuneración, y especialmente la del capital especulativo, proporcionaría recursos suficientes para atender a las necesidades de ese financiamiento.

c) La reforma antineoliberal: contra el capital

Podemos esbozar los principales puntos bajo dos aspectos: las medidas internas y las que se refieren a las relaciones externas. Estas últimas pueden, a su vez, ser subdivididas en dos partes, las relaciones con las naciones imperialistas y las relaciones con las naciones periféricas. Los principales puntos del programa deberían ocuparse de la reforma de sistema financiero nacional, la reforma fiscal, la reforma agraria, la reforma habitacional y urbana y un programa industrial. Trataremos a continuación tan sólo los dos primeros puntos.

Las principales medidas internas:

Desde el comienzo debe organizarse un conjunto de medidas internas para proteger a la economía contra el capital especulativo. La apertura de las economías al libre movimiento del capital monetario internacional especulativo y parasitario es uno de los principales factores de vulnerabilidad y fragilidad de las economías subordinadas al sistema financiero internacional. En muchos países, el Brasil especialmente, las medidas implantadas lo fueron a través de decisiones del Banco Central y/o de los ministerios del área económica. Por eso, toda esa parte de las normas que rigen la apertura al capital especulativo puede ser revertida sin necesidad de aprobación del Congreso Nacional. Esto facilita mucho los casos en que el Gobierno no tenga una mayoría segura en el Congreso para la aprobación de medidas contra la apertura. Así, lo fundamental reside en el control efectivo de esas instituciones, que no deben ser entregadas a los representantes del sistema financiero nacional o internacional.

La reforma del sistema financiero deberá cambiar el papel del Banco Central, del sistema bancario privado, de las bolsas de valores, de las aseguradoras y de todas las instituciones que actúan en el sistema financiero. El Banco Central, con el programa neoliberal, se volvió una institución importantísima para la creación del capital ficticio, en la forma de deuda pública interna, de regulación de las reservas bancarias y de garantía a los capitales especulativos. En la gestión de la crisis desencadenada por el capital, el Banco Central deberá dejar que se produzca la progresiva desvalorización de la masa de capital ficticio sin emitir nuevos títulos de deuda. Todas las reservas bancarias disponibles deben ser transformadas en depósitos obligatorios de los bancos en el Banco Central, sin remuneración; así, el sistema bancario, en la medida en que sea mantenido durante el proceso de transformación hacia el socialismo, verá sus funciones progresivamente suprimidas. Los países que tengan bancos comerciales estatales podrán utilizarlos para acelerar la competencia interbancaria con la reducción de todas las tasas de intereses y servicios bancarios, suprimiendo gradualmente la rentabilidad de los bancos privados y su propia razón de ser. Los países que no tuvieran bancos comerciales estatales pueden crearlos con la misma finalidad. De esta manera, otro sector importante del capital ficticio, el que crea el sistema bancario, también tenderá a desaparecer.

Continuando con la reducción del espacio de existencia del capital ficticio, las bolsas de valores también deben ser gradualmente extinguidas. Al contrario de lo que sostienen la mayoría de los economistas y los manuales de economía, las bolsas de valores tienen un papel muy pequeño en el financiamiento del capital real, pues la mayor parte de sus negocios es la especulación sobre los títulos de propiedad, las acciones previamente existentes. Toda la especulación sobre los mercados futuros y derivativos debe ser suprimida. El alcance y el ritmo de esta supresión dependerán de la importancia de esas operaciones y de su papel durante el proceso de transición. Como consecuencia, las instituciones que realizan la intermediación entre los capitalistas -las bolsas y el sistema bancario- perderán también su razón de ser. Las aseguradoras también deben ser gradualmente socializadas, hasta perder su importancia con las nuevas relaciones sociales de producción.

Estas reformas en el sistema financiero deben ser dirigidas hacia la supresión del capital ficticio, especulativo y parasitario, en un primer momento. Inmediatamente, se debe suprimir igualmente el capital monetario y el financiamiento de la producción debe construirse sobre nuevas bases. Como el Estado, en su forma capitalista, deberá estar en este período en un proceso de disolución, pero todavía actuando con fuerza, podrá funcionar como el intermediario, captando el excedente y dirigiéndolo al financiamiento, de acuerdo con las metas establecidas para la planificación de la economía.

La reforma fiscal deberá ser elaborada con el objetivo de redistribución de la riqueza social, pesando fuertemente sobre la propiedad privada de la burguesía y sobre los ingresos de las capas más ricas de la población, así como sobre las ganancias de las empresas privadas. La tributación sobre el comercio y la producción sólo deberá incidir en aquellos productos cuyo consumo quiera reducir la sociedad. Esto permitirá la reducción de los precios y la elevación del nivel de vida de la población trabajadora. Como los servicios de la deuda serán suprimidos, la necesidad de recursos para ese tipo de destino deberá desaparecer. Esta reforma debe ser asociada también a la construcción de un sistema central de planificación de la economía.

Las relaciones con el exterior:

Las relaciones económicas con el exterior se refieren al movimiento de capitales, a las inversiones extranjeras directas en el país, al endeudamiento externo y al comercio internacional. Del mismo modo que la reforma neoliberal permitió el libre ingreso y salida de los capitales, ahora debe impedirse la salida de los mismos en las condiciones que desean los capitalistas. Para eso, las medidas que liberan el movimiento de capitales deberán ser suprimidas y sustituidas por formas de control, según las posibilidades o las necesidades de cada país. Para evitar ataques especulativos contra la moneda nacional, una medida extrema sería la centralización de todas las operaciones de cambio en el Banco Central y la implantación de un régimen de cambios con múltiples tasas, según las necesidades de uso de las reservas internacionales. De acuerdo con las condiciones de cada país, sería posible implantar una alternativa menos radical, con la centralización de parte del mercado de cambios y el mantenimiento de un mercado relativamente libre.

En esta nueva fase de dominación del capital especulativo parasitario, la inversión extranjera directa asumió una forma nueva. El ingreso de capitales, que anteriormente era convertido en acumulación del capital real, es utilizado para la adquisición, fusión e incorporación de capitales ya existentes. Por eso, el ingreso de inversión extranjera directa también debe ser controlada y seleccionada, según los nuevos intereses del país. El capital extranjero ya presente debe ver subordinados su producción y sus intereses a la construcción de la nueva sociedad, con su estatuto de extranjero claramente definido. Donde las leyes nacionales borraron la distinción entre capital nacional y extranjero, esa distinción debe ser restablecida, con la derogación de esas leyes.

El capital extranjero en forma de empréstitos, la deuda externa pública, debe ser repudiada. En primer lugar, porque en prácticamente todos los casos el endeudamiento externo ya fue ampliamente pagado con las remesas de intereses y amortizaciones. En segundo lugar, porque esos empréstitos nunca sirvieron para mejorar las condiciones de vida de las grandes masas populares; sirvieron para atender a las necesidades de la producción de plusvalía y del consumo de la minoría dominante. En tercer lugar, porque una parte importante de la deuda actual es el resultado de lo que Duménil llama "golpe de 1979", cuando los Estados Unidos aumentaron unilateral y absurdamente la tasa de interés. Esto, sin considerar que la mayoría de los Estados capitalistas de la periferia estatizaron las deudas que eran privadas, de las burguesías internas. Finalmente, porque no hay ninguna razón para que los países periféricos sigan contribuyendo a la remuneración y reproducción del capital ficticio especulativo y parasitario en los sistemas financieros de los países imperialistas del Norte.

Estas formas de ingreso de capital extranjero crearon compromisos y obligaciones de pago de intereses, ganancias y dividendos. El importe de estos pagos alcanza niveles elevadísimos, representando una enorme sangría en el resultado final de la producción de la riqueza nacional. Estos compromisos obligan a los países a someterse a los mercados financieros internacionales y a las condiciones desiguales de intercambio en el comercio internacional, en el intento de obtener saldos positivos en la cuenta corriente de la balanza de pagos, sin los cuales estos compromisos no pueden ser cubiertos. Por esta razón, el repudio de la deuda acaba inmediatamente con las remesas de intereses y amortizaciones. El control o la supresión de los ingresos de capital especulativo elimina las remesas de dividendos y ganancias del capital. En cuanto a la remesa de las ganancias de las empresas y instaladas, debe ser revisada con la definición de nuevas reglas. Debe revocarse la liberación de las remesas y la reducción de impuestos sobre las ganancias de las empresas extranjeras, que fueron efectuadas en muchos países con el neoliberalismo. Estos cambios en el tratamiento del capital extranjero provocarán reacciones contrarias, y probablemente rabiosas, de la burguesía internacionalizada y de sus aliados internos. Las respuestas a esas reacciones deberán ser cuidadosamente preparadas, en la medida de las condiciones que cada país presente en cada momento. El resultado final deberá ser la nacionalización de los capitales extranjeros provenientes de los países imperialistas.

Actualmente, el comercio internacional está dirigido a partir de los intereses de las naciones desarrolladas. La institución internacional que coordina esa dirección es la Organización Mundial de Comercio (OMC). Los países desarrollados mantienen barreras arancelarias y no arancelarias, subsidios a la producción agrícola e intentan imponer a los países periféricos la plena liberalización del comercio. Por ello, estos países no deben aceptar las reglas y normas impuestas a través de la OMC.

La primera cuestión es sobre la importancia y los beneficios que el comercio internacional proporciona a las clases más pobres de los países periféricos. En rigor, su importancia es relativamente pequeña y los beneficios muy reducidos, dadas las condiciones en que ese comercio se realiza actualmente. Los productos transados, el intercambio desigual, la exportación de recursos naturales y la importación de bienes industriales acaban castigando a las clases trabajadoras, pues ese comercio está orientado a las necesidades de la reproducción ampliada del capital y no a las necesidades humanas.

La mayor parte de los países periféricos exporta productos primarios, es decir, sus recursos naturales, e importa bienes industrializados, ya sean productos terminados o materias primas. La mayor parte de los bienes de consumo importados, con la excepción de bienes de consumo de primera necesidad, atiende a la demanda de las capas más ricas de la población. Los consumos importados también son destinados fundamentalmente a la producción de bienes de consumo para esas capas. Por otro lado, desde el punto de vista de las exportaciones, estos países terminan construyendo estructuras productivas deformadas, para atender a la demanda de los países ricos.

En el contexto actual de la globalización neoliberal, la dependencia, la vulnerabilidad y el atraso de los países periféricos nos obligan a un gigantesco esfuerzo de exportación para mantener el flujo de pagos internacionales de intereses, ganancias y dividendos. La supresión de este flujo va a liberar a los países de esa enorme carga, dejando disponible una gran masa de recursos para ser utilizados en beneficio de las masas nacionales.

La formación de bloques económicos y áreas de libre comercio entre los países del Sur y del Norte, en las actuales condiciones de un capitalismo periférico, vulnerable y dependiente, no presenta ningún interés en el sentido de facilitar una transformación socialista de estas sociedades. El principal beneficiario de esa reorganización del mercado mundial es el gran capital industrial internacionalizado, que va a proceder a una nueva división de los mercados nacionales, a ampliar su mercado consumidor y a lograr mejores condiciones de explotación de la fuerza de trabajo.

Es por esta razón que los países de la periferia, en la fase de transformación revolucionaria de sus sociedades, deben buscar otras formas de organizar el intercambio de bienes entre sí. Este intercambio no debe tener como objetivo la ganancia capitalista, sino atender a las necesidades básicas de las poblaciones de los diferentes países, con un sentido de solidaridad. Los países con mejores condiciones de producción de esos bienes deben ofrecerlos a los países que no tengan esas condiciones, a cambio de otros bienes o servicios que estos puedan ofrecer y, siempre que sea posible, los países más avanzados deben subsidiar a los menos desarrollados. Estas parecen ser algunas líneas esbozadas en las propuestas adelantadas por la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA).

Consideraciones finales

Consideramos que las propuestas presentadas aquí no constituyen necesariamente líneas obligatorias para todos los países y, además, no consideramos que las articulaciones entre las reformas de corto plazo y la de largo plazo sean iguales en todos los países. Como ya hemos afirmado, cualquier proceso de transformación revolucionaria del capitalismo dependerá de las condiciones específicas del desarrollo histórico de las diferentes sociedades. Cada una de ellas encontrar su propio camino en la organización de las reformas de corto plazo y las transformaciones de largo plazo. Los puntos que presentamos como principales también lo serán según el grado de desarrollo de cada país, su inserción en el sistema mundial y su propia historia. Estos factores pueden, incluso, exigir soluciones diferentes.

Lo que debe ser considerado fundamental es que la revolución sea efectivamente popular y democrática, con amplia participación de las masas en todos los niveles de decisión. Porque la construcción consciente de una nueva sociedad exigirá la organización de un sistema de planificación central, participativo y democrático, sin la formación de una burocracia estatal. Por eso es necesario un amplio estudio y una profunda evaluación de los sistemas de planificación que fueron construidos en las experiencias de los países que intentaron construir el socialismo y retrogradaron al capitalismo.

En definitiva, el socialismo sólo será una realidad en el futuro cuando la mayoría de las naciones del mundo hayan realizado sus revoluciones y las nuevas relaciones sociales se hayan diseminado ampliamente por todo el planeta. Pero este no será el resultado espontáneo del desarrollo capitalista. La construcción del socialismo exige un enfrentamiento contra las poderosas fuerzas de capital que, aunque debilitadas, mantienen la hegemonía en todo el mundo.


* Traducción del portugués: Andrés Méndez.

[1] Katz, Claudio. "Ernest Mandel e a teoria das ondas longas", en Revista da Sociedade Brasileira de Economia Política, Nº 7. Rio de Janeiro: 7 Letras, 2000. págs. 94-95.

[2] Debe considerarse que no se trata de un texto con este propósito.

[3] Tal vez por no contarse entre los objetivos del texto.

[4] Cf. Chesnais, F. A Mundialização do capital, San Pablo, Xamã, 1996. Chesnais, F. A Mundialização Financeira, San Pablo, Xamã, 1998. Chesnais, F. A Finança Mundializada, San Pablo, Boitempo, 2005. Chesnais, Duménil, Lévy y Wallerstein. Uma nova fase do capitalismo?, San Pablo, Xamã, 2003.

[5] Para mayores detalhes, cf. Carcanholo, R. A. y Nakatani, Paulo. "O capital especulativo parasitário: uma precisão teórica sobre o capital financeiro, característico da globalização", en Ensaios FEE, v. 20, nº 1, págs. 264-304. Porto Alegre, junho de 1999.

[6] Por ejemplo, en: Duménil, G. e Lévy, D. "O neoliberalismo sob a hegemonia norte-americana", en Chesnais, F. A Finança Mundializada, San Pablo, Boitempo, 2005.

[7] Aquí no utilizamos el concepto de plusvalía para un mayor rigor científico. La masa de ganancia capitalista está compuesta, no sólo por ella, sino también por el excedente-valor producido por trabajadores no asalariados (campesinos y productores urbanos autónomos) y apropriado a través del capital comercial o de los intereses.

[8] Se hará referencia más adelante al posterior crecimiento del indicador desde el início de la década de 1980.

[9] Cf. Chesnais, F. Opus citados.

[10] Cf. Carcanholo, R. A. "Sobre a ilusória origem da mais-valia", en Crítica Marxista, San Pablo, Boitempo, 2003.

[11] Véase Duménil, G y Lévy, D. op. cit.Véase también la posición de Wallerstein: Wallerstein, I. "Mundialização o era de transição? Uma visão de longo prazo da trajetória do sistema-mundo", en: Chesnais, Duménil, Lévy e Wallerstein. Uma nova fase do capitalismo?. San Pablo, Xamã, 2003. Por otro lado, Katz tem una posición algo diferente de la nuestra cuando afirma que "una etapa de capitalismo regulado con conquistas sociales es poco factíble actualmente en América Latina": Katz, Claudio. Programas alterglobales, en: http://www.netforsys.com/claudiokatz/).

[12] En el caso brasileño, el gobierno de Lula está muy lejos de todo esto. Se trata de un gobierno que desarrolla un programa adecuado a los intereses del capital especulativo. Además, el movimiento popular no sólo no muestra la fuerza adecuada ni en un momento de claro avance, sino que fue deliberadamente dividido y debilitado por sectores vinculados a este gobierno.

[13] Un caso paradigmático, aunque no reciente, es el caso chileno, durante el gobierno de Salvador Allende.