«"Arbeit macht frei". El trabajo y su organización en el fascismo (Alemania e Italia)» de Alejandro Andreassi Cieri

Madrid, El Viejo Topo/Fundación de Investigaciones Marxistas, 2004, 502 páginas

El historiador argentino Alejandro Andreassi, actualmente profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona, inicia el título de su libro con la frase "El trabajo os hará libres", lema escrito en el dintel de la entrada al campo de concentración de Auschwitz. De eso se trata; de interpretar el fascismo a partir de la forma en que sus dos variantes más destacadas, la italiana y la alemana, organizaron el trabajo para llevar la utopía fascista hasta sus últimas consecuencias.

Comienza analizando su relación con corrientes como el fordismo o el taylorismo, que reorganizaron los sistemas de producción capitalista. Estas corrientes eran anteriores a (e iban mucho más allá de) la organización laboral fascista, aunque se adecuaban a los presupuestos biologistas explícitos en la misma, que eran compartidos además por las clases dominantes y sus intelectuales "orgánicos".

El autor nos ofrece mucho más de lo que el título indica. Dedica prácticamente la mitad del libro a investigar la época inmediatamente anterior a la irrupción y triunfo del fascismo. Las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, y especialmente los años de la Primera Guerra Mundial son el marco cronológico en el que se desarrollan las experiencias y teorías que van a provocar un cambio fundamental en las estructuras productivas a partir, sobre todo, de la década de 1920. Los dos primeros capítulos indagan en esa época, rastreando los antecedentes de lo que será la específica organización del trabajo bajo el fascismo. En ellos se muestra cómo a fines del siglo XIX la burguesía alemana recurrió a la ciencia con un doble propósito: por una parte, llevar a cabo la segunda revolución industrial y, por la otra, justificar y legitimar el orden social existente intentando frenar la ascendente movilización obrera, que se reflejaba en ese entonces en el crecientemente influyente movimiento socialdemócrata alemán.

Describe cómo al mismo tiempo se introducían en Europa (y muy especialmente en Alemania) la teoría que desarrollaba en los Estados Unidos F. W. Taylor, y los nuevos métodos fordistas de producción. Empresarios y académicos compartían su interés por estas cuestiones, dando lugar a la aparición de una nueva teoría como la Arbeitswissenschaft -Ciencia del Trabajo-, en la que se integraban los principios biologistas y la ergonomía propia de los argumentos tayloristas para alumbrar una nueva Organización Científica del Trabajo (OCT). Al mismo tiempo comenzó la elaboración teórica de una Arbeitsgemeinschaft -Comunidad de Trabajo-, que integraría a empresarios y trabajadores de una forma jerárquica -pero armónica-, lo que se justificaba con criterios biologistas, que pretendían demostrar la superioridad genética de unos (y por eso empresarios) sobre los otros (y por eso trabajadores). Intentaban así aprovechar el prestigio de la ciencia para justificar el mantenimiento de las relaciones sociales existentes no sólo con argumentos jurídicos o ideológicos, sino especialmente mediante principios "científicos", haciendo del orden social vigente algo natural e irrefutable.

Durante la república de Weimar ese nuevo paradigma cientificista se hizo hegemónico. La sociedad fue analizada en términos biológicos, y se diagnosticó que la alemana era una "sociedad enferma", que necesitaba un enérgico tratamiento quirúrgico (como el aplicado por Mussolini en Italia). Se adoptó el vocabulario médico: enfermedad, infección, contagio, degeneración, tumor, amputación, etc. Los problemas sociales fueron interpretados como trastornos de un organismo vivo, que podían ser tratados con los recursos de la ciencia; biológicos, médicos, higienistas, antropológicos... Todos estos elementos darían forma más tarde al contexto teórico del genocidio. En esos años se imponen los principios de la OCT y la "racionalización" de la economía alemana. La OCT deteriora las condiciones de trabajo, haciendo éste más alienante, incrementando sus ritmos, aislando a los trabajadores y destruyendo los vínculos de solidaridad de clase. Justamente esos resultados, además las ganancias que proporcionaban, el entusiasmo empresarial con la OCT.

Para el autor no puede explicarse el ascenso del fascismo y su triunfo sin atender a la complicidad que se estableció entre las organizaciones fascistas y sectores poderosos del gran capital y del Ejército. Explora y demuestra esa complicidad mediante una muy matizada lectura del antiguo debate sobre las relaciones entre fascismo y capitalismo, alejada del economicismo y enriquecida con los aportes hechos en los últimos tiempos desde campos no siempre bien atendidos por los historiadores, como la filosofía política o la sociología, sin olvidar el uso de literatura relacionada con la historia de la medicina o con los avances de la genética, imprescindibles para caracterizar las propuestas biologistas que fundamentaban la ingeniería social del fascismo.

Estudia cómo el trabajo se convirtió, tanto en Alemania como en Italia, en un factor decisivo a la hora de establecer la inclusión (o la exclusión) de los individuos en la "comunidad nacional". De qué manera el trabajo servía al mismo tiempo como fórmula para aumentar la cohesión social y como castigo para quienes mostraban actitudes que ponían en peligro dicha cohesión (y que eran condenados a campos de trabajo forzoso, como el creado en Dachau ya en 1933). El trabajo era, así, tanto elemento de integración en la Volksgemeinschaft como forma de castigo de las conductas consideradas "asociales". En el marco de las dictaduras fascista y nazi, se pudieron implantar los principios de la OCT prácticamente sin resistencia (dada la liquidación previa que se había hecho de las organizaciones políticas y sindicales de izquierda), lo que permitió incrementar la productividad con escaso o nulo crecimiento del costo laboral y por lo tanto, aumentar espectacularmente las ganancias empresariales.

Es entonces cuando la colaboración entre el estado nazi y las grandes empresas alcanza su punto culminante, y también su mayor abyección: el uso de la mano de obra esclava que proveían las SS y que se obtenía en los guetos y en los campos de trabajo y/o exterminio, y que estaba constituida mayoritariamente (aunque no exclusivamente) por trabajadores judíos. El genocidio formó parte de un plan fundado en delirantes teorías raciales, pero tuvo además un contenido económico aún más estremecedor.

Lo que aquí se ha comentado no agota ni de lejos el gran número de sugerencias y reflexiones de este libro, imprescindible para conocer en profundidad la naturaleza del fascismo.

Francisco T. Sobrino

Consejo de Redacción de Herramienta