«Extinçao» de Paulo Arantes

San Pablo, Boitempo, 2007, 317 páginas.

La variedad y relevancia de los temas, y la inusual originalidad y audacia con que los desarrolla, son cualidades que nos inducen ya desde un comienzo a celebrar la publicación de este libro de Paulo Arantes: la intrincada configuración del nuevo orden mundial y las modalidades de oposición y resistencia a él, la fatal configuración de las nuevas guerras imperialistas, la función del intelectual crítico en el contexto actual, la evolución económica y política de Brasil en los últimos años -y, en particular, la "crisis" del PT y del gobierno de Lula-, la ola de ataques que recorrió la ciudad de San Pablo en mayo de 2006... Imposible hacer justicia, en una breve reseña, al tratamiento de semejante espectro de cuestiones; cabe, en todo caso, llamar la atención ante todo sobre las reflexiones que realiza Arantes en torno a lo que -en sus propias palabras- parece ser una contradicción en los términos, o una aberración filosófica: la instauración del modelo de una guerra cosmopolita.

La persuasiva tesis de Arantes es que, en la postmodernidad, ha surgido un nuevo modelo bélico, acorde con una situación mundial que se presenta como un estado de sitio generalizado; la Guerra del Golfo fue ya el primer gran experimento del estado de sitio como gobierno del mundo. Ante el actual estado de cosas, parece ya inesencial la distinción entre los regulares tiempos de paz y la excepcionalidad de la guerra: si -como afirmó Benjamin en plena expansión del fascismo- el actual estado de excepción es la regla, puede resultar entonces válido el irónico comentario de Gore Vidal según el cual la administración Bush, en la ofensiva contra Afganistán, habría buscado "la paz perpetua por medio de la guerra perpetua". En estas condiciones, se tornan explicables las innovaciones del flamante modelo de guerra high tech: en la medida en que ya no se trata de desatar una guerra civil, sino una guerra contra los civiles, el arsenal bélico empleado a partir de la campaña de Iraq se orienta en el sentido de destruir la infraestructura de los países invadidos, con lo cual los habitantes de estos últimos tienen que verse privados de sus medios básicos de subsistencia y producción durante décadas. Ya de por sí el imperativo bomb now, die later justifica la afirmación de Arantes según la cual la guerra cosmopolita no "es solo violenta como todas las guerras: es una guerra intencionalmente cruel. Por ello, será siempre una guerra asimétrica, para emplear en otra acepción el eufemismo del momento. Es decir que la estrategia de la guerra cosmopolita se basa en la busca de la máxima asimetría en el sufrimiento" (págs. 61-62).

De la mano de estos cambios en la conducción de la guerra va el proceso de profesionalización de las fuerzas armadas, enderezado a profundizar el divorcio entre los ciudadanos y la participación militar. Vinculada con tal exclusión se halla la creación de una sociedad de espectadores deportivos de los enfrentamientos bélicos, que -ya desde la Guerra de Malvinas- asisten a la representación del sufrimiento infligido a un "otro" contrapuesto e invisible. El énfasis puesto sobre la consolidación de esta "sociedad de espectadores" (que recuerda al Guy Debord de La sociedad del espectáculo) se conecta con otra de las tesis del libro: la que sostiene que, actualmente, el "sistema de explotación y control se caracteriza por la autonomización recurrente de los procesos sociales, que pasan a funcionar como segunda naturaleza" (p. 28). La formulación evoca al Lukács de Historia y conciencia de clase; este había afirmado que, en virtud de la plena mercantilización de las relaciones sociales, el capitalismo asume la apariencia de un sistema de leyes abstractas e impersonales, ante el cual los hombres quedan relegados a una posición contemplativa, como observadores de acaeceres que no le es dado alterar; Arantes, apoyándose en Negt y Kluge, señala que "ante las grandes catástrofes que se abaten sobre nosotros, nos tornamos, por así decirlo, intrínsecamente apolíticos, es decir, personas sin respuesta" (p. 28); ante el terror termonuclear, "solo podíamos situarnos ante la guerra como [...] aquel que se ve indefenso ante una calamidad natural" (ibíd.).

Ante un trasfondo similar al descrito se recortan las consideraciones en torno a las condiciones brasileñas contemporáneas; no sin ironía alude Arantes a la ingenuidad que supone interrogarse por el liderazgo de Lula en condiciones en que los procesos económicos han escapado a todo control racional: "Incluso aquellos que gobiernan a favor del capital, y alardean tal pretensión con vistas a mantener el control del Estado, en verdad fingen comandar un proceso sobre el cual no tienen nignún poder, salvo el de la depredación" (p. 253). A pesar de las ostentosas tentativas para diferenciar al líder del PT de otros exponentes menos encubiertos del neoliberalismo, la presidencia de Lula representa una continuidad respecto de la glamourización del poder corrupto -tan comparable con los "años dorados" del menemismo- promovida en tiempos de Collor. Esencialmente despolitizado, el voto a Lula se encuentra, para Arantes, "basado en el logro de una identificación impuesta por el marketing con un caso único de ascenso social" (p. 258).

En el orden nacional y en el mundial, Arantes advierte un retorno a la prehistoria de los sistemas de dominación capitalistas; como en la teoría frankfurtiana temprana acerca del capitalismo monopólico en cuanto sistema de racketeers, o como en la lectura del mundo burgués tardío en cuanto sociedad de gangsters -desarrollada por Brecht en el Arturo Ui-, asistimos a circunstancias políticas en que no es fácil distinguir entre los conductores de la guerra, los del gobierno y los del crimen organizado. Es en este contexto que Paulo Arantes, un "frankfurtiano de izquierda" -tal como se complace en autodefinirse-, o un "marxista ilegal" -según lo designa Michael Löwy-, trata de delinear un lugar para una crítica social y cultural que procure rescatar al presente del conformismo que está a punto de subyugarlo.