«Karl Marx, Discorso sullibero scambio», compilado por A Burgio y L. Cavallaro

Roma, DeriveApprodi, 2002, 139 áginas.

La reedición del breve Discurso sobre el libre cambio se presenta junto al resultado de un debate que se desarrolló al año pasado en algunos diarios y revistas italianos a partir del artículo  de Luigi Cavallaro, aparecido en "Il Manifesto" con el provocativo título "Che cosa vuole el popolo di Seatle?". En su artículo Cavallaro planteaba una oposición entre el análisis de Marx y las propuestas del actual movimiento no global. Naturalmente, la acusación de alejamiento del pensamiento marxista suscitó la reacción de algunos representantes y exponentes del movimiento de la que nació un interesantísimo debate, el que se presenta en el librito en cuestión.

            Debe destacarse, para empezar, que el debate se ha desarrollado en dos niveles, estrechamente ligados: el análisis del Discurso de Marx y las propuestas y expectativas que está abriendo y generando el movimiento no global. Vale recordar que el Discurso de Marx es casi contemporáneo del Manifiesto Comunista, ya que aparece en enero de 1848, y que en él Marx toma posición a favor del libre cambio. Marx analiza las dos posiciones que se delineaban en el Parlamento inglés entre los que querían abolir las tasas aduaneras sobre las importaciones de cereales del exterior y los que querían mantenerlas. Los abolicionistas sostenían que la eliminación de las tasas harían disminuir el precio del pan y en consecuencia el precio del trabajo. Muchos exponentes del movimiento obrero de entonces se declaraban en contra, no queriendo que disminuyera el salario de los obreros.

            Marx reconoce que el libre cambio aumenta la fuerza productiva del capitalismo, al incrementar su capacidad productiva. "Si el capital permanece fijo", continúa Marx, "la industria no se detendrá, declinará, y el obrero será el primero en pagar el costo de tal situación. Morirá antes que el capitalista" (p. 35). Para Marx el libre cambio representa el estado de libertad de movimiento del capital y, por tanto, es una condición casi natural y necesaria a la cual tiende el capital, aunque los cálculos políticos induzcan a los gobiernos a levantar barreras aduaneras. Era evidente la experiencia de los sistemas proteccionistas que, nacidos para garantizar el desarrollo de sistemas económicos débiles, terminaban por cristalizarlos en una debilidad sin fin. En cambio el libre comercio puede permitir al capital desarrollar todos sus instrumentos de aprovechamiento, haciendo evidente para el obrero su esencia destructiva. Además, el libre cambio no acercaría a las naciones capitalistas, sino que aumentaría los contrastes económicos entre ellas, acelerando el proceso inevitable de caída del capitalismo. Marx concluye: "El sistema de la libertad comercial promueve la revolución social. Es sólo en este sentido revolucionario que yo voto a favor del libre cambio" (p. 43).

            Cavallaro y Burgio, los dos editores del volumen, retoman la posición de Marx y sostienen que "a la superación del capitalismo se puede llegar solamente a través del pleno despliegue de sus efectos, a la vez positivos y negativos" (p. 9). En el artículo que dio comienzo al debate, Cavallaro agrega una observación que queda implícita en el Discurso de Marx: el socialismo está sustancialmente lejano, cuando Marx escribe el Discurso -y lamentablemente parece lejano también hoy, aunque siempre vale la pena tender a eso- y el libre comercio termina por ser un instrumento para permitir a los países pobres disminuir la brecha tecnológica, económica y social con los países ricos (cfr. pp. 50-51) y de dar paso a un desarrollo "antagónico" de la propia economía y de la propia sociedad. Y aquí se toca el punctum dollens de la cuestión: el movimiento no global, o al menos algunos de sus sectores no precisamente marginales, como por ejemplo aquellos que representa José Bovè, están en contra del libre comercio. En este caso se encuentran paradojalmente de acuerdo con algunos aspectos de la política agrícola de los países de la Unión Europea, como señalan Perugini y Musotti (cfr. p. 107). Esta política agrícola no es siempre coherentemente proteccionista, y entonces Bovè desencadena sus espectaculares protestas. De esta posición del movimiento no global, sustancialmente no marxista según Cavallaro, surgen una serie de contradicciones que debilitan la propuesta económica del propio movimiento (cfr. el prefacio de Cavallaro y Burgio, pp.19-20).

Burgio y Cavallaro recuerdan que la política proteccionista o liberal en materia de comercio no es más que un epifenómeno de otra cuestión más profunda: el rol del Estado en economía. Y también desde este punto de vista el movimiento no global se muestra paradojalmente de acuerdo con algunas afirmaciones de principio del actual neoliberalismo, que desean para el Estado un rol cada vez más reducido. En realidad estas afirmaciones siguen siendo creíbles solamente para distraídos analistas de la actual globalización, como Negri y Hardt, cuando el rol del Estado en economía se refuerza notablemente justo en los puntos más neurálgicos del sistema: la legislación en materia económica y la gestión de la moneda. Los Estados hoy se defienden del libre comercio suscribiendo entre ellos pactos proteccionistas y permitiendo el libre comercio solamente entre determinadas  áreas del planeta, como demuestra la política agrícola de la UE o del NAFTA, mientras imponen a otros países en vía de desarrollo la apertura de sus mercados, ante la proximidad de la ronda de Uruguay. Así países del MERCOSUR (Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay), por ejemplo, insisten desde hace tiempo ante la Organización Mundial de Comercio para que la UE abra las fronteras a sus productos agrícolas para darles una bocanada de oxígeno a sus economías en crisis. La UE responde que no, para después mandar ayuda económica a los mismos países. La limosna es más conveniente que la apertura de mercados, porque una se controla y de la otra no se pueden prever las consecuencias. Solamente un ingenuo no ve en la Banca Europea el germen del futuro Estado central europeo.

Estas afirmaciones mías conducen a la cuestión de fondo que Cavallaro y Burgio plantean en su prefacio: deberíamos preguntarnos "si las dramáticas emergencias con las que nos encontramos que tiene que ver no son una consecuencia de la misma incomprensión de la estructura contradictoria de la modernización que Marx reprochaba a sus ‘antagonistas’ contemporáneos" (p. 17). Y entre estos mecanismos de la modernización está también el rol económico, y no sólo político, de ese "comité de asuntos de la burguesía" que es el Estado capitalista. Las críticas de Burgio y Cavallaro son lo bastante agudas como para poner en discusión algunos fundamentos del credo anti-globalización.

En el debate han participado tanto exponentes del movimiento no global como intelectuales de inspiración marxista, a muchos de los cuales  los que no podré referirme por economía de espacio. El economista Massimo De Angelis, de la Universidad de East London, ha defendido algunas prerrogativas del movimiento, como por ejemplo la defensa de formas de producción alternativas que sufren la amenaza de aniquilación por parte de la globalización (cfr. pp. 61-62). Y luego recuerda que el movimiento no global "plantea la cuestión de los commons" y "la de la comunidad, por decirlo como el Marx de los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, del ser comunitario, para el cual el otro se torna necesidad. Commons y comunidad: ¿no será que, en su complejo, sin saberlo y sin siquiera reivindicarlo con meta-discursos, este movimiento está planteando la cuestión del comunismo para el siglo XXI?" (p. 63).

La cuestión planteada por De Angelis no es de las que pueden pasarse por alto. En Brasil el Movimiento de Trabajadores Sem Terra o el Movimiento Zapatista en México hace ya un decenio que están llevando adelante una práctica y una ética políticas y revolucionarias que, a partir de la comunidad, cuestionan los valores y las prácticas del capitalismo vigente y representan, sobre todo el MST, el mayor movimiento mundial -en número de participantes- de oposición a la globalización. Aunque debe señalarse que su ejemplo es muy poco seguido en el Primer Mundo y en algunos aspectos también dentro del propio movimiento no global.

Sobre este punto tiene razón Giorgio Lunghini, economista de la Universidad de Pavia: "los manifestantes simplemente se rebelan contra esta globalización y se oponen a su gobierno no democrático y a sus efectos" (p. 95). Lunghini auspicia una política de oposición que tenga también en cuenta el rol del Estado, sobre todo en el plano legislativo, con medidas jurídicas a favor de los pobres. En esto podría verse una referencia a la Tasa Tobin. Sobre este punto del debate ha surgido una crítica de Emiliano Brancaccio, economista de la Universidad de Nápoles: el movimiento no global se interesa en el reparto de una parte de la ganancia una vez que se la ha obtenido, pero no cuestiona la creación de ganancias en el momento de la explotación de los trabajadores (cfr. pp. 131-133).

Me pareció particularmente interesante la intervención de Alberto Sciortino, responsable de una ONG, y que por lo tanto entiende de intervenciones "sobre el terreno". Sciortino se ha entretenido desmitificando algunos lugares comunes, sembrando polémicas a diestra y siniestra. Señala cómo Marx se equivocó en sus previsiones sobre el desarrollo económico del Tercer Mundo (cfr. pp. 112-113). Yo recuerdo que el argentino José Aricó ya señaló el aspecto sustancialmente eurocéntrico de Marx. Luego Sciortino cuestiona el dogma del proteccionismo para permitir el desarrollo económico de una economía nacional (cfr. p. 114): una vez alcanzado un grado de desarrollo económico sufieicente, interviene el otro dogma de la exportación necesaria para acelerar el propio desarrollo (cfr. pp. 117-120). Sciortino confronta estos dogmas de la moderna ciencia económica precisamente a partir de su experiencia "en el terreno". Finalmente, llega al fondo de su crítica: "Personalmente, por otro aparte, pienso que la economía nacional ha sido siempre un enfoque analítico tendiente a esconder las diferencias sociales [...] de la producción y del capital especulativo" (pp. 117-118). Por fin alguien que denuncia claramente la obra de ocultamiento que cumplen algunos economistas desde las cátedras y los medios de comunicación a favor de la obra de explotación, no sólo económica sino también cultural, del capital.

En conclusión, la imagen que deja el debate es la de una división entre quienes, militando en la izquierda y reconociendo al movimiento no global un valor de protesta y de movilización, sin embargo no ven que cuestione los fundamentos de la globalización y, por tanto, no creen que el movimiento sea capaz de conformar una alternativa radical al sistema capitalista. La confrontación de las propuestas con el Discurso de Marx es emblemático en cuanto a captar la debilidad teórica de tal propuesta. Por otra parte, están los sostenedores del movimiento no global, que sienten que las críticas de sus interlocutores son sólo un estímulo para una mayor claridad de sus tesis, pero advierten también el peligro de una rigidización de forma política o, peor aún, partidaria, que ha sido siempre su principal enemigo. Precisamente para evitar estas formas políticas, el movimiento no global se ha querido constituir como movimiento y no ha querido nunca -al menos hasta ahora- entrar en las instituciones o en los órganos de representación, haciendo de esta forma de rechazo uno de los motivos de reclamo en su contra de cientos de miles de jóvenes y de opositores.

En su intervención, Giovanni Mazzatti, economista de la Universidad de Calabria, ha sabido unir el debate sobre el movimiento a las intenciones subyacentes en el análisis de Marx de 1848. El objetivo polémico de Marx eran el socialismo utópico y algunas de sus corrientes que abrevaban en el anarquismo, como Proudhon. Mazzetti resume toda la polémica a partir del interrogante de Cavallaro (¿qué quiere el pueblo de Seattle?) con estas palabras: En suma, Cavallaro busca sólo interlocutores maduros, que si son anarquistas, llegan también a saber que lo son. Pero si no son anarquistas, comienzan a interactuar con los problemas de sus probables "padres y madres", preguntándose de quienes provienen y por qué son tan reacios a reconocer su ascendencia" (p. 98).


Traducción: Susana Todaro