«Temps modernes, horaires antiques. La durée du travail au tournant d’un millenaire», de Pietro Basso

Bihr, Alain

Lausana, Editions Page deux, 324 páginas.

Este trabajo de Pietro Basso, profesor de sociología en la Universidad de Venecia, hace el contrapunto a una de las ideas más difundidas y compartidas tanto por el gran público como por los medios académicos.

La tesis esencial de la obra es que los incrementos en la productividad del trabajo de los que se vanagloria el capitalismo desde hace más de un siglo están lejos de ser acompañados por una continua e irreversible reducción de la duración (diaria, semanal, anual) del trabajo en la industria, sector clave de la economía capitalista. Que a lo largo de todo el siglo veinte la duración del trabajo tendió gradualmente a estancarse o, en el mejor de los casos, a disminuir débilmente. E incluso que, al fin de ese período, está volviendo a aumentar. Pietro Basso esgrime datos estadísticos tomados de las mejores fuentes.

Claro que esta tendencia general varió, según los períodos y los Estados. De modo general, entre 1880 y 1920 en el conjunto de los Estados capitalistas desarrollados (los de Europa Occidental y América del Norte), el tiempo de trabajo diario se redujo. Gracias a las luchas obreras, en casi todos ellos la jornada laboral de ocho horas fue una conquista desde finales de los años 1910, de modo tal que la Organización Internacional del Trabajo la convirtió en norma desde 1919. Pietro Basso destaca que esta reducción de la duración diaria del trabajo fue conquistada a pesar de que los incrementos en la intensidad y productividad en ese momento seguían siendo débiles. Por el contrario, durante el período siguiente que va desde comienzos de los años 1920 a finales de los 1970, identificado en general con el del fordismo progresivamente triunfante y caracterizado por una dinámica excepcional en lo que hace a la intensificación del trabajo y aumento de la productividad a golpes de taylorismo (la llamada "organización científica del trabajo"), de mecanización y de automatización del proceso de trabajo, la duración de la jornada laboral prácticamente no se movió en torno a las ocho horas. La única reducción obtenida por las luchas obreras fue en la duración semanal del trabajo, con el pasaje progresivo a la semana de cinco días, en lugar de los seis anteriores. Y luego del inicio de la actual crisis estructural del capitalismo, a mediados de los años 1970, las cosas no mejoraron, como bien sabemos. Según Pietro Basso, bajo el efecto conjugado de la difusión del taylorismo (la producción de flujo tendido), de la flexibilización de los horarios de trabajo (semanal o anualmente) y de la desreglamentación del mercado de trabajo impulsada por las políticas neoliberales, todas dirigidas a enfrentar la crisis del fordismo, en el sector industrial en los principales Estados capitalistas desarrollados la duración semanal del trabajo no solo no disminuyó sino que, por el contrario, tendió a aumentar, tendencia confirmada por el cuestionamiento a los tímidos progresos en el sentido de reducción del tiempo de trabajo semanal (el pasaje a las 35 horas en Alemania y Francia, sobre todo) en el periodo más reciente. Sin embargo, esto resulta disimulado por el desarrollo del trabajo de tiempo parcial, un aspecto particular de de la flexibilización de la mano de obra que los datos estadísticos disponibles indudablemente subestiman debido al desarrollo la tercerización y de la economía informal (sobre todo el trabajo en negro).

Así, el capitalismo busca actualmente combinar el aumento rampante de la duración del trabajo con un claro aumento de su intensidad y de incrementos en la productividad, constantes aunque inferiores a los obtenidos durante el fordismo triunfante. Es una combinación óptima desde su punto de vista, debido la deslocalización de los procesos de producción (o de partes del proceso del mismo) hacia formaciones sociales periféricas o semiperiféricas (bajo la forma de filiales o tercerizaciones). En estos casos, en efecto, aprovechando una relación de fuerzas favorable (debido a la débil combatividad de los trabajadores locales, a la ausencia de organización sindical y/o a regímenes autoritarios sino dictatoriales) el capital llega generalmente a imponer simultáneamente una duración (diaria, semanal, anual) del trabajo digna del siglo diecinueve y una productividad característica de los inicios del siglo veintiuno. Al mismo tiempo, poniendo en una creciente competencia a los trabajadores del centro con los de la periferia, impone subrepticiamente a los primeros las condiciones de duración del trabajo que ya conocían los segundos. Pietro Basso destaca que éstas son algunas de las más significativas razones de las operaciones deslocalización y de la nueva división transnacional del trabajo industrial que de ello resulta, aunque este aspecto generalmente sea omitido o silenciado por los especialistas del tema que concluyen, de manera optimista, en la inexorable reducción del tiempo de trabajo bajo el capitalismo.

Alrededor de su tesis central, Pietro Basso articula muchas otras consideraciones dignas de interés. En particular destaca que esta rigidez en la baja de la duración del trabajo, al mismo tiempo que su intensidad y productividad aumentan y, con ellas también la carga (física, nerviosa, mental) del trabajo, explica en parte que el carácter penoso del trabajo a lo largo de las últimas décadas no dejó de aumentar en la industria de los Estados capitalistas desarrollados. Y que la creciente flexibilización de los horarios hizo que esta duración sostenida o incluso aumentada del trabajo parasite y fagocite cada vez más el tiempo fuera del trabajo, con lo que la duración del trabajo adquiere un peso específico cada vez mayor en el conjunto del empleo del tiempo y de la existencia de los trabajadores. Muy lejos de aquella "sociedad posindustrial" o de aquella "sociedad de los placeres" que nos anunciaron los epígonos del capitalismo.

Resta explicar teóricamente esta constatación y sacar todas las consecuencias. Lo que también hace Pietro Basso, al menos parcialmente, remitiéndose al análisis marxista tradicional. Marx distinguió dos modos fundamentales de explotación del trabajo asalariado (extorsión del plus-trabajo, extracción de plusvalía). Uno apunta a la formación de lo que él denominó la plusvalía absoluta: obtener de los trabajadores una cantidad de trabajo suplementaria a la que se necesita para la reproducción de su fuerza de trabajo y se le paga bajo la forma de salario, lo que ocurre aumentando la duración (diaria, semanal, anual) del trabajo y su intensidad. El otro modo apunta a la formación de la plusvalía relativa: se trata de reducir la cantidad de trabajo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo, aumentando la productividad del trabajo mientras se mantiene inalterada la norma de consumo. Evidentemente, los dos modos se combinan permanentemente, aunque más no fuese porque toda ganancia en la productividad del trabajo (a través por ejemplo de la mecanización del proceso de trabajo) produce también, generalmente, la intensificación del trabajo. Sin embargo desde Marx ha existido la tendencia a distinguir e incluso oponer a partir de esto dos modos de valorización diferentes del capital, uno llamado extensivo (en el que predomina la búsqueda de plusvalía absoluta) y el llamado intensivo (donde predomina la búsqueda de plusvalía relativa); y una idea muy difundida y compartida incluso entre los marxistas, fue que grosso modo en el período fordista el capitalismo se caracterizó por un modo de valorización del capital predominantemente intensivo... Pero lo que establece Pietro Basso es que el capitalismo contemporáneo, desde su periodo fordista y aún más en su actual periodo posfordista actual, no logra mantener el incremento del valor (generar ganancias) si no es manteniendo un fuerte componente de valorización extensiva junto y además de su valorización intensiva. Y la razón debe buscarse, evidentemente, en los límites de esta última: los aumentos de productividad que el capital llega a obtener no alcanzan (ya no alcanzan) a garantizar por sí mismos una tasa de valorización (una tasa de ganancias) suficiente. Y, una vez más, retoma una tesis marxista clásica: la razón reside en que todo aumento de la productividad del trabajo se paga con un peso mucho mayor de la composición orgánica del capital (la parte de capital constante en relación con la parte del capital variable: de la parte invertida en máquinas y en materia primas con relación a la parte invertida en salarios) que hace bajar la tasa de ganancia, a despecho de la plusvalía relativa así obtenida. Por lo tanto, es efectivamente indispensable para el capital mantener (en los Estados centrales) y extender (en los Estados periféricos) la extracción de plusvalía absoluta, es decir de modos de valorización del capital que operan a través de mantenimiento o incluso el aumento de la duración del trabajo. El mismo capitalismo indica así que alcanza sus límites históricos, que él mismo se convierte en el principal obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad y, mucho más aún, para el aprovechamiento de estas fuerzas en beneficio de los trabajadores y de la sociedad en su conjunto.

Más allá de estas consideraciones teóricas, el interés de la obra de Pietro Basso reside en recordarnos el carácter estratégico, tanto a nivel teórico como a nivel político, de la cuestión del tiempo de trabajo; así como de la naturaleza realmente vampírica del capital, este monstruo hecho de la acumulación del trabajo pasado (muerto) que sólo puede subsistir absorbiendo incesantemente el trabajo vivo de miles de millones de esclavos asalariados, aunque sea en detrimento de su existencia.

 

Alan Bihr

Profesor de sociología,
Universidad de Franche-Comté