«Cuatro mujeres en la Revolución Francesa», de Olympe de Gouges, Etta Palm, Théroigne de Méricourt y Claire Lacombe

Labado, Silvia Nora

Estudio preliminar de José Sazbón. Traducción de José Emilio Burucúa y Nicolás Kwiatkowski

Buenos Aires, Biblos, 2007, 211 páginas.

Escritos entre 1788 y 1793, los textos incluidos en este volumen nos acercan la visión de cuatro mujeres que, dentro del marco de la Revolución Francesa, reflexionan y toman posición en torno a cuestiones directamente vinculadas con su pertenencia de género. La tarea de ubicar al lector en relación con la coyuntura histórico-política y con las implicancias de este "feminismo ilustrado", tal como él lo denomina, queda a cargo de José Sazbón, quien, en un extenso y muy esclarecedor estudio preliminar, expone tanto las potencialidades como los límites que ese contexto histórico impuso al pensamiento y acción de las mujeres. De acuerdo con Sazbón, ese "salto de calidad que permite hablar de una intervención política femenina en la Revolución Francesa tiene varias causas concurrentes" (p. 17). Hay, en efecto, una tradición de diferentes modos de participación femenina (actividades religiosas, reclamos ligados a la subsistencia, etc.); no obstante, con la Revolución cambian -o, más bien, se amplían y radicalizan- estos modos de participación: "sus expresiones públicas exceden largamente esa motivación y en algunos casos (…) incluyen explícitamente reivindicaciones que ponen en juego la condición femenina tal como los nuevos tiempos la refiguran ante sus ojos" (p. 22). Esta ampliación y radicalización no está exenta, sin embargo, de una complejidad que, en el límite, como indica Sazbón, "convierte a las mujeres en verdugos de sus congéneres" (p. 25).

Precisamente, esta variedad de pensamientos y actuaciones es lo que refleja la antología que compone el libro, no solo por los rasgos comunes y divergentes de los escritos de las diferentes autoras, sino también por el lúcido texto de Condorcet que, incluido como "Apéndice" al final del volumen, pone el acento en el hábito y la educación como los principales fundamentos de la exclusión femenina.

Muchos son los aspectos que resultan relevantes, entonces, en los textos incluidos. En cuanto a Olympe de Gouges, podemos destacar, en primer lugar, lo que Sazbón denomina su "pensamiento estratégico" (p. 49), manifiesto en la dedicatoria de "Los derechos de la mujer" a María Antonieta; ahora bien, este estilo concesivo, que demanda a la vez que otorga, atraviesa los escritos de esta autora también en otros niveles, como la explicitación de la modestia y fragilidad del lugar desde el que reflexiona, escribe, participa; por ejemplo, cuando afirma: "No soy lo suficientemente versada en estas cuestiones para indicar tales reformas" (p. 92); o también: "Es a vosotras a quienes se dirige este débil fruto de mis talentos" (p. 98). Si el posicionamiento desde el lugar común genera un espacio de mayor seguridad a partir de donde formular las críticas y la necesidad de reforma, esos mismos lugares comunes serán los que volverán, como fundamento del ataque y la condena, para desestimar la voz de Olympe; como ella misma afirma, "[l]a Asamblea Nacional y algunos de sus honorables miembros opinan, según se me ha dicho, que soy loca" (p. 109). No obstante, junto a estos testimonios de la pertinacia del hábito y los prejuicios, emergen las ideas de cambio: igualdad ante la ley, que debe ser "la misma para todos" (p. 115); libertad de pensamiento y opinión para las mujeres; en otras palabras: la formulación de cuáles son "las virtudes que convienen a un gran pueblo" (p. 127). Menos solícitos en lo que concierne a las ideas recibidas, los textos de Etta Palm son abiertas impugnaciones de las arbitrariedades sobre las que se funda la desigualdad entre varones y mujeres; reclama que se destruyan "los bastiones de los prejuicios, tal vez más peligrosos, porque son más nocivos para la felicidad general"; y, también, que "las leyes sean comunes a todos los seres, como el aire y el sol" (p. 144). Desestima que las diferencias de constitución sean un fundamento legítimo de la desigualdad; este aspecto -también observado por Condorcet cuando se pregunta: "¿Por qué seres expuestos a embarazos y a indisposiciones pasajeras no podrían ejercer derechos de los que jamás se imaginó privar a los hombres que tienen gota todos los inviernos y que se resfrían fácilmente?" (p. 202)- constituye uno de los más notables argumentos para desbaratar el pensamiento sexista; en efecto, privadas de su supuesta base biológica, las ideas que promueven la exclusión de las mujeres quedan expuestas como meros prejuicios, como residuos de tiempos más oscuros.

Junto a estas preocupaciones relacionadas con las condiciones generales de vida de las mujeres aparecen, en los escritos de estas autoras, otras más coyunturales, ligadas a las urgencias que el marco de la Revolución imponía: Olympe aboga por la creación de una caja patriótica; Etta Palm, por la reforma de las escuelas de caridad, que deberían convertirse en ámbitos en los que "se enseñasen a los niños los derechos de los hombres, el respeto y la obediencia debidas a la ley, el deber de los ciudadanos" (160); Théroigne de Méricourt exhorta a las mujeres a armarse y a participar de la lucha; Claire Lacombe, por su parte, construye su propio discurso como un espacio agónico con el que se defiende e impugna a la vez. Así, o bien centrados en reivindicaciones pensadas para todas las mujeres, más allá de diferencias de edad, clase, etc.; o bien en demandas específicas, consideradas impostergables a luz de los tiempos y circunstancias en los que sus autoras vivían, estos textos nos interpelan aún hoy, en la medida en que ponen de manifiesto problemáticas que no son ajenas a los feminismos contemporáneos: la necesidad de saber cómo hacer para que un discurso que resulta marginal sea oído; la atención prestada a situaciones concretas que demandan una respuesta coyuntural y, la vez, ajena a cualquier complicidad con mecanismos de dominación o exclusión; el empeño en extinguir los prejuicios que obstinadamente se perpetúan. En suma, nos muestran por qué, más de dos siglos después, las luchas feministas siguen siendo necesarias.