Marxismo, maoísmo, y la revolución china: Un comentario sobre el papel de las ideas en la historia

En las primeras décadas del siglo XX China había sido reducida a uno de los países económicamente atrasados más pobres del mundo. Una combinación de decadencia interna y agresión del exterior provocó el empobrecimiento de lo que una vez había sido el país más rico del mundo. La crisis creada por el estancamiento de la tradicional economía agraria, que venía deteriorándose desde el siglo XVIII, se complicó en el siglo XIX por la agresión imperialista occidental. A su vez, el imperialismo extranjero saqueó en gran escala al país y comenzó su desmembramiento territorial. De este modo el que había sido un país orgulloso, se arrastró hacia el siglo XX como "el enfermo de Asia", pobre hasta en comparación con las miserables condiciones de vida que en esa época afectaban la mayor parte de ese continente.

Esta grave crisis política y económica a fines del siglo XIX estimuló el surgimiento de una intelligentsia de tipo moderno, en su mayoría hijos de la tradicional clase dominante aristocrática y terrateniente, que habían perdido la fe en el antiguo orden confuciano y malquistado con la cultura y la sociedad tradicionales. Buscando el secreto de "la riqueza y el poder" occidentales, la mayoría de los miembros de esta nueva (aunque minúscula) intelligentsia se hallaba en gran medida atraída por las ideas e ideales que predominaban en la época: el darwinismo social, el constitucionalismo, la democracia política, el socialismo (en sus distintas formas) y el anarquismo. Pero es de notar que aunque los intelectuales chinos adoptaban una gran variedad de ideologías occidentales, pocos se sentían atraídos por el capitalismo, el sistema socio-económico al que la mayoría de sus nuevas ideas estaba tan íntimamente ligada. En efecto, uno de los temas dominantes en la historia de la moderna intelligentsia china era la creencia de que la atrasada China podría seguir un camino no-capitalista hacia la modernidad, y por supuesto hacia el socialismo, y por ende, evitar los males sociales que afligían a los países industrializados de Europa Occidental.

La creencia de que era deseable y posible lograr una sociedad socialista moderna sin sufrir las agonías sociales de una fase capitalista de desarrollo no era una idea exclusivamente china. Había sido una respuesta universal a las consecuencias sociales de los primeros tiempos de la industrialización capitalista. En la Europa occidental de principios del siglo XIX la respuesta tuvo generalmente la forma de lo que Marx y Engels llamaron "socialismo utópico", una variedad de doctrinas basadas en la fe en el poder del ejemplo moral y los modelos sociales para atraer a lo que se suponía ser una naturaleza humana naturalmente buena, independientemente de las circunstancias históricas en las que se hallaran los pueblos. De ese modo, los primeros socialistas condenaban los flagelos sociales producidos por el capitalismo, pero no apreciaban el papel que éste estaba jugando al crear las precondiciones materiales y sociales para una futura sociedad socialista. Como observó Marx, en el proletariado, el producto social del capitalismo, sólo veían "la clase que más sufre", no al gestor del futuro socialista.[1]

En forma similar, los populistas rusos del siglo XIX creían que las verdaderas fuentes del socialismo residían en los instintos colectivistas de un campesinado precapitalista que vivía en la comuna rural tradicional (mir). El capitalismo, advertían los narodniki no sólo era una etapa innecesaria (y socialmente costosa) en el desarrollo histórico, sino que también destruiría las tradiciones colectivistas del campo ruso precapitalista. El triunfo del capitalismo no conduciría de esta forma al socialismo sino que por el contrario imposibilitaría su realización, pues las fuentes de éste último se hallaban en una campesinado atrasado pero moralmente puro y sus tradiciones colectivistas, aún no corrompidas por las fuerzas de producción capitalista. Los rusos eran "socialistas por tradición", había proclamado Herzen, mientras que el demasiado maduro Occidente capitalista carecía de las energías morales "para sostener sus propias ideas [socialistas]". De este modo, la esperanza del socialismo descansaba en la voluntad de los campesinos e intelectuales de la atrasada Rusia para sortear la etapa de desarrollo capitalista.[2]

En sus últimos años, Marx no descartaba la posibilidad de que Rusia pudiera sortear el capitalismo para lograr una reorganización socialista de la sociedad. En 1881 escribió (en respuesta a la populista rusa Vera Zasulich) que sus estudios en los materiales en idioma ruso "me han convencido de que la comunidad [rural] es el elemento regenerador de la sociedad rusa." A ello agregó, en forma algo enigmática: "Pero para que [la comunidad rural] pueda funcionar como tal, deben ser primero eliminadas las influencias perniciosas que la acosan por todos lados, y entonces debe asegurarse las condiciones normales para su libre desarrollo."[3]

Marx volvió en 1882 a la cuestión de si Rusia podría sortear el capitalismo. ¿Podría la comunidad rural rusa "pasar directamente a la forma superior, la propiedad colectiva, a la forma comunista, o, por el contrario, deberá pasar por el mismo proceso de disolución que constituye el desarrollo histórico de Occidente?" Y su respuesta fue: "Si la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria en Occidente, de modo que ambas se complementen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir de punto de partida para el desarrollo comunista".[4]

Marx seguía convencido entonces de que el socialismo presuponía al capitalismo. Era el capitalismo el que producía al agente histórico necesario del socialismo en la forma del proletariado moderno, y al mismo tiempo producía la base material (en la forma de la industria en gran escala) sobre la que descansaría inevitablemente la futura sociedad socialista. Y el pasaje de la comunidad rural rusa al socialismo moderno dependería de los levantamientos proletarios triunfantes en las naciones industriales avanzadas de Europa occidental. En resumen, la batalla revolucionaria decisiva sería librada en los países capitalistas maduros.

Fue el reconocimiento del capitalismo como una etapa necesaria y progresiva en el desarrollo histórico lo que distinguió al marxismo del resto de las teorías socialistas. De este argumento derivó un conjunto de suposiciones históricas y políticas cruciales: el dominio de la ciudad sobre el campo en la historia moderna y en la gestación de las revoluciones modernas; la convicción de que el proletariado urbano era la clase verdaderamente revolucionaria y el agente del futuro socialista; y la identificación de un campesinado que se reducía numéricamente con el conservatismo social y la reacción política. Como escribió Engels: "Nuestro pequeño campesino, como todo lo que es vestigio de un modo de producción caduco, está condenado irremisiblemente a perecer. El pequeño labrador es un futuro proletario"[5] Y en tanto los campesinos sobrevivieran en la era capitalista moderna, Marx sugería que probablemente jugarían un rol político reaccionario, formando la base social para el culto político bonapartista de Napoleón III, por ejemplo.[6]

No es de extrañar que el marxismo original, especialmente en la forma ortodoxa y determinista que tomó durante el período de la Segunda Internacional, encontrara en China pocos prosélitos en las primeras dos décadas del siglo XX. Mientras que muchos intelectuales chinos occidentalizantes eran convencidos por el anarquismo y las distintas doctrinas socialistas, antes de la revolución rusa de 1917, el marxismo no atraía virtualmente a nadie. Las razones de esta falta de interés no son difíciles de hallar. El marxismo en su forma original era una doctrina que se dirigía a los obreros y los intelectuales de los países capitalistas avanzados. Para un país virtualmente sin industria moderna y con un pequeñísimo proletariado, tenía poca trascendencia. El marxismo no podía hacer mucho más que aconsejar paciencia mientras las fuerzas de producción capitalista desarrollaban lentamente su necesaria obra histórica. Era un mensaje poco atractivo para los intelectuales políticamente activos que ansiaban una China moderna (y para muchos socialista), libre del yugo imperialista extranjero. Recién cuando la revolución rusa de octubre vinculó al marxismo con el activismo político socialista en un país económicamente atrasado, la doctrina comenzó a ser adoptada por una cantidad importante de intelectuales chinos.

Pero lo que emergió como la versión dominante del marxismo chino luego de la destrucción por Chiang Kai-shek del movimiento obrero en 1927 -la doctrina que llegó a ser conocida como "el pensamiento de Mao Zedong", o "maoísmo"- contenía muchas de las ideas socialistas utópicas que había criticado Marx y las nociones populistas que había condenado Lenin. No era porque Mao Zedong hubiera leído los escritos de los primeros socialistas occidentales y los populistas rusos, aunque haya leído sobre ellos en obras secundarias. Pero Mao sí había leído y estaba profundamente influido por los escritos anarquistas, particularmente los de Kropotkin. Y el anarquismo trasmitía muchas ideas similares a las provenientes de las tradiciones socialista utópica y populista. Fue en parte la influencia intelectual del anarquismo y en parte las exigencias de la situación histórica china tal como las experimentó Mao a principios de la década de 1920 lo que dio lugar a la versión maoísta del marxismo-leninismo a mediados de esa misma década.

El maoísmo se define sobre todo en sus desviaciones fundamentales de muchas de las premisas básicas de la teoría marxista, aunque en la teoría comunista china oficial estas desviaciones son raramente explicitadas, sino más bien disimuladas por la repetición de fórmulas y terminologías ortodoxamente marxistas. Sin embargo, las desviaciones son bastante claras, especialmente si se tiene en cuenta las implicancias prácticas de la teoría maoísta, un método necesario para comprender el sentido de cualquier ideología. En la reinterpretación del marxismo por Mao pueden señalarse cinco áreas importantes.

En primer lugar, el maoísmo no identifica al proletariado, sino al campesinado, como la verdadera clase revolucionaria. Mao Zedong comenzó su carrera política como un intelectual familiarizado con los centros urbanos, e inicialmente adhirió al mensaje marxista de que el recién formado Partido Comunista Chino debía ser el partido del proletariado. Pasó más de un año -desde 1921 hasta principios de 1923- organizando a los obreros, ocupados en su mayor parte en oficios tradicionales, en su provincia nativa de Hunan. Fue un esfuerzo políticamente inútil y esa experiencia lo desilusionó con respecto al potencial revolucionario de la pequeña clase obrera china. Pero pronto fue atraído por el radicalismo espontáneo del movimiento campesino que barrió gran parte de China en 1925-1926. Desde entonces, Mao dedicó sus esfuerzos revolucionarios a organizar a los campesinos, ignorando en gran medida a la clase obrera urbana, que debía esperar pasivamente en las ciudades a su liberación por los ejércitos campesinos. Mao utilizó frecuentemente los términos "proletariado" y "proletario", pero estos no se referían al proletariado real sino más bien al racimo de virtudes revolucionarias que Marx había atribuido a la clase obrera urbana, y que ahora Mao atribuía a los campesinos y sus líderes comunistas.

De la sustitución del proletariado por el campesinado como la primera clase revolucionaria Mao dedujo la inversión de la relación entre la ciudad y el campo en la gestación de la historia moderna. Marx había dado por descontado que la historia moderna se jugaría en un escenario urbano y que los principales actores serían las dos clases urbanas antagónicas que había creado el capitalismo moderno, la burguesía y el proletariado. Por el contrario, Mao tendía a considerar a las ciudades como baluartes de la reacción política y antros de corrupción moral. Y este prejuicio anti-urbano contribuyó a la gestación de una revolución en la que las fuerzas campesinas radicales de las áreas rurales eran movilizadas para "rodear y vencer" a las ciudades conservadoras.

Las desviaciones de Mao Zedong respecto de las ideas marxistas sobre el papel revolucionario del proletariado y sobre la relación entre ciudad y campo en la construcción de la historia moderna se deducía lógicamente de un rechazo implícito en el análisis de Marx sobre el lugar del capitalismo en la historia moderna. Aunque Marx hizo las más agudas de las críticas socialistas al capitalismo y sus efectos sociales deshumanizantes, sin embargo lo consideraba como una etapa progresiva en el desarrollo histórico.

Por el otro lado, Mao Zedong nunca aceptó del todo las enseñanzas marxistas sobre la progresividad histórica del capitalismo. Las fuerzas productivas capitalistas habían llegado al país bajo la protección del imperialismo extranjero, lo que les confería un carácter socialmente extraño. A pesar de su conocida distinción entre una "burguesía compradora" dependiente del capital extranjero y una presumiblemente autóctona "burguesía nacional", esta última no sólo era débil sino también, como decía Mao, "en su mayor parte atada en distintos grados al imperialismo extranjero y al feudalismo local"[7] De este modo, Mao consideraba al capitalismo en general como un fenómeno extranjero, y en ningún sentido la precondición del socialismo. De hecho, para las verdaderas fuentes del socialismo Mao buscó en aquellos sectores de la sociedad china menos influenciados por el capitalismo, a un campesinado mayormente al margen de las relaciones capitalistas y a una intelligentsia no corrompida por la ideología burguesa.

El rechazo de Mao Zedong a la idea marxista de que el capitalismo es el prerrequisito del socialismo era acompañado por una fe de tipo populista en "las ventajas del atraso". Él creía que la ventaja que China tenía no era simplemente la noción convencional de que las naciones económicamente atrasadas podría acelerar su desarrollo tomando prestadas de las naciones avanzadas las tecnologías modernas sin repetir los largos procesos de desarrollar dichas tecnologías desde el principio. Lo que es más importante, hallaba virtudes morales y revolucionarias especiales, intrínsecas en el atraso mismo. Así como Alexander Herzen, el fundador ideológico del populismo ruso, veía a la atrasada Rusia como joven y llena de vigor revolucionario mientras que el espíritu revolucionario de los países económicamente avanzados de Occidente había sido sofocado por el peso de su sobre-madurez y decadencia,[8] Mao al comienzo de su carrera revolucionaria, aunque lamentaba el atraso de China, veía en esa misma condición una gran reserva de creatividad revolucionaria y energía juvenil.[9] La culminación lógica de esta tendencia en el pensamiento de Mao llegó en los años post-revolucionarios cuando expuso sobre las virtudes revolucionarias de la "pobreza y desnudez"[10] y argumentó además que "cuanto más atrasada la economía, más fácil la transición" al socialismo.[11] Difícilmente podría imaginarse ideas más opuestas a la lógica del marxismo que las definidas en estos alegatos.

Finalmente, la tendencia de Mao Zedong a ignorar las premisas económicas definidas en forma marxista para el socialismo era acompañada (o más bien compensada) por un enorme énfasis sobre el papel de las ideas y las ideologías al hacer la historia. Habiendo carecido de toda fe marxista sobre las fuerzas objetivas que determinan la historia, Mao enfatizaba que el desenlace histórico es principalmente estimulado por los factores subjetivos: la conciencia, los valores morales, y la voluntad del pueblo. De aquí derivaba la obsesión maoísta por el pensamiento correcto y la remodelación ideológica, y la creencia en que "lo subjetivo crea lo objetivo", que fue impuesta como una ortodoxia maoísta en los años posrevolucionarios.

Obviamente estas son profundas desviaciones de lo que generalmente se entienden como principios marxistas básicos, y una vez más, nos recuerdan la pregunta general que planteó Benjamín Schwartz hace más de medio siglo en su estudio pionero sobre el maoísmo: ¿Hasta donde puede un movimiento histórico, basado en ciertas creencias, desviarse de sus premisas básicas originales y aún mantener su identidad?"[12] Sin embargo, quizás es menos importante preguntar en forma algo escolásticamente si Mao era un buen marxista que preguntar cómo cambiaron la historia china sus revisiones de la teoría marxista. Aquí se podría sugerir que esas revisiones permitieron a los comunistas chinos llevar a cabo la más grande de las revoluciones sociales en un país donde se necesitaba urgentemente una revolución. Es muy difícil concebir que revolucionarios que mantuvieran convicciones marxistas ortodoxas sobre tales cuestiones como las reseñadas en las páginas precedentes -sobre el campesinado, sobre la relación entre la ciudad y el campo, sobre el capitalismo, sobre "las ventajas del atraso" y sobre la relación entre los factores subjetivos y objetivos en la historia- habrían triunfado en el contexto histórico chino. El maoísmo, independientemente de su proclamada pero no menos problemática dependencia de la tradición marxista, fue una de las precondiciones para la victoria de la revolución comunista china; y esto demuestra que al hacer la historia, las ideas tienen su importancia.

Pero el maoísmo, aunque tuvo éxito como una ideología revolucionaria, eventualmente resultó ser desastroso en la era posrevolucionaria. Aunque debe reconocerse que no fue así en los primeros años de la República Popular. Pues cuando los comunistas chinos se dirigían a la victoria en la década de 1940 su política y acciones eran crecientemente guiadas por la teoría de la "Nueva Democracia", planteada por primera vez por Mao Zedong en 1940. La "Nueva Democracia" era la versión maoísta del concepto marxista-leninista de una revolución democrático-burguesa, o más precisamente, la fase burguesa de un proceso revolucionario presidido por el Partido Comunista Chino, pues nunca hubo intención alguna de compartir el poder real con otros partidos políticos. Sin embargo, la doctrina de la "Nueva Democracia" tuvo implicancias sociales y políticas significativas. A comienzos de la década de los cuarenta ayudó a movilizar un amplio sentimiento nacionalista tras la resistencia dirigida por los comunistas a la invasión japonesa. Tras la victoria de 1949, la teoría de la "Nueva Democracia" expresó una visión posrevolucionaria de una prolongada etapa revolucionaria burguesa en la que el políticamente dominante Partido Comunista, en alianza con distintas clases y partidos burgueses, presidiría sobre una "economía mixta" en la que coexistirían el estado y las empresas de propiedad privada. Y se sugería que esa economía parcialmente capitalista continuaría hasta que las fuerzas productivas fueran suficientemente desarrolladas para permitir una transición gradual al socialismo.[13]

En retrospectiva, parecería que las políticas asociadas con la teoría de la Nueva Democracia ofrecían la mejor esperanza para conquistar eventualmente una sociedad socialista en un país económicamente atrasado que se hallaba aislado política y económicamente en el orden capitalista mundial. Tal como fue, los primeros años de la República Popular, guiada parcialmente por las ideas expresadas en la "Nueva Democracia", fue un período de conquistas históricas extraordinarias. En la primera década del gobierno maoísta, China logró la unidad nacional genuina por primera vez en su historia moderna. El país se quitó de encima los remanentes de un siglo de sometimiento imperialista extranjero y ganó una completa independencia nacional. La centralización política promovió un mercado nacional y la construcción de una infraestructura moderna. La reforma agraria destruyó un sistema agrario precapitalista y una clase propietaria parasitaria, permitiendo usar el excedente agrícola para financiar un programa de industrialización patrocinado por el estado.

En estas medidas no había nada particularmente socialista. En efecto, en un período comprimido fueron esencialmente variantes de las principales conquistas de las revoluciones burguesas clásicas en la historia occidental: la revolución inglesa del siglo XVII y la revolución francesa de 1789. Y en términos funcionales, el papel histórico de la revolución maoísta fue notablemente similar a las últimas revoluciones burguesas desde arriba en el Japón del período Meiji y la Alemania bismarkiana. Ciertamente, el mismo Mao Zedong enfatizó largo tiempo el carácter y los límites burgueses de la revolución china, aún cuando insistiendo en que todo el proceso revolucionario tendría lugar bajo la hegemonía política del Partido Comunista Chino, un partido que proclamaba objetivos socialistas. La teoría de la Nueva Democracia sugería firmemente que la "transición al socialismo" sería un proceso muy gradual y prolongado.

Sin embargo el concepto de la Nueva Democracia comenzó a desdibujarse luego de 1953, el año del lanzamiento del Primer Plan Quinquenal de China para la rápida industrialización y el anuncio del comienzo de "la transición al socialismo". Parecería que hacia 1953 Mao y otros líderes comunistas, alentados por sus espectaculares éxitos en la última fase de la guerra civil con el Guomindang (Partido Nacionalista) y durante los primeros años de la República Popular, se habían puesto impacientes con el letárgico movimiento de la historia. Hacia fines de la década de 1950 las limitaciones marxistas convencionales sobre la voluntad revolucionaria, que se habían reflejado en el énfasis sobre la revolución burguesa en la teoría de la Nueva Democracia, fueron descartadas a favor de la doctrina de la "revolución permanente" y Mao se embarcó en la aventura utópica del Gran Salto Adelante.

La tragedia del Gran Salto, y el caos de la Revolución Cultural (que en gran medida surgió de las tensiones políticas creadas por el Gran Salto) fueron los resultados de una ideología a la que a veces llaman el "maoísmo tardío". El "maoísmo tardío" (1958-1976) fue una doctrina que revivió el maoísmo de los años revolucionarios, particularmente aquellos rasgos del pensamiento de Mao que más radicalmente se apartaron de la tradición marxista. Primero, era una ideología que rechazaba al capitalismo simplemente como malvado, muy al estilo de los socialistas utópicos del siglo XIX, pasando por alto la convicción marxiana de que el capitalismo era una etapa progresiva en el desarrollo histórico en un país económicamente atrasado, una noción implícita en el ahora abandonado concepto de la Nueva Democracia.

En segundo lugar, el "maoísmo tardío" tomó al campesinado como la clase revolucionaria verdaderamente creativa, y celebró las virtudes de la vida rural en general. Durante el Gran Salto, las ciudades fueron ignoradas en su mayor parte, mientras que a los campesinos organizados en las comunas rurales se les encomendó la tarea de llevar adelante "la transición al comunismo". Y durante la Revolución Cultural los trabajadores urbanos eran enviados al campo para aprender virtudes proletarias por parte de los campesinos.

En tercer lugar, era una ideología que exaltaba las "ventajas del atraso" socialistas, y lo hacía en forma extrema. Fue en 1958, en vísperas del Gran Salto, que Mao definió las tesis sobre la "pobreza y desnudez" en su forma más radicalmente ajena al marxismo:

Entre otras características de la población de seiscientos millones de China, se destaca su "pobreza y desnudez". Eso parece una cosa mala pero en realidad es buena. La pobreza impulsa el anhelo de cambio, de acción, de revolución. En una hoja de papel en blanco, desnuda, se pueden escribir las palabras más nuevas y más hermosas y pintar los cuadros más originales y bellos.[14]

En cuarto lugar, el "maoísmo tardío" fue una ideología que puso un énfasis enormemente exagerado sobre el papel de la voluntad y conciencia humanas en la gestación de la historia. Enseñaba que los hombres y mujeres resueltos, armados con las ideas y los valores apropiados podrían superar los obstáculos materiales más formidables y moldear la realidad social de acuerdo a los dictados de sus conciencias.

Estas fueron algunas de las principales ideas que motivaron e impregnaron la campaña del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, y produjeron sus trágicas consecuencias humanas. En el largo plazo, estos movimientos fracasados sirvieron para desacreditar la misma idea de socialismo en las mentes de muchos chinos, y por consiguiente contribuyeron a abrir el camino para el desarrollo del capitalismo en la era post-Mao, un capitalismo que se benefició en gran medida por las conquistas materiales y sociales del período de Mao que habían tenido por objeto construir los cimientos del socialismo. Una de las paradojas más amargas de la historia moderna china es que la revisión maoísta del marxismo, una ideología que jugó un papel tan positivo en gestar una revolución tan necesitada en la sociedad china, tuvo consecuencias humanas tan trágicas cuando la doctrina fue revivida en la era post-revolucionaria.


Artículo enviado por el autor para ser publicado en Herramienta. Traducción de Francisco T. Sobrino.

[1] Carlos Marx y Federico Engels, Manifiesto Comunista (Montevideo, Solaris Galerna), pág. 71.

[2] Alexander Herzen, "The Russian People and Socialism" (1851), en Herzen, From the Other Shore (London. Weidenfeld and Nicolson, 1956), pág. 189.

[3] Karl Marx, "The Reply to Zasulich," en Teodor Shanin, Late Marx and the Russian Road (NY: Monthly Review Press, 1983), pág. 124.

[4] Carlos Marx y Federico Engels, "Prefacio a la edición rusa de 1882," Manifiesto Comunista (Montevideo, Solaris Galerna), pág. 16.

[5] Friedrich Engels, "The Peasant Question in France and Germany," Marx and Engels, Selected Works, vol. 2, pág. 384.

[6] Carlos Marx, El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte (Buenos Aires, Editorial Anteo, 1959), págs. 88-89.

[7] Mao Zedong, The Chinese Revolution and the Chinese Communist Party (1939) (Peking, 1954), pág. 22.

[8] Herzen, "The Russian People and Socialism", págs. 165-208 passim.

[9] Mao Zedong, "The Great Union of the Popular Masses" (1919), en Stuart Schram (ed.) Mao’s Road to Power: Revolutionary Writings, 1912-1949 (Armonk, NY:M.E. Sharpe, 1992), vol. 1, pág. 389.

[10] Para la tesis de la "pobreza y desnudez", tal como la propuso Mao en 1958, ver más abajo.

[11] Mao Zedong sixiang wansui (Viva el pensamiento de Mao Zedong) (Taipei, n.p., 1967), págs. 333-34.

[12] Benjamín Schwartz, Chinese Communism and the Rise of Mao (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1952), pág. 201.

[13] Mao Zedong, On New Democracy (1940), (Peking: Foreign Languages Press, 1954).

[14] Citas del Presidente Mao Tse-Tung (Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1966) págs. 36-37.