«El comunismo: otras miradas desde América Latina», de E.Concheiro, M. Modenesi, H. Crespo (coordinadores)

México, UNAM, 2007, 683 páginas.

América Latina sólo ha conocido un régimen comunista, el cubano -del cual paradójicamente no se habla en este volumen, como reconocen los mismos coordinadores-, pero a pesar de esta limitada experiencia práctica, no hay en todo el mundo otro continente o realidad cultural en donde el comunismo haya hecho discutir tanto, o haya representado tanto una concreta esperanza para millones de seres humanos como América Latina. La esperanza del comunismo en este continente se encarnó a veces en personajes que lindan con el mito, como Ernesto Che Guevara; encontró aquí óptimos teóricos, como Carlos Mariátegui; sin olvidar a los millones de sinceros combatientes que han sacrificado incluso la vida para soñar con la realización de una sociedad más igualitaria. En ninguna otra realidad cultural el pensamiento de Gramsci experimentó tanta difusión como en América Latina y, hoy, incluso el pensamiento de un filósofo en otras partes olvidado como Lukács se difunde ampliamente. Y además, si alguna esperanza existe en una futura sociedad comunista, sin duda esta esperanza nace sobre todo en América Latina. Teniendo en cuenta estas premisas, este volumen no puede sino ser una reseña, y tampoco exhaustiva, del tema. Pero por lo menos ofrece un primer panorama de la cuestión: ¿por qué el comunismo se ha difundido tanto, aunque no se haya realizado, en América Latina?

Las respuestas pueden ser muchas y multiformes. La lectura del volumen me sugiere dos: a) América Latina es el continente más occidentalizado del mundo, después del Primer Occidente (Europa y Norteamérica) y el comunismo es un producto ideológico maduro de Occidente; y b) las condiciones de explotación en América Latina están entre las más brutales e intensas del Tercer Mundo, y el comunismo es la única esperanza concreta de una emancipación de las masas de explotados y oprimidos. Estoy completamente de acuerdo con Massimo Modenesi, cuando afirma que se puede "caracterizar el movimiento socialista y comunista como el alter ego del capitalismo" (60). Naturalmente, el comunismo es mucho más, pero como característica esencial esa puede ser suficiente, porque permite reconocer dos momentos fundamentales de la actual historia del comunismo: a) la historia del comunismo no está acabada, porque b) en América Latina el comunismo todavía está en la agenda. Concuerdo con Jaime Massardo, cuando dice: "el marxismo no es un cuerpo teórico que se presenta como un resultado, sino que, al contrario, opera como una visión del mundo... que cobra sentido, entonces, únicamente en su permanente refundación" (120). No es preciso recordar aquí todo lo que está ocurriendo en estos años en América Latina en el terreno de las luchas de los movimientos populares, porque es ampliamente conocido; así como es notoria la larga tradición de luchas sindicales y obreras que son recordadas en este volumen.

Naturalmente, el punto de vista de la historia del comunismo en América Latina es muy distinto del europeo. Si en Europa, al menos en su parte oriental, el comunismo deviene un régimen político represivo y dictatorial, en América Latina mantuvo, con excepción de Cuba, su ímpetu revolucionario, incluso si se quiere romántico, pero ciertamente de protesta, de lucha, de subversión de lo existente, para permitir que realicen un proyecto de vida millones de combatientes que se han inspirado en el pensamiento de Marx. Téngase en cuenta que en América Latina el comunismo fue capaz de ampliar profundamente sus propias bases teóricas y prácticas políticas hasta alcanzar aquello que en Europa se mantuvo como enemigo radical, es decir, el catolicismo. Me refiero a la Teología de la Liberación, que es sin duda la más original contribución a la teoría comunista proveniente de América Latina, pero que extrañamente está ausente del volumen, que tiene, por lo demás, un carácter más histórico que teórico.

Este volumen presenta, a través de varias contribuciones, un panorama de la historia de las distintas corrientes comunistas enraizadas en América Latina. Un dato constante emerge en contraste, precisamente, con la aproximación a la Teología de la Liberación: las distintas corrientes comunistas latinoamericanas han sido siempre muy dogmáticas y rígidas, demostrando escasa capacidad de ampliarse hacia otras contribuciones externas al comunismo o al marxismo. Mientras el marxismo teórico supo abrazar al catolicismo militante de base, el comunismo político -en palabras más sencillas: los partidos comunistas y sus burocracias- no tuvieron la capacidad de admitir a otros sujetos sociales y políticos presentes en el continente, y estos partidos son más sectas que partidos de masa. De lo que resulta que las masas de campesinos, obreros o trabajadores en general que se aproximaron al comunismo y creyeron en él, debieron hacerlo a pesar de los partidos comunistas y frecuentemente contra ellos. Es un dato confirmado por la escasa recepción del pensamiento de Gramsci dentro de los partidos comunistas latinoamericanos, en oposición a la fecunda recepción entre intelectuales e instituciones culturales latinoamericanas. El dogmatismo y la rigidez ideológica son un dato constante, ya sea en el caso de los partidos de inspiración estalinista, ya sea en aquellos de inspiración trotskista, en lo que es más una práctica consolidada que un rasgo teórico. Es probable que el tipo de lucha, a menudo clandestina, haya determinado este enfoque, que seguramente limitó la suerte y el éxito de muchas experiencias de la izquierda latinoamericana. Pensemos en la experiencia de Allende, cuando un movimiento popular tuvo semejante éxito como consecuencia de la colaboración de todas las fuerzas de izquierda, éxito que obligó al sistema dominante a la intervención armada.

Este es el otro aspecto de la historia del movimiento comunista latinoamericano: el constante recurso, por parte del sistema dominante, a las intervenciones armadas para tronchar incluso los más pequeños éxitos obtenidos por los movimientos de liberación y de emancipación. Esto demuestra que el continente latinoamericano, posiblemente por la vecindad excesiva con los Estados Unidos -proximidad geográfica unida a la dependencia económica- fue abandonado por los países del socialismo real a su propia suerte, a excepción de Cuba. El dogmatismo registrado en los diversos partidos comunistas se reveló a la larga orgánico a la opción del abandono. O, si para decirlo con otras palabras, a la división mundial de esferas de influencia. Esta es la verdadera "teoría de los dos demonios", y no la que tradicionalmente se sostiene contraponiendo revolución comunista y militarismo fascista. Los dos demonios internos al movimiento comunista fueron el dogmatismo de los partidos comunistas y el abandono por parte de la URSS. Claro que se habló, pero con palabras y gestos irrelevantes, de solidaridad internacional y apoyo a los movimientos de lucha por parte de la URSS, pero efectivamente eso no fue más que un apoyo diplomático insustancial, como por otro lado los Estados Unidos abandonaron a su suerte a los disidentes en el socialismo real. ¿Este abandono aumentó la carga de romanticismo y radicalismo del comunismo latinoamericano? Es una pregunta que la investigación historiográfica y teórica deberá plantearse y resolver.

Traducción del italiano, Aldo Casas.