«La economía política argentina: poder y clases sociales (1930-2006)», de Mónica Peralta Ramos

Buenos Aires, FCE, 2007, 453 páginas.

El libro constituye una actualización de los trabajos de la autora publicados en Argentina. La obra se extiende en el tiempo y se modifican (aunque conservando algunos núcleos) las versiones previas sobre los años 1930-1970. Precisamente aquí se observan cortes. Si hasta mediados de los setenta se mantiene el anterior análisis económico estadístico construido con firmes categorías marxistas, en la extensión a los análisis posteriores no se continuará midiendo el proceso de acumulación del capital a través de las distinciones de los tipos de plusvalía y las implicancias sobre la estructuración de la clase obrera. Aquí hay un llamativo contraste. Los capítulos hasta los setenta dan lugar a análisis de estas categorías, mientras que los de los noventa presentan un relato económico más coyuntural.

De la comparación entre los capítulos del libro surgen cuestiones relevantes. Por ausencia en la versión actual, por ejemplo, son llamativas las perspectivas revolucionarias que la autora (compartiendo una tesis colectiva seguramente) extraía del análisis estructural de los antagonismos en el nuevo modelo de acumulación. No deja de haber una crítica política, pero ahora en torno a los sujetos propios de condiciones sociales e institucionales nuevas.

El texto de Peralta Ramos se inscribe en trabajos económicos de la escuela marxista de la dependencia. Recientemente, Claudio Belini ("La historia industrial argentina, 1870-1976: entre la crisis y la renovación", Nuevo topo n° 3, 2006) mencionó su obra como parte de un debate que "se concentró en develar la naturaleza y la composición del peronismo" (19). La historia industrial de Belini parece dejar de lado los lazos de dependencia derivados del tipo de inserción en el mercado mundial. Los trabajos de Peralta Ramos buscan poner de relieve las condiciones estructurales de las alianzas de clases, partiendo de la acumulación capitalista en condiciones de "dependencia tecnológica". Constituyen, en este sentido, una historia de la acumulación de capital y las limitaciones a la industrialización, enmarcadas en los procesos de lucha y alianzas de clases. Peralta Ramos también interviene en el curso de "los dilemas políticos que se abrieron con el retorno del peronismo al poder en 1973". Su historia del capital demuestra la falta de sustentación de la reedición setentista del programa de 1945. Hacia los setenta había desaparecido la "burguesía nacional", actor eje del proyecto nacional de los años cuarenta y cincuenta, punto que para Peralta Ramos es también discutible. Ella (en su primera edición) incluso critica a Murmis y Portantiero el hecho de no notar que la industrialización de los treinta contenía ya al proceso de "extranjerización", con lo cual se quita una piedra angular de la interpretación del primer peronismo en términos nacionalistas.

El análisis de Peralta Ramos distingue etapas a partir de las relaciones entre capital y trabajo, construidas en las formas de extracción de plusvalía. El primer peronismo dio lugar a la acumulación basada en la extracción de plusvalía absoluta. Según Marx, esta se refiere a los incrementos en la plusvalía obtenida de la explotación de la fuerza de trabajo que surgen de una masa mayor de trabajo, manteniendo igual el valor de la fuerza de trabajo. Esto puede dar lugar al aumento de la masa de plusvalor (mediante aumento conjunto tanto del capital variable y el plusvalor) y/o de la tasa de plusvalor (mediante aumento del plusvalor, manteniendo sin incremento el capital variable). Antes de la caída de Perón, las limitaciones puestas a la acumulación obligaron a los capitales al reemplazo de mano de obra, pasando a un patrón de extracción de plusvalía relativa. Esta se define por un incremento del plusvalor a través de la reducción del valor de la fuerza de trabajo, dada por incrementos de productividad en el sector que provee estos bienes.

El esquematismo derivado de esta periodización ha sido criticado por algunos trabajos (Rafael Bitrán, El congreso de la productividad, 1994). Sin embargo, permite interpretar desde la teoría marxista un fenómeno rescatado por muchos, el de la "racionalización" de la producción que conllevaba un incremento de la explotación y la productividad laboral. La autora colocó en la explotación capitalista un mecanismo central de la producción de población sobrante a la valorización del capital intensivo, que tomará tremenda actualidad, paulatinamente desde fines de los setenta y drásticamente desde los noventa.

Entre los pocos que hayan continuado el análisis de las formas de extracción de plusvalor, Adrián Piva ("Acumulación de capital y hegemonía débil en la Argentina (1989-2001)", Realidad Económica 225, 2007) ha aplicado la distinción para la acumulación capitalista en los noventa. Pero con conclusiones contrapuestas a Peralta Ramos. Siguiendo una sugerencia gramsciana, Piva sostiene que acumulaciones basadas en la plusvalía relativa son la condición de la hegemonía del capital hacia el trabajo. Más que como política dominante, entiende la hegemonía como una "forma histórica de la lucha de clases": "La hegemonía, en tanto modo histórico de desenvolvimiento de la lucha de clases, supone la capacidad de la burguesía de internalizar el antagonismo obrero en una lógica reformista de las concesiones" (73). El pasaje de la revolución permanente a la forma hegemónica se daría a través de la incorporación de la plusvalía relativa como forma de extracción, "que permitió compatibilizar la reducción de la jornada laboral y el crecimiento del empleo y el salario real con el aumento de la tasa de plusvalía". La expansión imperialista sería el segundo factor fundamental de la hegemonía en los países centrales.

De la lectura de Peralta Ramos podría concluirse que este análisis, aún válido para los países centrales, no lo sería para el capitalismo dependiente. Según ella, la forma absoluta de extracción de plusvalor caracterizó específicamente al primer peronismo, quizás el único período en el que podamos admitir una construcción hegemónica de la burguesía sobre el proletariado, en el sentido de que las demandas obreras se integran en el desarrollo capitalista. Queda planteada la cuestión de hasta qué punto la dinámica hegemónica señalada por Piva no se circunscribe exclusivamente a los capitalismos imperialistas, que combinan explotación nacional (interna) e internacional (periférica) de fuerza de trabajo. La historia posterior al peronismo se destacará por una presión de mayor explotación de fuerza de trabajo, sin contrapartes hegemónicas económicas, como han sido en el capitalismo central cierta participación en la distribución, o más bien, una mejora del nivel de vida distribuida entre los distintos sectores obreros de los países imperialistas. Por el contrario, siguiendo la tesis de Peralta Ramos de los 70, en la Argentina la acumulación basada en extracción de plusvalor relativo expulsaría fuerza de trabajo y empeoraría las condiciones de vida de la clase trabajadora, aumentando la división entre fracciones internas de asalariados. Atendiendo a la pauperización de las últimas décadas, la demostración de ello sería el período actual, más que los años en los cuales Peralta Ramos lo postuló.

Aunque no está del todo explicitado, el corte entre los tipos de análisis que la autora hace de los años 1930-1976 y los posteriores, se encuentra en la hipótesis de que la acumulación de capital desde 1976 se realiza a través de vías financieras, especulativas y no productivas. De esta manera, la autora interrumpe (lo retoma en forma secundaria) el seguimiento de las formas de extracción de plusvalor y las relaciones entre capital y trabajo como determinantes de las alternativas del proceso de acumulación. Una de sus tesis, que se deriva directamente de Marx, era que el desarrollo de la composición orgánica de capital incrementaría tanto la productividad del trabajo como produciría una masa de población superflua a las necesidades medias de valorización del capital. Aunque la idea es recuperada en el momento de explicar la desocupación de los noventa, la autora interrumpe la serie histórica sobre tasas de explotación que construyera para las etapas previas. Reconoce que desde 1991 hubo incrementos significativos de productividad laboral en Argentina, pero nunca reemplazaron la especulación financiera como fuente principal de obtención de ganancias.

Esto último se asemeja a las tesis de la "valorización financiera" de Eduardo Basualdo y Martín Schorr. Salvo excepciones, falta en la obra una relación explícita con las investigaciones de historia económica. Teniendo en cuenta, por un lado, que La economía política argentina es en parte una reedición crítica de publicaciones que marcaran hitos interpretativos en décadas pasadas, y por otro, las profundas transmutaciones de las teorías en el campo político y académico, se trata de debates cruciales sobre las alternativas sociales en América Latina y Argentina.

Agustín Santella

Docente de Sociología (UBA)