Comprensión de Celia Hart

Su muerte llamó tanto la atención como sus escritos y su actitud política dentro y fuera de Cuba. Solía definirse como un "souvenir de la Revolución Cubana", por ser la hija de dos héroes, Haydée Santamaría y Armando Hart.

Su realidad se parecía a esa frase, con la envoltura de sus virtudes y desafíos.

Aunque su tiempo de aprendizaje la encontró fuera del acontecimiento creador de los primeros años -nació en 1962-, tuvo el mérito intelectual de encontrar derroteros distintos, contradictorios con su medio. Se había formado como la mayoría de su generación en lo mejor de su cultura universitaria y en sus valores políticos, dentro de las condiciones culturales de la Cuba de comienzos de los años setenta. Para entonces, el gobierno había abandonado su estrategia de revolución continental permanente a través de la OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad) y había cometido el definitivo error de apoyar la ocupación soviética de Checoslovaquia, incluso comenzaba a congraciarse con los PC que años antes había denostado por "oportunistas y traidores". En ese clima se hizo militante en la Juventud del PCC, pero su gusto por la lectura y el conocimiento científico la llevaron a Alemania del Este, a completar sus estudios de Física. De Berlín volvió convertida en teórica Física y en algo más extraño que los secretos del Universo: trotskista. La impactó la presencia policial de Honnecker en cada centímetro cuadrado de aquella Alemania. Su contingencia generacional explica la devota admiración por el jefe más destacado de la hazaña revolucionaria de 1959: Fidel Castro. Y por Martí, la fuente invocatoria. Era especialista en la vida del segundo y creo que no alcanzó a dilucidar el rol contradictorio del primero.

Celia fue una expresión particular de la revolución cubana y al mismo tiempo una disrupción ideológica con ella. No estaba de acuerdo consigo misma. Entendía que sus conquistas sólo se salvarían en los derroteros de la revolución bolivariana, boliviana, ecuatoriana, y de América Latina. Y viceversa: que sin Cuba no era posible entender nada en nuestro tiempo latinoamericano.

Uno podía saludar o rechazar todos o algunos de sus argumentos. Pero no era posible ser indiferente ante ella. Brilló con luz propia y la reflejó en sus ojos siempre móviles y en sus ideas, no siempre acertadas, pero siempre escritas con honestidad y amor por el conocimiento.

Desde que descubrió la revolución social la amó como se ama el amor sexual. Sus escritos suelen tener incrustaciones eróticas de buen humor, porque, entre otras cosas, entendía la revolución con estética y pasión humanas. Disfrutaba de una pluma periodística fina. Podía explicar un hecho político actual desde el cuento que le había contado una vecina esa tarde, pasando por los cielos de la física cuántica, hasta recalar en ideas de Marx, Gramsci, Trotsky, Rosa Luxemburgo, Lenin, Fidel o Martí. Su límite era el conocimiento y la revolución permanente. Su compromiso con la "revolución bolivariana" y su fanático aprecio por Chávez como líder popular la convencieron de que era más útil ser corresponsal gratuita de la agencia bolivariana Aporrea, el emblema periodístico del proceso venezolano, que opinadora bien pagada de Le Monde Diplomatique. Cuando la presenté a los muchachos de Aporrea no se sorprendió de que le dijeran: "Pero nosotros no tenemos recursos para una corresponsalía". Tampoco fue sorpresa para nadie que haya desechado los mil dólares de honorarios mensuales que le ofreció Le Monde a comienzos de 2007. Murió sin poder ser de Aporrea con carnet oficial por decisión del Estado cubano, lo que no le impidió escribir con frecuencia para ese y otros medios que esperaban sus vivaces escritos. Celia había sido expulsada del PCC en 2006.

Así fue que conocimos su batalla contra el general Isaías Baduel, un chavista originario que se convirtió en anti chavista por temor al "socialismo del siglo xxi", y con su escriba oficioso, Hanz Dietrich, el intelectual germano-mexicano que sostuvo a Baduel en 2007. Habíamos acordado en una larga conversación que la polémica con Dietrich debía mantener el respeto moral y la altura de una sana polémica. Todos los errores juntos del ideólogo de Baduel no lo convertían en "agente" de ningún "gobierno enemigo", como señalaron algunos en Venezuela y fuera de ella. Supo alejarse del método policial que el estalinismo enseñó a tres generaciones de militantes del mundo desde los años treinta.

Un escrito que causó polémicas y molestias en algunos medios excesivamente oficiales fue el que hizo para criticar a Chávez por su brulote contra el rol armado de las FARC, un punto en el que coincidió con su admirado Fidel, sin que los mares se desbordaran por esa diferencia con Chávez. Mientras el presidente venezolano sólo lamentó que no hubieran coincidido con él, los cortesanos comenzaron a señalarla como "peligrosa" o "sospechosa" por pensar diferente y atreverse a decirlo sin saltar del tren de la revolución.

Se hizo trotskista por sus vivencias en la pavorosa Alemania estalinista de Honnecker, un choque de apariencia paradojal que he conocido en muchos otros amigos que fueron a esos países a estudiar. No había contradicción en el paso de su cultura estalinista a la trotskista. En realidad fue el resultado de un cruce más complejo de circunstancias personales, intelectuales y políticas. Sus convicciones sobre la Revolución Permanente y la degeneración del experimento comunista del siglo xx fueron una adquisición traumática para ella, sobre todo cuando había que extenderlo a su propio país. Así se desprendió de su relato personal en Caracas.

Por la misma razón que aborrecía el socialismo policial de Honnecker, sentía un poderoso entusiasmo por la idea de Chávez de buscar un "socialismo del siglo xxi" que supere las experiencias derrotadas del siglo anterior. Sobre esos temas escribió centenares de páginas; una parte fue editada como libro con el título Apuntes Revolucionarios, por la Fundación Federico Engels en 2006 y en el sitio web Militant.

Ella contaba con gusto, sin escapar a la exageración, que la salvó "un libro". Ocurrió en un momento de angustia personal e ideológica, cuando había decidido encerrarse en su vida privada y mandar al carajo el socialismo y todo lo demás. "El libro que me salvó de irme al carajo", como recordaba, se lo recomendó su padre con estas palabras de tono bíblico: "Allí encontrarás las respuestas que andas buscando". Los rescató del polvo de la vieja biblioteca de Armando Hart en La Habana, dirigente cultivado en buenos libros y que, como su ex mujer, se había opuesto al "modelo soviético", aunque luego se adaptó. Era la trilogía escrita por Isaac Deutscher: Trotsky. El profeta armado, El profeta desarmado y El profeta desterrado, que relata en casi dos mil páginas el origen, ascenso, clímax y derrota del hombre que concibió la revolución socialista como un proceso internacional, permanente y anti-burocrática, y fue por ello asesinado en México. A Celia le atraía la parábola que hace Deutscher, acudiendo al Savonarola de Maquiavelo, sobre las derrotas y los héroes en la historia. "Para mi fue como encontrar la biblia en medio del desierto", señaló, con esa cuota de exaltación que tenían sus conversaciones. Su cuento sobre el libro salvador refleja dos fenómenos humanos al mismo tiempo. El fuego de su urgencia existencial en el momento tardío en que lo encontró, con algunas respuestas intelectuales a sus tribulaciones. "Me lo devoré en pocos días", me contó, como si se tratara de un helado de fresa en medio del Caribe. Al mismo tiempo, su relato parecía extraído de las novelas 1984 de Orwell o La Broma de Kundera. Una pequeña historia que devela la secreta fuerza moral de las ideas de Trotsky como respuesta a las revoluciones de nuestro tiempo. Creo que el de Celia Hart es uno de esos casos humanos en que se llega tarde al lugar y al objeto de la búsqueda. Ese desencuentro vital quizá explique su desesperación iluminada por alcanzar de una sola vez lo que se había perdido. De allí su dificultad para encontrar una correcta ubicación en la militancia política de América Latina hoy. Lamenté, por ejemplo, escuchar de sus labios en Buenos Aires a finales de agosto de este año, que apoyar la huelga del campo dirigida por la Sociedad Rural fue acertado. Llegar tarde al programa marxista tiene costos. Aunque esa no fue su culpa.

Celia era libre para equivocarse y libre para corregir. Tenía el pundonor del revolucionario honesto que no le teme al error y ama el conocimiento por la verdad que contenga y no por la sonrisa que le arranque al jefe.

Sabía dudar, lo que según Marx es el prerrequisito para poder investigar. El 28 de agosto me envió una nota en la que me pedía que la ayudara a interpretar el subcapítulo "Viraje brusco: el plan quinquenal en 4 años y la colectivización completa", del libro La Revolución Traicionada. Allí Trotsky analiza la confrontación campo-ciudad en la URSS y los errores del PCUS en aquel entonces. Celia quería conocer. Y huía del prestigismo ramplón y la rutina burocrática que aconseja no reconocer errores en público (y raramente en privado). De todas maneras, no le gustó esta ocurrencia que le envié de colofón: "si Trotsky reviviera, y siguiera siendo Trotsky, no habría apoyado una huelga dirigida por la Sociedad Rural". La conocí en agosto de 2007 en el hotel El Conde, en la atribulada Caracas de la "revolución bolivariana", donde todo puede ocurrir, hasta lo imprevisible: como aquel primer homenaje con auspicio estatal a León Trotsky, el 20 de agosto de 2007. Ningún gobierno hasta entonces se había atrevido a tan ponderado respeto por el jefe revolucionario más denostado o invisibilizado del siglo xx (algo así como lo que ocurriera con Robespiérre, que hubo de esperar 123 años para merecer su primer reconocimiento oficial en Francia). Celia y yo coincidimos en Caracas con Ricardo Napurí, líder popular peruano que colaboró con el Che en las guerrillas latinoamericanas; con Esteban Volkov, nieto y único sobreviviente de la depredación de la familia Trotsky; y con el cubano Ydalberto Ferrera, un anciano de 96 años que luchó contra Machado en 1935, contra Batista en 1959, y por el socialismo hasta 1965, año en que los rusos lo hicieron meter preso en La Habana por ser trotskista. A esa edad compartía con Celia reuniones a las que llamaban con cierta nostalgia "nuestra reunión de célula", que eran ella, él y algún asomao de vez en cuando. Es posible que Ydalberto sea, junto con el argentino Liborio Justo, los dos primeros trotskistas del continente.

En el "Aló Presidente" realizado en el Teatro Teresa Carreño dos días después del homenaje, el mismísimo Hugo Chávez rescató el ejemplo de Trotsky, "aquel revolucionario ruso que nos enseña que las revoluciones deben ser continuas para no frenarse, y que deben ser internacionales, como hizo Bolívar en su época". E invitó a Celia, a Napurí y al nieto de Trotsky a tomar el micrófono para decir en pocos minutos lo que nadie, durante medio siglo, se había atrevido nunca a mencionar en un escenario similar. Y con la misma libertad política explicamos en programas de radio y televisión lo que queda de actual en la obra de León Trotsky. Es posible que aquella ofrenda en Caracas haya sido el único acierto político del entonces ministro de Trabajo, un obrero trotskista convertido en ministro en enero de 2007. Meses después fue derrotado por una huelga obrera (impulsada por otros trotskistas) en Sidor y echado del Gabinete por favorecer a Techint. Pero esa es otra historia, y Celia Hart no tiene por qué ocuparse de ella.

No desde ayer, desde que un huracán se la llevó para siempre en La Habana, según dicen.