La nueva encrucijada histórica: terror y crisis de hegemonía de los Estados Unidos

La crisis de la hegemonía militar y señales de caos sistémico

El atentado del 11 de setiembre de 2001 es el primer indicador de que se aproxima un período de caos sistémico que amenaza al sistema mundial con una profunda desorganización.

Sabemos que un país, para ser hegemónico, debe concentrar un liderazgo mundial productivo, comercial, financiero, militar e ideológico, que permita que su poder sea visto como indiscutido y consensual. A partir de 1967, estas diversas dimensiones de hegemonía han sido desgastadas o deterioradas, aunque con ritmos diferenciados y desiguales. En el plano productivo y comercial, la crisis de hegemonía se manifestó en el traslado del dinamismo económico al Este de Asia. En los años 70, ese traslado se realizó principalmente a favor del Japón, Taiwán y Corea del Sur; y en los ’80 y ’90 se consolidó, al extenderse a China y la India.

Para contener el reajuste de su posición financiera en relación con la economía mundial, la burguesía norteamericana apoyó en los años 80 la estrategia republicana de reafirmar la posición de potencia de los Estados Unidos. Esta estrategia se basó en la sobrevaluación del dólar, que financia el reinicio de la carrera armamentista y la segunda guerra fría. Esto permitió a los Estados Unidos volver a crecer por encima del promedio de la economía mundial y poner en práctica una fuerte ofensiva ideológica y militar. Sin embargo, esa ofensiva envolvió enormes contradicciones. La diplomacia del dólar fuerte sufrió su primer golpe con la brutal expansión de la deuda pública, que fue la base de los déficits en la cuenta corriente. Los republicanos se vieron obligados a abandonar las iniciativas unilaterales en el plano económico y a buscar soluciones coordinadas que se materializaron en el acuerdo del Plaza, donde se negoció la devaluación del dólar frente al yen y al marco. Guerrerismo y bienestar entraron en contradicción, y ese proceso culminó con la crisis económica y la derrota electoral republicana.

En la década del ’90, los demócratas retomaron, a través de una nueva estrategia, la iniciativa unilateral en la gestión de su moneda, pero flexibilizaron la política imperial. Se generaron superávits fiscales, por medio de recortes de gastos militares y reducción de las tasas de interés, y se valorizaron las instancias supranacionales de coordinación de la economía mundial. El dólar continuó sobrevaluado y el retorno del crecimiento económico elevó nuevamente los déficits en la cuenta corriente, pero estos pasaron a ser financiados mediante la expansión del capital productivo, a través de fusiones y absorciones de empresas y mediante la venta de acciones al capital extranjero. El final de los años 90 asistió al probable agotamiento de esta estrategia como instrumento de crecimiento económico acelerado. La vuelta de los republicanos al poder, en medio de la crisis económica, trajo de nuevo la prioridad para el proyecto imperial.

En el plano militar, también podemos observar señales de la crisis hegemónica. La primera fue la derrota en la guerra de Viet Nam, en la que murieron 57.605 estadounidenses. En esta derrota fue decisiva la participación de la opinión pública norteamericana. Aunque esta inicialmente respaldó a la guerra, a partir de 1968, asustada por el alto número de muertes y mutilaciones de parientes y amigos, presionó para la retirada de los Estados Unidos del conflicto, lo que ocurrió en 1973.

Para restaurar la credibilidad de la política imperial, era fundamental reestructurar la estrategia militar norteamericana. Esto tomó forma en el proyecto Guerra de las Galaxias, que inspiró un nuevo tipo de intervención militar. Al contrario de las guerras terrestres con grandes bajas, se debería usar tecnología de alta sofisticación para entablar batallas a través del espacio y de los cielos. Las guerras del Golfo y de Kosovo son expresiones de esta nueva estrategia. Pero en ella había una enorme contradicción. Los Estados Unidos alcanzaban sus objetivos militares, pero no derrocaban a los gobiernos que estaban en el origen de los conflictos. Para hacerlo, debían aceptar las batallas terrestres y el riesgo de un alto número de bajas.

En el atentado contra el World Trade Center y el Pentágono resurge con vivos colores el fantasma de Viet Nam. No sólo por la cantidad de muertes provocadas, sino por la incapacidad de la política imperial para garantizar la seguridad de la población norteamericana. En el origen de este acto terrorista está la formación de una sociedad civil articulada internacionalmente y un enorme resentimiento contra la opresión mundial causada por el poder imperial. Este es el resultado del intento republicano de retomar una política de hegemonía, en un momento en que las condiciones para esa ofensiva son cada vez más improbables. Los blancos del atentado fueron los símbolos de los poderes financiero y militar de los Estados Unidos.

Este nuevo enemigo es difícil de controlar para el poder militar hegemónico. En primer lugar, porque está localizado de forma difusa en el territorio global. En segundo lugar, porque sus lazos de articulación tienen una fuerte dimensión simbólica, marcada por formas de percibir identidades sociales, culturales, ideológicas y económicas del mundo. En tercer lugar, porque la masificación de las tecnologías de destrucción permite su uso desde nudos dispersos de la red.

El poder imperial se vuelve insular frente a estas ramificaciones. El intento de emplearlo de manera violenta podrá contribuir a que se extiendan e iniciar un conflicto de dimensiones imprevistas, con una nueva ofensiva ideológica del fascismo. Es tarea fundamental para las fuerzas populares aislar a los sectores que impulsan esta alternativa.

El caos sistémico y la nueva encrucijada histórica

Como demuestran las obras de Giovanni Arrighi, Beverly Silver e Immanuel Wallerstein, el caos se insertó históricamente en el contexto de un movimiento cíclico de sucesión de hegemonías estatales que permitió reorganizar el moderno sistema mundial. Aunque haya sido un período de anarquía, violencia y horrores, posibilitó la expansión del capitalismo histórico. Por un lado, produjo guerras de dimensiones mundializantes, impulsadas por bifurcaciones organizacionales que escindieron al sistema en proyectos estatales competitivos. Pero, por otro lado, limitó la tentación imperial y desarrolló el sistema interestatal, posibilitando que el conflicto político-militar culminase en la transferencia del eje de organización de este sistema hacia otro estado con bases productivas, demográficas, financieras y políticas más amplias y una localización geográfica más estratégica.

Sin embargo, lo que marca la especificidad del caos sistémico que se aproxima es que no se dirige sólo contra una determinada hegemonía, sino contra el moderno sistema mundial y el capitalismo histórico. Esto ocurre por la crisis definitiva del Estado nación, como instancia capaz de concentrar la organización de la economía mundial.

Esto produce características particulares para el período que se aproxima. La bifurcación que este engendrará ha de tener configuraciones propias. No opondrá proyectos estatales distintos en busca de la hegemonía. Confrontará a las fuerzas que buscan preservar el capitalismo histórico con aquellas que buscarán superarlo, construyendo una nueva civilización de carácter planetario.

En las confrontaciones que establecerán en los períodos de caos sistémico, los Estados que vean frustrados sus proyectos de dominación desarrollarán características marcadamente imperiales de intervención. Ese fue el caso de la Francia napoleónica, cuyo expansionismo en el continente europeo violó los principios del Tratado de Westphalia. Ese intervencionismo tuvo una dimensión progresista, al combatir a fuerzas políticas con un fuerte carácter feudal en Europa. Sin embargo, también estableció un duro control político interno, consolidando el entierro del sufragio universal establecido por las etapas más radicales de la Revolución Francesa. Posteriormente, la expansión del capitalismo histórico y la liquidación de las fuerzas feudales en el sistema mundial eliminaron el carácter progresista de ese intervencionismo y dieron a los nuevos proyectos imperiales un fuerte contenido reaccionario. Ese fue el caso del fascismo impulsado por la Alemania nazi.

En el nuevo período que se avecina, los proyectos de mantenimiento del capitalismo histórico buscarán articular, desde el poder hegemónico, un conjunto de fuerzas oligárquicas bajo formas cada vez más fascistas. Esto queda claro en las reacciones del gobierno de Bush ante el atentado del 11 de setiembre. Buscó aprobar en los Estados Unidos y en la Unión Europea un conjunto de políticas que permiten un amplio conjunto de violaciones a los derechos individuales, principalmente de los extranjeros e inmigrantes, poniendo en riesgo su integridad física. No se trata aún de la imposición de un régimen fascista, pero sí ciertamente de una ofensiva ideológica que busca la implementación de políticas fascistas. El proyecto fascista difícilmente tendrá éxito en imponer un nuevo orden que sustituya al moderno sistema mundial, pues tiene un carácter reaccionario y busca negar mediante la violencia a las fuerzas centrífugas que el caos tiende a establecer. Sin embargo, existe el peligro de que se convierta en un obstáculo para la imposición del proyecto de civilización planetaria. En este caso, el caos tendería a profundizarse y la humanidad sucumbiría en un proceso de choques brutales entre las fuerzas antiimperialistas, incapaces de reconducir al sistema mundial a un nivel superior, y las fuerzas fascistas, incapaces de restablecer alguna forma de orden.

Frente a esta posibilidad, hay que imponer el proyecto de una nueva civilización planetaria. Este se basaría en una democratización radical de las organizaciones políticas internacionales y en la garantía a todos los pueblos de sus derechos económicos, sociales, políticos y culturales fundamentales, eliminando la apropiación oligárquica de las riquezas producidas por la humanidad. Su fundamento será la realización del individuo social imaginado por Marx en los Grundrisse. Individuo este marcado por la libertad de apropiarse de las fuerzas productivas generadas por el hombre y para relacionarse socialmente. Un proyecto de este tipo deberá basarse en la alianza de los pueblos de la periferia, de la semiperiferia y de los países centrales contra la superexplotación, la guerra y la barbarie fascista que amenazan la supervivencia en el planeta de la humanidad y de las variadas formas de vida.


Traducción de Andrés Méndez.