Adam Smith en Pekin, de Giovanni Arrighi.

Madrid, Akal, 2007

Londres y Nueva York, Verso, 2007

En un ensayo titulado “Marx en Detroit”, publicado en 1968, el filósofo italiano Mario Tronti consideraba equivocada la idea de que la formación de los partidos de izquierda de inspiración marxista hubiese hecho de Europa el epicentro de la lucha de clases. El verdadero epicentro habían sido los Estados Unidos, donde los trabajadores fueron más exitosos en forzar al capital a reestructurarse ante las demandas de salarios mayores. En Europa, Marx estaba ideológicamente vivo, pero era en los Estados Unidos donde las relaciones capital-trabajo eran “objetivamente marxistas”.

Y así como Tronti había detectado discrepancias fundamentales entre el compromiso ideológico europeo con el marxismo, y la gran relevancia de la historia de la clase obrera de los Estados Unidos para una interpretación adecuada de El capital de Marx, el texto de Giovanni Arrighi busca analizar una discrepancia igualmente fundamental entre el compromiso ideológico occidental con el libre mercado, y el desarrollo de China para una interpretación adecuada de La riqueza de las naciones de Adam Smith. Parafraseando a Tronti, digamos que Arrighi busca encontrar a Smith en Pekin.

Para el autor, la principal razón para las limitaciones de la predicción del Manifiesto es que sólo en algunos países existirían las condiciones necesarias para el desarrollo capitalista (la primera, que aquellos que organizaban la producción hubieran perdido su capacidad de reproducirse y de establecer su posición de clases fuera de la economía de mercado; y la segunda, que los productores directos hubieran perdido el control de los medios de producción). En el modelo de Smith, a su vez, la riqueza de las naciones es función de su especialización en las tareas productivas, resultado de la división del trabajo entre unidades productivas, determinado por la extensión del mercado. En este sentido, el modelo de Smith sirve de matriz para una variedad de modelos de desarrollo económico. Dicho modelo tendría la ventaja de permitir establecer una distinción entre desarrollo de una economía de mercado y desarrollo capitalista propiamente dicho. Así, a pesar de la expansión de los mecanismos de mercado en la búsqueda de ganancias, la naturaleza del desarrollo en China no sería necesariamente capitalista; el resultado social del esfuerzo titánico de modernización de China resultaría indeterminado.
El resurgimiento económico de China ha llevado a un nuevo nivel la discusión entre el proceso de formación de una economía de mercado y el proceso de desarrollo capitalista. Parte de esta discusión fue el descubrimiento de que durante el siglo XVIII el comercio y el mercado estaban más desarrollados en el este de Asia (en general, y en China en particular) que en Europa. A partir de este momento se habría producido una “gran divergencia” en los patrones de desarrollo de las dos regiones. En los orígenes de esta divergencia, fueron un elemento central las diferencias en la relación tierra-hombre entre ambas regiones, como causa y efecto de una “revolución industriosa” en el este de Asia. Desde el siglo XVI hasta el siglo XVIII, el desarrollo de instituciones que incorporaban trabajo, y de tecnologías trabajo-intensivas, habrían permitido a los Estados del este asiático experimentar un importante aumento de la población, con un mejoramiento modesto en las condiciones de vida.
El concepto de “revolución industriosa” se refiere a la emergencia de un modo de producción basado fuertemente en la inversión en trabajo humano. La revolución industriosa sería un desarrollo basado en el mercado, pero sin una tendencia inherente al desarrollo intensivo en capital y en energía. Los resultados de la revolución industriosa establecieron un patrón institucional y tecnológico distintivo que tuvo un papel crucial en las respuestas de esta región a los desafíos y oportunidades creados por la revolución industrial occidental. Particularmente significativo en este sentido fue el desarrollo de una estructura institucional centrada en el círculo familiar y en la comunidad. A partir del argumento anterior, el análisis lleva a entender el resurgimiento económico del este asiático, no como resultado de la convergencia con el patrón occidental intensivo, sino de la fusión entre este patrón y el asiático.
Si, por una parte, las condiciones del desarrollo económico en este comienzo de siglo están íntimamente vinculadas al surgimiento de los países del este asiático como actores de primer orden en el mundo global; por la otra es imposible entender estas circunstancias sin analizar el curso de la turbulencia global que precedió y estableció las condiciones para la emergencia del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano.
Para Arrighi, los orígenes de la turbulencia estarían en un contexto global configurado por la revuelta contra Occidente, particularmente la guerra de Vietnam. El resultado fue la primera gran crisis de la hegemonía norteamericana, a fines de los años 1960. El aumento de los gastos públicos para sustentar el esfuerzo militar en Vietnam y controlar la oposición a la guerra en casa acentuó las presiones inflacionarias en los Estados Unidos, profundizó la crisis fiscal del Estado norteamericano, y llevó al colapso del sistema de tasas de cambio fijas centradas en los Estados Unidos.
Los Estados Unidos respondieron a la crisis de hegemonía en los años 1980 compitiendo agresivamente por capital en los mercados financieros globales y con una escalada en la carrera armamentista. La contrarrevolución neoliberal de los años 1980 buscó, por un lado, resolver los problemas de rentabilidad de la economía americana y, por otro, dar una respuesta a la crisis de hegemonía. La esencia de la contrarrevolución fue un cambio en la acción del Estado norteamericano desde el lado de la oferta al de la demanda en el proceso de expansión financiera. Por medio de este cambio, el gobierno norteamericano dejó de competir con la oferta privada de liquidez, y  al mismo tiempo creó las condiciones de demanda para un futuro proceso financiero de acumulación. Para Arrighi, a pesar de que la respuesta pudo haber sido exitosa en cuanto a revivir la fortuna de los Estados Unidos, también tuvo consecuencias no deseadas en el agravamiento de la turbulencia de la economía política mundial, e hizo que la riqueza y el poder de los Estados Unidos fueran más dependientes del ahorro, capital y crédito extranjeros.
Así, la adopción del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano sería una respuesta de la administración Bush a las consecuencias indeseables de las políticas norteamericanas de las décadas anteriores. Sin embargo, la aventura iraquí confirmaría el veredicto de la Guerra de Vietnam, en el sentido de que la superioridad occidental había alcanzado sus límites. Inclusive más: el veredicto de Vietnam y el de Irak parecerían complementarse; si por una parte la derrota en Vietnam indujo a los Estados Unidos a traer a China de vuelta al mundo político, para contener los daños políticos de la derrota militar, el resultado de la debacle en Irak puede ser la emergencia de China como la verdadera triunfadora de la Guerra contra el Terror.
La crisis de la hegemonía norteamericana nos lleva nuevamente al análisis de la dinámica del ascenso chino. A partir del examen de las dificultades que los Estados Unidos enfrentan para contener la expansión económica china dentro de su dominación, Arrighi enfatiza el error de ver el comportamiento futuro de China vis-à-vis los Estados Unidos a partir de la experiencia pasada. Una de las razones más importantes es que la expansión global del sistema occidental transformó su modo de operación, lo que hace que mucha de la experiencia pasada sea irrelevante para entender el presente. Y más importante aún es que si, por una parte, la relevancia histórica del legado del sistema de Estados occidental decreció, la relevancia del sistema previo centrado en China aumentó considerablemente. Por tanto, la nueva era asiática será portadora de una hibridización fundamental de los dos legados.
El sistema de relaciones interestatales del Este de Asia se caracterizaría por una dinámica de largo plazo profundamente contrastante con la de los países occidentales. La dinámica diferenciada resultó en una primacía china en el proceso de formación de un mercado y de un Estado nacionales durante el siglo XVIII. Sin embargo, creó también las condiciones para una subsecuente incorporación subordinada del sistema del Este Asiático dentro de las estructuras del sistema europeo globalizado. Esta incorporación no destruyó el sistema regional preexistente, sino que la resultante fue una formación político-social híbrida que proveyó un ambiente particularmente favorable para el renacimiento económico asiático, y para una transformación consecuente del mundo, más allá de la capacidad de las teorías basadas en la experiencia occidental. La crisis de hegemonía del régimen militarista norteamericano, y la expansión del mercado asiático y de la red de negocios en la región, marcaron la re-emergencia de un patrón de relaciones interestatales que estaban más próximas al patrón del Este de Asia –caracterizado por el tamaño y sofisticación del sistema de economías nacionales– que del patrón transplantado de Occidente –caracterizado por la fortaleza de los complejos militares-industriales–.
Para Arrighi, la disociación entre poder militar –centrado en los Estados Unidos– y el poder económico –cada vez más centrado en los países del Este Asiático– puede avanzar en tres direcciones diferentes. Un primer escenario se constituiría si los Estados Unidos y sus aliados usaran su poder militar para extraer una “tasa de protección” de los centros capitalistas emergentes del Este de Asia. Si esta tentativa funcionara, el primer imperio global en la historia mundial podría transformarse en realidad. Sin embargo, el fracaso en Irak redujo mucho las posibilidades de que un imperio global pueda materializarse. En un segundo escenario, esta disociación resultaría en un caos mundial sin fin, y en la posibilidad de una escalada de la violencia. Esta posibilidad también parece haber aumentado después de la aventura en Irak. Una tercera opción estaría dada por la convergencia entre el fracaso en Irak y el éxito del desarrollo económico chino, que tomados en conjunto llevarían a la realización de la visión de Adam Smith de una sociedad mundial de mercado basada en una igualdad mayor entre las naciones civilizadas del mundo, más parecido a las previsiones de La riqueza de las naciones.

En la visión de Arrighi, la emergencia de una sociedad de mercado mundial parecería dar a entender el fin del capitalismo, dado que los nexos entre Estado y finanzas, nacidos de la rivalidad interimperialista, parecerían desaparecer, llegando a un proceso de ecualización de la riqueza entre los pueblos de la tierra. Una visión como ésta parece idealizar las posibles consecuencias económicas y políticas de la emergencia de un nuevo centro de acumulación de capital, y ver en el patrón de desarrollo asiático un grado de armonía que tal vez no sea acorde con las contradicciones sociales y económicas internas. A pesar de las posibles limitaciones al analizar fenómenos tan próximos desde el punto de vista temporal, el trabajo de Arrighi es un análisis original, brillante y poderosamente provocativo, de las tendencias y desafíos económicos y políticos del milenio que comienza.