Utopía juveniles. De la bohemia al Che, de Hugo E. Biagini.

 Leviatán, Buenos Aires, 2000, pág. 106.

A partir de la Revolución Francesa, los jóvenes se han transformado en un nuevo sujeto político y social, protagonista de muchos acontecimientos y también capaces de elaborar un pensamiento propio, siempre crítico hacia los sistemas existentes, e incluso un estilo de vida en clara oposición al de las generaciones que los preceden. Sin los jóvenes ni siquiera sería pensable la idea de Revolución o de Utopía. Si Sócrates nos sorprende como revolucionario y anticonformista, en el fondo es por sus 70 años, pero no encontramos contradicción alguna entre la actividad revolucionaria de Robespierre o de Danton, de Saint Just o de Desmoulins o de Napoleón, que fallecieron apenas sobrepasados los 30 años. Cuando Lenin dirigió la Revolución Rusa era un hombre de mediana edad, pero Stalin y Trotsky todavía no habían cumplido los 40 años. Y ni qué hablar de los jóvenes Fidel Castro y Ernesto Guevara. También recuerdo a Gramsci, que murió a los 46 años y que a los 30 ya había fundado el Partido Comunista Italiano.
El libro de Biagini, después de haber analizado rápidamente la relación entre juventud y utopía, pasa a considerar tres momentos de esta relación en la historia del siglo XX: los ambientes de la bohemia porteña, la influencia de Romain Rolland en América Latina y la figura del Che, verdadero símbolo de la relación juventud-utopía revolucionaria. En la práctica, los cuatro ensayos del libro atraviesan buena parte de la historia del siglo recientemente finalizado y ponen en la mira algunos puntos significativos de aquella contaminación de la historia que ha sido la utopía. Cada época histórica ha tenido su momento utópico, es más, sin utopía la historia no habría podido mostrar su esencia: un proceso cronológico continuo e imparable, cuya velocidad puede ser acelerada por la utopía. Es decir, la utopía no es un obstáculo para la historia sino que, por el contrario, representa casi su motor de reserva, cuya función es la de ayudar a superar los obstáculos que se le interponen al movimiento histórico. Cuanto más una época presenta contradicciones y obstáculos al total desarrollo de los deseos y a la plena satisfacción de las necesidades humanas, entendidas en sus más amplios sentidos, tanto más fuerte es la presencia de la utopía en la historia. Irrumpe como las inundaciones del Nilo, puede causar daños, también derrumbar las obras de ingeniería civil, provocar miedo, pero cumple siempre su función de irrigar y fecundar las tierras áridas del desierto.
Biagini resalta el aspecto más característico de los jóvenes, es decir, su disponibilidad a lo nuevo, que aparece desde los comienzos del siglo XX: “Los jóvenes modernistas y utopistas de la generación del 1900 trasuntan la crisis que se produce en las filas del ordenamiento burgués y del espíritu positivo, mediante un discurso contestatario que apunta a la renovación de la cultura o a la instauración de una sociedad plena y transparente, dotada como la americana de valores propios” (pág. 31). Estos son los años en los cuales lo nuevo proviene de Occidente: pronto llegarán los años en el que el origen de lo nuevo será Oriente.
Pero antes de que los jóvenes bohemios aprendan a apreciar los valores del socialismo y de la solidaridad, deben ellos mismos transformarse en proletarios. Siendo estudiantes e intelectuales, son absorbidos por el mercado capitalista como productores de mercancías, tal como los proletarios. Con estos últimos a menudo comparten vivienda, comida y amores, y contribuyen, en la gran Buenos Aires que se está industrializando, a hacer nacer la leyenda del tango.
Con la mirada dirigida a Europa, los jóvenes utópicos observan con avidez cualquier novedad que llegue del Viejo Continente. Una de las más sorprendentes novedades fueron las obras de Romain Rolland, el primer intelectual europeo que “se pronuncia por un paradigma de humanidad universal que facilite el intercambio espiritual de las culturas del Viejo y el Nuevo Mundo con las antiguas civilizaciones asiáticas en vías de reaparición” (pág. 49). Los jóvenes latinoamericanos descubren que en la otra parte del Atlántico están quienes comparten con ellos el desprecio hacia la hipocresía europea y anhelan una reconciliación entre los dos Occidentes.
Treinta años más tarde las piezas se habrán dado vuelta: los jóvenes europeos descubrirán en un latinoamericano su modelo de héroe romántico y anticapitalista: Ernesto Che Guevara. El mismo Che no estuvo siempre a favor de los movimientos estudiantiles (cfr. pág. 105), pero para los jóvenes de todo el mundo la admiración hacia él representó un modo de participar en el movimiento de emancipación. Muchos exageraron y ofrendaron su vida al terrorismo, una de las típicas manifestaciones juveniles de protesta de la segunda mitad del siglo XX. Fue una forma de recambiar las incomprensiones del Che, a quien, obviamente, no quiero imputar la culpa de haber instigado la lucha terrorista. Una cosa fue el combate en la Sierra Maestra por la liberación de un pueblo oprimido por un régimen terrorista, otra cosa fue combatir en las calles europeas contra regímenes democráticos, entre los que se contaba Italia, que tenía como pilar al partido comunista más fuerte de Occidente.
Muy frecuentemente, los jóvenes europeos sabían que el suyo era un juego temporal y que una vez terminado seguramente les aguardaban carreras y puestos laborales de prestigio. Sus “malos maestros” continúan ocupando las cátedras universitarias o, si momentáneamente las han perdido, se reacomodan como “gurúes” de la revolución. Otra cosa fueron los proletarios que lucharon por las conquistas sociales que hoy están puestas en discusión por la globalización: su lucha era un combate verdadero y cabal por la supervivencia y la emancipación. Otra cosa fue un joven médico argentino que ordenó a su asesino que le disparase.
Sería oportuno volver a analizar toda la historia del utopismo juvenil en el siglo XX para reposicionar a los personajes, para reevaluar sus contribuciones y elaborar las críticas que es pertinente hacer. El libro de Biagini puede ser un primer paso en este camino que los jóvenes, en algún momento, deberían retomar.