La crisis de la sociabilidad.

 

                           La década del 70 vió desarrollar rápidamente, en todos los países occidentales, lo que entonces se denominó los nuevos movimientos sociales: movimientos ecológicos, ciertamente, también movimientos antinucleares y pacifistas, movimientos regionalistas y de ámbito nacional, movimientos urbanos, movimientos feministas, y, de modo más amplio, antisexistas, etc. Si esos movimientos declinaron desde entonces, en su huella brotó un matorral de asociaciones y de prácticas alternativas, que se pronuncian más o menos en ruptura con el orden existente.
“Nuevos movimientos soociales” y “prácticas alternativas” presentan en todo caso un doble carácter. Por un lado, su terreno de movilización y las cuestiones en juego de sus luchas se sitúan generalmente fuera de la esfera inmediata del trabajo y de la produción, para concernir a aspectos de la vida social que no parecen directamente determinados por las relaciones capitalistas de producción. Por otro, sus protagonistas mantienen, en general, una relación de indiferencia, o de hostilidad, en relación a las formas organizacionales y a las referencias políticas e ideológicas del movimiento obrero bajo hegemonía socialdemócrata. Esos dos aspectos de los nuevos actores de la lucha social van a retener nuestra atención en este capítulo.   
 
1)      Las contradicciones de la apropiación                                                      capitalista de la praxis social
 
               Para comprender la significación y la importancia de los “nuevos movimientos sociales” y de las “prácticas alternativas”, se impone un desvío hacia el análisis del proceso de apropiación capitalista de la praxis social: del proceso por el cual la práctica social es, en su conjunto, sometida a los imperativos de la reproducción del capital, siendo consecuentemente remodelada tanto en sus formas como en sus contenidos. Porque la reproducción de esa relación social central, que es el capital, depende de elementos y de condiciones que su dinámica económica (su proceso cíclico de acumulación), aisladamente no tiene posibilidades de garantizar.
              Antes que nada, eso es verdad en lo que respecta a las condiciones sociales generales del proceso de producción inmediato. Así, la reproducción del capital constante (y más precisamente del capital fijo) demanda la producción de toda una serie de infraestructuras materiales (desde la producción y la distribución de energía hasta los múltiples medios de comunicación) que, por diferentes razones, en las sociedades capitalistas, solamente el Estado puede tomar bajo su responsabilidad o, por lo menos, cuya produción sólo él puede coordinar. Del mismo modo,la reproducción del capital variable, al implicar la fuerza social del trabajo, pone en juego toda una serie de aparatos del Estado: desde aparatos de asistencia (la famosa “Seguridad Social”) hasta los aparatos de educación y de formación profesional, pasando por los aparatos de fiscalización y de represión (policía, justicia y ejército).
             Esto también es verdad en lo que respecta a las condiciones sociales generales del proceso de circulación del capital. La reproducción de esa relación social , que es el capital, exige que todas las relaciones sociales (y no más solamente las relaciones de producción) sean sometidas a la “lógica” de la equivalencia de intercambio mercantil. Ese resultado es obtenido por la manifestación de una serie de formas: abstracciones sociales del mismo orden que el valor. Entre estas, se debe incluir la centralidad urbana, por medio de la cual se organiza el espacio-tiempo social de la acumulación del capital; el derecho (la forma contractual con sus correlatos morales y políticos), que constituye el soporte de la “sociedad civil”, codificando el conjunto de las relaciones sociales entre “sujetos” (individuos y grupos) de acuerdo con una “lógica” de reciprocidad; el espectáculo, forma tomada por la comunicación simbólica en los medios de comunicación de masa; en fin, la racionalidad instrumental, forma de inteligibilidad y de prácticas operatorias, dominadas por el interés solamente en la eficacia y en el éxito, a la cual la razón tiende a reducirse bajo el capitalismo.
             A través del conjunto de esas formas y aparatos, cuya síntesis y coherencia el Estado garantiza, el proceso de reproducción del capital procura apropiarse de la praxis social, produciendo una sociabilidad, un modo de vida en sociedad a él apropiado, por ser precisamente de acuerdo con las exigencias de su reproducción. Semejante apropiación es un proceso fundamentalmente contradictorio, que tropieza con límites esenciales y que da origen a crisis y conflictos.
            Esa apropiación lleva, en primer lugar, a un rápido y profundo proceso de socialización de la sociedad: cada acto, práctica, relación social tiende a ser mediado por todos los otros. De ahí la extensión y la intensificación de la comunicación social bajo todas sus formas; el enmarañado creciente de las relaciones y de las prácticas sociales; la descompartimentación de los grupos sociales, de sus espacios y de su tiempo, de sus prácticas y de sus representaciones, desde las relaciones entre individuos y grupos locales hasta las relaciones entre naciones, pueblos y civilizaciones en el plano mundial.
             Al motorizar un proceso como ese, el capitalismo completa una obra tan revolucionaria como al garantizar el desarrollo cuantitativo y cualitativo de las fuerzas productivas. Saca las relaciones, prácticas, instituciones, representaciones pre-capitalistas de su aislamiento y de su particularidad originales, despojándolas de su estrechez y rigidez. También en este sentido, el capitalismo madura las condiciones objetivas de una sociedad comunista.
            Consecuentemente, ese proceso tiende a relacionar lo que estaba anteriormente aislado y sin ligazón. Mas simultáneamente lleva, debido a las separaciones constitutivas de las relaciones capitalistas de producción (separación entre la fuerza de trabajo y los medios de producción, división mercantil del trabajo generalizada), al estallido de la unidad de la práctica social en una gran cantidad de trabajos y de funciones, de lugares y de momentos, de organizaciones y de instituciones, etc, que ya no son religadas entre sí, a no ser por la mediación de las formas y de los aparatos de reproducción del capital. De ahí los efectos bien conocidos de desintegración, segregación, atomización. En síntesis, la socialización capitalista de la sociedad es también y simultáneamente des-socialización: disolución de las relaciones comunitarias, relajamiento del vínculo social, privatización de la vida social.
              Por otro lado, la socialización de la sociedad, abriendo cada elemento de la práctica social a todos los otros, provoca, ciertamente, en parte su enriquecimiento cualitativo y su complejización organizacional. Pero ella se traduce simultáneamente por un empobrecimiento y por una pérdida de complejidad organizacional. Operándose esencialmente por la mediación de las formas y de los aparatos que garantizan la reproducción del capital, ella implica de hecho la homogeneización de los elementos relacionados. La abstracción de las formas y las presiones de los aparatos completan, así, la colocación en equivalencia generalizada de los elementos de la práctica social que la reproducción del capital exige.
                Fragmentación y homogeneización de la vida social constituyen, así, dos trazos conjuntos, aunque contrarios, de una socialización capitalista de la sociedad, que es, por otro lado y contradictoriamente, sinónimo de intercomunicación universal y de diferenciación cualitativa de los elementos de esa misma vida social.
                En segundo lugar, la apropiación, por el capital, de sus condiciones generales de reproducción vuelve, de hecho, a encadenarlas a su movimiento autónomo de “valor en proceso”. Y, consecuentemente, a hacerles tomar la forma de fuerzas sociales “desencadenadas”, externas y extrañas al “cuerpo social”, presentándose delante de él bajo la apariencia compacta y opaca de “cosas”, de realidades existentes en sí mismas y por sí mismas. En otros términos, ella conduce a la autonomización y a la reificación de las fuerzas sociales, o sea, de la capacidad de acción de la sociedad sobre la naturaleza y sobre sí misma.
                   Así, tornándose substancia de ese valor en constante proceso de valorización que es el capital, el  proceso social de producción adquiere la apariencia de un movimiento autónomo de los productos del trabajo, regulado por la ley del valor, escapando del dominio e incluso, en parte, de la conciencia de los productores.
                    Lo mismo ocurre con la capacidad de auto-institución de la sociedad: su capacidad de fijar para sí misma sus propias reglas tiende hoy a escapar de los “sujetos” (individuales y colectivos) de las prácticas sociales, para solidificarse en un aparataje de textos, de procedimientos administrativos, de controles institucionales, etc.
                  Eso vale también para la comunicación simbólica (el intercambio de sentidos) que los medios de comunicación controlados por el capital y/o por el Estado tienden a monopolizar cada vez más, empobreciéndola al punto de que su propia sobrevivencia coloca problemas para algunas personas; y sometiéndola a un proceso de reificación creciente, siendo el punto último aquí alcanzado el del desarrollo de las redes telemáticas, vehículos de lenguaje cuya universalidad permite al capital planear liberarse de las particularidades de las “lenguas naturales”.
                  Implicando al mismo tiempo la dominación de la sociedad sobre la naturaleza y el control de la sociedad de sus propios actos y obras, la racionalidad social se ve transformada, en el capitalismo, en capacidad técnica y estratégica de los aparatos de reproducción del capital (desde la empresa hasta el Estado) de manipular objetos y sujetos, de acuerdo con los mismos procedimientos formales, cuya finalidad operatoria permanece desconocida y extraña al conjunto del cuerpo social.
                 En último análisis, es la propia comunidad humana que toma la doble forma reificada del capital (de su infraestructura material) y del Estado (de su superestructura institucional e ideológica). La cooperación de los hombres entre sí en el seno de la sociedad global se exterioriza, así, en las fuerzas que tienden a tornarse extrañas a la propia sociedad.
                  Por otra parte, la apropiación capitalista de la sociedad crea simultánea y contradictoriamente las condiciones de una activación de los factores subjetivos de la y en la vida social. En primer lugar, sometiendo la práctica social a una incesante y brusca transformación, lo que pone en evidencia la capacidad de auto-institución de la sociedad y la hace aparecer como sujeto de sí misma, a pesar del hecho que simultáneamente aliena esa capacidad, al concentrarla en los aparatos de reproducción del capital. Además de eso, es en referencia a esa capacidad que se legitima la propia idea de revolución social y/o política, popularizada por la burguesía ascendente, antes que se volviera contra ella a través de las clases populares (proletariado y campesinado).
 
             Inmediatamente, algunas de las formas de apropiación capitalista de la praxis social, principalmente sus formas jurídico-políticas, ofrecen la capacidad de la sociedad de producir por sí sola la posibilidad de concretarse, por lo menos dentro de ciertos límites. Se trata fundamentalmente del desarrollo de lo que fue denminado sociedad civil: la creación de un espacio abierto al mismo tiempo para la contractualización de las relaciones sociales, como también para la civilidad en las relaciones interpersonales, para la discusión pública y para la democracia política como modos de regulación de los conflictos sociales; en fin para la afirmación de los “derechos del hombre y del ciudadano” como valores supremos de la civilización. El hecho de que tantas relaciones sociales sean fetichizadas no impide que esos elementos de la sociabilidad capitalista sean por lo menos potencialmente, contradictorios con la autonomización y la reificación de las condiciones sociales de existencia.
              En fin, esa misma apropiación hizo eclosionar y no paró de reforzar el individualismo, colocando explícitamente a cada individuo como sujeto económico (portador de intereses particulares), jurídico (portador de derechos generales), ético (en cuanto persona digna de respeto), político (en cuanto ciudadano), psicológico (en cuanto sujeto que tiene deseos). Determinaciones que son directamente contradictorias con el estado de privación generalizada al cual la autonomización de las fuerzas sociales tiende a reducir a cada individuo.
              La contradicción se encuentra también en el meollo del último aspecto de la apropiación capitalista de la praxis social: la expropiación (la privación) tendencial de los actores sociales (individuos o grupos e, incluso en menor medida, clases) en relación al control de sus prácticas sociales, expropiación que constituye el reverso y el complemento inevitables de la autonomización de las fuerzas sociales.
               A medida que el capital se apropia del conjunto de las condiciones sociales de existencia, nuevos aspectos y elementos de la práctica social escapan del dominio de la mayoría de los hombres. Sus medios de producción y de subsistencia se autonomizan delante de ellos en el movimiento reificado del capital. La producción del conjunto de reglas, reglamentos, regulaciones de todo tipo que cuadriculan su existencia, se les escapan, tornándose cada vez más en monopolio de los aparatos de reproducción, que se transforman, así, en verdaderos generadores de la vida social. Por fin los propios referentes sociales y mentales necesarios, para comprender ese movimiento del conjunto y darle sentido acaban desapareciendo.
              La apropiación de la praxis social por el capital tiende, así, a transformar a la inmensa mayoría de los hombres en simples ejecutantes de prácticas cuyos pormenores se tornan oscuros u opacos para su conciencia. Por otra parte, la praxis social no puede vivir sin ellos en cuanto agentes efectivos de esas mismas prácticas. Ella requiere de un mínimo control de éstas últimas, con lo que eso supone de iniciativa, de libertad, de creatividad. Por eso la apropiación de la praxis social tiende a extenderse a toda la vida social, agravando la contradicción entre heteronomía y autonomía, entre privación e involucramiento, que es inherente a su momento central, la apropiación capitalista del proceso de trabajo. Pues es posible, en rigor, concebir un proceso de trabajo sin trabajadores directos, aunque la realización en gran escala de una perspectiva como esa sea incompatible con la reproducción del capital. No obstante no es posible concebir una sociedad (relaciones sociales, prácticas sociales) sin hombres. Y sin duda, tócase ahí el límite absoluto de la apropiación capitalista de la praxis, de la imposibilidad de una sociedad integralmente capitalista, completamente sometida a las exigencias de la reproducción del capital.
 
2) La crisis multiforme del vínculo social
    
          El   conjunto de las contradicciones anteriores se encuentra en la médula de una serie de crisis sociales, parciales pero crónicas, que afectaron en el curso de estas últimas décadas, todas las formaciones capitalistas desarrolladas: crisis de la realidad urbana, amenazada de implosión-explosión por la urbanización generalizada de la sociedad, de acuerdo con la expresión figurada de Henri Lefebvre (1) , crisis de las identidades territoriales (locales, regionales, nacionales); crisis de la familia y de las relaciones entre sexos; crisis de la juventud, que cada vez tiene más dificultad en identificarse con los más viejos, con la crisis de los modelos educativos que de esto se desprende; crisis de las instituciones que administran el “campo social” ( la escuela, el hospital, la prisión, el hospicio, etc.); crisis de la cultura y, en fin, de la individualidad.
          Esas crisis sociales no son menos reales hoy que ayer, incluso si ellas se manifiestan de manera menos espectacular, ocultas como están por la crisis económica. Pues ellas se incorporan directamente a la sociabilidad engendrada por la apropiación capitalista de la praxis. Así, en la implosión/explosión de la realidad urbana encontramos la expresión espacial de la socializacíon capitalista de la sociedad, con sus contradicciones específicas: intensificación de las comunicaciones sociales en los centros urbanos y, al mismo tiempo, agravamiento de los fenómenos de segregación espacial y de inexistencia de reglas para la sociedad en las periferias (anomia) . Del mismo modo que encontramos en el universo frío, impersonal, extraño de la gran metrópoli capitalista, marcado por un urbanismo funcionalista y entregado a la especulación inmobiliaria, la expresión general de la reificación de la vida social.
           Son también las formas propias de la socialización capitalista de la sociedad que se encuentran en la médula de la crisis de las identidades territoriales, atormentadas por un proceso doble y contradictorio: fragmentación, especialmente por la explosión de su práctica social en una gran cantidad de funciones separadas en el espacio y en el tiempo; homogeneización de los modos de vida, en particular,
           En cuanto a la crisis del modelo patriarcal y autoritario de las relaciones familiares, crisis que afecta las relaciones padres/hijos tanto como las relaciones hombres/mujeres, podemos econtrar ahí al mismo tiempo las contradicciones de una socialización que tiende a llevar la célula familiar a explotar y simultáneamente requiere su mantenimiento; y una disolución de la figura del Padre todopoderoso (y, de modo general, la del adulto) como consecuencia de la pérdida de control de los individuos en relación a las condiciones generales de la vida soocial.
           Además de la diversidad de su contenido y de la heterogeneidad de su terreno, es por tanto un mismo proceso, la apropiación contradictoria de la praxis social por el capital, que da origen a esas crisis. Todas ellas llevan a la misma cuestión fundamental en juego, a la manera cómo esa relación social central que es el capital informa, organiza, orienta, en síntesis, produce el vínculo social. Y considerando la tendencia a la reificación de las relaciones sociales y a la expropiación de los actores de la vida social, es la propia existencia del vínculo social lo que está en juego, una vez que una sociedad no puede existir sin que sea ejercida, por sus miembros, su capacidad de auto-institución.
           Esas crisis sociales no pararon de ampliarse en el curso de la fase fordista, que vió crecer la influencia del capital sobre la vida social. Al punto de forzar a las administraciones oficiales de la reproducción del capital (gobiernos y poderes públicos en general) a reconocer su existencia e importancia y a buscar una solución en el crecimiento de los medios de acción institucionales y financieros de los aparatos de Estado. Así, en buena lógica fordista, los poderes públicos pensaban poder resolver la crisis urbana por medio de la construcción masiva, aunque crónicamente insuficiente, de habitaciones y de equipamientos colectivos, y también por medio del aumento del número de agentes de los sistemas de animación social y cultural y de vigilancia policial. Del mismo modo, pensaban contrarrestar la crisis de las relaciones patriarcales entre hombres y mujeres por medio de un maquillaje del Código Civil, acabando con las discriminaciones sexistas en el plano jurídico y administrativo.
               De hecho, reacciones como esas desconocen fundamentalmente la naturaleza de las crisis en cuestión. Visto que la cuestión en juego es la propia producción del vínculo social, la capacidad de la autoproducción o de la auto-institución de la sociedad, procurar una solución para eso en un fortalecimiento de los medios de gestión estatal de lo social, por tanto en una mayor dependencia de la sociedad civil en relación al Estado, sólo podía llevar a un fracaso. Lo cual hace pesar una amenaza multiforme y creciente sobre el modo de producción capitalista en su conjunto. Pues con amenaza de la disolución o de desagregación del vínculo social, es el consenso mínimo, sin el cual ninguna sociedad puede reproducirse, lo que está en juego. De ahí el desarrollo inquietante de comportamientos sin ley (anómicos) y desviantes en la escala de grupos sociales enteros, y de algunas categorías de jóvenes en particular: recusación a “integrarse”; crisis de motivación; utilización de la violencia como última moda de comunicación; “refugio” en los “grupos de fusión”, en la droga, en la locura, en el suicidio. De ahí también la obsesión de los gobernantes en reestablecer ese consenso mínimo, suscitando la movilización de la sociedad en torno a “grandes causas”: la seguridad, el desempleo, el cáncer, el Sida, la pobreza.
                         Por otro lado, el crecimiento de los medios financieros y reguladores de acción de los aparatos de Estado, aunque ineficaz, ha provocado una sobrecarga perjudicial del Estado en su conjunto. La tentativa de solución estatal de esas crisis sociales crónicas vino, así, a alimentar la inflación de los “costos de organización” del fordismo, factor de caída de la tasa de ganancia. Y ella habrá llevado a sumergir al Estado en una demanda creciente de intervenciones y de encargos, requiriendo de él una omnipresencia y una omnipotencia impracticables, provocando al mismo tiempo descontentos, reivindicaciones y críticas. Una esterilidad como esa, duplicada por una sobrecarga burocrática, con el tiempo sólo podía amenazar la propia legitimidad del aparato de Estado.
                        En fin, y sobre todo, el desarrollo y la profundización de esas crisis sociales crónicas, de un lado, el fracaso de su tentativa de solución por intermedio de la gestión estatal, de otro, favorecieron el desarrollo de lo fue denominado los “nuevos movimientos sociales” y las “prácticas alternativas”.
 
2)  Grandeza y miseria de los “nuevos movimientos sociales”
   En realidad, en reacción al conjunto de los procesos descriptos se desarrollaron, a partir de la década del 70, varios movimientos sociales originales: movimientos antinucleares y pacifistas, movimientos regionalistas y de ámbito nacional, movimientos de acción urbana y movimientos feministas.
          A pesar de la extrema diversidad de sus objetivos y de sus terrenos de intervención, pronto presentaron algunos trazos comunes:
·         todos sus terrenos y objetivos se situaban fuera de la esfera del trabajo y la producción, incluso cuando tenían alguna relación con ellos, lo que explica su indiferencia, y hasta hostilidad, en relación a las organizaciones profesionales y sindicales; indiferencia y hostilidad, además, recíprocas;
 
 
·         enseguida se caracterizaron por una desconfianza común hacia el Estado, y por lo tanto hacia la “sociedad política” (los partidos y los políticos), debido tanto a su responsabilidad en la apropiación capitalista de la praxis social, como en cuanto a su incapacidad de dominar las crisis sociales que de ella resultan;
 
·         desarrollaron una acción crítica y contestataria cuestionando, de manera más o menos radical, un aspecto particular de las condiciones generales de existencia resultantes de la apropiación capitalista de la praxis social, y atacando los poderes públicos como responsables por esas condiciones. Acompañada de una voluntad pragmática de reapropiación inmediata de esas mismas condiciones de existencia, se generó un florecimiento de “prácticas alternativas” que experimentaron las más diversas vías de esa reapropiación;
 
 
·         expresaron una nueva cultura política, centrada en el concepto de autogestión y, de modo más amplio, de nuevos valores que en la época tuvieron una exitosa y bella repercusión en los medios: “vivir mejor”, “calidad de vida”, “la convivencia”, “el derecho a la diferencia”, etc.
 
Así, en muy poco tiempo pasó a verse, en esos nuevos movimientos sociales la fuerza progresista, si no revolucionaria, del futuro, aquella que iba a suplantar al actor, hasta entonces central pero en declinación, que había sido el movimiento obrero.(2) En verdad, en plena expansión al inicio de la década del 70, esos movimientos no iban a escapar al reflujo general del movimiento social hacia el final de la misma década. A pesar de no haber desaparecido, muchos declinaron, aunque continuaron alimentando el desarrollo del movimiento asociativo.
         Una década después ¿qué balance podemos realizar sobre esos “nuevos movimientos sociales” y las múltiples “prácticas alternativas” que originaron? ¿ Y qué eventual interés pueden presentar en la perspectiva de una reformulación de la lucha de clases del proletariado?
         Incontestablemente, se debe contar a su favor haber llamado la atención hacia la ampliación del terreno y la profundización de la cuestión en juego de la lucha de clases y, por lo tanto, del combate político, en las formaciones capitalistas centrales.
         Sirviendo de analistas en relación a múltiples crisis sociales crónicas por las cuales pasaban esas formaciones, revelaron, de manera más o menos clara, que las condiciones de reproducción del capital sobrepasan hoy ampliamente su simple movimiento económico (su ciclo de “valor en proceso”) para extenderse a la totalidad de las condiciones sociales de existencia. Al mismo tiempo, colocaron en evidencia que la lucha contra la explotación y la dominación capitalista debe pasar hoy por terrenos y disputas aparentemente sin relación inmediata con ellas. En otras palabras, los “nuevos movimientos sociales” colocaron en evidencia el hecho de que “todo es (se tornó) político”, desde las relaciones entre hombres y mujeres hasta la organización del espacio-tiempo social y que, consecuentemente, es preciso ampliar la lucha anticapitalista.
                 Simultáneamente, colocaron la exigencia de una profundización de la cuestión en juego de la lucha política: delante de la dominación siempre mayor del capital sobre la praxis social, cualquier lucha consecuente contra el capitalismo no puede tener otro objetivo que no sea la construcción de una sociedad autónoma, a ser instituída democráticamente, de un modo conciente y voluntario, en su totalidad, así como en cada uno de sus elementos.
                 Al mismo tiempo, los “nuevos movimientos sociales” resaltaron las insuficiencias radicales del movimiento obrero bajo la hegemonía socialdemócrata. Mientras sus organizaciones sindicales sólo se preocupaban por problemas relativos al cambio y al uso de la fuerza de trabajo en los límites de la relación salarial, sus organizaciones políticas sólo se preocupaban por la toma o el ejercicio del poder del Estado, y con privilegios regalistas ligados a éste último. Consecuentemente, la indiferencia, y hasta incluso la hostilidad, recíprocas, ya mencionadas, eran inevitables entre esas organizaciones y los “nuevos movimientos sociales”.
                 Pero, más que las insuficiencias del movimiento obrero socialdemócrata, la doble enseñanza anterior resaltaba los límites de la lucha de clases del proletariado occidental de la posguerra.
                 Límites manifiestos en el caso de la “estrategia de integración” buscando constantemente mejorar los términos del compromiso fordista, sin cuestionarlo. Dejando, por lo tanto, en manos de la clase dominante la dirección no sólo del proceso de producción, sino de toda la sociedad, permitiéndosele de esta manera, reorganizar de acuerdo con sus necesidades de reproducción del capital.
                 Límites también, de las tentativas de rediscusión del compromiso fordista por las luchas proletarias del fin de la década del 60 e inicio de la del 70. Pues aunque esas luchas hayan atacado el poder capitalista en el proceso del trabajo y en todo el proceso de producción, sólo raramente fueron más allá o colocaron en cuestión la organización capitalista de la sociedad fuera de la producción. Ellas comprueban, así, una grave ceguera de la conciencia de clase en relación a la importancia de las cuestiones en juego y aportadas simultáneamente por los “nuevos movimientos sociales”. Tanto es así que, a pesar de las evidentes semejanzas en sus formas (valorización de la democracia directa, por ejemplo) y a su aspiración común de reapropiación inmediata de las condiciones sociales de existencia, ambos tipos de lucha no llegaron a articularse entre sí.
                   Esa falta de articulación ponía de manifiesto las insuficiencias radicales del movimiento obrero socialdemócrata y de las luchas del proletariado de posguerra y, con eso, indicaba simultáneamente los propios límites de los “nuevos movimientos sociales”.
                   En primer lugar, condenándolos a una relativa debilidad política. En realidad, los terrenos de intervención de “los nuevos movimientos sociales” presentaban un carácter periférico en cuanto a la relación social central que es el capital. Contrariamente a la lucha de clase del proletariado, inclusive en sus objetivos más inmediatos, tales como el aumento de salarios o las mejoras de las condiciones de trabajo, esos movimientos no cuestionaban directamente esa relación social y las condiciones inmediatas de su reproducción. En la mejor de las hipótesis, llegaron a cuestionar las condiciones generales de su reproducción, condiciones indirectas, secundarias, derivadas del movimiento de apropiación capitalista de la sociedad.
                       No obstante, eso no significa, de manera alguna, que esos movimientos no deban ser tomados en cuenta. Sería desconocer el papel que desempeña la periferia en la reproducción del “centro”. Las luchas y las cuestiones en juego de la periferia pueden hasta pasar a primer plano cuando el combate “central” es atenuado. Por otro lado, el caraçter “periférico” de los movimientos en cuestión limitaría necesariamente su alcance político, a partir del momento en que no se garantizaba la coordinación con la lucha del proletariado (o en ausencia de una lucha como esa), única manera de conferirle un alcance anticapitalista y consolidar su radicalidad.
                       La ausencia de una mediación como la mencionada es igualmente un segundo límite de los “nuevos movimientos sociales”: su particularismo. Cada uno de ellos tuvo tendencia a aislarse en grupos referidos a problemas específicos, frecuentemente sin relación aparente de unos con otros, favoreciendo así su encierro en prácticas estrechamente localizadas. Tanto que, a pesar del inicio de algunas convergencias, todos esos movimientos jamás llegaron a constituir un movimiento conjunto. La superación de su particularismo sólo era posible si identificaban sus objetivos comunes: la reapropiación de las condiciones sociales de existencia, alienadas y sometidas a las exigencias de la reproducción del capital, en la perspectiva de la construcción de una sociedad liberada de la dominación capitalista. Ello suponía establecer una ligazón orgánica entre los “nuevos movimientos sociales” y la luchade clases del proletariado. Así, la ausencia de mediación entre ambos debía necesariamente desembocar en la ausencia de mediación entre los propios “nuevos movimientos sociales”.
        El aislamiento de éstos últimos en relación a la lucha de clases del proletariado explica, en tercer lugar, un efecto que vendrá a reforzar su propia causa: el predominio en su seno de la influencia del staff administrativo capitalista. Por su situación en el seno de las relaciones de producción, los miembros de dicha clase son mas debilmente sometidos a la explotación y a la dominación capitalistas en el trabajo que los proletarios o las camadas populares en general. Por eso ellos son también más sensibles a las diferentes crisis sociales que provoca la dominación capitalista en la sociedad fuera del trabajo y a las degradaciones de las condiciones de existencia que de ellas resultan. Además, en el contexto sociopolítico de la década del 70, algunos miembros del staff administrativo encontraron en esos nuevos movimientos sociales la oportunidad de desempeñar un papel político en la medida de su peso social. (3)
          En fin, el conjunto de los factores precedentes explican la orientación derechista (liberal) o reformista (neo-socialdemócrata) que fundamentalmente tomaron los “nuevos movimientos sociales” y las “prácticas alternativas”.
       De hecho, éstos últimos contribuyeron con mucha frecuencia, concientemente o no, para una simple adecuación social y cultural del capitalismo. Así, pudieron ser los vectores del perfeccionamiento capitalista de la sociedad, atacando sus elementos pre- o arqueo-capitalistas. Por ejemplo, al atacar la alienación particular a la que son sometidas las mujeres como grupo social, exigiendo la igualdad de derechos (en la familia, en el trabajo, en la sociedad civil, en el Estado, etc.) entre hombres y mujeres, el movimiento feminista contribuyó a extender las alienaciones generales de las que todos los individuos, sin distinción de sexo, son víctimas en el capitalismo, comenzando por las del trabajo asalariado. Sin duda, el movimiento feminista no se redujo de modo alguno a esa tarea; lo que no impide que ése haya sido uno de sus efectos más profundos y durables.
          Más grave es la manera cómo esos movimientos contribuyeron a renovar el arsenal ideológico del capitalismo desarrollado, sin hablar de las prácticas y de los valores de los cuales fueron iniciadores. Así, cuando se producía el reflujo del movimiento social de la década del 80, la voluntad de reapropiación individual y colectiva de las condiciones sociales de existencia, permitió auxiliar el reinicio de los valores de la “libre empresa”. La autogestión, por ejemplo, fue uno de los precursores de la “nueva cultura de empresa”, y muchos de los ex “nuevos actores sociales” acabaron vistiendo el traje y la corbata de los “nuevos empresarios”.
          Estos aspectos derechistas de los “nuevos movimientos sociales” y de las “prácticas alternativas” no deben, mientras tanto, escondernos que, con más razón, fueron y son todavía los promotores de un nuevo impulso del reformismo socialdemócrata. Este consiste, especialmente para los poderes públicos, en “instrumentalizar” la voluntad de reapropiación de las condiciones sociales de existencia manifestada por los actores de las “novedades” en cuestión, confiándoles la gestión de ciertos elementos de la “sociedad civil”, y al mismo tiempo colocándolos bajo una doble tutela administrativa y financiera que les permite no perder por eso su control. De las guarderías familiares, atenuando, amenizando, como paliativo la insuficiencia de las guarderías públicas, a los comités de barrio, elaborando los planes de urbanismo en unión con los servicios municipales, convirtiéndose simultáneamente en portavoces de los habitantes, los poderes públicos pueden, así, encontrar “socios responsables” que les abastezcan de elementos originales de solución para las diferentes crisis sociales crónicas que no tuvieron salida hasta el presente.
        Esas realizaciones reforzarán, por otro lado, la reestructuración del aparato de Estado provocada por la transnacionalización del capital, que lo obligan a descargarse, en sus instancias locales y regionales, de tareas de regulación social. En definitiva, tal división de tareas político-administrativas en el plano local, evidentemente, sólo pueden satisfacer las ambiciones de los miembros del staff  administrativo y su eventual conversión de militantes o incitadores, en nuevos notables locales.
 
4) El movimiento obrero delante de la “alternativa”
  De todo eso se desprende una conclusión política mayor: hoy, en las formaciones capitalistas desarrolladas, la lucha anticapitalista, debe impulsarse dentro y fuera del trabajo, teniendo como objetivo la reapropiación de la totalidad de las condiciones sociales de existencia, terminando con la separación entre movimiento obrero y “nuevos movimientos sociales”, perjudicial tanto para el primero como para los últimos. No obstante, una perspectiva como esa no puede ser realizada sin volver a cuestionar profundamente, una vez más, el modelo social demócrata de movimiento obrero, en todos sus aspectos.
          No es solamente el poder que la clase dominante tiene sobre las fuerzas productivas lo que el movimiento obrero debe cuestionar para luchar por su reapropiación. De modo mucho más amplio y con más razón, debe ejercer el poder sobre el conjunto de las condiciones sociales de existencia. Allí está la cuestión decisiva de la crisis de la sociabilidad. Es precisamente el economicismo, (lo que alimentó la mayor parte de los objetivos y reivindicaciones del movimiento obrero durante la fase fordista), lo que se halla obsoleto. El proletariado no puede más contentarse con tratar de obtener por medio de las negociación y/o arrancar por las luchas, mejores condiciones de explotación de su fuerza de trabajo (o, por lo menos, las menos malas). De ahora en adelante es preciso que luche contra el conjunto de la dominación capitalista, fuera del trabajo, como también dentro de él. Sin abandonar evidentemente ninguno de sus objetivos en términos de nivel de vida, debe hoy colocar en el centro de su lucha y de su proyecto la cuestión del modo de vida, es decir, la manera como la propia sociedad se produce, la manera como ella produce las relaciones que median entre sus miembros, y, a través de ellas, a sus propios miembros.
       En cierto sentido, el proletariado debe entonces recorrer ahora, el camino inverso al que llevó con el compromiso fordista durante practicamente medio siglo. Esto implicaba, para simplificar, el abandono por parte del proletariado de toda reivindicación de poder sobre la organización del proceso de trabajo, y también de modo más amplio, sobre la organización de toda la sociedad, a cambio de la garantía de tener, en términos de salarios reales, un crecimiento constante. Para el movimiento obrero, se trata hoy de retomar sus objetivos y reivindicaciones en términos de poder, en otras palabras, de su capacidad para participar activamente de la auto-institución de la sociedad.
     En suma, el desafío que hoy es lanzado al proletariado, por la apropiación capitalista de la praxis y por la crisis de la sociabilidad que de ella resulta, es el de volver a anudar con el proyecto comunista original , expresado por Fourier, Proudhon y Marx, de reconstrucción de una comunidad humana dueña de su destino. Y también de arrancar ese proyecto de la utopía pura a la que fue relegado hasta el presente. Y esto, inventando, experimentando, desarrollando las vías de una reapropiación inmediata de las condiciones sociales de existencia en el propio cuadro de las sociedades capitalistas, con el objetivo de preparar y prefigurar lo que será una sociedad comunista.
    En consecuencia, no es solamente el economicismo del movimiento obrero de tradición socialdemócrata lo que está cuestionado, es también el estatismo que representó su estrategia lo que debe ser abandonado, estatismo que procedía, de hecho, de una reducción simplista del poder político del Estado.
    El poder político es siempre el resultado de la monopolización, siempre parcial y contradictoria, por una parte de la sociedad (castas, órdenes, clases, grupos, organizaciones, instituciones, etc.), de la fuerza social, esto es, de la capacidad de dirigir, organizar y controlar la actividad social. Siendo así, el poder jamás se redujo al Estado, aunque el Estado represente su “nudo gordiano”, el órgano central que concentra las capacidades de violencia, de administración y también de captación de los deseos de sus sujetos, por medio de las cuales el poder político se instaura y es ejercido.
     Esto es todavía más verdadero, posible, en el modo de producción capitalista. El Estado se encuentra “circunscripto” en sus prerrogativas en relación al funcionamiento de los diversos mercados, y particularmente del mercado de capitales, y también en relación a la sociedad civil (de la auto-institución contractual de la sociedad). Y el poder de la clase dominante, compuesto de una multiplicidad de poderes privados aparece ahí, desde luego, como mucho más amplio que el campo cubierto por el único poder público impersonal que es el Estado.
   El movimiento de apropiación por parte del capital de la praxis social, acabó tornando evidente esa verdad en el curso de las últimas décadas. Al doblegar a la sociedad entera a las exigencias de su reproducción, por medio de múltiples mediaciones (en particular a las relaciones mercantiles y monetarias) de las cuales el Estado constituye sólo, en la mejor de las hipótesis, la principal. Así el capital demostró claramente que su poder no se reduce, de modo alguno, al aparato del Estado, ya que se encuentra difuminado por toda la sociedad, asumiendo una capacidad monopolizadora, incluso para impulsar y orientar al propio movimiento de transformación social con el objetivo de subordinarlo a sus intereses.  
      Así, la perspectiva estratégica no se puede reducir a la toma y al ejercicio, por representantes interpuestos, del poder único del Estado. Es al poder del capital en toda su extensión y en toda la profundidad de la praxis social, que el proletariado debe atacar, reconquistando a su vez el poder, o sea reapropiándose de la capacidad de dirigir, organizar y controlar esa praxis, comenzando por sus propias condiciones sociales de existencia, tanto dentro del trabajo como fuera de él.
      El obetivo principal del movimiento obrero tampoco debe ser más el de preparar el asalto (por vía legal o insurreccional) contra el Estado, y sí el de permitir al proletariado conquistar posiciones de poder en la sociedad, o mejor, constituírse en un contrapoder en ella, atacando concretamente, a partir de las cuestiones que el “funcionamiento” de la sociedad capitalista le impone cotidianamente, las orientaciones mayores y la organización global de ésta. Contrapoder que debe permitirle, de inmediato, debilitar el poder de la clase dominante y, en un plazo más largo, prepararse para asegurar la dirección de la sociedad entera.
      No es solamente el camino a seguir por la lucha de clases del proletariado lo que cambia; sino tambien la temporalidad de esa lucha. En cuanto ésta última estaba orientada para la toma y el ejercicio del poder del Estado, ese hecho la coloca al rojo vivo, como un apocalipsis, dividiéndola entre un “antes” y un “después”, a los cuales correspondían objetivos y formas de lucha diferentes. En la nueva perspectiva estratégica aquí esbozada, una solución de continuidad como esa desaparece: la construcción de la sociedad comunista debe comenzar desde hoy en la sociedad capitalista, por medio de la conquista de un contrapoder sobre las condiciones sociales de existencia. Y el pasaje al comunismo debe ser concebido como el transcrecimiento de ese contrapoder a escala de la sociedad entera, en el curso de un largo y sinuoso proceso cuya única garantía, mientras tanto, es que llegará a su fin.
   Cualquiera sea el alcance real de esa estrategia “alternativa”, la ampliación del campo y la profundización de la disputa de la lucha de clases obligan al movimiento obrero a mudar completamente el plano cultural, a renovar sus valores fundadores y movilizadores.
   Todavía en este caso, el puede tomar como ejemplo, sino como modelo, los “nuevos movimientos sociales” que hicieron emerger referentes políticos y éticos algunos de los cuales poseen un potencial anticapitalista. Estos se articulan en torno a la tríada autonomía-igualdad-solidaridad, que continúa radicalizando la tríada democrática clásica, heredada de la Revolución Francesa: libertad-igualdad-fraternidad.
a)      La autonomía. Es el rechazo a la expropiación generalizada de la existencia que la apropiación capitalista de la praxis social tiende a imponer; el rechazo a una existencia reducida a un conjunto de papeles dirigidos y controlados por los aparatos de reproducción del capital.
Positivamente, se trata de la voluntad de “hacer política de otra manera”. Voluntad de “encargarse de sus propios negocios” (tanto en el plano indiividual como colectivo), de “decidir sobre todo lo que respecta a nosotros”, de no más remitirse a las instancias oficiales de decisión, de salir de la delegación habitual del poder. En síntesis, una voluntad de democracia directa o de autogestión. Pero también es una voluntad de “democracia en lo cotidiano”, ligando las ralizaciones inmediatas a los proyectos más distantes, una voluntad de “ver el final de sus actos”sin tener necesariamente que esperar hipotéticos días futuros proclamados. Voluntad que tanto puede alimentar una saludable desconfianza en relación al Estado, a las instancias burocratizadas de representación, a sus maniobras y manipulaciones, como la negativa a asumir compromisos con cualquier emprendimiento político totalizante que supere las posibilidades de control del individuo o del pequeño grupo, con el cierre de los microproyectos de convivencia que de él se desprenden.
b)      La igualdad. Su reivindicación se expresa aquí especialmente en la crítica de algunas relaciones de dominación: entre hombres y mujeres (el sexismo), entre adultos y jóvenes (el paternalismo), las resultantes del período colonial (el racismo); de hecho, relaciones de dominación de origen precapitalista que el dearrollo del capitalismo tiende al mismo tiempo a disolver y a reproducir. Y en el rechazo a los fenómenos de exclusión, de marginalización, de segregación que el desarrollo del capitalismo en general, y la crisis actual, en particular, engendran –el desempleo y la inestabilidad-.
             Positivamente, esa reivindicación de igualdad traduce la voluntad de garantizar a todo individuo el ejercicio efectivo de un cierto número de derechos cívicos y sociales, y también, tanto como fuera posible, el acceso a las responsabilidades sociales y políticas. Sin que por eso deje de estar colocada concretamente la cuestión de la superación de los factores que generan las más graves desigualdades sociales: las relaciones capitalistas de producción.
 
c)      La solidaridad. Es el rechazo a la individualización de la competencia (la “guerra de todos contra todos”) que la reproducción ampliada del capital procura imponer como regla de vida. Y es la voluntad de reconstituir un mínimo de comunidad humana delante de la deshumanidad de las relaciones capitalistas, voluntad que se expresará más habitualmente en proyectos o realizaciones al alcance del individuo o del pequeño grupo como contrapartida a las solemenes pero abstractas, declaraciones de principios.
   Estos nuevos valores “alternativos” ya fueron, en parte, difundidos en las generaciones de posguerra del proletariado que, nacidos en el seno del universo fordista, desarrollaron relativamente bien planes de comportamientos (por ejemplo, los modelos matrimoniales) en ruptura con los de las generaciones anteriores.
    Sin duda, en los referentes políticos y éticos encontramos los límites y las ambiguedades inherentes a los “nuevos movimientos sociales” y las “prácticas alternativas” que los popularizaran hasta el presente. Estos son propios de su carácter fragmentado, disperso, no sistemático, lo que no les permitió constituir una verdadera cultura “alternativa”. Cabe entonces, al movimiento obrero, hacer irrumpir una cultura alternativa, ocupando así terrenos hasta entonces explotados por otros, retomando bajo su responsabilidad dichos referentes que, los que por otra parte, no son enteramente extraños. Muy por el contrario, responden a su propia tradición. 
 
1 Cf. La Révolution urbaine, París, Gallimard, 1970.
 
2 Cf. especialmente A. Touraine, La Voix et le Regard, Le Seuil, 1978; e L’Aprés Socialisme, París, Grasset, 1980.
 
3 Sobre este asunto, cf. A. BIHR et J. M. HEINRICH, La Néo Social-Démocratie, op. cit.,obra en que el cuadro administrativo capitalista, sin embargo, todavía es analizado como una fracción de la pequeña burguesía. Cf. también D. MEHL, “Culture et action associatives” in Sociologie du travail, París, n./ 82.