Frente al nuevo Gobierno.

El 24 de octubre de 1999, casi 20 millones concurrieron a votar en la Argentina, para elegir un nuevo presidente y renovar la mitad de la Cámara de Diputados. Aún no se habían cerrado los puestos electorales y ya la televisión y las radios adelantaron que la coalición opositora Alianza había triunfado y que el veterano dirigente Fernando de la Rúa iba a ocupar la jefatura del Estado por los próximos cuatro años. El resultado era previsible, ya que hacía meses que las encuestas mostraban una gran distancia entre la Alianza y el entonces gobernante Partido Justicialista. Si hubo algunas novedades, fueron que la ventaja para De la Rúa fue menor a lo que presagiaban los sondeos y que el PJ se impuso en la provincia de Buenos Aires (que tiene el 40% de la población del país).

 

 
Tu pálido final
 
El triunfo de la Alianza no podía constituir una sorpresa, pues tenía sólidas causas. El justicialismo sufrió las consecuencias de un descontento acumulado a lo largo de su década en el gobierno, durante la cual hubo un constante deterioro de la situación social. Deterioro con múltiples manifestaciones, aunque descuella el alto nivel de desempleo, que desespera a millones de desocupados y aterroriza a muchos más que temen perder su propio empleo.
A esto debe añadirse que, desde el último trimestre de 1998 -después de la crisis rusa- y con redoblada fuerza a partir de la devaluación brasileña de enero de 1999, la Argentina se sumió en la recesión más prolongada y profunda de la década. Esto hizo cundir una sensación de desesperanza que ganó no sólo a los trabajadores sino incluso a capas más privilegiadas de la sociedad. Si la recesión de 1995 había ayudado a la reelección del presidente Carlos Ménem, a quien ocho millones de votantes vieron como el único capaz de superarla, la repetición de la crisis en 1999 fue fatal para el prestigio de su gobierno. A lo que se sumó que la corrupción del menemismo ya no era percibido como el costo más o menos inevitable de una gestión exitosa, sino como una exacción insoportable que agravaba las penurias. Es significativo que una encuesta sobre los problemas del país señalara en octubre de 1999 como los más graves a la desocupación (86,6% de las respuestas) y la corrupción en el Gobierno (84,8%). Dos años antes, en agosto de 1997, los dos indicados como más graves fueron la desocupación (64,8%) y los bajos salarios (37,9%), mientras que la corrupción gubernamental aparecía en tercer lugar, con el 31,2%[1]. El robo descarado y el despilfarro del dinero público fue, en efecto, una de las cartas más efectivas de la campaña de la Alianza.
Otro golpe durísimo para las posibilidades electorales del PJ fue el intento bonapartista de Ménem de perpetuarse en el gobierno, buscando una nueva reelección que implicaba violar la Constitución por él mismo reformada... La oposición aliancista aprovechó con habilidad esta maniobra. El rechazo a lo que se llamó la “re-reelección” hizo estragos en el propio justicialismo, pues junto a Ménem quedó apenas un puñado de incondicionales pero el intento postergó hasta último momento la proclamación de la candidatura de Eduardo Duhalde, consumió las fuerzas justicialistas en la lucha interna y dejó apenas unas semanas para hacer la campaña electoral. Y brindó a la Alianza la oportunidad de mostrarse como la fuerza capaz de frenar las pretensiones de perpetuidad de Ménem.
 
Ni siquiera grandes promesas
 
Ante un enemigo débil y dividido, la Alianza tuvo espacio para realizar una campaña muy medida: golpeó sobre la desmesurada corrupción; prometió honestidad y transparencia; juró mantener las líneas maestras de la política económica, buscando aprovechar el hecho de que más de los dos tercios de los argentinos consideran intocable a la convertibilidad del peso; y deslizó tibios ofrecimientos de mejoramiento social, reactivación productiva y creación de empleos. Si la campaña fue módica en ideas, fue en cambio generosa en gastos, siguiendo el modelo cada vez más predominante en el mundo capitalista de hoy: cero de contenido ideológico y de movilización de masas, un mínimo indispensable de promesas demagógicas y montañas de dinero invertido en los medios de comunicación. Como reconoció un intelectual adicto a la Alianza: "más que las propuestas, triunfaron las imágenes"[2].
De esta manera, la coalición triunfante no solamente apuntó a los votos populares, sino al más sustancial respaldo de los capitalistas. Cuando se constituyó en 1997, la Alianza suscitó reservas entre los dueños del poder económico, ya que esta coalición fue formada por la Unión Cívica Radical, que gobernó entre 1983 y 1989 sin que su buena voluntad le alcanzara para cubrir las expectativas del gran capital, y el Frepaso, un frente que agrupa a diversos grupos con pasado izquierdista (socialdemócratas, ex comunistas y ex peronistas y radicales de izquierda). Pero la candidatura de De la Rúa, hombre de confianza de los grupos económicos, y la veloz reconversión de los frepasistas en elocuentes defensores del modelo al que antes denunciaban, calmó las sospechas. A este resultado colaboró el hastío de las multinacionales y los grupos económicos nacionales hacia la corrupción del menemismo (no hay que olvidar que los sobornos son costos adicionales y que, al mismo tiempo que aseguran jugosos negocios a algunos, dejan de lado a otros tantos) y la convicción de que era necesario introducir mínimos cambios en la fachada del Gobierno, para calmar el descontento popular.
Por ello, es ocioso hablar de un “programa” de la Alianza. La “Carta a los Argentinos”, ruidosamente lanzada en mayo, que combinaba algunas alusiones a la necesidad de atender a la dura realidad social con el firme propósito de continuar dando suculentos beneficios a los capitalistas, fue rápidamente olvidada por sus autores en el primero de los aspectos. Quedó en pie el único verdadero programa: subordinar los salarios, las jubilaciones, la salud y la educación a las necesidades del gran capital. Y, en la medida en que sea indispensable, destinar algunas migajas a la atención de las situaciones más terribles, para evitar o al menos atenuar los temidos estallidos sociales. Con cristalina claridad y cierta decepción lo acaba de decir Elisa Carrió, una diputada radical oriunda de una de las provincias sumergidas: "Hacemos campaña pensando en la gente y cuando gobernamos lo hacemos para los ricos, la plutocracia"[3].
En los tramos finales de su gestión, el menemismo tuvo el fino tacto de abrumar al país con una publicidad con el lema “Ménem lo hizo”. La intención era ensalzar los “logros” del entonces presidente, pero el lema terminó describiendo bien el resultado de la elección: Ménem lo hizo. A través de varias vías, colaboró al triunfo de la Alianza y balcanizó a su propio partido.
El intelectual aliancista antes citado sostuvo que "en estas elecciones la gente decidió renovarles el crédito a la política y a los políticos"[4]. La expresión peca de excesivo optimismo, si no es una falacia interesada. No hubo tal renovación del crédito. La falta de confianza en la política y en los políticos sigue intacta. El voto por la Alianza fue más resignado que entusiasta y, si contuvo alguna confianza en un cambio, la dosis fue homeopática. La campaña eludió cuidadosamente cualquier intento de movilización de los futuros electores. Se dirigió a ellos mediante el uso intensivo de la publicidad en los medios y el apoyo desembozado que la inmensa mayoría de éstos brindaron a la coalición[5]. Todas las tropelías del gobierno peronista fueron exhibidas a la luz pública una y otra vez, convocando sin vergüenza al “voto castigo”. Pero ni siquiera a la hora del triunfo electoral, pudo advertirse alguna manifestación de entusiasmo masivo, fuera de la comprensible algarabía de unos pocos miles de militantes de la fuerza ganadora.
 
“Los que tienen la responsabilidad de gobernar”
 
Los adherentes de la Alianza con alguna ilusión “progresista” se encontraron con duras desazones, a medida que De la Rúa fue definiendo la composición de su gabinete. Tal vez el caso más sonado fue el de Juan Llach, Viceministro de economía -acompañando a Cavallo- en el Gabinete de Ménem. Al saberse que Llach sería el titular de Educación, dirigentes sindicales docentes y diputados de la Alianza hicieron escuchar algunas protestas. Un periodista, de notorio “progresismo” y firme adhesión a la Alianza[6], explicó entonces que los dirigentes del nuevo oficialismo se clasificaban en dos tipos: “los que tienen la responsabilidad de gobernar y los que no”. Los primeros, deben ser pragmáticos y hacer las cosas que hay que hacer, aún si resultan poco simpáticas. En cambio, es natural que los segundos sigan apegados a los reclamos que solían hacer desde el llano: pero -advertía el analista- De la Rúa es el depositario de nueve millones de votos y hay que dejarlo hacer. ¿Cómo decirlo más claro? En el mismo sentido y refiriéndose a las primeras declaraciones poselectorales del Vicepresidente Chacho Alvarez y de Graciela Fernández Meijide -los principales dirigentes del Frepaso-, un empresario radial y periodista extremadamente reaccionario comentó con satisfecha ironía: "Cuando lleguen al poder, a la derecha de éstos sólo va a estar la pared."[7]
Con Fernando de la Rúa en la Casa Rosada y la derrota de la candidata en la provincia de Buenos Aires Graciela Fernández Meijide -junto al hecho que el radicalismo mejoró sustancialmente su posición en la Cámara de Diputados- el nuevo gobierno tiene un fuerte predominio radical[8]. Más precisamente, del ala derecha de la UCR. Dando una fuerte señal de su orientación futura, De la Rúa inundó su gabinete con economistas confiables para las transnacionales y los grupos económicos nacionales. La presencia en Economía de José Luis Machinea -ex conductor del centro de investigaciones de los empresarios industriales, empeñado a lo largo de toda la campaña electoral en presentarse como inflexible defensor de la convertibilidad y la estabilidad del modelo- fue acompañada con la asignación otros ministerios a Ricardo López Murphy, pope de FIEL (el instituto económico más fundamentalista), a Adalberto Rodríguez Giavarini y, como antes se mencionó, a Juan Llach. Al frente de la Secretaría de Inteligencia del Estado se puso al banquero liberal De Santibañez. Y se ratificó en sus puestos a altos funcionarios del anterior equipo económico, como Silvani o Daniel Marx.
Hay en esto cierta sobreactuación de la buena voluntad hacia inversores y organismos crediticios, así como una genuina preocupación por las debilidades del flanco económico y los reclamos ante la recesión y la crisis del comercio exterior, que afectaron duramente a los sectores productivos. Pero lo cierto es que más allá de algunas medidas destinadas a calmar los reclamos de estos sectores (que merecerían un análisis detallado que excede las dimensiones de este trabajo), el gobierno priorizó las exigencias del conjunto del gran capital y del Fondo Monetario Internacional. Así, inició su gestión con un "Impuestazo" especialmente gravoso para el consumo de las masas y los ingresos de la clase media y declarando una “emergencia económica” que apunta a reducir los gastos estatales, con los consiguientes despidos de personal y ajuste en los gastos sociales, que se proyectarán con fuerza sobre las provincias. Su paso siguiente ha sido impulsar la "Reforma laboral", un conjunto de medidas de flexibilización que buscan incrementar la indefensión de los trabajadores. No miente el Ministro de Trabajo Alberto Flamarique (ex peronista, miembro del Frepaso) cuando replica a las quejas de los burócratas, diciendo que la flexibilización ya está en muchos de los convenios vigentes y que, por otra parte, se aplica de hecho sobre el casi 40 % de los trabajadores “en negro”. Pero igualmente es cierto que su consagración legal le dá una fuerza adicional y representa otro paso en la liquidación de las Convenciones Colectivas de Trabajo.
Apenas instalado, el nuevo gobierno lanzó a la Gendarmería a reprimir la movilización de los trabajadores estatales de Corrientes, durante la cual se produjo la muerte de dos manifestantes e incontables heridos. Encargado de justificar la acción fue el Ministro del Interior Federico Storani, que justamente proviene del ala “progresista” del radicalismo. Junto con Alvarez y Fernández Meijide, Storani simboliza la fenomenal reconversión de los “progresistas” en un ariete reaccionario. En lo que hace al Frepaso, esto responde a causas profundas, ligadas a su carácter de clase. La UCR es un partido con firmes raíces en amplios sectores de la mediana burguesía urbana y rural. Sus dirigentes, cuando no son directamente empresarios, son los abogados, médicos y contadores de esa burguesía. De allí que, frente al embate globalizador del imperialismo y del gran capital, tengan reparos y cuestionamientos que no nutren tanto de la ideología como del terreno más sólido de los intereses. El Frepaso, en cambio, tiene una composición pequeñoburguesa casi exclusiva. No representa intereses particulares y, así como en algún momento sus dirigentes en el llano se hicieron voceros de reivindicaciones sentidas por las masas; en el poder pueden virar "pragmáticamente" a representar los intereses de los capitalistas más fuertes. Es un fenómeno repetido desde que Marx lo observó en la Francia de 1830 y de 1848: gobernando para la burguesía, quienes no representan a un sector determinado de ésta terminan al servicio del grupo burgués más poderoso[9]. No es de extrañar, entonces, que De la Rúa tengan una mejor relación (incluso personal) con frepasistas como Alvarez y Flamarique, que con algunos de sus propio correligionarios como Terragno o Alfonsín.
 
Una oposición balcanizada
 
Tras la debacle del 24 de octubre, el peronismo quedó prácticamente sin cabeza. Ménem supuso que la derrota de su rival, el candidato Duhalde, le permitiría continuar como jefe indiscutido del PJ. Han bastado dos meses para evidenciar lo errado del cálculo. Hoy el peronismo es una confederación laxa de caudillos provinciales, donde cada uno anuda y desanuda lazos con el gobierno nacional, en función de sus intereses económicos inmediatos y de sus propios proyectos para disputar la Presidencia en las elecciones de 2003. En consecuencia, el peronismo aparece más debilitado que en 1983 para actuar como una fuerza de oposición unificada -y esto se ha visto con extrema claridad en la disputa sobre la Reforma laboral. Sin embargo, al mismo tiempo es una fuerza electoral más instalada que en 1983, gobierna 14 provincias y está en condiciones de aprovechar las debilidades que, más temprano o más tarde, aquejarán al gobierno de la Alianza.
La burocracia de la Confederación General del Trabajo, que entre 1983 y 1989 fue un factor importante para jaquear al gobierno radical, está demasiado desprestigiada y dividida para ser una fuerza significativa. En cuanto a su rival, la Central de Trabajadores Argentinos, cultiva un discurso de autonomía y renovación de la acción político-sindical pero está ligada por múltiples vínculos al nuevo Gobierno y aparece completamente desdibujada. Vale la pena acotar que esta penosa realidad del aparato sindical, que deja a los trabajadores sin órgano central de lucha alguno, en una ola ascendente de las luchas podría pasar a ser un elemento favorable para el surgimiento de organizaciones y dirigentes que representen los intereses y la voluntad de la clase trabajadora.
Las elecciones mostraron también la aparición de una nueva fuerza política que expresa en sus posiciones y en sus dirigentes a la gran burguesía: la Acción por la República liderada por Domingo Cavallo. Durante más de medio siglo, la gran burguesía no ha tenido en la Argentina un partido propio de alcance nacional y los sucesivos intentos por constituirlo terminaron en la desaparición o la absorción en los partidos tradicionales. Cavallo logró casi dos millones de votos y un bloque de diputados pequeño pero no insignificante. El problema de esta formación es que aún no cuenta con una verdadera estructura nacional y que el futuro de su construcción está muy expuesto a los vaivenes tacticistas de su jefe.
La dilución del Frepaso en el Gobierno hace que no haya una oposición "progre" de carácter reformista o socialdemócrata. Las agrupaciones de izquierda existentes en cuanto tal no constituyen una fuerza real, ni en las elecciones ni por su capacidad de movilización[10]. El futuro crecimiento de la izquierda requerirá de una renovación profunda del programa, los métodos de acción y las formas de organización que han sido tradicionales, pero también de una recuperación de la lucha obrera y popular que supere el estadio de los estallidos efímeros. De todas maneras, no debe descartarse que la decepción con la política proimperialista y procapitalista del Gobierno abra mayores espacios y provoque rupturas por la izquierda, si no entre los militantes de la Alianza, por lo menos en su periferia. Algunas fisuras de este tipo, si bien muy embrionarias, se observan en el debate sobre la reforma laboral. Es que, ya en el Gobierno, mueren las palabras. Ahora, de lo que se trata es de medir fuerzas y proyectos.  
 
"Condicionamientos externos" e Imperialismo
 
La prisa extrema por renovar el acuerdo con el FMI y mostrar en Davos el máximo de sumisión ante los centros financieros es justificada por los medios de comunicación -y como ellos una pléyade de economistas y politólogos- aludiendo al abultado déficit fiscal, la imperiosa necesidad de financiamiento externo y los "condicionamientos externos". Se vierten infinidad de palabras y pseudoexplicaciones, pero se evade una cuestión central: la explotación y dominación imperialista, que opera tanto desde el exterior como internamente. Porque es evidente que la dependencia de la economía a la entrada de capitales externos la torna vulnerable a un contexto internacional poco favorable para salir de la recesión, pero esto nos remite a las características estructurales de nuestro capitalismo semicolonial, con rasgos de factoría. Características derivadas de las transformaciones operadas bajo la Dictadura militar (1976-1983), apuntaladas por la deuda externa, profundizadas con el Plan Austral alfonsinista y que se radicaliza con el "modelo" de Menem-Cavallo y su sello distintivo, la Convertibilidad. Porque esta política económica basada en apertura externa, privatizaciones, desregulación (que es en realidad transferir la capacidad reguladora a los grandes intereses económicos), y la subordinación a las exigencias de los inversores externos y organismos como el FMI y el BM, llegó casi a identificarse con la intangibilidad de la "paridad peso-dólar", que opera como una especie de piloto automático de la economía, gobierne quien gobierne. En todo caso, el único tipo de corrección que se admite son los stand-by en los términos impuestos por el Fondo[11].
Es casi un lugar común de la "clase política" y los formadores de opinión exaltar los éxitos "macroeconómicos"[12] alcanzados bajo la administración menemista, pese a que la deuda externa pasó de 62 mil millones de dólares (1990) a 140 mil millones (1998), actualmente es seis veces mayor que las exportaciones y los servicios de la misma constituyen el 17% del gasto público. Con cara de póquer, De la Rúa denuncia el desajuste fiscal heredado, pero promete conjurar la "emergencia" aplicando con más rigor (y, previsiblemente, mayores consecuencias) la misma receta. De hecho, para el período 1999-2002 se prevé el pago de 12.000 millones anuales por intereses de la deuda, y se duplicarán las remesas de utilidades y dividendos, hasta alcanzar los 5.100 millones en el 2002[13]. No se trata sólo del inadmisible costo social (1.900.000 desocupados, 2.000.000 subocupados, aumento explosivo de la pobreza y la exclusión), sino de la inestabilidad de la economía real y que, salvo la inflación, todos los indicadores económicos -presupuesto, deuda externa, balanza comercial, de pagos y de cuenta corriente, recesión- señalan una grave situación, que tiene su más dramática expresión en la crisis de gran parte de las provincias.
La política exterior de Ménem estuvo caracterizada por la alineación automática con las posturas de Estados Unidos: lo que con toda impudicia el Canciller Guido Di Tella denominó "relaciones carnales". Es posible que el nuevo Gobierno pretenda actuar en forma más equilibrada, entre otras razones porque la presencia de capitales europeos en el país es mayor que nunca, y el radicalismo cultiva las buenas relaciones con los imperialismos del viejo continente. Pero lo que en definitiva cuenta es que la sumisión al imperialismo en general y al norteamericano en particular, se expresa en forma cada vez más descarada en los condicionamientos incorporados en los acuerdos con el FMI, que determinan no sólo las grandes líneas de orientación económica, sino también las decisiones políticas del gobierno, disponiendo sobre las cuestiones presupuestarias, las políticas de privatización y saneamiento bancario, el ajuste del sector público y la flexibilización laboral, las políticas educativas, la edad de jubilación, etc., con periódicas inspecciones de funcionarios como Ter Minassian, ante quienes rinden cuenta desde los ministros hasta el Presidente.
Plegándose a las condiciones derivadas de la mundialización del capital, las burguesías del Cono Sur intentaron al mismo tiempo conformar un bloque regional que ofreciera un mercado más amplio y atractivo, creara mejores condiciones de negociación con los vértices del poder económico mundial (Norteamérica, Europa y Japón) y presionara conjuntamente para liquidar los derechos laborales e incrementar la explotación de los 90 millones de trabajadores de la región. El Mercosur es, naturalmente, tanto un marco de acuerdo y colaboración como un terreno de competencia. Los capitalistas de cada país pretenden ganar mercados e incrementar ganancias a costa de los otros, y las empresas multinacionales son las mejores posicionadas para maniobrar y chantajear a escala regional para arrancar ventajas y condiciones especiales. Coyunturalmente, las exportaciones al Mercosur crecieron y mitigaron los efectos de la recesión del 95 amén de encubrir la baja competitividad de la industria, pero la crisis en Brasil y la posterior devaluación del real trastocó todo y genera una conflictiva situación: la burguesía y el gobierno argentino no pueden volver la espalda al Mercosur, pero la sobrevaluación del peso dificulta las exportaciones y alienta el ingreso de productos brasileños. La UIA propone "Refundar el Mercosur"[14] pero las burguesías de la región no tienen siquiera rudimentos de una política macoeconómica común y la convertibilidad (o su expresión extrema, la dolarización total) -políticas que Brasil ha descartado- augura también en este terreno continuos conflictos.  
 
Polarización social y transformaciones en el bloque de las clases dominantes.
 
Desde 1983 se han sucedido distintos Presidentes: Alfonsín, Ménem (con sus dos mandatos) y ahora De la Rúa: "la democracia se consolida -dicen- puesto que todos han surgido de procesos electorales"... Pero esta semi-verdad pretende ocultar que esos sucesivos gobiernos y el régimen mismo son tributarios del corte sangriento provocado por el golpe contrarrevolucionario de 1976 y el "Proceso de Reorganización Nacional". El imperialismo y la gran burguesía provocaron un cataclismo para quebrar la capacidad de lucha del movimiento obrero y los sectores populares, y redefinir en términos estratégicos las disputas entre los sectores dominantes, cuyo poder económico, social y político estaba desgastado y cuestionado desde el Cordobazo. El Terrorismo de Estado fue el reverso del plan Martínez de Hoz, que benefició al Imperialismo y a una elite económica que se conformó como nuevo bloque dominante. El plan otorgó la capacidad de control de los mercados a la fracción más concentrada del gran capital, orientada a la valorización financiera y las maniobras especulativas antes que a la producción. Este sector dejó su sello en la reestructuración de la economía, el endeudamiento externo y el disciplinamiento o desplazamiento de las fracciones más débiles del empresariado.
Es verdad que en los ochenta los militares debieron retirarse en medio del mayor descrédito y repudio popular, pero con la colaboración activa del Gobierno Radical el nuevo bloque[15] reforzó sus posiciones. La hiperinflación y la derrota infligida a las luchas defensivas de los trabajadores a comienzos de los 90, facilitaron una nueva vuelta de rosca: desregulación, privatizaciones, y apertura comercial aseguraron rentas de privilegio a un reducido sector de firmas monopólicas, oligopólicas u oligopsónicas, con lo que avanza aún más el proceso de concentración y centralización de algunos grandes grupos locales e inversores extranjeros. Cabe destacar que estos privilegiados entre los privilegiados, en gran medida escaparon a la recesión de 1995 y, en algunos casos, incrementaron sus beneficios. Mientras gran parte del maltrecho empresariado industrial perdía posiciones y se producía una verdadera "mortandad" de Pymes, las 200 mayores empresas aumentaron su facturación, y en el seno mismo de este selecto grupo se registraron significativas rotaciones, en beneficio de los sectores empresariales que dispusieron de las superganancias derivadas de los servicios privatizados y los oligopolios que explotan el petróleo y el gas (conglomerados locales de capital extranjero, grupos económicos locales y joint ventures).[16]
Estas transformaciones -irreversibles por un lado, inestables por el otro- originan incertidumbres, tensiones y reacomodamientos. Síntomas de esto fueron el estallido del Grupo de los 8, los reclamos del nuevo Grupo Productivo[17] escuchados en la Casa Rosada, las medidas de salvataje para productores rurales endeudados o el indefinido "perfil industrialista" prometido por el Jefe de Gabinete[18]. Es verdad que las pautas "acordadas" con el Fondo marcan límites más que estrechos para los regateos, pero también es cierto que, por ello mismo, los sectores más desfavorecidos de la patronal se afanan para que el nuevo gobierno los tome en consideración. Por lo demás, es preciso advertir que el hundimiento del antiguo modelo de acumulación basado en la sustitución de importaciones, e incluso el profundo reflujo impuesto al movimiento obrero y popular, no implican mecánicamente que el nuevo establishement constituya un "Bloque histórico" consolidado y capaz de liderar al conjunto de la sociedad. Los discursos del "pensamiento único" (en todas sus versiones: desde el puro y duro tatcherismo en retirada, hasta las variantes de "tercera vía") predominan, pero su penetración social y fuerza convictiva, su capacidad hegemónica, es limitada. Las módicas ilusiones que pueden acompañar la instalación y los primeros tiempos del Gobierno de la Alianza terminarán en una segura decepción, se acentuará la percepción social de que el modelo no admite mejoras, y la recurrente preocupación de las clases dominantes por la "gobernabilidad" del país reaparecerá más pronto que tarde. Porque esta cuestión no depende tanto de las internas patronales, las pujas entre cúpulas partidarias o el "equilibrio entre los poderes e instituciones republicanas", como de los humores, fuerzas y proyectos de "los de abajo".
 
En la vereda de enfrente
 
Existe desde hace largo tiempo un deterioro sostenido de los sectores populares: más de la mitad de la población está en la pobreza o no muy lejos de ella. El desempleo, la subocupación y precarización llegaron para quedarse: alrededor del 50% de la fuerza de trabajo tiene problemas de empleo. Los sistemas de protección social y el sistema público de salud se han deteriorado y los sectores de menores recursos quedan en el desamparo. Maltrato familiar, alcoholismo, drogadicción, delito y violencia se extienden en las grandes ciudades y asuelan los suburbios[19]. No podemos acá tratar la profunda crisis del "movimiento obrero organizado", pero la misma existe y no se reduce a las reiteradas traiciones de una burocracia sindical corrompida y desprestigiada. Al exterminio por la Dictadura de miles de cuadros obreros, populares o estudiantiles y el forzado desarraigo de una cantidad aún mayor y a las sucesivas derrotas de las luchas defensivas bajo los gobiernos "democráticos", hay que sumar los límites impuestos por la tradición nacionalista y estatista que impregnó al sindicalismo y al conjunto de los trabajadores (en lo que la misma izquierda tiene su cuota de responsabilidad), inermes así ante las nuevas reglas impuestas por el gran capital, un "terremoto" que trastocó puntos de referencia y tradiciones aguerridas, rompió viejas solidaridades y empuja a decisiones individuales dictadas por las exigencias de supervivencia.
El nuevo Gobierno se muestra decidido a explotar la debilidad de los sectores populares avanzando rápido y con mano dura. Pero la Alianza actuará también en otros frentes, buscando consenso social y puntos de apoyo funcionales a su estrategia. Ellos saben que el discurso sobre la honestidad no colma la profunda grieta existente entre las víctimas del sistema y el conjunto de "la clase política", y enfrentan el problema con diversos recursos. Promocionan "un Estado amigo" prometiendo "Democracia de más calidad"[20] y recurrirán a los multimedios para ofrecer un ilusorio terreno de polémicas públicas y expresión "ciudadana", siempre controlada. Es previsible también mayor aliento (y manipulación) de las ONG que se presentan como alternativas a las políticas tradicionales, pero suelen apuntar sobre todo contra la autoorganización militante de los explotados y oprimidos y la elaboración de estrategias enfrentadas al sistema.
Contra la moda adaptacionista, desde una perspectiva revolucionaria cabe advertir que incluso derrotas, desagregación y desolación, nos remiten a hombres y mujeres que, aún bajo las relaciones de fuerza más desfavorables, no son nunca objetos pasivos: construyen siempre representaciones y conceptualización de lo vivido, hay acomodamientos y resistencia, aprendizaje, socialización. Surgen peligros reales (lumpenización, racismo, tentación autoritaria, etc.) o ilusiones conciliadoras, pero siempre existe el terreno humano en que el que es necesario y posible construir-reforzar lazos solidarios comunitarios y de clase antihegemónicos. La tarea es compleja, porque mientras la Miseria afecta al conjunto de los explotados como clase, la fragmentación de la vida social presenta múltiples formas de miseria social ligadas a posiciones particulares y diferenciadas (de género, generacionales, étnicas, habitacionales, ocupacionales, etc.) de modo que individuos, familias o grupos se relacionan entre sí como competidores o enemigos, aunque sean todos víctimas del sistema. Pero la misma dificultad indica un camino: la subjetividad revolucionaria en construcción debe tener una riqueza que de cuenta de esta complejidad, y desarrollar un internacionalismo concreto en que la resistencia de nuestros huelguistas y piqueteros, los mayas chiapanecos o la epopeya de los Sin Tierra brasileños se respalden y fecunden mutuamente. Es en este terreno donde cabe -ideal y físicamente- una genuina praxis de izquierda, aportando a la crítica del sistema con las herramientas del marxismo y aprendiendo con la participación siempre creativa de la-clase-que-vive-del-trabajo en toda su heterogeneidad, elaborando política revolucionaria sin sustitutismo ni espontaneismo. Pero antes que todo ello, cabe algo más elemental pero por lo mismo imprescindible: colocarse en la vereda de enfrente del nuevo Gobierno y sus (lamentablemente) numerosos amigos y colaboradores "intelectuales".
 
** Autor del libro Después del Estalinismo, los Estados burocráticos y la revolución socialista, Editorial
Antídoto, Buenos Aires, 1995; miembro del Consejo de Redacción de Herramienta, en la que ha publicado diversos artículos.
[1] Encuesta de la consultora IBOPE, publicada en El Economista, 11/2/00.
[2] Reportaje a Juan Carlos Portantiero, en Clarín, 21/11/99.
[3] Tres puntos, 10/2/00.
[4] Portantiero, reportaje citado.
[5] De los ocho diarios de alcance nacional siete apoyaron, cada cual con su propio estilo y orientación política, a la Alianza. El restante, que no ocultó su antipatía por ésta, se dedicó a ensalzar a Ménem y bombardear a la candidatura de Duhalde. Lo mismo ocurrió con las emisoras de radio y televisión, incluidas las estatales. Las pocas que no cantaban loas a la Alianza, trataron con desdén al candidato del PJ.
[6] Alfredo Leuco, en su columna de opinión en el programa Bravo 1030, por Radio del Plata.
[7] Daniel Hadad, en su programa El primero de la mañana, por Radio 10.
[8] Las bancas a renovarse en estas elecciones eran las que habían sido llenadas en 1995, cuando el Frepaso hizo una excelente votación y la UCR se hundió en su peor momento electoral. Por lo tanto, el que aumentó ahora sus efectivos en la Cámara fue el radicalismo, mientras que el Frepaso mantuvo los suyos. Vale la pena añadir que, mientras que el radicalismo tiene una sólida estructura de partido clientelar, el Frepaso es esencialmente un movimiento electoral, cuya mayor fuerza radica en las habilidades mediáticas de sus figuras principales.
[9] Carlos Marx, Las luchas de clases en Francia, Ed. Claridad, Bs. As. 1968.
[10] Existen sí varios millares de activistas con formación y tendencias revolucionarias, que suelen tener roles destacados en luchas sociales concretas gracias a su inserción y capacidades personales, pero esto no suple las carencias de las organizaciones revolucionarias.
[11] La economía argentina a fin de siglo: fragmentación presente y desarrollo ausente, H. Nochteff (editor), FLACSO-EUDEBA, Bs.As. 1998;"El precio de la convertibilidad", A.E. Calcagno y E. Calcagno, Le Monde diplomatique, Febrero 2000.
[12] Esto merecería una discusión que excede este artículo, porque se trata de poner en relación los promocionados índices de "crecimiento" con las feroces distorsiones ya señaladas y con el diagnóstico de "una fuerte regresión tecnológica e industrial" (H. Notcheff, "Neoconservadorismo y subdesarrollo. Una mirada a la economía argentina", Ob. cit.).
[13] Ministerio de Economía y Obras y Servicios Públicos, Proyecto de presupuesto nacional para 2000, tomado de Calcagno y Calcagno, art. cit.
[14] Osvaldo Rial, Clarín 16-02-2000.
[15] Está integrado por grupos económicos tradicionales o más recientes, como Bunge y Born, Celulosa, Pérez Companc o Bridas, las nuevas Sociedades con que la vieja oligarquía terrateniente pampeana recuperó posiciones y las transnacionales asentadas en el país, en alianza con la banca e instituciones crediticias internacionales. 
[16] Daniel Azpiazu, "La elite empresaria y el ciclo económico. Centralización del capital, inserción estructural y beneficios extraordinarios", en H. Nochteff (editor), Ob. cit.
[17] "Para los empresarios, llegó la hora de reactivar la economía", titulaba Clarín (2/2/2000) la nota sobre la reunión con De la Rúa. Allí se explica también que "El Grupo Productivo reúne a la Unión Industrial Argentina, la Cámara de la Construcción, y a Confederaciones Rurales Argentinas. Se trata de un polo empresario que procura ocupar el rol que durante muchos años desempeñó el Grupo de los Ocho, donde además se sentaban la banca, la Bolsa y el comercio".
[18] Se trata del Proyecto Bicentenario (2000-2010), adelantado en un reportaje a La Nación (23/1/2000).
[19] Aldo Insuani, "Una nueva etapa histórica", y Fabián Repetto, "La pobreza no es eterna", en La Argentina que Viene, Aldo Insuani-Daniel Filmus (compiladores), UNICEF-FLACSO-Norma, 1998.
[20] Vicepresidente Carlos Chacho Alvarez y Politólogo Guillermo O'Donnel, Clarín 20/01/00.