Ensayos de Interpretación de la Revolución Cubana.

Introducción
 
“Los imperialistas no nos pueden perdonar que hayamos hecho una revolución, una revolución socialista, aquí, bajo las mismas narices de los Estados Unidos”.
De esta manera, el 16 de abril de 1961 el pueblo cubano y el mundo entero, recibió del primer ministro Fidel Castro la definición del carácter socialista de la Revolución, explicitada durante el funeral masivo de las víctimas de los bombardeos de los días anteriores, prólogo sangriento de la invasión de la Bahía de Cochinos.
Esta dramática definición fue la culminación del proceso desatado en Cuba desde la huida de Fulgencio Batista el 1º de enero de 1959 y la entrada triunfal en La Habana de Fidel y su columna de guerrilleros 7 días después, proceso jalonado de acontecimientos políticos, económicos y sociales que culminaría en “la definición socialista”.

Al principio el gobierno revolucionario gozaba del apoyo del conjunto de la burguesía cubana, la Iglesia católica, amplios círculos influyentes de Estados Unidos y los gobiernos latinoamericanos (algunos de los cuales habían ayudado a pertrechar a la guerrilla de Sierra Maestra). Pero las medidas sociales y económicas que comenzó a tomar fueron enfriando este apoyo, a la vez que crecía su prestigio entre los campesinos, los trabajadores, y las masas hasta entonces postergadas.
En marzo de 1959 el gobierno redujo los alquileres urbanos hasta un 50 %. Esta medida, obviamente muy popular, afectaba solamente a un sector, aunque significativo, de la burguesía cubana, pues el capital norteamericano no intervenía mayormente en el rubro de construcción de viviendas. Luego de esta medida, Castro siguió alentando a los capitalistas a que invirtieran, afirmando que los productos de la industria cubana contribuirían al crecimiento de la nación, en contraste con “los parásitos que invertían en el mercado de viviendas”.[1]
En mayo de 1959 Fidel definía a la revolución como “ni capitalista ni comunista”, pues si se debía optar entre “el capitalismo que hambrea al pueblo, y el comunismo que resuelve el problema económico pero suprime las libertades (...) nuestra revolución no es roja, sino verde oliva, el color del ejército rebelde que surgió del corazón de Sierra Maestra”. Sin embargo, el virtual “frente unido” de principios de 1959 se fue resquebrajando progresivamente. La orientación nacionalista del nuevo gobierno inevitablemente chocó con la resistencia de los intereses norteamericanos, y la reacción de la burguesía cubana, dependiente del comercio y las inversiones de EE.UU., fue concordante con la de sus amos. En oposición a las medidas revolucionarias renunció el primer ministro Miró Cardona, reemplazado por Fidel, y luego le siguió el presidente Urrutia. Al mismo tiempo, el Movimiento 26 de Julio sufría las primeras deserciones por parte de sectores disconformes con el rumbo radical de la revolución. Ese mismo mes de mayo es promulgada la primera Ley de Reforma Agraria. por la cual casi todas las propiedades de más de treinta caballerías (unas 402 hectáreas) fueron confiscadas. Entre los propietarios afectados estaban las compañías azucareras de propiedad norteamericana. Parte de las tierras fue entregada a arrendatarios, aparceros y campesinos sin tierra, pasando éstos a constituir entonces el grueso del sector privado agrícola, formado por unas 166.000 granjas cuyo tamaño variaba en una escala que iba desde “menos de 67 hectáreas” hasta “más de 402 hectáreas”, y ocupaban 4.451 millones de hectáreas. El resto de las tierras, sobre todo las provenientes de los grandes terratenientes, pasaron a propiedad del Estado, organizadas en “granjas del pueblo” o a “cooperativas” que en los hechos poco se diferenciaban de las granjas estatales. En conjunto, las tierras administradas por el Estado representaban el 44 % de la superficie cultivada. La reforma agraria era una antigua reivindicación muy sentida en Cuba, que incluso había sido incluida en la Constitución de 1940, aunque con cláusulas que la hacían impracticable, y por supuesto figuraba en el programa del manifiesto La historia me absolverá, escrito por Fidel en 1953. Ya en los dos primeros meses del gobierno revolucionario hubo algunas tomas espontáneas de tierras. Estas pocas tomas fueron condenadas oficialmente: “Nos oponemos a la distribución anárquica de tierras. Hemos propuesto una ley que estipula que quienes se involucren en las distribuciones de tierra sin esperar a la nueva ley agraria, perderán el derecho a beneficiarse de la nueva reforma. Quienes se han apropiado de tierras desde el 1º de enero hasta la fecha no tienen derecho a las mismas. Cualquier provocación de distribuir tierras despreciando a los revolucionarios y a la ley agraria es criminal”.[2]
 La American Foreign Power Company también fue obligada a reducir la tarifa eléctrica.
Comenzaron los vuelos de hostigamiento a la isla, provenientes de Florida, y acciones de sabotaje, mientras el gobierno norteamericano presionaba a los europeos para que no vendieran armas a Cuba. En enero de 1960, Cuba expropió nuevos latifundios azucareros, así como de pasturas y bosques pertenecientes a la United Fruit Company, y rechazó las protestas oficiales de EE.UU. En febrero se firmó por primera vez entre Cuba y la URSS un tratado comercial canjeando azúcar por petróleo, cereales y maquinarias. En abril, Fidel visitaba a EE.UU. intentando llegar a un acuerdo con el gobierno norteamericano, pero fracasaría. En junio el gobierno cubano nacionalizaba las refinerías de Shell, Esso y Texaco por negarse a refinar el petróleo soviético. En julio, el presidente Eisenhower canceló la cuota de azúcar que se le compraría a Cuba ese año, como primera “sanción económica” a la que seguirían otras.
En setiembre la “Primera Declaración de La Habana” respondía a la “Declaración de San José” de la OEA, que condenaba “el intento de los poderes chino-soviéticos de aprovechar la situación política, económica o social de cualquier estado americano”. Ese mismo mes, fueron nacionalizados el Bank of Boston, el City Bank, el Chase Manhattan, y el resto de la banca.
En esos días, Cuba ya se había transformado en una estrella en ascenso en el movimiento de los “países no alineados”. Durante una corta gira de Fidel Castro a Nueva York para la apertura de la Asamblea de las Naciones Unidas, fue entrevistado por los principales líderes ese movimiento: Jawaharlal Nehru, Gamal Nasser, y Kwame Nkrumah.
A fines de setiembre, ante el recrudecimiento de atentados terroristas y sabotajes, fueron creados los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), de los que llegaron a haber casi uno por manzana en La Habana y las principales ciudades cubanas.
El 14 de octubre fue promulgada la Ley de Reforma Urbana, acabando con la propiedad privada de edificios destinados a alquiler de viviendas. Los antiguos inquilinos pasaron a pagar al Estado, en lugar del alquiler, sumas mucho menores que les permitirían adquirir su vivienda al cabo de cierta cantidad de años. Todas las grandes empresas industriales, comerciales y de transporte fueron nacionalizadas. El mismo mes Cuba se retiraba del Banco Mundial, pues la política económica de dicho organismo “está lejos de ser efectiva” para el proceso de desarrollo y expansión de la economía cubana, la que estaba siendo encausada por su gobierno “de acuerdo a un plan definido”.
A fines de octubre, en respuesta al embargo parcial decretado por los EE.UU., fueron nacionalizadas las restantes empresas privadas americanas. Dos meses después, ante la anulación definitiva de la cuota azucarera cubana por parte de los EE.UU., Castro anunciaba que los países socialistas habían ordenado pedidos por 4 millones de toneladas.
El año 1961 nació con el lanzamiento de la Campaña Nacional Alfabetizadora, con el objetivo de reducir en un año la tasa de analfabetismo del 25 % a menos de un 4 %. Las brigadas alfabetizadoras, integradas por decenas de miles de jóvenes entusiastas, fueron a la sierra a enseñar y a convivir con los guajiros.
Así pues, para la primavera cubana de 1961, Cuba, de acuerdo a su estructura económica, aliados políticos, pautas comerciales y prioridades sociales, ya era “de facto” lo que entonces se definía como “una sociedad socialista”. En el momento en que se declaró la Revolución Socialista, ya todos los sectores estratégicos de la industria estaban nacionalizados: el azúcar, la refinación de petróleo, los teléfonos, la energía eléctrica y el cemento; el sector estatal producía el 90 % de las exportaciones; las granjas estatales y las cooperativas controlaban las principales tierras; el conjunto del comercio exterior había virado de los Estados Unidos a los países socialistas. Al mismo tiempo, las vastas disparidades entre ricos y pobres, entre la ciudad y el campo, estaban siendo drásticamente reducidas.[3]
Al mismo tiempo, el apoyo masivo a las medidas políticas y económicas fue acompañado de un crecimiento, en gran medida espontáneo, del sentimiento antiimperialista en la población. Las explicaciones liberales sobre los “errores” de los bien intencionados norteamericanos dejaron de ser aceptadas por una abrumadora mayoría de cubanos. El rechazo de los pedidos de apoyo financiero, la exigencia de pago de un alto precio por las tierras confiscadas, el apoyo político a los refugiados batistianos y los cubanos más reaccionarios, la negativa a impedir las incursiones aéreas piratas, y otras medidas descaradamente imperialistas del gobierno del general Eisenhower, despertaron o avivaron aún más la conciencia de los cubanos de su antiguo sometimiento al poder imperial del norte. En pocos meses, el espíritu antiimperialista de la revolución de 1933 había recobrado su fuerza, pero a diferencia de entonces, el gobierno y el pueblo cubanos estaban en una mejor posición para luchar contra el imperialismo yanqui que cualquier otro país en la historia de América latina. Las viejas instituciones estatales, particularmente el ejército tradicional, habían sido barridas. No había ni una “Enmienda Platt” que legitimara la intervención de los marines, ni un ejército tradicional que pudiera ser usado como lo fue el de Guatemala unos pocos años antes, para derrocar al gobierno de Jacobo Arbenz.[4]
 
El marco latinoamericano de la revolución
 
Hasta la toma de las medidas revolucionarias antes descriptas, Cuba, como el resto de América latina, todavía conservaba las huellas de siglos de explotación colonial y neocolonial, agravadas en su caso por ser el último país en liberarse de España, y haber caído inmediatamente bajo el control directo norteamericano durante varias décadas más.
A partir de las guerras de independencia en el siglo pasado, los países de América latina, si bien se liberaron de los imperios español y portugués, no llegaron a constituirse en verdaderos Estados-nación. La intervención de Inglaterra y otras potencias europeas, y luego la de los Estados Unidos, acentuaron la tendencia a la des-soberanía, resultado del nuevo tipo de dominación por parte de los países capitalistas avanzados, estudiado y caracterizado por Lenin como imperialismo.
De este modo, la América latina, a pesar de ser políticamente independiente, compartía hasta mediados de nuestro siglo con las colonias y ex colonias de Asia y Africa el estigma del “subdesarrollo”, como se llamaba al atraso de los países dependientes y semicoloniales, debido a la explotación y opresión imperialista.
Las dos clases sociales latinoamericanas dominantes, heredadas de la colonia, eran la burguesía comercial y la terrateniente. Ninguna de las dos fue capaz de llevar adelante las tareas principales de la revolución democrática en la era burguesa: la unificación y una verdadera independencia nacional, la reforma agraria, la autodeterminación de las naciones sometidas, la creación de un estado democrático, la industrialización y la modernización de la economía. Estas tareas, que han sido resueltas con mayor o menor éxito por la burguesía liberal en Europa y EE.UU., quedaban aún sin cumplir en Latinoamérica. De ahí la endémica inestabilidad política de la región desde su independencia, con guerras civiles, golpes de estado, levantamientos populares, etc.
También hubo procesos revolucionarios, como en México, Bolivia y Guatemala, que procuraron llevar a cabo cambios con mayor o menor profundidad, pero terminaron estancándose o fueron derrotados. En los casos de México y Bolivia hubo tomas de tierras en forma masiva y luego los gobiernos las oficializaron legislando sendas reformas agrarias. Independientemente de su epílogo, debe notarse que en estos casos la acción espontánea de las masas siguió los lineamientos clásicos de las revoluciones agrarias, a diferencia del rumbo que tomaron la reforma agraria y las nacionalizaciones de fábricas en Cuba, donde fueron el ejército rebelde y las milicias quienes las tomaban bajo la dirección del gobierno revolucionario. En ese aspecto, el caso de Cuba también fue excepcional. Hay autores que indican que, aunque las masas apoyaban las medidas revolucionarias, “este rasgo característico de la revolución social post-1959 está estrechamente relacionado al carácter de la revolución política pre-1959, que fue peleada por un relativamente pequeño grupo de jóvenes sin una implicación significativa en la clase obrera o el campesinado”. La ausencia de tal espontaneidad en la Revolución Cubana habría simplificado el proceso de colectivización estatal de la economía.[5]
Durante el siglo XX aparecieron intentos de industrialización parciales que se combinaron con estructuras económicas atrasadas en la mayoría de los países, y dieron lugar a la aparición del proletariado industrial y a la creciente urbanización de la población. Esto favoreció la gestación de movimientos populistas, como el peronismo en Argentina, el “estado novo” en Brasil y el APRA en Perú, que buscaban negociar con el imperialismo y obtener concesiones, sin llegar a romper las estructuras de dominación semicolonial. Todos estos movimientos terminaron fracasando en los intentos de crecimiento y modernización.
En ese contexto, la Revolución Cubana sentó un precedente histórico. La recuperación de las palancas básicas de la soberanía, a través de la estatización, la confrontación con el principal poder imperialista mundial, y la derrota infligida en Playa Girón a la fuerza invasora enviada y apoyada por EE.UU. en 1961, fueron hechos percibidos y admirados por amplios sectores populares del resto del subcontinente. A partir de 1959 se generaron corrientes “castristas” o “guevaristas” que, al influjo de los acontecimientos del Caribe, fueron radicalizándose y pugnaron por llevar adelante, en cada uno de los países latinoamericanos, movimientos revolucionarios a imagen y semejanza de la épica cubana. Aún en nuestros días el carácter nacionalista de la revolución es un componente básico de la fortaleza del régimen, permitiéndole mantener firmemente las riendas del poder, ante la sorpresa y desilusión de muchos analistas que le daban muy poco tiempo de vida luego de la caída del muro de Berlín y la disolución del bloque soviético.
 
El marco internacional
 
A principios de la década del ‘50 comenzó a deteriorarse la estabilidad de la segunda posguerra, negociada en los pactos de Yalta y Postdam entre los aliados y la URSS. La Revolución China fue el primer signo de cambio. Luego, el control norteamericano del mercado mundial comenzó a ser crecientemente desafiado, principalmente por los países derrotados en la guerra: Japón y Alemania. El orden colonial en los continentes africano y asiático había empezado a tambalear, y con él, las economías europeas basadas en su explotación. En 1954, la insurrección de Argelia iniciaba la guerra de liberación, que duraría 8 años e influiría sobre el resto del continente africano. En 1958, el vicepresidente Nixon efectuaba una tormentosa gira por Latinoamérica, recogiendo repudios a su paso que reflejaban el cambio de humor de la población en todo el subcontinente.
Luego de la muerte de Stalin, la capa dominante de la burocracia soviética trataba de reformular su política. Los levantamientos en Berlín, Hungría y Polonia, a pesar de ser aplastados, la convencían de la necesidad de un cambio. El régimen maoísta en China comienza a insinuar diferencias con la política de la URSS. En 1957, con su primer satélite, comienzan las hazañas espaciales soviéticas, poniéndolos por delante de los norteamericanos durante varios años. En esos momentos, la URSS parecía estar definitivamente al frente del progreso científico y tecnológico mundial. Una “desestalinización” formal -que se limitaba a la denuncia de los crímenes de Stalin, y no atacaba a la raíz del fenómeno: la consolidación de un poder burocrático privilegiado en nombre del “socialismo”- y la adopción de planes económicos audaces permitirían a la Unión Soviética modernizar su estructura productiva, llegar al nivel de los países capitalistas más avanzados y aún sobrepasarlos para comienzos de la década del ‘80. Para ello necesitaba imperiosamente reducir su nivel de gastos en armamentos requeridos por la “guerra fría” y con este fin llegar a un nuevo acuerdo con EE.UU.
Esta política, que una década más tarde se probaría equivocada pues la economía soviética, en lugar de encontrarse en una fase ascendente, se hallaba en realidad al borde de sus fuerzas, chocaba además con las consecuencias del mantenimiento de un mito: siendo la URSS la patria del socialismo, debía pretender seguir detentando el papel de guía política de un movimiento internacional y -en teoría- revolucionario, heredado de la gran Revolución de Octubre, y utilizado desde Stalin como otro instrumento de su política exterior. De allí la necesidad de Nikita Jruschof de barnizar ideológicamente su política de coexistencia con Occidente como la posibilidad de una nueva vía pacífica para llegar al socialismo, que fuera una alternativa a la toma del poder por medios revolucionarios.
En este contexto, la irrupción de la Revolución Cubana en 1959, y su progresiva radicalización, sin haber sido dirigida por un partido que ostentara la credencial de pertenencia al Komintern, aportaba tanto ventajas como desventajas a Moscú. La URSS, acostumbrada a apoyar regímenes tercermundistas que afirmaban su neutralidad entre los dos grandes bloques mundiales, que eran funcionales a su juego de equilibrios con los EE.UU., se encontró con una imprevista revolución a 80 millas de su adversario; y mantuvo cierta reticencia frente a ese recién llegado con extraño acento latino que afirmaba ser un pariente cercano. Tal fue la reticencia, que la definición socialista de la Revolución Cubana en 1961 recién fue informada al pueblo soviético en abril de 1962, cuando se publicó en Pravda que los cubanos estaban edificando el socialismo al igual que ellos.[6]
 
El movimiento obrero cubano, ¿sujeto de la revolución?
 
El año 1959 nació con la huelga general revolucionaria, convocada por el Comandante Fidel Castro para enfrentar la maniobra del “gobierno provisional” surgido luego de la huida de Batista. Logrado ese objetivo, la huelga fue levantada al cuarto día. Con la dictadura se derrumbó también toda la dirección sindical en todos sus niveles. Las nuevas direcciones obreras elegidas provisionalmente en los primeros días de la revolución respondían en su casi totalidad al Movimiento 26 de Julio.
Se formó un Comité Coordinador que dirigiría al movimiento obrero hasta el próximo congreso de la Central de Trabajadores Cubana. Estaban representados todos los sectores que habían combatido a la dictadura y a la burocracia mujalista: el MR 26 de Julio, la rama “histórica” del Partido Ortodoxo, sectores del Partido Auténtico (Prío Socarrás), el Directorio Revolucionario 13 de Marzo y los comunistas. David Salvador Manso, quien había renunciado al Partido Socialista Popular (Comunista) en 1946, por su política de apoyo a Batista, fue elegido responsable general. Había ingresado al MR 26 de Julio en 1955, y era el dirigente de la “Sección Obrera” del mismo desde 1957, miembro de la Dirección Nacional del Movimiento y uno de los principales organizadores de la fracasada huelga del 9 de abril de 1958. Había sido capturado por la policía de Batista en octubre y liberado cuando cayó la dictadura.
El 18 de noviembre de 1959 se inauguró el X Congreso de la CTC, o “I Congreso de la CTC Revolucionaria”. Fidel Castro se dirigió a los más de 3200 delegados, quienes no habían sido “elegidos a dedo, sino designados por los trabajadores, que expresaban la opinión libre de éstos y tomarán libremente sus acuerdos”. También recordó que fue la clase obrera la que dio, en la huelga general que promovió el Ejército Rebelde, el golpe final a aquellos planes de escamotear al pueblo la victoria a última hora. “Fue la huelga general la que le dio todo el poder a la Revolución”.
El sábado 21 se procedió a elegir a la nueva dirección obrera. En medio de grandes discusiones, se comprobó que los delegados del 26 de Julio y los Auténticos sumaban unos 3000 mientras que los comunistas y sus aliados solamente 265. La relación de fuerzas entre las “fuerzas democráticas” y el PSP era de 11 a 1, a pesar de lo cual, entre los 13 candidatos al nuevo Comité Ejecutivo fueron incluidos 3 comunistas.
Ese mismo día intervino nuevamente Fidel, quien atacó abiertamente a las polémicas desatadas, planteando que cualquier división o pugna en el Congreso alegraría enormemente a los enemigos de la Revolución: “¿Qué cosa extraña ha sido eso al entrar aquí hoy, si ustedes eran aquellos de la misma noche solemne? ¿Qué cosa extraña ha habido que esto parecía un manicomio?”. Remarcó, además, que la clase trabajadora quería constituirse en ejército para defender la Revolución, pero que era absurdo pensar que un ejército estuviera constituido por facciones.[7] Finalmente manifestó que “no había propuesto pactos con nadie”, y propuso un voto de confianza para David Salvador, quien confeccionaría una nómina de candidatos al futuro Consejo Ejecutivo. La moción fue aprobada por unanimidad, reflejando la absoluta adhesión y confianza hacia Fidel por parte de los trabajadores.
Paralelamente a esta intervención, Raúl Castro trabajaba en los corredores del Congreso convenciendo a los delegados. Finalmente se impuso el criterio de la candidatura unitaria. Se redujo el número de miembros a seis, tres por cada tendencia. Salvador, ratificado como Secretario General, sería el que decidiría con su voto. Los comunistas conquistaron las estratégicas secretarías de organización (que les permitiría ir ganando los sindicatos locales) y de relaciones internacionales.
La purga de los dirigentes no afectos al PSP comenzó enseguida. En los primeros cuatro meses de 1960 más de veinte dirigentes del MR 26 de Julio o que habían sido elegidos libremente fueron depurados acusados de “mujalismo”. David Salvador, cansado de quejarse ante el gobierno, convencido de que lo engañaban, renunció a mediados de marzo. En noviembre del mismo año fue apresado cuando aparentemente quería salir de Cuba.[8]
De acuerdo a la historia oficial, a principios de 1960, había comenzado un proceso de erradicación del “mujalismo”. Se instauraba así el criterio “unitario” en la dirigencia, y así “entraron a reforzar la unidad obrera numerosos ex-dirigentes de la época unitaria de la CTC, veteranos combatientes de honestidad a toda prueba”. La época unitaria había sido la de 1938 a 1944, cuando el PSP controlaba la central obrera con la anuencia del primer gobierno de Batista, quien además había incorporado ministros comunistas a su gabinete. Para noviembre de 1961, en el XI Congreso “ya en Cuba se había acabado el fulanismo sindical, el problema de las ‘tendencias’ obreras!...”.[9] Para que no hubiera dudas, en la sesión inaugural habló Lázaro Peña, “quien desde hacía unos meses prestaba su vasta experiencia (...) junto a otras prestigiosas figuras comunistas, bien probadas en su honradez y capacidad en la época de la CTC unitaria, del 1939 al 1947”. Desde entonces, la CTC fue dirigida por Peña hasta su muerte, en marzo de 1974.
Esta intervención estatal en los organismos obreros, y el consiguiente copamiento del aparato sindical por los estalinistas vernáculos fueron aceptados por las bases y los cuadros debido al extraordinario prestigio de la dirección revolucionaria, pero iba a tener sus consecuencias. Ya en 1962, estudiando el problema del elevado ausentismo en las fábricas, Ernesto Guevara afirmaba: “Nos hemos quedado muy atrás en lo que toca a la implicación efectiva de la clase trabajadora en sus nuevas tareas de dirección. ¿De quién es la culpa? Evidentemente la culpa no es suya, es nuestra, del ministerio y de los dirigentes obreros. De ambos. Pero, ¿de quién en mayor medida? Esto podría desde luego discutirse o aclararse; pero el hecho es que la culpa es nuestra. Nos hemos transformado en perfectos burócratas en ambas funciones...”
“A veces nosotros analizábamos en nuestros consejos directivos, cuál era el origen real de esta apatía. Por qué grandes, enormes tareas que competen directamente a la clase obrera, tenían que surgir siempre como iniciativas burocráticas. (...) ¿Qué debíamos hacer para que la participación de la clase obrera en la dirección de la fábrica y de las empresas fuera siempre más consciente y siempre más determinante?”[10]
Esta apatía advertida por el Che en realidad era el resultado de una estructura a la que él mismo había contribuido a crear:
 
(...) los gobernantes de un país identificado con su pueblo, piensan qué es lo mejor para ese pueblo, lo ponen en números más o menos arbitrarios, pero con una base lógica, sensata, y lo van mandando de arriba hacia abajo, por ejemplo, desde la Junta Central de Planificación al Ministerio de Industrias, donde éste le hace ya las rectificaciones que estima convenientes, porque está mas cerca de la realidad que aquellas otras oficinas. De allí sigue pasando hacia abajo, hacia las empresas que le hacen otras rectificaciones. De las empresas pasa a las fábricas, donde se hacen otras rectificaciones y de las fábricas pasa a los obreros, donde ellos tienen que decir la palabra final en cuanto al plan.[11]
 
Con toda esa jerarquía desde arriba hacia abajo, los trabajadores lo único que podían hacer era decir justamente “la última palabra”, pues lo que llegaba al lugar de trabajo ya era un plan decidido y sólo podían expresar mayor o menor aceptación o rechazo, a lo que el gerente de la fábrica podía prestar atención o ignorar. En el mejor de los casos, los obreros podían implementar el plan, o ser alentados a buscar formas más innovadoras y eficientes para ello, a ser más productivos - un esquema parecido al concepto de “equipo” que se usa en la moderna industria capitalista- pero de ningún modo podían cuestionar en una amplia escala las premisas del plan. Este particular "camino al socialismo", en ausencia de órganos básicos de democracia obrera, donde una dirección se autoperpetúa en el gobierno, con poder ilimitado para elaborar planes y leyes e imponerlas, basado en lo que esa dirección considera que es lo mejor para el pueblo, no podía sino generar “apatía” en la clase supuestamente “sujeto de la revolución”.
 Hubo que esperar al fracaso de la zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar, para que Fidel Castro admitiera, el 3 de setiembre de 1970: “Vamos a comenzar la democratización del movimiento laboral. Si el movimiento de los trabajadores no es democrático, no sirve. El trabajador que sea verdaderamente elegido por una mayoría, aparecerá como un individuo con autoridad, no como un don nadie”.[12] Dramática admisión, a 10 años de “construcción del socialismo” y “dictadura del proletariado”. Todavía hoy, a 40 años, Fidel podría volver a decir lo mismo.
 
La Revolución Cubana y el estalinismo
 
Desde el comienzo de la revolución, las sospechas por parte del establishment norteamericano y la burguesía cubana sobre el comunismo encubierto de sus dirigentes no escasearon. A ello contribuyó la temprana admisión de los militantes del antiguo PSP a las filas del movimiento revolucionario que, aunque resistida por muchos miembros del 26 de Julio, fue finalmente impuesta por la voluntad de Fidel, Raúl, el Che y algunos otros dirigentes. En general, la desconfianza de quienes se oponían no obedecía a una cerrada posición anticomunista y pro-burguesa, sino a la conducta oportunista del PSP durante el primer gobierno de Batista, y a su oposición inicial a la guerrilla de Sierra Maestra, salvo un sector minoritario que se sumó a la misma. La integración se produjo mucho antes de “la definición socialista” de 1961. Como vimos, los cuadros del PSP fueron parte activa del copamiento de la dirección de la Central de Trabajadores de Cuba. También se encargaron de la organización del nuevo partido unificado de la revolución: las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI). Suele aducirse que la necesidad de la dirección castrista de contar con un aparato disciplinado, dado que la gran masa de los miembros del movimiento 26 de Julio era un conjunto heterogéneo y amorfo de revolucionarios, rebeldes, humanistas, reformistas, demócratas y otras facciones políticas, obligó a recurrir a los viejos comunistas cubanos, formados en la escuela verticalista del “centralismo democrático” al uso en la III Internacional. Esta formación, más su costumbre de confiar ciegamente en los jefes y su convencimiento de que el socialismo hay que construirlo desde arriba, desde el aparato revolucionario que decidiría por los de abajo, las masas, eran cualidades cada vez más altamente apreciadas por Fidel Castro.
El fortalecimiento de los lazos económicos y políticos con la URSS, al compás del enfrentamiento y ruptura con los EE.UU., pareció dar a los antiguos comunistas un poder creciente, asumiendo el papel de las correas de transmisión locales de la presión soviética sobre la política interna y externa de Cuba. En este aspecto, sus aspiraciones chocaban con la concepción castrista. El “interlocutor” con la URSS era Fidel -como lo era con EE.UU. y el resto del mundo-; en la Revolución Cubana no habría lugar para futuros títeres al estilo europeo oriental. En marzo de 1962 Fidel pegó un drástico giro al timón. Denunció públicamente al “sectarismo” de antiguos cuadros del PSP, en especial a Aníbal Escalante, por querer confiscar la administración del país, revisar la historia de la revolución en su provecho, y tratar de controlar y burocratizar la revolución. Escalante fue enviado a Moscú. Este episodio alentó las esperanzas de quienes deseaban, tanto en el exterior como localmente, que en Cuba la revolución presentara, esta vez sí, el "rostro humano” del socialismo.
 Durante la crisis de los misiles, en octubre de 1962, al borde de una guerra frontal, Jruschof terminó negociando directamente con Kennedy el retiro de los cohetes instalados por la URSS y un status quo que definía el futuro de la isla, dejando en el incómodo papel de espectador al gobierno cubano. La decepción por esta actitud aceleró el desprendimiento del castrismo de la versión “proletaria ortodoxa” de su revolución y del régimen. En esta ocasión, los antiguos militantes del PSP que habían estado de acuerdo con las tesis soviéticas, fueron apartados de los puestos claves del poder y de las relaciones con la URSS. Fue Ernesto Che Guevara quien formuló entonces la interpretación local de la Revolución Cubana como un proceso revolucionario socialista original, totalmente distinto de las concepciones leninista, trotskista o maoísta. De acuerdo a esta nueva teoría, el sujeto de la revolución era la vanguardia guerrillera, sin lazos sociales precisos, operando en las montañas, “la única capaz de expresar - y despertar- las necesidades de los estratos explotados en una sociedad que no comportaba ni una auténtica burguesía ni un proletariado desarrollado”.
Años después, en enero de 1968, en el proceso a la “minifracción”, Escalante, que había vuelto y tenía un modesto puesto administrativo, y un grupo de antiguos dirigentes del PSP fueron acusados de querer organizar una fracción en el seno del Partido Comunista Cubano. Siendo un proyecto político, fue tratado como un “crimen”, aunque en realidad no estaba contemplado por la justicia cubana. Este episodio, visto desde el exterior como prueba de la firmeza “anti-estalinista” del régimen, en realidad no tenía precedentes en los anales de la justicia, ni siquiera de la soviética. Ni siquiera en los “procesos de Moscú” de los años 30, se presentaban los desacuerdos políticos como delitos. Los fiscales de Stalin urdían acusaciones a la vieja guardia bolchevique de los peores crímenes contra el estado soviético, espionaje a favor de Hitler, por ejemplo, intentando disimular los verdaderos móviles políticos de las condenas. En el informe acusador, Raúl Castro consignaba: “con un grupo de compañeros que revisábamos estos materiales, hice la siguiente proposición: vamos a buscar una sola cosa que haya hecho la Revolución que esta gente apoye. Y realmente, compañeros, no encontramos ninguna que contara con el apoyo de estos ciudadanos. O sea, que la oposición y la crítica a cualquier medida, de importancia o no, que realizara el poder revolucionario, encontraba en ellos la crítica sistemática.”.[13] Esto se podía interpretar como una advertencia de que esas opiniones, y por extensión, cualquier crítica o disidencia hacia la línea oficial podía ser objeto de sanciones penales. Este ataque aparente al estalinismo con métodos copiados y notablemente mejorados del mismo estalinismo, debe sumarse al haber de los aportes originales de la dirección castrista. Las características de este episodio se han repetido en otras ocasiones. El caso Ochoa, en 1989, ha tenido rasgos similares. Un análisis más profundo y detallado del mismo como caso paradigmático de la metodología política y jurídica que utiliza el régimen con los opositores excede los límites de este ensayo y merece un tratamiento por separado. Sin embargo, ¿puede calificarse entonces al régimen cubano de estalinista?
Por su origen la revolución cubana difiere substancialmente de la soviética. El ascenso de Stalin al poder fue posible a partir de la derrota de la revolución europea, sobre la cual Lenin, Trotsky y los bolcheviques fundaban sus esperanzas, dado el atraso histórico de la sociedad rusa. El aislamiento de la URSS en medio de un cerco internacional hostil, el agotamiento en la guerra civil de la clase obrera urbana y de su vanguardia, la aparición de capas sociales privilegiadas, la burocratización del partido y la presión de las viejas estructuras heredadas del zarismo sobre el estado soviético, ese “estado burgués sin burguesía”, fueron los elementos que dieron la base de ese ascenso, y su consolidación tuvo lugar mediante la imposición del terror sistemático sobre el conjunto de la sociedad, incluyendo a menudo a la misma burocracia. Ninguno de estos factores, al menos en la misma medida, aparece en la revolución del Caribe.
Pero la historia de este siglo ha dado ejemplos de regímenes cercanamente emparentados en sus estructuras partidario-estatales de dominación y en sus métodos al estalinismo, a pesar de sus disímiles orígenes y contextos, y de estar incluso enfrentados en una u otra dirección al mismo. El sistema del partido único, que controla férreamente todos los órganos de poder, combinado con la represión de toda oposición o disidencia, y la propiedad predominantemente estatal de los medios de producción, controlada y usufructuada por la burocracia gobernante, se ha dado en Yugoslavia, China, Albania, Camboya, y otros países, y se presenta también en Cuba.
Si al decir estalinista nos referimos a un patrón político-social-económico impuesto por el terror, a total imagen y semejanza del régimen soviético consolidado a partir de mediados de la década del ‘20, el régimen nacido de la revolución cubana claramente no lo es. No obstante, la forma con que se “edifica el socialismo” en Cuba, aún con características que han ido cambiando a lo largo de estas cuatro décadas,  excluyendo permanentemente una verdadera gestión política democrática por parte de los trabajadores cubanos, está estrechamente emparentada con el método estalinista. La participación popular en los diversos “organismos de masas” y el apoyo al gobierno revolucionario no es lo mismo que tener la posibilidad de tomar verdaderamente decisiones en sus organizaciones de base, relegadas en la realidad a un papel decorativo, y sólo convocadas para aprobar formalmente las decisiones anteriormente adoptadas “arriba”.
Por cierto, este régimen tiene sus raíces en la propia historia cubana. La coalición anti-batistiana que terminó llevando al poder a Fidel Castro tenía el apoyo de la abrumadora mayoría de la población, sin distinción de clases. Este tipo de coalición era similar a muchos movimientos antidictatoriales latinoamericanos, pero con una diferencia; no era dirigida por políticos tradicionales, sino por una dirección joven con pocos antecedentes políticos. Este hecho no era casual. Ya en esa época las organizaciones políticas tradicionales carecían de fuerzas para tomar ninguna iniciativa, pues poco después del golpe dado por Batista en 1952, prácticamente se habían derrumbado.
Cuando Fidel abandonó la “luna de miel” de la conciliación de clases de 1959, giró contra sus seguidores de las clases alta y media y alentó la hostilidad popular contra ellos. Las bases de la orientación del gobierno revolucionario fueron cambiando de una clase social a otra sin que éste perdiera jamás la iniciativa y el control de proceso de transformación social. La revolución pasó por una serie de diferentes etapas pero la cabeza de la dirección siguió siendo la misma, hecho notable que no se ha estudiado lo suficiente y que no es común en la historia de los procesos revolucionarios. Castro se encontraba y se encuentra por encima y más allá de cualquier atadura social que pudiera haberlo condicionado o condenado a perder su liderazgo. Pudo así llevar adelante su propio tipo de “revolución permanente” y consolidar su poder sin que ningún acontecimiento político amenazara en ningún momento arrancar al poder de sus manos.
Este proceso reflejaba la constitución y consolidación de lo que podríamos llamar un régimen bonapartista revolucionario, producto por un lado de una parálisis política del campesinado y la clase obrera y, por el otro, el debilitamiento de la hegemonía de la burguesía, pues se había llegado a una impasse social: las principales clases, a pesar de su fuerza numérica, eran extremadamente débiles en cuanto a sus organizaciones y conciencia política. Las raíces de este bonapartismo deben buscarse en el escaso medio siglo de historia de la Cuba “independiente”, donde la debilidad y la escasa definición de las clases sociales, sus partidos y programas, producto del abrumador peso hegemónico del imperialismo norteamericano en la sociedad cubana, daban lugar al predominio de políticas populistas vagamente definidas. Esta situación alentó durante esa época a los gobernantes, tanto conservadores como revolucionarios, a asumir roles cuasi-bonapartistas, que a su vez impedían el desarrollo de organizaciones de clase independientes que pudieran desafiar su poder.[14]
La categoría del “bonapartismo” fue utilizada por Carlos Marx al analizar el ascenso de Luis Napoleón Bonaparte en Francia, y los problemas de las relaciones entre las clases sociales y sus direcciones políticas. Aunque la burguesía francesa era claramente la clase dominante en 1851, sin embargo, era evidente que sus representantes directos no podían gobernar al país, pues Luis Napoleón no era su agente directo. Tampoco éste era totalmente independiente, ni estaba sostenido en la nada; representaba los intereses del conjunto de la burguesía. Pero no era ésta quien le daba órdenes, sino a la inversa. La clase dominante canjeaba así los problemas y peligros que le acarrearía su dominio político directo por la seguridad económica y social provista por un gobierno fuerte, que no respondía a ningún sector en particular de la burguesía. Esta se había vuelto más conservadora y temerosa ante una creciente clase obrera cada vez más activa. Hasta el mismo sufragio universal se había transformado en una seria amenaza a los intereses y privilegios burgueses. Al mismo tiempo, ni el campesinado ni la clase obrera, por su inmadurez, estaban en condiciones de tomar el poder en sus manos, creando así un vacío de poder, y ahí intervino Luis Napoleón. Siguiendo el análisis de Marx, una vez que existe una impasse entre las clases, no es necesario que el líder en ascenso tenga una gran popularidad, ni un magnetismo personal; a veces es suficiente que las principales clases sociales estén a la defensiva y que acepten o soporten a un dirigente político por razones en gran medida negativas. Este concepto del bonapartismo no está restringido al caso de Luis Napoleón y la Francia de mediados del siglo XIX. Al extender su aplicación a otros casos, este término, aunque pierda cierta precisión, puede seguir ayudando a explicar las complejas relaciones entre dirigentes políticos y las clases sociales, por ejemplo, en los países semicoloniales o dependientes, donde la debilidad estructural de las clases dominantes locales ha facilitado a menudo el surgimiento de regímenes bonapartistas “sui-generis”, apoyados en las burocracias estatal y militar, y en algunos casos, y hasta cierto punto, la sindical.
Volvamos al régimen cubano. Algunos de sus rasgos específicos, como el internacionalismo antiimperialista practicado durante toda una etapa de la revolución, que ha incluido programas de asistencia económica y sanitaria fraternal a otros países del tercer mundo, y un sistema más igualitario de ingresos y distribución de los bienes, le han dado un carácter distintivo a ese régimen bonapartista revolucionario conocido como el “socialismo cubano”. Sin embargo, que éste no haya sido arrastrado por la implosión de la URSS no significa que sea porque su “socialismo” sea cualitativamente diferente al que se practicaba en Rusia y sus satélites europeos. Entre otros factores, como el ya citado carácter nacionalista del régimen, que le permitió también mantener un alto grado de independencia y autonomía dentro del ex “campo socialista” ha contribuido a esta estabilidad en no poca medida el tipo de dominación política totalitaria del castrismo, que ha impedido el surgimiento de una verdadera “sociedad civil” independiente del control estatal. Recién en los últimos años han aparecido en la isla organizaciones autónomas o tímidamente opositoras, a pesar del hostigamiento oficial. Pero no hay prácticamente instituciones autónomas que hayan adquirido un peso digno de consideración. No hay una iglesia católica capaz de movilizar políticamente a las masas de feligreses como era el caso de Polonia y Alemania Oriental, ni un movimiento obrero independiente como Solidarnosc. Tampoco de la intelectualidad cubana ha surgido nada que se asemeje en importancia o peso social al movimiento de “Carta 77” checoslovaco, a los “Círculos Petofi” húngaros, o al movimiento Samizdat soviético.
Hal Draper ha llamado “el socialismo desde arriba” a la concepción de que la construcción de una sociedad socialista es una tarea a llevar a cabo por un solo líder o un grupo de dirigentes bien intencionados, que saben lo que les conviene a las masas inmersas en su ignorancia. Desde el siglo pasado, esta concepción totalmente ajena al pensamiento de Carlos Marx, pero disfrazada frecuentemente de ortodoxamente marxista, ha tenido muchas variantes, tanto "reformistas" como "revolucionarias". Lo que comúnmente se entiende por estalinismo es seguramente la culminación de todas ellas, la más acabada y perversa, acompañada de la aparición de estructuras de dominación, opresión y explotación no previstas por los clásicos del marxismo. Reiteramos, al régimen contemporáneo cubano no se lo puede calificar estrictamente de “estalinista”, pero comparte con la ex-URSS y sus estados clientes de Europa Oriental profundos rasgos típicos del bonapartismo estalinista y su “edificación del socialismo” no difiere esencialmente de la trágica parodia que se representó en dichos países hasta 1991.
 
Construyendo el socialismo (¿y el comunismo?) en Cuba
 
Las medidas revolucionarias tomadas por el gobierno en sus primeros dos años, al par que cambiaron drásticamente la estructura del país, ampliaban las oportunidades educativas y producían profundas mejoras en la atención de la salud, elevando inmediatamente el nivel de vida de los trabajadores en general. Como hemos visto, no tenían precedentes en ninguna revolución anterior en el continente americano. Estos tempranos éxitos logrados por la Revolución fueron facilitados en cierta medida por las condiciones existentes en la Cuba prerrevolucionaria donde existían inmensos recursos no utilizados. Gran cantidad de desempleados, tierras mantenidas sin cultivar por sus antiguos propietarios, existencias acumuladas de materias primas y productos terminados, fueron la reserva y el potencial social y económico ocioso que permitieron al nuevo régimen lograr con relativa rapidez ese mejoramiento.
La nueva etapa iniciada fue acompañada por una creciente cooperación con el resto de los “países socialistas”. Ante la implacable guerra económica de EE.UU., el comercio exterior se desplazó hacia el Este. A los acuerdos de intercambio de azúcar por petróleo, se agregaron acuerdos de créditos para ayuda técnica y construcción de industrias a bajas tasas de interés y largos plazos de amortización.
La bonanza comenzó a revertirse a lo largo de 1962. La política económica aplicada en los primeros tres años, produjo una fuerte redistribución del ingreso y un notable aumento de la demanda de productos por parte de los sectores populares beneficiados. Las medidas restrictivas de los EE.UU., las amenazas de invasión que obligaban a sustraer de la producción grandes cantidades de mano de obra y recursos materiales para la defensa del país, las inevitables improvisaciones de un sistema organizativo y administrativo totalmente nuevo, las largas y severas sequías durante 1961 y 1962 y otras dificultades, llevaron a una crisis en el aparato productivo cubano.[15]
El desequilibrio en el mercado de bienes de consumo llevó a principios de 1962 a establecer un racionamiento físico para un grupo importante de artículos y a congelar los precios y salarios.[16] Aunque el entusiasmo y el apoyo activo al gobierno revolucionario persistían por parte de la abrumadora mayoría de la población, en particular la juventud, la clase obrera, el campesinado y las mujeres, estas medidas comenzaron a desalentar a muchos trabajadores. La caída de la tasa de productividad, el ausentismo y el desarrollo del mercado negro, fenómenos negativos de la nueva sociedad que se pretendía construir, aparecieron en la escena cubana, para ya nunca más abandonarla.
 
El debate sobre la gestión económica
 
Al principio, el control de la economía lo ejercía el Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA), integrado en su mayoría por miembros del Ejército Rebelde. La Junta Central de Planificación (JUCEPLAN), presidida por Fidel Castro, había sido creada en 1960, con la intención original de coordinar las medidas económicas del gobierno y guiar al sector privado por medio de una “planificación indicativa”. De hecho el enfrentamiento con EE.UU. y la radicalización de la revolución, que fue más allá de las primeras previsiones, modificaron rápidamente el carácter de las tareas de la Junta, que encaró entonces hacer un proyecto de “Plan Cuatrienal de Desarrollo” para 1962-1965. La superposición con “planes especiales” para ciertos rubros considerados estratégicos que eran confeccionados por fuera de la Junta, restaron poder al organismo y coherencia a sus planes. El desarrollo de la economía real durante el período planificado desmintió totalmente al proyecto, pues en ese período el estancamiento fue la nota dominante.[17]
Con la creciente vinculación con la URSS, China y Europa Oriental, también llegaron a la isla contingentes de técnicos y especialistas en planificación, para ayudar a paliar la escasez de cuadros y profesionales necesarios para la flamante administración, debido a la emigración de gran parte de la clase media vinculada a la anterior estructura semicolonial. Estos especialistas, formados en la escuela de planificación material, traían también las nuevas teorías y discusiones de sus países de origen, sobre la utilización de técnicas de mercado para solucionar los graves problemas económicos que comenzaron a surgir de la aplicación de la planificación burocrática en el este europeo y la URSS.
El Ministerio de Industrias, dirigido por Ernesto Che Guevara, obligado en gran medida por razones pragmáticas -escasas industrias en el país y un alto grado de desarrollo de las comunicaciones, heredado del régimen anterior-, adoptó para sus empresas el “sistema presupuestario de financiamiento”, un método centralizado de gestión, que no se basaba en el principio de la rentabilidad de lo que había que producir, sino en lograr las metas fijadas por el plan. Este era confeccionado por un reducido grupo que decidía cuáles eran las necesidades sociales prioritarias. Tenía muchos rasgos del sistema estaliniano en la URSS, pero sin la “eficaz herramienta” del terror de este último.[18] En las relaciones laborales el incentivo material directo a la producción estaba constituido por el “salario por tiempo”, al que se sumaba una serie de estímulos a la producción fundamentalmente “morales”.
A su vez, el INRA proponía otro método para la gestión de sus empresas, el sistema del “cálculo económico”, o de autonomía financiera de las empresas, que debían ser rentables y utilizar estímulos monetarios al personal como un acicate para el aumento de la producción y el mejoramiento de su calidad. Reflejaba las nuevas ideas que recomendaban Liberman, Ota Sik y otros economistas para solucionar los problemas en el bloque soviético. En realidad, la aplicación en Cuba de este otro método fue bastante formalista y no operaba en los hechos, pues en esa época este tipo de gestión empresaria no alcanzó a madurar ni a desarrollarse en Cuba. Para 1965, la propia idea de autogestión financiera había sido repudiada oficialmente, adoptándose exclusivamente la gestión “presupuestaria”. Ello no impedía que una corriente del pensamiento económico en el seno del gobierno revolucionario nucleada alrededor de Carlos Rafael Rodríguez, apoyaba, aunque sea en el plano teórico, la aplicación de la autogestión financiera, en sintonía con las ideas que comenzaban a ser predominantes en la URSS y sus satélites.
En junio de 1963 un artículo de Guevara en Nuestra Industria - Revista Económica, Nº 1, comenzó la polémica con las tesis soviéticas sobre la utilización de incentivos materiales en las relaciones laborales en una “sociedad socialista”. Poco después, las afirmaciones del Che fueron rebatidas por el ministro de Comercio Exterior, Alberto Mora. En un posterior trabajo, Guevara extendió la discusión a los métodos de gestión de las empresas agrícolas, que proponía aplicar el INRA. El economista Charles Bettelheim, en su trabajo “Formas y métodos de la planificación socialista y nivel de desarrollo de las fuerzas productivas”, replicó rechazando las tesis guevarianas y revalorizando el sistema del “cálculo económico” como instrumento óptimo para el desarrollo de Cuba, debido al atraso y debilidad de su estructura económica. Ernest Mandel, destacado dirigente trotskista belga, que entonces colaboraba con el Ministerio de Industrias, salió en defensa de la posición del Che y respondió a Bettelheim en el artículo “Las categorías mercantiles en el período de transición”. Para este autor, el orden económico de las sociedades de transición entre el capitalismo y el socialismo está dominado por el conflicto entre dos lógicas económicas antagónicas: la del plan y la del mercado. Ambas lógicas o leyes se corresponderían con intereses de clase contrapuestos: la primera con el interés del proletariado y la segunda con el de la burguesía y el de las clases y capas sociales que trabajan sobre la base de la empresa y el beneficio privados.[19]
El debate a menudo fue oscuro y técnico, pero sus bases eran políticas. El trasfondo de la discusión era una integración económica creciente con el bloque soviético, y un consecuente desplazamiento del equilibrio político en la propia Cuba. De hecho, los argumentos “técnicos” deberían leerse en dos niveles, siendo el segundo un debate sobre la dirección política de la revolución.
El Che proponía una distribución interna de recursos de acuerdo a las necesidades sociales y una política de “emulación socialista” que elevaría la productividad sin costos adicionales. Su afirmación de que “en tiempo relativamente corto el desarrollo de la conciencia hace más por el desarrollo de la producción que el estímulo material” se basaba en ejemplos muy conocidos en la propia Cuba revolucionaria. Durante la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, y la crisis de los misiles soviéticos en 1962, una gran porción de trabajadores fue retirada de sus puestos para incorporarse a las milicias. Su trabajo debió ser suplido por los compañeros que quedaban en las líneas productivas. No sólo no hubo merma en la producción, sino que en esos días se alcanzaron récords.[20] Sin embargo, fuera de esos momentos de grandes crisis, de vida o muerte para la revolución, esta política de “emulación socialista”, en ausencia de verdaderos organismos de poder obrero, tanto a nivel político como en las propias fábricas, devenía el embrión de una nueva explotación bajo otro nombre. A comienzos de la década del ’60, todavía podía ser enmascarada por el entusiasmo de los trabajadores, en el contexto de un movimiento revolucionario en ascenso en el resto del continente. El énfasis puesto por la dirección cubana sobre la revolución latinoamericana y la difusión de los avances de la guerra de guerrillas durante esa década, reflejaban en forma exagerada la realidad latinoamericana; y obedecían más bien a un motivo interno: sostener el ánimo popular. Contra esta posición, se levantaba la de los planificadores soviéticos, para quienes cada empresa debía rendir beneficios y estimulaban la búsqueda de rentabilidad, en un modelo gerencial basado en incentivos y penalidades al personal, al estilo de lo que se estaba aplicando en su propia economía. Para el Che, la adopción de este modelo en Cuba sólo podía conducir a una renovada concentración en la producción de azúcar y por esta vía, una reforzada dependencia, esta vez hacia "el campo socialista."
En la polémica había una importante laguna: ni el Che ni sus contradictores abordaban el problema del poder y la organización político-social de las sociedades para las que se recomendaba ya fuera la experiencia “centralizada” como la “reformista” en la planificación y la gestión económica. Para los clásicos del socialismo, tan a menudo evocados en el debate, el socialismo no se reducía a un simple problema de la eficacia con que el grupo dirigente decidiera, en nombre del pueblo, el mejor modo de vivir y trabajar. Los protagonistas del debate en Cuba “discutían como si ‘el poder de los soviets’ ya estuviera instaurado plenamente o como si ese problema no les concerniera”.[21] El problema del poder, este tema ignorado, iba más allá del carácter "superestructural" o "político". Si la "propiedad social" de los medios de producción es identificada con la propiedad estatal, y el estado era controlado férreamente por una capa de funcionarios, sin un adecuado control por parte de los trabajadores y sin medidas tendientes a ir disolviendo progresivamente ese aparato en el seno de la nueva sociedad, no importaba cuán abnegados y dedicados a la causa revolucionaria fueran estos funcionarios o comandantes. Ya se estaban echando las semillas de una nueva forma de explotación.
La discusión fue resuelta por Castro unos años después. En 1968 se proclamó la primacía de los estímulos morales, lo que coincidía con las propias necesidades del régimen, empeñado en la “gran ofensiva revolucionaria” y en llegar en 1970 a la cosecha de los 10 millones de toneladas de azúcar. De esa manera se ganaría un mayor grado de independencia frente a la URSS. Pero luego del fracaso de la zafra, la adopción de una nueva política económica implicó, entre otras cosas, el abandono del énfasis guevariano de los estímulos morales, calificados de “errores idealistas”. Este énfasis fue revalorizado y reimplantado 15 años después.
 
La proyección internacional de la Revolución
 
Como ya hemos dicho, la Revolución Cubana tuvo amplios ecos en el resto del continente. En los primeros años había una clara conciencia por parte de la dirección revolucionaria de la necesidad de su extensión, para su supervivencia, dados los escasos recursos y el subdesarrollo económico de la isla. En uno de sus primeros discursos, “Proyecciones sociales del Ejército Rebelde”, el Che Guevara reflejaba sobre este tema una contradicción no resuelta en su pensamiento, que volvería a surgir una y otra vez en sus trabajos. Por un lado, su concepción de la planificación económica, claramente influenciada por el pensamiento soviético tradicional, y de la necesidad de la nacionalización de los recursos y servicios básicos y el ataque a los sectores privilegiados. Por el otro, tenía clara conciencia del peligro del aislamiento, y luchaba por una política internacionalista que superara el problema de una Cuba cercada y su incapacidad para escapar a una nueva relación de dependencia. Pero el internacionalismo era sólo una parte del problema. Cuba se enfrentaba a un mundo con determinadas relaciones de fuerzas, como se intentó describir en “el marco internacional”. ¿De qué modo podía lucharse contra ese equilibrio? El pensamiento guevariano, consistente con su análisis y conclusiones sobre la Revolución Cubana, descartaba la creación de organizaciones obreras de masas para la lucha a escala internacional. Para él, “ya era tarde” para cambiar de orientación.[22] Todo lo que Cuba podía hacer era exportar lo que interpretaba que había sido su propia práctica, y su consiguiente modelo de organización político, social y militar.
Miles de jóvenes latinoamericanos fluían a la isla para aprender y entrenarse en la lucha siguiendo el ejemplo de la gesta de Sierra Maestra. Surgieron focos guerrilleros en Guatemala, Paraguay, Perú, Venezuela..., y también las primeras derrotas, atribuidas a la inexperiencia, no a fallas en la teoría. Esta fue sistematizada por Regis Debray en “La larga marcha en América Latina” y en “Revolución en la Revolución”, textos extraoficiales de la ideología de la dirección cubana, vertidos en el lenguaje del radicalismo estudiantil de la década del ‘60.
La culminación de esta política internacional, compartida en esos momentos por toda la dirección, fue la partida del Che al Congo primero, y luego a Bolivia. Aunque esa partida puede también leerse en otros sentidos. Por ejemplo, la oficialización de sus críticas a la política soviética, y por extensión, de sus diferencias con el proceso de integración de la economía cubana a una nueva división internacional del trabajo, en el seno del campo del “socialismo realmente existente”. En su carta de despedida se sintió obligado a afirmar que “he estado identificado siempre con la política exterior de nuestra Revolución, y lo sigo estando.” Esa puntualización que excluía de su identificación a la “política interior” -pues no lo hacía con toda la política de nuestra Revolución-, confirma el doble sentido de su partida con entrañable transparencia. Sin embargo, se suele afirmar que la política exterior de un gobierno es continuación de su política interior. En algún momento esa dicotomía entre ambas políticas debía hacer crisis y terminar en un sentido u otro. La muerte del Che en Ñancahuazú marcó el principio del fin de la dicotomía y significó la derrota estratégica de la OLAS, el organismo que impulsaba la lucha en el continente latinoamericano. Pero el viraje no fue inmediato. Los primeros días de 1968 fueron los de reafirmación de la política cubana y de su más duro enfrentamiento con la URSS. El Congreso Cultural convocado en La Habana fue el escenario donde Fidel planteó las tesis más audaces contra la ortodoxia soviética: “Nadie detenta todas las verdades revolucionarias!”. Los asistentes, intelectuales de todo el mundo, se iban de La Habana entusiasmados y convencidos de que por fin estaba apareciendo el sesgo humanista del socialismo, libre de dogmas y creativo.
Sin embargo, en agosto del mismo año Fidel Castro apoyaba públicamente, aunque con críticas a la URSS, la invasión a Checoslovaquia. Este pronunciamiento, que tomaba de sorpresa a no pocos seguidores locales y del exterior, fue algo más que el reflejo del reacercamiento a la Unión Soviética. En ese mismo discurso Fidel sinceraba su personal concepción del poder y del socialismo, diametralmente opuesta a la movilización independiente de las bases en la arena política. Ya para entonces había comenzado su retirada la estrategia de la revolución continental. El compromiso político con la revolución continental fue progresivamente limitándose a la sola exaltación del principio de la lucha armada. Este viraje no era perceptible para todos sus protagonistas y seguidores. Todavía en 1969, Inti Peredo, sobreviviente de la guerrilla boliviana, proclamaba “la identificación entre Che y Fidel” como indestructible y absoluta.[23], contra quienes se atrevían a ponerla en duda. En septiembre de ese año, en la ciudad de La Paz, Inti moriría a manos de la represión mientras trataba de reorganizar al movimiento guerrillero y relanzar al ELN en las montañas.
El acento sobre el futuro de la revolución pasó a ponerse en la lucha contra el subdesarrollo de la isla antes que en el enfrentamiento global con la dominación del imperialismo en el subcontinente americano. La “gran ofensiva revolucionaria” de marzo de 1968, expropiando a todos los pequeños comerciantes y cuentapropistas que aún quedaban, y la adopción de la meta de los 10 millones de toneladas de azúcar para la zafra de 1970, reflejaban la nueva orientación. Durante el período que durase el esfuerzo decisivo para llegar a la meta, había que reconciliarse con Moscú, para seguir contando con su ayuda. La “reconciliación” se profundizaría aún más luego del fracaso de la zafra. De esa manera, las líneas de la política exterior e interior se armonizaron cada vez más. El enfrentamiento con los EE.UU. continuó, pero el gobierno cubano comenzó a manejarse crecientemente en la arena internacional en organismos políticos heterogéneos como el Movimiento de No Alineados, donde coexistían regímenes de los más variados colores. La OLAS no fue oficialmente disuelta. Aún existe, pero fue transformándose paulatinamente en un sello de goma más.
Sin embargo, el prestigio ganado por Cuba durante el período entre 1963 y 1969, como líder de las naciones coloniales y neocoloniales en la lucha contra la opresión, como portavoz de la bandera de liberación y un nuevo espíritu revolucionario - que el Che Guevara vino a simbolizar en la cabeza de millones de luchadores y activistas de todo el mundo- no se agotó allí. Como ha sucedido con otras revoluciones, su repercusión se ha prolongado más allá del desarrollo real de la misma. Más allá de la aspiración del Che, la fuerza motriz real que impulsaba a Cuba como el modelo de “internacionalismo proletario” tenía que ver más con las necesidades propias de supervivencia del régimen ante las intenciones de los EE.UU. de aplastarlo, que con una estrategia revolucionaria socialista global.[24]
 
La alineación con la URSS y la institucionalización. El período 1971/1986
 
A partir del fracaso de la zafra de los 10 millones en 1970 se adoptó una nueva estrategia económica: la integración de Cuba al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), formado por la URSS y su esfera de influencia. La producción de azúcar y productos tropicales ya no sería un recurso para llegar a una economía más equilibrada e independiente, sino una modalidad de esa integración. La moneda y los sistemas de precios, que durante la ofensiva revolucionaria estaban siendo progresivamente desplazados, fueron consolidados. A partir de 1971 se fue imponiendo un nuevo sistema de salarios y de disciplina laboral, restableciéndose los “incentivos materiales” y los dirigentes de empresa aumentaron sus poderes y autonomía. En diciembre de 1975, el primer congreso del Partido Comunista Cubano se pronunció a favor de un modelo que debería parecerse lo más posible al de la URSS. El nuevo “Sistema de Dirección y Planificación de la Economía” (SDPE) debería estar funcionando a pleno hacia 1980. Sin embargo, hacia 1979 era evidente que los mecanismos de base del nuevo sistema recién estarían operando hacia el fin del plan quinquenal 1981-1985, pues de hecho la implementación en Cuba de este modelo aparecía más complicada que la del modelo “centralizado” de la década anterior.[25]
Por otro lado, al fracaso de la zafra y el caos administrativo en todos los rubros productivos, se agregó en 1970 un indisimulable sentimiento general de descontento. El mismo año del “esfuerzo supremo”, el ausentismo laboral subió al 29 %. De hecho, se trataba de una huelga virtual, aunque sin ninguna dirección.
La dirección castrista buscó canalizar dicho sentimiento apelando a un nuevo espacio que permitiera su expresión, pero moldeado por el mismo control, bajo otras formas, que el que había ejercido en la década anterior: la institucionalización. Se crearon las “Asambleas del Poder Popular”, a niveles locales, provinciales y nacional. Paralelamente, el Partido Comunista, de existencia más bien ficticia hasta entonces, comenzó por fin a ser activado y tuvo su primer Congreso en 1975. Su carácter de “la más alta fuerza dirigente de la sociedad, responsable de organizar y guiar el esfuerzo común para la construcción del comunismo”, fue sancionado por la Constitución de 1976. El mismo Fidel tuvo su propia institucionalización: fue nombrado Primer Secretario del Comité Central del PC, Presidente del Consejo de Estado, Presidente del Consejo de Ministros y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. Según Fidel, las Asambleas del Poder Popular “darían a las masas el poder de decidir sobre muchos problemas que existen a todo nivel, en las ciudades y en el campo (...) Esto implica el desarrollo de una nueva sociedad y de principios genuinamente democráticos, reemplazando los hábitos administrativos de trabajo de los primeros años de la Revolución. Debemos reemplazar a los métodos administrativos, que corren el riesgo de volverse burocráticos, por métodos democráticos”.
Sin embargo, la descentralización del poder que implicaba la elección en el ámbito municipal, contrastaba la centralización en los escalones superiores del sistema. La selección de los miembros de las Asambleas Provinciales y Nacional no era prerrogativa de las bases sino de los delegados de las Asambleas Municipales, sobre candidatos propuestos por comités formados por los funcionarios del Partido y de las Organizaciones de Masas, controladas por el Partido. Si bien el 55 % de los diputados a la Asamblea Nacional debían ser delegados de las Municipales, el 45 % restante provenía de otras fuentes que no eran el mandato popular, e incluían a Fidel y a todo el gobierno central, dado que la Asamblea Nacional elegía al Consejo de Estado y el Presidente de este Consejo recomendaba a la Asamblea los miembros del Consejo de Ministros. El funcionamiento de las Asambleas incluye reuniones de “rendición de cuentas” de los delegados hacia sus electores, y la revocación de mandatos, lejanos ecos de la Comuna de París, que se presentan como ejemplaridad de estos organismos. Sin embargo, si bien el Poder Popular podía  tratar de paliar la crisis de la vivienda, por citar uno de los problemas más sentidos por los cubanos en esa década, terminaba chocando con la falta de recursos y de control real sobre los organismos centrales del estado. A su vez, importantes rubros quedan excluidos de la discusión y la decisión del Poder Popular: la política exterior, y la política económico-social, por ejemplo.
Estas falencias del “sistema más democrático del mundo”, terminaron siendo percibidas por todo el pueblo. En julio de 1990, una serie de encuestas publicadas por la revista Bohemia revelaba que un 40 % de los entrevistados sentía que no jugaba ningún rol en el gobierno del país, y no tenía confianza en su delegado local. El 50 % afirmaba que sus delegados no tenían autoridad para resolver los problemas con los que se enfrentaban, y que eran considerados como poco más que mensajeros entre el pueblo y una administración central sobre la que no tenían ningún control efectivo.
Mientras se desarrollaban estos dramáticos cambios en las esferas económicas y políticas, en el terreno cultural “Cuba se sujetó ideológicamente a la URSS y consideró antisovietismo y diversionismo ideológico todo lo que se diferenciara de esa sujeción”.[26] Entre otras medidas, fueron cerrados el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, los estudios sobre Ciencias Sociales y la revista Pensamiento Crítico, disolviéndose así las posibilidades creadoras de un sector intelectual que buscaba desarrollar un pensamiento revolucionario independiente. Martínez Heredia retrata justamente ese fenómeno de la década del 70:
 
(...) se hicieron fuertes en esa etapa la burocratización generalizada, la formalización y ritualización, el autoritarismo, el seguidismo, la formación de grupos privilegiados, la supresión de todo criterio diferente al considerado oficial, el reino de la autocensura, la simulación y otros males. Un ‘marxismo-leninismo’ - trágico uso del nombre de uno de los más grandes luchadores por la libertad del siglo XX- dogmático, empobrecedor, dominante, autoritario, exclusivista, fue impuesto y difundido sistemáticamente, en el preciso momento en que crecía tan bruscamente el nivel de preparación de los niños y jóvenes cubanos, que es difícil encontrar en el mundo un ejemplo igual obtenido en el plazo de una generación. Las maneras soberbias y la aparente ocupación absoluta del lugar de la ideología por aquel tipo de marxismo fueron engañosas; en esos años se echaron las bases de la futura indiferencia o aversión que tenía que provocar esta situación. [27]
 
Una descripción justa, pero se nos hace difícil aceptar el carácter “impersonal” de la misma. De acuerdo a ese texto, no se sabe quién o quienes fueron los responsables de todas esas medidas. Aunque el autor no lo quiera mencionar, las medidas que motivaron este desarrollo cultural- ideológico de la Cuba de la década del 70, fueron decididas y llevadas a cabo por alguien. La responsabilidad por las mismas fue de la misma dirección que en el siguiente período las “rectificaría”.
La “Campaña de rectificación de errores” y el “Período especial”
 
En la segunda mitad de la década del ‘80 la imagen de la Revolución Cubana era tratada por los medios de comunicación internacionales como el negativo de lo que se consideraba un movimiento hacia la democracia en la Unión Soviética. Gorbachov era pragmático; Castro, intransigente. El ruso se orientaba al futuro; el cubano, al pasado. El primero era el heraldo del fin de la guerra fría; el segundo, el “último guerrero frío” -“the last cold warrior”-. Las nuevas experiencias que se probaban en Rusia, la perestroika y la glasnost, contrastaban con el “marxismo dogmático y anticuado” que se trataba de restablecer en Cuba. La “campaña de rectificación”, puesta en marcha oficialmente en 1986, parecía tratar de recuperar lo que en la primera etapa de la revolución cubana había sido una herejía intensamente teñida por el pensamiento guevariano en el contexto del marxismo soviético, y ahora, paradójicamente, un marxismo fosilizado, en el contexto del pensamiento postmoderno.[28]
El significado de la campaña de rectificación nunca quedó bien definido. Para algunos, era una serie de ajustes de los mecanismos económicos en el SDEP. Para otros, las medidas económicas y políticas para enfrentar la grave crisis en el mercado exterior. Algunos han pensado que fue el medio para que Fidel se liberara de los tecnócratas pro-soviéticos que regían la economía cubana. Otros, lo vieron como el comienzo de un período de replanteo, de reexámen de la estructura básica y las realizaciones de la revolución. También existe la hipótesis del temor por parte de la dirección cubana de que la URSS de Gorbachev podría ceder a exigencias de los EE.UU. y abandonar a la isla a su suerte. La invasión norteamericana de Granada, sin oposición alguna en el mundo, sería un mensaje ominoso para Fidel. Los primeros pasos de la “rectificación” se dieron en la reestructuración de las fuerzas armadas y de su doctrina estratégica. Como fuere, Castro comenzó la campaña con discursos que recordaban el acento epopéyico de la década del ‘60 y las promesas de la del ‘70 sobre el control popular, y se puso al frente como “jefe de la oposición” a su propio régimen, tomando el papel en el que tan cómodamente se ha manejado en no pocas ocasiones, lo que da al bonapartismo castrista un color tan peculiar.
Más allá de los rasgos profundamente comunes con el, hasta entonces, socialismo realmente existente, es evidente que Cuba no estaba en la misma situación que su contraparte de la URSS y sus satélites cercanos, que se hallaban en una crisis inédita por su profundidad.
“Lo que más que nada desacreditó a estos estados... es que revelaron una debilidad interna increíble; se rindieron ante masas desarmadas, mientras eran ostensiblemente amenazados con nada más que la resolución de estas masas de no volver a sus casas... ¿Puede alguien imaginar un efecto similar por parte de una reunión pública en Trafalgar Square o en Champs Elysées?”
La respuesta de Castro fue en algún sentido preventiva. Temiendo el surgimiento de protestas desde abajo, que fueran estimuladas por los crecientemente descontrolados procesos del Este, encabezó con su consumada y característica temeridad, la ira largamente contenida de los trabajadores, sacrificando a algunos de sus colaboradores cuando fue necesario y, por otro lado, recurrió a la ideología de los años 60 para legitimar la política que necesitaba implementar, buscando la sobrevivencia en un mundo post-estalinista. ¿Quién podía simbolizar mejor los valores que guiaban a la “campaña de rectificación”, sino el Che Guevara? Sólo había que recoger su legado, pues Guevara “había anticipado las fallas del comunismo europeo” y sus debilidades, y había sentido “el deber de que esto no sucediera en Cuba”.[29] Fidel Castro, el opositor, acusaba al villano, el SDPE: “En 1973, había 90.000 empleados administrativos en el país, y para 1984, la cifra subió a 250.000. En otras palabras, antes de la implementación del SDPE y las reformas, teníamos 90.000 empleados, y ahora tenemos 2 veces y medio esa cantidad”.[30]
La caída del muro, y luego la de la URSS, en cierta medida fueron una victoria política para la dirección castrista, pues les daban la razón en el debate con Gorbachov y los reformadores soviéticos. Este es un hecho independiente de que el colapso soviético y la disolución del COMECON, sumado al endurecimiento del bloqueo yanqui, pusieron a Cuba en una situación difícilmente exagerada si se la califica de catastrófica, lo que obligó al gobierno a poner en marcha las políticas conocidas bajo el nombre de “período especial en tiempos de paz”: procurar el urgente autoabastecimiento de alimentos, la movilización militar del “trabajo voluntario”, el racionamiento generalizado, la descentralización de la gestión en las fábricas y las granjas estatales, recortes drásticos en el consumo de petróleo y otras fuentes energéticas, desarrollo de los tres rubros considerados claves de la economía: azúcar, turismo y biotecnología, aliento a la inversión extranjera en joint-ventures en todos los ámbitos de la producción, una participación militar creciente en la gestión económica y la oficialización de un área regida por el dólar en la economía; en fin, un esfuerzo descomunal por lograr el reingreso de Cuba al mercado mundial, y por esa vía, la sobrevivencia de la revolución ... o del régimen, dos cosas cuya diferenciación será cada día más notable.
La terrible escasez y los problemas que sufre el pueblo cubano tienen un primer responsable: el imperialismo norteamericano cuyo bloqueo impuesto en los últimos 39 años busca derrotar a Cuba y que su escarmiento sirva de ejemplo al resto de los pueblos latinoamericanos y del mundo, para que no pretendan nunca más rebelarse y buscar un camino propio. La política con que la dirección cubana enfrenta esta situación, para muchos, está dictada por la más férrea necesidad; no habría más remedio que aplicarla. Pero el problema no radica en que en determinadas condiciones de emergencia haya que imponer un sistema estricto de racionamiento de bienes y servicios, sino en quién toma estas decisiones y bajo qué criterios. No es la clase trabajadora cubana quien está discutiendo ni tomando esas decisiones. Estas decisiones están siendo tomadas por una dirección no sometida a ningún mandato ni control de las bases, buscando priorizar que los sectores más eficientes de la economía cubana, de acuerdo a las leyes del mercado mundial, sobrevivan y se mantengan competitivos. Si los recursos que sobran serán distribuidos más o menos igualitariamente entre las masas trabajadoras, no es tan importante como el hecho de que estas mismas masas no pueden decidir quiénes y qué criterios deben ser sacrificados o priorizados.
No hay dudas de que Ernesto Che Guevara contribuyó en una medida importantísima a la construcción y consolidación del régimen surgido de la Revolución Cubana, con todas sus conquistas y todas sus falencias. Tampoco hay dudas de que su recuerdo y su herencia teórica están siendo manipulados en la actualidad para justificar medidas que fueron explícitamente condenadas por él. Queda para otra oportunidad un análisis más profundo de las circunstancias y los motivos que influyeron y moldearon el pensamiento guevariano. Pero, aunque discrepemos de sus métodos y su estrategia, no podemos menos que coincidir con su espíritu, con su rechazo al sistema capitalista que ha llevado hoy a la humanidad a contrastes y horrores aún mayores que los que vislumbró en su época, con su voluntad para la lucha y su disposición para sacrificar su propia vida en aras de construir una sociedad mejor en que hombres y mujeres nuevas puedan satisfacer en forma justa sus necesidades básicas en una vida más rica y desalienada. Para ello hay que volver a la auténtica tradición marxista, la de los trabajadores, hombres y mujeres comunes y corrientes, tomando el control de sus propias vidas, construyendo sus propias organizaciones, haciendo su propia revolución, cometiendo sus propios errores y logrando sus propias conquistas; en fin, como dice Hal Draper, “capacitándose -a través de la lucha- para gobernar en su propio nombre. Unicamente luchando por el poder democrático se educarán a sí mismos y se alzarán hasta el nivel en el que serán capaces de ejercer este poder. Nunca ha habido otro camino para ninguna clase”.


[1] Fidel Castro,  Discursos para la Historia, La Habana, 1959, Tomo I, pág. 108.
[2] Ibid, Tomo I, pág. 137.
[3] Martin Kenner and James Petras, Fidel Castro Speaks, Gran Bretaña, 1972, págs. 115-116.
[4] Samuel Farber, Revolution and Reaction in Cuba 1933-1960, Middletown, Connecticut, 1976, págs. 219-220.
[5] James O’Connor, On Cuban Political Economy, New York, 1970, págs. 236-238.
[6] K. S. Karol, Les Guérrilleros au Pouvoir– l’itinéraire politique de la révolution cubaine, París, 1970, pág. 215.
[7] Evelio Tellería, Los Congresos Obreros en Cuba, La Habana, 1984, pág. 459.
[8] C. Rodriguez Quesada, op. cit., págs. 19-20.
[9] E. Tellería, op.cit., pág. 475.
[10] Ernesto Che Guevara, En la Clausura del Consejo de la CTC-R, 15-04-62.
[11] E. Guevara, La Planificación en Cuba.
[12] Citado por Lowry Nelson, en: Cuba: las dimensiones de una Revolución, Buenos Aires, 1976, pág. 177.
[13] Raúl Castro, Informe de la Comisión de las Fuerzas Armadas y Seguridad del Estado, Montevideo, 1968, pág. 13.
[14] Samuel Farber, op.cit.
[15] Leo Huberman y Paul M. Sweezy, “El futuro de la economía cubana”, Monthly Review N° 9, mayo 1964.
[16] Alban Lataste, Cuba: Hacia una nueva economía política del socialismo, Santiago de Chile, 1968, págs. 24-25.
[17] Ibid, págs. 40-41.
[18] Nestor Lavergne, entrevista del 18-07-97.
[19] Ernest Mandel, El gran debate económico (incluido en los Escritos Económicos de Ernesto Che Guevara), pág. 14.
[20] Nestor Lavergne, entrevista 18-07-97.
[21] K. S. Karol, op.cit., pág. 328.
[22] Ricardo Napurí, Entrevista- “A 30 años de la muerte del Che Guevara” – Revista Herramienta, N° 4, Invierno 1997, Antídoto, Buenos Aires, pág. 14.
[23] Inti Peredo, Mi campaña con el Che, Buenos Aires, 1973, págs. 151-152.
[24] Hector R. Reyes, “Guevara y Cuba: Más allá de la vilificación o el romanticismo”, International Socialist Organization, abril 1993.
[25] Peter Gey, “L’Economie Cubaine entre réforme et Contre-Offensive Révolutionnaire” , Le Courrier des Pays de l’Est, Nº 323, Noviembre 1987, pág. 6.
[26] Fernando Martínez Heredia, “Izquierda y Marxismo en Cuba”, Temas  Nº 3, La Habana, julio-septiembre 1995, pág. 21.
[27] F. Martínez Heredia, Ibid,  (subrayado nuestro)
[28] Carollee Bengelsdorf, The Problem of Democracy in Cuba, New York, 1994, pág. 134.
[29] Charles Romeo, Ambito Financiero, 15-07-97.
[30] Granma Semanal, 06-07-86.