Ética de la liberación en la edad de la globalización y de la exclusión, Enrique Dussel.

Con la publicación de este libro, Enrique Dussel ofrece al estudioso un precioso instrumento para la comprensión de los problemas éticos relacionados con la actualidad, es decir, con la época de la globalización. Hasta ahora ningún proyecto ético se planteó el problema de encarar con profundidad la definición de una nueva ética para un mundo dividido desde su propia integración. Los intelectuales del primer mundo no han ido más allá de lo que significa delinear una ética de la comunicación o del discurso, o sea de un intercambio de experiencias lingüísticas, que en el fondo dejan de lado, si no es que niegan, las necesidades primarias de los hombres. El rasgo característico de las éticas contemporáneas es considerar resueltos los problemas humanos de los hombres como son la reproducción de la vida y del cuerpo, como comer, tener una casa, vestirse, reproducirse, tener una instrucción y una cultura y, en definitiva, poder tener un proyecto de vida. Esta convicción denuncia cómo las éticas del primer mundo no tienen en cuenta los verdaderos problemas de la mayor parte de la humanidad, que son también los problemas de la vida y del cuerpo. En el fondo, si se considera esta situación de la filosofía contemporánea desde el punto de vista de quien es víctima del sistema, se nota claramente que la filosofía del primer mundo está ocultando una realidad inaceptable para cualquiera que tenga principios morales humanos.

 
El primer impacto que produce la lectura de este denso volumen es el aporte metodológico y crítico –hoy tenido por superado y anticuado–, ideológico y político que encontramos sintetizado en esta observación de Dussel: “La cuestión de la ‘verdad’ (y ‘validez’) de la víctima, pone en cuestión la ‘no-verdad´(y ‘no-validez’) del sistema vigente” (pág. 332). Dussel imprime un nuevo vigor a una actitud epistemológica, típica de un intelectual crítico como era Marx, es decir, la de analizar, juzgar y evaluar un sistema social a partir de las víctimas que ese sistema produce para existir. No es ciertamente una actitud muy difundida o, al menos, no lo es en el primer mundo, pero Dussel es un filósofo latinoamericano que, no obstante, es capaz de comprender y hacer comprender el significado de la globalización y de mantener una actitud crítica hacia toda teoría ética que no asuma el rol de la víctima. En efecto, su Ética de la Liberación es antes que nada una historia crítica de la ética.
 
La actitud de tomar posición junto a la víctima del sistema permite comprender que no existe sistema social bueno en sí mismo. El criterio de bondad es entonces definido por las víctimas de los sistemas “buenos”, porque es “a partir de las normas, de los actos, de las microestructuras, de las instituciones o de los sistemas éticamente ‘buenos’ que, por contradicción radical (...), se causan no-intencionalmente y de manera inevitable, víctimas, efectos de este ‘bien’ (...). El ‘bien’ se da vuelta, se transforma dialécticamente en ‘mal’ dando origen a estas víctimas (...). La crítica ético-material inaugura el pensamiento negativo” (pág. 13). Como se advierte en el lenguaje de Dussel, estamos frente a una renovación de la metodología dialéctica y a una afirmación fuerte: el verdadero pensamiento negativo es el de aquel que quiere subvertir radicalmente el sistema, porque éste no pone solamente en peligro el sentido de la existencia, sino la existencia misma.
 
Además, Dussel se impone un deber ético, que no es original y es considerado como ya pasado de moda: darle una voz a las víctimas del sistema. Esta voz parte obligatoriamente de las necesidades más humanas de los hombres y, entonces, es una ética universal material: “Para una Ética de la Liberación las reglas formales intersubjetivas de la argumentación práctica tienen sentido como procedimiento para aplicar las normas, mediaciones, fines y valores de cultura, generadas a partir del ámbito del ‘principio universal material’, que es pre-ontológico y precisamente ético” (pág. 183). El principio material universal de la ética es el heredero de las éticas precedentes, las cuales no obstante están subsumidas en él a partir de los valores del cuerpo y de la vida. Entonces su enunciado será el siguiente: “ quien procede éticamente debe (...) producir, reproducir y desarrollar autorresponsablemente la vida concreta de cada sujeto humano en una comunidad de vida, a partir de una ‘vida buena’ cultural e histórica (...), que se comparte pulsional y solidariamente teniendo como última referencia a toda la humanidad, lo cual es un enunciado normativo con pretensión de verdad práctica y, además, con pretensión de universalidad ” (pág. 140).
 
La Ética de la Liberación es una ética universal, porque “para una Ética de la Liberación es necesario integrar ambos niveles de modo que la materialidad de las pulsiones permanezca articulada con la racionalidad material (...), la racionalidad formal discursiva con la ‘factibilidad’ y la ‘negatividad’ de la razón instrumental y práctica crítica” (pág. 342). De este modo permite comprender las reglas internas del sistema capitalista globalizado que existe solamente en la medida en que logra producir víctimas.
 
La Ética de la Liberación es universal porque se basa en reconocerle a las víctimas del sistema el derecho a una comunidad de vida y a un proyecto de vida. En este sentido La Ética de la Liberación es una ética de la vida cotidiana (cf. pág. 302) y al mismo tiempo es una superación crítica de la complicidad inconsciente e implícita de todos aquellos que asumen una posición de negación de las víctimas del sistema (cf. pág. 317). Sin un análisis del por qué se niega a la víctima, será imposible proyectar una superación de estas posiciones de negación. En la práctica, lo de Dussel es, por un lado, un acto de palabra visto desde el lugar de la víctima negada, oprimida y excluida, y por otro, una invitación a unirse a la comprensión de las razones del sistema que, para existir, tiene necesidad de crear víctimas. Naturalmente, también en las oposiciones entre las víctimas se pide una toma de conciencia o, como Dussel retoma del pedagogo brasileño Paulo Freyre, una conscientizaçao, es decir, un constante y progresivo proceso de toma de conciencia, que lleve a una liberación de las víctimas y a la construcción de una nueva realidad, donde las víctimas dejen de ser tales.
 
La Ética de la Liberación no tiene solamente raíces latinoamericanas, ya que más allá de ello, Dussel logra reconstruir una corriente cálida de la Ética de la Liberación a partir de las éticas y de las filosofías que fueron excluidas de la historia. Y así recupera, desde la filosofía de los antiguos egipcios hasta la denuncia de la opresión por parte de Rigoberta Menchú, una conciencia crítica que es a la vez un pensamiento fecundo, aunque también el menos conocido.
 
La corriente cálida de la Ética de la Liberación pasa también por Marx y por el marxismo, pero más bien, la Ética de la Liberación está fundada sobre una relectura de Marx y de algunas pocas figuras clave del marxismo occidental (Rosa Luxemburgo, Gramsci, Bloch y Lukács), y también del pensamiento de Levinas que fue maestro de Dussel durante sus estudios en Francia.
 
Más que un pensamiento crítico, el de Dussel es un pensamiento herético, característico de un filósofo que tiene tanto el coraje como la necesidad de remar contra la corriente para comprender –haciendo, además, el esfuerzo de compartir el lugar de la víctima–, las reglas internas y la complejidad de un sistema opresor y negador. Dussel tiene la “ventaja” de vivir en México y de ser latinoamericano, y por lo tanto de comprender Occidente a partir del otro Occidente, que tiene más explotados que explotadores y que también es el segundo Occidente, es decir, la parte del Occidente que a partir del comienzo de la modernidad permitió a Europa primero y a Norteamérica después, gozar de la posición central del sistema gracias al hecho de que su propia centralidad se fundaba en la exclusión de la periferia de este Occidente y con él del planeta entero.
 
No es entonces casual que hacia el fin del milenio y del siglo más “breve” de la historia, venga desde este segundo Occidente un acto-de-palabra a recordarnos que una ética humana no puede ser sino universal