El Manifiesto Comunista y la Globalización.

Texto de la intervención realizada por el autor en el encuentro organizado para la presentación de Herramienta en la Ciudad de Córdoba, el día 5 de junio de 1998.

En primer lugar, quiero agradecer la posibilidad de presentar la revista Herramienta en Córdoba: a quienes trabajaron en la organización del encuentro, a la “Casa del Trabajador” que facilitó las instalaciones, a la fraternal acogida de la revista contenida en las intervenciones de quienes me acompañan en la mesa, los compañeros Luis Bazán y Eckart Dietrich y, por supuesto, la presencia de todos ustedes.  
Pasando al tema que nos reúne, me voy a permitir comenzar leyendo una cita. Porque es posible que a mucha gente le parezca que hablar del Manifiesto Comunista en estos tiempos de “Globalización”[1] es un anacronismo inútil. A quienes piensan así, sería útil leerles este párrafo:
 Espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus productos, la burguesía recorre el mundo entero. Necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas partes.
Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía dio un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Con gran sentimiento de los reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no emplean materias primas indígenas sino materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del globo. En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas con productos nacionales, surgen necesidades nuevas, que reclaman para su satisfacción productos de los países más apartados y los climas más diversos. En lugar del antiguo aislamiento de las regiones y naciones que se bastaban a sí mismas, se establece un intercambio universal de las naciones, una interdependencia universal de las naciones. Y esto se refiere tanto a la producción material, como a la producción intelectual (...)
Merced al rápido perfeccionamiento de los instrumentos de producción y al constante progreso de los medios de comunicación, la burguesía arrastra a la corriente de la civilización a todas las naciones (...) Obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción, las constriñe a introducir la llamada civilización.[2]
 
Esta tesis que destaca el carácter expansivo del capitalismo y su dinámica de alcances mundiales tiene tal actualidad, que innumerables trabajos referidos a la globalización mencionan al Manifiesto, aunque muchos lo hagan para terminar concluyendo que, de todas maneras, sus ideas y proyecto político nada tienen que ver con el mundo “globalizado”. Yo creo lo contrario, pero por otra parte, no tengo ningún interés en dar la impresión de que el curso del mundo se ajustó a las previsiones marxianas. Más bien, quiero comenzar por destacar que los autores del Manifiesto creían que las transformaciones impulsadas por la burguesía chocaban ya con los límites impuestos por su mismo sistema, y quedaba en manos del naciente movimiento obrero la tarea de unificar el mundo. Las cosas no ocurrieron así, y esto nos impone comprender cabalmente las consecuencias de que esta globalización-mundialización que vivimos no es la resultante de la revolución social, sino que llegó de la mano de una imprevista sobrevida del capitalismo.
Tenemos a la vista un triunfo sin precedentes de la mercantilización con todo su fetichismo, que no sólo impone al trabajo humano el status de mercancía, sino que lo desvaloriza y lo subsume buscando incrementar la plusvalía, pero también buscando por todos los medios pulverizar en los trabajadores la capacidad de resistencia y las potencialidades características del hombre. También los recursos naturales de la Tierra están sometidos como nunca a las leyes del mercado y la ganancia, provocando despilfarros, contradicciones y peligros cada vez menos controlables.
Porque la mundialización impacta al planeta en la misma medida en que se han extendido las relaciones capitalistas de intercambio y el mercado mundial, pensar la mundialización del mundo es pensar sus contradicciones y las vías para superarlas.
 
“Lo más acabado de la aventura humana...”
 
 La calificación de global comenzó a difundirse a principios de los ochenta hasta popularizarse vía la prensa económico-financiera anglonorteamericana y llegar, con la ofensiva política neoliberal, a convertirse en el discurso repetido una y mil veces por los jefes de gobierno, por los “opositores”, por los comentaristas de los grandes medios, por el mundo académico... El pensamiento único [3] que multiplica las apologías del mundo “sin fronteras” y las grandes empresas “sin nacionalidad” pretende que este es el curso natural de las cosas, benéfico y necesario. En una reciente conferencia organizada por la London School of Economics de Londres, el Jefe de Redacción del celebérrimo Financial Times dijo sin pestañear:
 
La mundialización constituye una genuina colaboración de las sociedades y las culturas por encima de las fronteras, a diferencia de las colaboraciones puntuales de las elites burocráticas y los diálogos Norte-Sur. No sólo socavó los cimientos del imperio del mal soviético, sino que está haciendo lo mismo en China. Pero incluso sin estos efectos políticos directos, sus virtudes hubieran sido extraordinarias: provocó una enorme mejoría del bienestar humano en las sociedades que supieron elegir las oportunidades que ofrece (...) La economía liberal de mercado es por naturaleza global. Constituye lo que hay de más acabado en la aventura humana.[4] 
 
Menos extremistas, otros publicistas reconocen efectos dañinos y peligros, pero insisten en que no hay más remedio que adaptarsea las nuevas exigencias e imposiciones, por ser consustanciales con las fuerzas del mercado, convertidas en horizonte insuperable de la humanidad.
En todos los casos, aplican el viejo enfoque que naturaliza los procesos sociales, ocultando el juego de intereses de poder y de clase antagónicas y negando las posibilidades de cambio presentes en las acciones que protagonizan los hombres.
 
Mundialización del Capital
 
Rechazar la idealización interesada de la globalización no debe llevarnos a cerrar los ojos ante ella. Debemos estudiarla como un proceso, ver cómo ha ocurrido y sobre todo la forma en que hoy se produce. Acá nos tropezamos con la idea del supuesto advenimiento de otro orden social, radicalmente diverso: sociedad “posindustrial”, “poscapitalista”, “de servicios”, “informática”, “comunicacional”... Este enfoque es errado porque considera las cuestiones tecnológicas desvinculadas de la dinámica global de las relaciones sociales y lleva a
 
(...) renunciar a cualquier caracterización social del modo de producción actual y compartir involuntariamente la jerga tecnocrática que excluye el supuesto arcaísmo de términos como proletariado, ganancia, lucha de clases, etc.[5]
 
Por el contrario, consideramos que la existencia de clases sociales con intereses antagónicos y, por ende, la lucha de clases, es consustancial al capitalismo en general, y al capitalismo globalizado en particular: esta es otra de las tesis del Manifiesto plenamente válida. Debemos pues arrancar por las contradicciones del capitalismo actual y no por lo que pregonan los paradigmas o paradogmas de moda. No se trata de negar cambios y transformaciones que nos enfrentan con realidades y problemas que no existían en los años del Manifiesto Comunista, sino de analizar los problemas de nuestra época rechazando las anteojeras de muchas palabras y definiciones que se amontonan para encubrir o eludir la continuidad esencial, explotadora e inhumana del orden del capital.
 
La mundialización del capital
 
Dejando de lado la génesis y los diversos movimientos que confluyen en la actual mundialización del capital,[6] veamos cual es su realidad presente.
A lo largo de los noventa, la economía mundial registró tasas de crecimiento del PBI muy débiles, deflación rampante, sacudones e inestabilidad monetaria y financiera cada vez más difíciles de controlar, elevada desocupación estructural, marginalización de regiones enteras y competencia cada vez más intensas entre las potencias triádicas (Estados Unidos, Japón, Europa). No se trata de fenómenos aislados sino de relaciones que tienden a constituir una totalidad sistémica, en cuyo marco deben considerarse la evolución de la inversión y la producción, así como el desarrollo de la centralización financiera y la concentración industrial, corporizados en las Transnacionales, los Fondos privados de pensión, Fondos comunes de inversión, etc. De acá se desprende un rasgo característico: la capacidad del capital-dinero rentista para imponerse y marcar el movimiento general de acumulación capitalista. Emerge un “régimen mundial de acumulación financiarizado” basado en una profunda modificación de las relaciones salariales y el fuerte aumento de la tasa de explotación, pero dirigido por un capital financiero con epicentro en las mayores plazas financieras, los gobiernos de los países centrales y organizaciones como el Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial u Organización Mundial del Comercio. Los mercados financieros y los grandes operadores[7] que los dominan manejan las palancas de mando del sistema capitalista y dictan el libreto del régimen de acumulación. A otro nivel, la mundialización del capital y el predominio financiero acentúan la jerarquización entre países y hasta cierto punto modifican su configuración.[8] Hay que subrayar que los niveles de concentración mundial son equivalentes a los que hace veinte años los gobiernos nacionales diagnosticaban, a escala nacional, como oligopolio. Las firmas y países que constituyen este oligopolio mundial establecen relaciones con las diversas regiones del mundo fuertemente asimétricas y jerarquizadas, y constituyen un espacio de interdependencia y feroz competencia basado en la expansión mundial, las inversiones cruzadas y la concentración derivada de adquisiciones y fusiones entre estos grandes grupos que en general son originarios de alguno de los polos de la Tríada. También merece destacarse que la mundialización integra un doble movimiento de polarización: en el seno de cada país, con la desocupación y el agravamiento de las abismales diferencias en los ingresos; y a escala internacional, aumentando brutalmente la distancia entre los países situados en el corazón del oligopolio mundial y los restantes, muchos de los cuales pasaron de ser considerados “países en desarrollo” a ser calificados “zonas de pobreza” que sólo preocupan porque lanzan hordas de emigrantes sobre “el primer mundo”. Por último, cabe subrayar que las facilidades para las “delocalizaciones”hacia países de bajos costos salariales, permite que un capital sin ataduras territoriales ponga a competir la fuerza de trabajo atada a los diferentes países y liquide las legislaciones del trabajo y los convenios colectivos salariales nacionales.
La crisis que estalló en julio de 1997 y continúa en estos momentos es reveladora. A pesar de que los medios de comunicación insistan en hablar de “crisis financiera en Asia”, se trata de una crisis económica del capitalismo globalizado. Hunde sus raíces en las relaciones de producción y distribución dominantes. Lleva el sello de un régimen de acumulación que superexplota a los trabajadores, que presiona a las más amplias capas de la sociedad por medio del impuesto y el interés sobre los créditos, pero que no llega sin embargo a apropiarse y a centralizar la cantidad de riquezas que necesita el capital, porque ha pesar de todo la inversión ha caído a niveles muy bajos de manera que globalmente la acumulación no arroja a la plaza suficiente capital nuevo generador de valor y plusvalor. Esta crisis es más que una clásica crisis de superproducción. Traduce las contradicciones de un sistema orientado, más fuertemente que en cualquier otro momento del estadio imperialista, en el sentido de la pura depredación.[9]
 
La Globalización más allá de la economía
 
Pero la globalización también obliga a mirar más allá de la economía y a mirar los mismos procesos “económicos” con otros ojos. Hay transformaciones del mercado capitalista, de los modelos de industrialización, del Estado-nación, del  sistema mundial de Estadosy a nivel cultural. Todo esto expresa un proceso tendencial de conformación de un sistema global donde los sujetos se articulan con las estructuras sociales y las estructuras culturales a través de múltiples mediaciones e influencias recíprocas de acontecimientos locales y procesos mundiales[10]. La sistematicidad no está dada sino que se hace continuamente, con restricciones cada vez menores de tiempo y espacio. Por eso, si es cierto que los asuntos locales pueden ser afectados por imposiciones globales, también es verdadero lo contrario. Dada la vastedad del tema, solo abordaremos algunos aspectos que consideramos particularmente significativos.
 
La reorganización geográfica del capitalismo y su impacto social
 
El proceso de acumulación del capital incluye entre sus momentos constitutivos la “producción del espacio”: históricamente, esto significó sucesivas destrucciones y reconstrucciones de la geografía mundial[11], y en el presente permite hablar de la globalización como profunda “reorganización geográfica del capitalismo” y “un proceso de producción de un desigual desarrollo espacio-temporal”. Por ejemplo, la “implosión del horizonte temporal”[12] lograda por el sector financiero exacerba las tensiones con las otras fracciones del capital que funcionan y rotan según ritmos y escalas temporales distintas. Y sobre todo experimentamos la aceleración inusitada del proceso de territorialización, desterritorialización y reterritorialización con tremendo impacto para la población mundial. Surgen polos de desarrollo, espacios de circulación y ciudades que constituyen espacios desvinculados de su ambiente natural, social, histórico y cultural, que imponen pautas espaciales y temporales que trastocan la vida cotidiana de la gente. 
Con el “encogimiento” del planeta y la “aceleración de la historia” estamos ante una situación de “contacto” e interpenetración de pueblos y culturas inédita: el hecho es que el mundo contemporáneo está ya unificado y continúa siendo plural, o que los mundos que lo constituyen son heterogéneos aunque estén relacionados entre sí. Existe una simultaneidad de procesos de diferenciación junto a los de homogeneización. La mundialización del capital convierte al mundo en un desierto de valores humanos, el mercado mundial aparece como algo inmenso e inconmensurable que empuja a que mucha gente se aferre a las localidades en tanto lo local sigue siendo mensurable. Pero el par “mundial/local” no debe ser considerado una antinomia absoluta, sino como contradicción dialéctica. En vez del lugar común que presenta a la mundialización de manera homogénea y lineal, puede verse que mundialización y particularización marchan unidos en un doble movimiento, lo que requiere comprender ese movimiento, así como la dialéctica de cada uno de los opuestos.
 
Capitalismo global y Estado
 
La globalización implica un relativo debilitamiento del Estado-nación, pero de ninguna manera precipita la desaparición del Estado. Es evidente que el Estado-nación y muchos de sus atributos clásicos están siendo horadados de diversa manera por los desarrollos del capitalismo mundial, con las transnacionales, el predominio del capital financiero especulativo y el rol de organismos como el FMI... Pero incluso para la implementación de las políticas “globales” los Estados-nación resultan imprescindibles, pues el capital no tiene con qué reemplazarlos.
El multimillonario especulador financiero Soros decía hace pocas semanas:
 
El sistema capitalista global se funda en la falsa premisa de que si los competidores son librados a sus recursos todo el sistema tiende al equilibrio. La realidad es lo opuesto, el sistema tiende a quebrarse. No es inestable debido a un impacto externo, sino inherentemente inestable (...) Nos faltan instituciones apropiadas a escala global (...) Si no hay instituciones que preserven la estabilidad, cosa que los mercados no pueden hacer por sí solos, insisto, nos precipitamos en el colapso del sistema capitalista global, con consecuencias incalculables.[13]
 
Efectivamente, por sus mismas características constitutivas “el sistema de metabolismo social del orden del capital” nunca pudo prescindir del Estado moderno y esta estructura política de mando es parte indisociable de la materialidad del sistema del capital, tal como se ha constituido históricamente. Pero debido a esta misma materialidad histórica, el orden del capital enfrenta ahora una de sus contradicciones más insoluble: su lógica expansiva lleva a la conformación de un capital global, y al mismo tiempo las características constitutivas del orden del capital levantan una barrera a la existencia de un Estado mundial[14]. La imposibilidad en que se encuentra el capital global para dotarse de un Estado mundial es y será fuente de tensiones y procesos política y materialmente cada vez más incontrolables para el sistema. En esto se inscriben peligros y desastres globalizados como las viejas y nuevas pandemias, la proliferación de armas atómicas, el terrorismo con alta tecnología, las catástrofes ecológicas, el auge de las “economías criminales”, las tendencias autoritarias, etc.
 
Globalización y cultura
 
Aunque se habla de la emergencia de una “americanización” o “McDonaldización” cultural del mundo, también a este nivel convendría pensar en términos de procesos los fenómenos de integración cultural y de desintegración cultural que se realizan a nivel interestatal y a escala transnacional. Sobre esto existe una polémica en pleno desarrollo, pero se afirma la necesidad de abandonar la idea de cultura como dato cosificado, para acentuar lo construido. La construcción de identidades deja de ser vista como consecuencia de diferencias raciales o culturales, y pasa a ser considerada como una estrategia social relacional. Una concepción dinámica y dialéctica de cultura e identidad, en la que inciden las dinámicas económicas y sociales, permite comprender que el campo de la cultura se convirtió en uno de los principales escenarios de la disputa política y de la producción de legitimidad.
La “insurrección de los particularismos” asociada al apego de un grupo humano al lugar, a un espacio y un tiempo reconocibles, tiene visibles expresiones fundamentalistas reaccionarias, por ejemplo los Talibanes... Pero también puede contener el impulso expreso o potencial hacia la reconstrucción de formas estatales más “próximas” buscando autonomía y protección ante las grandes potencias económicas, o de sublevación contra el espacio-tiempo del Estado-nación... Sin generalizaciones ni unilateralidades, cabe analizar y buscar concretamente en estos procesos las fuerzas que podría perturbar y resistir el desarrollo del capitalismo mundial, posibilitando también un debilitamiento del Estado: no se puede desconocer que los estados nacionales pueden ser todavía un marco potencial para la resistencia al poder de las transnacionales y los imperialismos, y al mismo tiempo es obligatorio e inaplazable buscar caminos para que los explotados y oprimidos no se despanzurren entre sí, y la humanidad no se siga despedazando entre naciones.
 
“Socialismo o Barbarie”
 
Esta sucinta revisión de algunos problemas ligados al proceso de globalización-mundialización basta para concluir que lo que algunos quisieron ver como “el fin de la historia”, resulta ser por el contrario un precipitarse hacia una época de turbulencias y cambio. Un historiador de los orígenes del sistema-mundo capitalista, mirando este fin de siglo escribe:
 
Estamos navegando por mares de los que no hay mapa. Sabemos más sobre los errores del pasado que sobre los peligros del futuro próximo. Hará falta un enorme esfuerzo colectivo para desarrollar una estrategia de transformación lúcida (...). No hay motivo para el optimismo ni para el pesimismo. Todo es posible, pero todo es incierto.[15]
 
La sociedad moderna está unificada al mismo tiempo que se diferencia y desgarra. Es el fin de cierta historia y la posibilidad de comenzar una historicidad consciente: un momento de transformación y de profundo desorden. La contradicción fundamental y característica de la época puede enunciarse diciendo que:
 
(...) estamos ante la posibilidad sin precedentes de autoproducción consciente de la humanidad y al mismo tiempo la posibilidad también sin precedentes de autodestrucción de la humanidad (no sólo por el riesgo militar, sino por la autodestrucción ecológica o la descomposición social). Estamos ante un trastorno o alternativa fundamental: autodestrucción, o transformación mundial con la construcción de nuevas relaciones sociales.[16]
 
O también, retomando las palabras de Rosa Luxemburgo: “Socialismo o Barbarie”. Claro que esta disyuntiva no debe entenderse de manera determinista, porque el devenir histórico no surge solamente por el peso de las determinaciones, sino también del juego entre las posibilidades y las decisiones de los hombres. Hace 150 años, el Manifiesto lanzó un vibrante llamado que, al cabo de algunos años había sido recogido por millones y millones de explotados y humillados de toda la tierra: “Trabajadores del mundo, uníos...”. No es esta la oportunidad de reflexionar cómo y porqué el movimiento obrero perdió ese rumbo y se fragmentó hasta perder casi la conciencia de clase y el internacionalismo, pero sí lo es para afirmar que debemos retomar esa idea directriz del Manifiesto Comunista. Porque lo mundial se particulariza y lo local está conectado a la mundialización, hay que rescatar y desarrollar la reflexión y las prácticas que, desde una fábrica tomada, un corte de rutas o una ocupación de tierras, apunten a reconocerse como iguales en la lucha contra la explotación y la dominación, y también a reconstruir un nuevo internacionalismo con los explotados y oprimidos de todo el planeta, un internacionalismo comprometido con la creación de nuevas relaciones sociales que no sean relaciones de poder ni de dominación, un nuevo internacionalismo sin lastres socialdemócratas ni estalinistas, sin hegemonismo ni burócratas, sin racismo ni sexismo. Como bien dijo desde las páginas de Herramienta el marxista colombiano Vega Cantor:
 
“Aunque todavía no se vislumbran fermentos de una nueva conciencia de clase -que esta vez tendrá que ser local y mundial al mismo tiempo-, teniendo en cuenta la historia del capitalismo y el grado de radicalización de las contradicciones sociales, de la injusticia y de la desigualdad a nivel planetario, es de esperar que se vayan gestando los embriones de una nueva subjetividad social entre las víctimas de la mundialización del capital. Y eso es fundamental si se quiere que la especie humana sobreviva como algo más que una manada de parias y de esclavos, o como simple apéndice de la tecnología y consumidora irracional de mercancías”[17]
 
Para colaborar en esta inmensa tarea sacamos la revista que estamos presentando, propiciamos encuentros de reflexión y debate como el que sostendremos esta noche, buscamos unir teoría y práctica social. Nuevamente, muchas gracias por su presencia y atención.


[1] Las palabras “mundialización” y posiblemente más aún “globalización” no sólo tienen contenidos y alcances muy diversos según quien los emplea, sino que están cargadas de ideología. A sabiendas de ello las utilizamos (con “beneficio de inventario”), porque aluden a un conjunto de problemas muy concretos y apremiantes, aunque no estén plenamente conceptualizados.
 
[2] Carlos Marx y Federico Engels, Manifiesto Comunista, Ed. Pluma, Bs. As. 1974, pág. 67.
[3] La denominación fue acuñada por Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique.
[4] La conferencia enfrentó las posiciones críticas de periodistas de Le Monde Diplomatique con la “ortodoxia”de la plana mayor del Financial Times. La cita es de la disertación “Una obligación moral”, presentada por Peter Martin. El debate fue publicado en Le Monde Diplomatique junio de 1997.
[5] Collin Denis, “Las tesis sobre el fin del trabajo: ideología y realidad social”, Herramienta. Revista de debate y crítica marxista, Nº 6, otoño de 1998.
[6] Por un lado, a lo largo de los llamados “treinta años gloriosos” de expansión capitalista se acumularon tensiones y elementos de crisis que estallaron en los 70. El capital la afrontó con diversos mecanismos que, por un lado acentuaron la explotación e incorporaron formas de gestión que quebrantaran el “poder” del trabajo en los lugares de producción y, por otra parte, acentuaron los rasgos parasitarios y depredadores expresados en lo que Chesnais llama “financiarización”, llevando adelante una ofensiva en toda la línea durante la llamada “Revolución conservadora” de los 80. La clase obrera, atada por décadas de reformismo a buscar “soluciones” país por país y respetando los marcos regulatorios de cada Estado, fue inicialmente arrasada por el vendaval globalizador.
[7] Los mismos operadores han cambiado: predominan las instituciones financieras no bancarias como los Fondos de pensión y los Fondos mutuos de inversión.
[8] Se profundiza el abismo entre los países que participan aunque sea marginalmente en la dominación del capital-dinero rentista y todo el resto, y en el seno mismo de los países centrales las imposiciones norteamericanas se exacerban. 
[9] Francois Chesnais, “Una conmoción en los parámetros económicos mundiales y en las confrontaciones políticas y sociales”, Herramienta Nº 6. Ver también los artículos publicados en los números 1 y 3.
[10] Claro que las relaciones entre estos niveles que confluyen para constituir la globalización no excluyen desajustes fundamentales derivados de diferentes lógicas integrativas.
[11] La modificación del paisaje del mundo incluye desde las comunicaciones y obras de infraestructura, hasta modificaciones a nivel de la geografía física, económica y política con recurrentes formaciones y disoluciones de Estados.
[12] David Harvey, “La globalización en cuestión”, en Renán Vega Cantor (Ed.) Marx y el Siglo XXI, Ed. Pensamiento Crítico, Bogotá, 1997.
[13] George Soros, “Economía global vs. Políticas nacionales”, Clarín Económico 12 de abril de 1998.
[14] Istvan Mészaros, “La reproducción del metabolismo social del orden del capital”, en Herramienta Nº 5 y 6.
[15] Immanuel Wallerstein, Después del Liberalismo, Siglo XXI, México 1996.
[16] Henry Lefebvre, “Pensar el mundo”, en Renán Vega Cantor (Ed.), ob. cit.
[17] Renán Vega Cantor, “La actualidad del Manifiesto Comunista. Tres tesis sobre la mundialización del capital, trabajo y lucha de clases”, Herramienta Nº 6, otoño de 1998.