Azúcar y Política. El surgimiento del capitalismo en el noroeste argentino.

 

Introducción

 
Este trabajo tiene como intención lograr una aproximación al surgimiento de la industria azucarera en el noroeste argentino, a través del análisis y la descripción de dos ejes temáticos de singular importancia: el primero es la relación entre estas empresas (azucareras) y el Estado nacional y provincial y por otro lado la forma en que los ingenios, en tanto empresas, basaron su producción en la explotación de fuerza de trabajo indígena, en el caso de Salta y Jujuy proveniente del gran reservorio natural que constituyó el gran Chaco, y de la explotación de fuerza de trabajo criolla para el caso de los ingenios tucumanos.
Creemos que fueron estos dos elementos, junto a otros de menor jerarquía, los que permitieron que estas empresas capitalistas tuvieran el éxito asegurado en su etapa de despegue, logrando importantes márgenes de utilidades. Les permitieron, en el caso de la provincia de Jujuy, superar las crisis y problemas que se suscitaron a lo largo de su desarrollo y fueron los que dieron lugar a que las empresas alcanzaran niveles de riqueza y poder pocas veces visto en la región.   
La moderna industria azucarera salto-jujeña reconoce sus inicios en las antiguas haciendas productoras de azúcar del primer tercio del siglo XIX.
Una geografía apta, la falda oriental del sistema subandino, el clima propicio, cálido, húmedo, con poco riesgo de heladas. Abundancia de mano de obra. Fuertes vínculos político-familiares a nivel nacional y la incipiente conformación de un mercado interno, fueron aspectos de importancia que permitieron que estas antiguas haciendas fueran transformándose en modernas empresas capitalistas hacia finales de 1800.
En la provincia de Jujuy son fundadas las haciendas Ledesma en 1830, y San Pedro en 1844, y ya hacia mediados del siglo XIX el cultivo de caña de azúcar constituía una actividad de singular importancia en la región del Valle de San Francisco (Rutledge, 1987).
En el plano político, el cese de los conflictos armados entre el litoral porteño, liberal y pro-británico, y los caudillos provinciales, deja bien paradas a las oligarquías del noroeste, dueñas de los principales ingenios azucareros. La oligarquía tucumana, por ejemplo, apoyó fervientemente el aplastamiento de la sociedad caudillo-gaucha de La Rioja y Catamarca siéndole fiel al gobierno de Buenos Aires. (Rutledge 1987, Campi 1995)
El nuevo pacto colonial, del que habla Ian Rutledge, se realiza a través de la hegemonía no ya de España, sino de Inglaterra. Esta impulsaba, por medio de alianzas con las elites americanas, economías dependientes. En Buenos Aires es esta oligarquía pro-británica, dueña del poder comercial y financiero, la encargada de consumir y comerciar los productos y manufacturas inglesas, manteniendo a su vez una economía basada en la exportación de materias primas. El tipo de sociedad que se generó en torno a esa economía fue altamente dependiente de la política británica, conformando un modelo que se denominó neocolonial (Rutledge 1985, Vuskovic Bravo 1990).
 
Integración política - económica
 
Cabría preguntarse por qué estas elites comerciales rioplatenses hacían alianzas con un sector del interior del país de “cuño industrialista” como el azucarero del noroeste argentino. Una respuesta se relaciona con los fuertes vínculos sanguíneos existentes entre el poder político nacional y las elites del NOA dueñas de los ingenios. Familias como los Roca, los Avellaneda, provenientes del interior, potenciaron alianzas y pactos con las elites azucareras, de la provincia de Tucumán.
Otra respuesta sería, que frente a los recientes conflictos interior-Buenos Aires, el gobierno nacional necesitaba de sectores dóciles del interior del país dispuestos a tejer alianzas que permitieran la necesaria integración política nacional; tengamos en cuenta que en este momento se estaba consolidando el modelo de Estado-nación en la Argentina (Rutledge 1985).
Una vez alcanzada esta integración política (interior-Buenos Aires) se intenta lograr la integración económica. El primer paso para lograr esta integración es la construcción del ferrocarril.
Hacia 1876 el ferrocarril llega a la provincia de Tucumán, y para el año 1891 comunica Jujuy con Buenos Aires. Esto da un importante impulso a la industria del azúcar conectando los principales centros de consumo con los de la producción.
Por su parte las oligarquías provinciales lograban durante estos años obtener el apoyo estatal a través de diversos medios:
1) Aranceles aduaneros que protegían la producción nacional de azúcar. Basta con un ejemplo para comprender esta “ayuda nacional”: si para mediados del siglo XIX se podía comprar azúcar cubana en la provincia de Santiago del Estero, más barata que la producida en Tucumán, hacia 1880 el azúcar extranjero pagaba un 30% de impuestos para su entrada en el mercado argentino y hacia 1890 superaba el 90% (Natalio Botana 1986, Rutledge 1985).
2) Políticas crediticias instrumentadas a través del Banco Nacional, Banco Hipotecario y Banco Provincia de Tucumán.
3) Tarifas del ferrocarril subsidiadas.
4) Construcción de obras de ingeniería hidráulica, canales, diques, etc.
Estas ventajas ofrecidas por el gobierno nacional favorecen la inversión de capitales sobre las viejas haciendas azucareras, que comienzan a desechar sus viejos trapiches de madera, modernizando sus maquinarias.
Es la provincia de Tucumán la primera en modernizar sus trapiches; hacia 1882 los capitales invertidos en maquinarias suman $ 1.441.000, las fábricas disponen de 107 motores, 87 de ellos a vapor con una fuerza motriz de 1.449 HP (Girbal de Blacha 1995).
Las elites de la región defendieron sus ventajas comparativas para producir azúcar imponiendo altos aranceles aduaneros a los azúcares de Cuba y Brasil, a la par que invirtieron en maquinaria, a través de créditos oficiales, asegurándose el creciente mercado nacional en constante expansión. El ferrocarril conecta de manera definitiva una región de singular importancia como el noroeste con el centro neurálgico de la nación, el litoral pampeano.
 
La modernización llega a Jujuy
           
El crecimiento de la industria del azúcar y la mecanización de los ingenios hizo necesaria la llegada de técnicos calificados para hacer posible la instalación de los modernos ingenios, y sus nuevas máquinas a vapor. Los principales agentes de esa transformación técnica, en la provincia de Jujuy, fueron los miembros de la familia Leach.
Roger Leach llega a Jujuy en 1876 para instalar las maquinarias que, traídas desde Inglaterra, habían llegado a Tucumán y estaban siendo transportadas hacia Jujuy por carretas -el ferrocarril llegó a Jujuy en 1891-, para la modernización de la hacienda de Ledesma de Don Sixto Ovejero.
Hacia 1882, viendo la potencialidad del medio, Leach invierte su propio capital en el ingenio La Esperanza, que compra junto a otros socios. Este comienza a funcionar hacia 1884 y para 1889 la totalidad del ingenio La Esperanza pertenecía a la familia Leach.
En 1892 surge en la región otro ingenio, La Mendieta, llamado originalmente El Porvenir, fundado por la firma Alvarado y Müller.
Los beneficios y prebendas del Estado, el aumento del consumo y un alza de la productividad llevaron a que de 9.000 toneladas métricas de azúcar en 1880, se aumente de manera considerable la producción llegando a 41.000 toneladas métricas en 1890 a nivel nacional. Este crecimiento de la producción se veía reflejado en la cantidad de hectáreas plantadas, que en la provincia de Jujuy eran 338 hacia 1872, 2.148 en 1895 y 11.371 en 1914.
 
Dos modelos productivos: El tucumano y el salto-jujeño
 
Si bien comparten muchos de los puntos que caracterizan a la economía del noroeste argentino, Tucumán por un lado y Salta y Jujuy por otro, constituyen tanto paisajes sociales como dos modelos productivos bien diferenciados. 

El modelo tucumano (cañeros independientes e ingenio)
El temprano desarrollo de la industria azucarera tucumana, la gran concentración demográfica, su rápida vinculación con el litoral pampeano a través del ferrocarril, la presencia de pequeños y medianos productores de caña por un lado -cañeros independientes, principalmente campesinos minifundistas-, y de empresarios dueños de los ingenios, el alto grado de mercantilización de la población y la relativamente rápida proletarización de campesinos de la zona que permitió la conformación de un mercado libre de trabajo dio lugar a uno de los modelos “exitosos” de producción de azúcar. Esta división “cañeros independientes/dueños de los ingenios” permitió lograr un mayor grado de distribución de la riqueza, al tener en su interior tanto pequeños productores cañeros, dueños de sus tierras, como empresarios dueños de los ingenios-fábrica.
Los ingenios de esta provincia cubrían el 85,5% de la producción nacional de azúcar hacia el año 1900 (Campi 1995, Campi y Lagos 1995).
 
El modelo salto-jujeño (ingenio-ilantación)
 
Se caracterizó por la concentración y monopolio de la propiedad de la tierra y de la fábrica-ingenio en un mismo dueño, dando lugar a una serie de ventajas comparativas que permitieron, junto a la fuerte explotación de los indígenas y campesinos un amplio margen de utilidades.
El creciente rendimiento de este modelo “ingenio- plantación” permitió que las empresas azucareras salto-jujeñas fueran altamente competitivas y pudieran abstraerse de las ventajas comparativas que poseían los ingenios tucumanos.
Los industriales salto-jujeños suplieron las desventajas de su tardío surgimiento a costa de sudor indígena y apoyo estatal.
 
 
Captación de fuerza de trabajo
 
 
Se reniega del indio pero se lo explota.
Los que hablan de su exterminio,
de arrojarlos al otro lado de las fronteras,
no saben lo que dicen [...]
 sin él, en el Chaco, no hay ingenio, ni obraje ni algodonal.
(Bialet Massé en Lagos 1995)
           
La industria azucarera, como otras agroindustrias de la alimentación, tuvieron como fin abastecer la “revolución” de la zona pampeana, que contaba con una importante masa de población en permanente crecimiento que aseguraba un mercado de consumo en constante expansión (Lagos 1992, 1997 en prensa).
El paso de la antigua hacienda, de baja producción y escaso consumo de fuerza de trabajo, a los modernos ingenios azucareros generó importantes cambios en la estructura politico-económica de la región. El noroeste empezará a mirar, no ya al Alto Perú, sino al litoral pampeano. Otra lógica económica regirá a estas nuevas empresas de cuño capitalista que buscarán asegurarse el mercado nacional para su producción encontrando en el Estado nacional a un necesario socio protector.
El rápido aumento en la demanda, la protección arancelaria de la competencia externa y el crecimiento en la capacidad productiva por la incorporación de los modernos trapiches, dio lugar a una superficie plantada con caña cada vez mayor y al necesario aumento de los trabajadores empleados. Esta necesidad de “zafreros”, trabajadores encargados de la cosecha de la caña, trajo como consecuencia una intensa búsqueda por parte de los ingenios.
Las empresas azucareras tucumanas recurrieron principalmente al asalariamiento de campesinos criollos de Tucumán, y de “áreas satelizadas” como Santiago del Estero y Catamarca, ayudados por diversos métodos coactivos como las leyes de conchabos, vagancia, peonaje por deudas, etc. (Campi y Lagos: Juntos).
Los ingenios de Salta y Jujuy, a diferencia de los ingenios tucumanos, buscaron en los indígenas del Chaco y en los campesinos puneños después, la tan necesaria mano de obra barata que asegurara el éxito de las cosechas.
La estratégica ubicación de los ingenios salto-jujeños en la falda oriental de la precordillera lindante con el Chaco y la ausencia o escasez de trabajadores criollos, llevó a que estos empresarios recurrieran a uno de los más grandes “reservorios de fuerza de trabajo indígena”, el denominado Gran Chaco que ocupaba el oriente de la provincia de Salta, norte de la provincia de Santiago del Estero, Chaco, Formosa y el sur de la actual República de Bolivia (Teruel: Libro azul).
En la espesura del monte chaqueño habitaban gran cantidad de indígenas cuya economía se basaba en la caza y la recolección; así grupos como los tobas, matacos, pilagas, chorotes, mocovíes y chiriguanos provenientes del sur boliviano, satisfacían sus principales necesidades reproductivas recurriendo a la caza de animales y aves, a la pesca en los importantes ríos de la región y a la recolección de frutos y raíces.
Hacia mediados del siglo XIX se podía considerar al territorio chaqueño, “virgen” de la ocupación del hombre blanco, siendo los contactos esporádicos y en zonas de frontera, generalmente con fines comerciales y de intercambio.
¿Por qué estos indígenas recurrirían al trabajo en los ingenios si era pésimamente remunerado y existían condiciones laborales infrahumanas?
Nicolás Iñigo Carrera señala que los avances del ejército en el territorio del Chaco -el coronel Obligado en 1870, Benjamín Vitorica en 1884 y el teniente Rostagno en 1911- tuvieron como fin principal quebrar la posibilidad de reproducción indígena, ocupando sus campos de caza, sus ríos y aguadas, obligando al indígena a asalariarse para poder obtener los elementos necesarios para poder vivir. Así lo demuestran los datos estadísticos que cuantifican esta relación. Hacia principios de siglo la mayoría de los trabajadores que levantaban la cosecha de caña de azúcar provenían del Chaco, y pertenecían a algunos de los grupos indígenas antes mencionados.
 
[...] Me fijo en primer término en el indio porque es el elemento más eficaz de progreso e importante en el Chaco; sin él no hay ingenio azucarero, ni algodonal, ni maní, ni nada importante [...] es sobrio hasta la frugalidad; en el trabajo mismo se contenta con piltrafas que le dan en vez de carne, cuatro choclos, un pedazo de zapallo y un puñado de sal; y así, tan mal alimentado, da un trabajo superior a los mejores obreros [...] (Bialet Massé en Iñigo Carrera 1995).
 
La presencia de los indígenas del Chaco en los ingenios fue para el Lic. Marcelo Lagos una combinación de la coacción, el engaño, la presión, y la violencia militar, incluyendo también la presencia voluntaria de algunos grupos de indígenas que recurrían a los ingenios en época de zafra para obtener algunos elementos apreciados como alcohol, machetes, objetos de hierro, armas, etc.
Para tener idea del flujo de trabajadores a los ingenios azucareros es interesante ver que solamente en Tucumán hacia 1910 se ocupan entre 50.000 y 60.000 obreros criollos, mientras que en Jujuy los tres principales ingenios ocupaban una cifra superior a los 10.000 indígenas provenientes del Chaco, Formosa y Bolivia (Campi-Lagos). 
La imagen del indígena chaqueño por parte de la sociedad blanca de principios de siglo, se basaba en un marcado etnocentrismo y en la no compresión de la cosmovisión indígena, habituado a otros patrones tanto económicos como culturales. Eduardo Holmberg (hijo) decía respecto a los indígenas del Chaco hacia 1904:
 
[...] El indígena del Este (Chaco) no tiene ninguno de los atractivos del quichua. Le falta el pensamiento de aquél, su carácter, su nobleza, y para convertirlo en un elemento de trabajo ha sido necesaria toda la habilidad de los señores Leach y sus colaboradores.
El indio del Chaco no tiene hogar. Siente la necesidad de la tribu, pero vicioso, haragán y sucio, errante en sus selvas, en ellas vaga constantemente, sin que el trabajo de la tierra, tan fácil en sus reinos, pueda ser motivo a radicarlo, a despertar el amor al pueblo [...] Así cuando los primeros coyuyos cantan dando el anuncio de que ya empiezan a madurar las algarrobas, no hay razón ni poder que detengan al indio en los ingenios: se va, furtivamente si es necesario, abandonando el bienestar y el trabajo, por la vida de los bosques, en que va a padecer, pero en los que va a vivir embriagado con la aloja durante una buena temporada, entregado por completo a la bebida, a la impudicia, al robo y al crimen [...].
 
En distintos trabajos de la época se ve que la visión de los indígenas es la de un “mal necesario”, ya que si bien es duramente criticado, constituye la herramienta que garantiza la existencia de la industria azucarera, así el corolario final de todo discurso es la necesaria integración del indígena al trabajo en los ingenios y obrajes, dejando así su condición de salvaje y entrando de esta forma a una vida civilizada (Lagos 1995).   
 
Los reclutadores de indios
           
El indio no quiere estar sujeto a nadie,
es naturalmente enemigo del trabajo y haragán,
no importándole nada tener o no tener.
Acostumbrado a vivir errante en los montes,
y alimentarse con lo que los montes producen,
desprecia las ventajas de la vida civilizada.
(Rafael Gobelli 1912, en Lagos 1995)
           
Los ingenios de Jujuy -Ledesma y la Esperanza- organizan y envían hacia los meses de diciembre-enero, expediciones llamadas “buscadoras de indios” con el fin de reclutar indígenas para trabajar en la zafra. Tengamos en cuenta que los ingenios “sufrían” una gran dependencia respecto de los trabajadores temporales indígenas, ya que su no asistencia a la zafra condicionaba el éxito o el fracaso de la cosecha y por lo tanto de la producción anual de azúcar.
La recluta de indígenas por parte de los ingenios se realizaba enviando expediciones hacia la espesura del Chaco en busca de algunas de las tribus, una vez contactada se convencía al cacique a través de “regalos” y presentes. Una vez que el cacique aceptaba trasladar a su gente a los ingenios se movilizaban a pie, muchas veces decenas de kilómetros, hasta la estación del ferrocarril y desde allí eran subidos en vagones de carga, como animales, para ser transportados hacia los ingenios.
El ejército era el principal órgano coercitivo, que aseguraba que aquellas tribus reacias a trasladarse a trabajar en la zafra azucarera, lo hicieran bajo amenaza de represión. Así, en los meses de la cosecha de la caña, el ejército montaba un cuartel en la zona de los ingenios para asegurar “el buen comportamiento indígena”, es decir, dejarse explotar brutalmente sin derecho a protesta, siendo además, estos agentes del Estado, los garantes de la permanencia de los indígenas en la zafra, ya que aquellos que huían hacia el monte eran traídos nuevamente por el ejército hacia el ingenio.
Así describe Eduardo A. Holmberg en su Investigación Agrícola en la Provincia de Jujuy estas expediciones “buscadoras de indios” en el Chaco:
 
[...] Cuando la época de la cosecha se aproxima, los propietarios del ingenio envían al Chaco a capataces amigos de caciques o caudillos, a quienes contratan la indiada y la traen con el compromiso de darles a partir de la toldería, un traje o algunos objetos, alimentarlos desde Rivadavia, y otro traje o adornos - lo que ellos quieran- al regresar después de la cosecha. Pues bien, estos indios llegan a los ingenios en el último grado de miseria, desnudos y flacos que da horror. Su flacura es tal, que al verlos recuerdan esas fotografías que suelen llegarnos de Europa, con títulos como ‘el hambre en la India’, ‘los cautivos de tal o cual reyezuelo’, etc. [...] Los señores Leach los racionan, les pagan un tanto por semana y tienen caña de azúcar a discreción, que consumen de tal manera, que se calcula en un 10% del total de cultivos lo que devora el indio. [...] los espectros se transforman, adquieren otra vez sus primitivas redondeces, y el indio flaco y hambriento se convierte en el hombre musculoso, que entra al cañaveral a cosecharlo [...] llega en grandes grupos todos los años a los Ingenios Ledesma y San Pedro, y del que no es posible dejar de verse para la cosecha por la falta de brazos [...].
 
El viaje de ida a los ingenios duraba en la primera época, hasta la llegada del ferrocarril, entre dos y tres meses desde la espesura del monte chaqueño y las orillas del río Pilcomayo hasta las cercanías de los cañaverales, en “lotes”, donde hacían sus “huetes”, chozas de caña, troncos y paja, maloja -hojas de caña de azúcar- donde dormían las familias. Estas chozas se ubicaban de manera circular sobre un “patio” central donde realizaban gran parte de las actividades cotidianas, reuniones y bailes.
Durante el trayecto hacia los ingenios, los indígenas marchaban con su cacique principal a la cabeza, seguido por los caciques secundarios, lenguaraces, subcapataces y hombres de la tribu, denominados “soldados”, por detrás venían las mujeres y los niños. Los dueños de los ingenios decían que a estos indígenas no se les suministraba viviendas porque debido a su condición de “salvajes”, no se acostumbrarían a las mismas (Dr. Sierra Iglesias 1996).
Las tribus estaban compuestas por alrededor de 500 personas, distribuidas aproximadamente de la siguiente manera: un cacique principal, que tenia a su cargo a 15 caciques secundarios; éstos tenían poder sobre una cantidad de entre 10 y 15 indígenas (soldados y sus respectivas familias).
La forma de pago de estos ingenios azucareros se realizaba de la siguiente manera:
 
a) Obreros de Planta: principalmente criollos, jornada laboral entre 10 y 12 horas los siete días de la semana, sin descanso dominical en época de zafra. Estos trabajadores eran encargados del “transporte y acarreo” y de la elaboración del azúcar.
El pago denominado semanal consistía en un adelanto quedando abierto, por el saldo restante, un crédito en la proveeduría de la empresa. Al mes, se le liquidaba el saldo, si es que había, a favor del obrero. Hacia 1914 este pago era en promedio de $ 3,00 por día, variando en el caso de trabajadores calificados y no calificados (Conti, Teruel de Lagos y Lagos 1991 y Lagos 1992).
 
b) Obreros de cañaveral: principalmente indígenas, los cortadores y peladores de caña eran los tobas y matacos, los “cargadores” que cargaban la caña en los carros del Decauville -pequeño tren de trocha angosta- eran los chiriguanos. La jornada laboral era “de sol a sol”, entre doce y catorce horas. El pago consistía en $ 20,00 al mes, más dos kilos de carne y un zapallo. Los pagos en “efectivo” se hacían en fichas o vales, la moneda propia del ingenio, sólo canjeable en los almacenes de la empresa que monopolizaban el comercio en la región. Este mecanismo tenía como fin reducir aún más el ya de por sí escaso pago de la fuerza de trabajo aumentado la ganancia empresaria (Iñigo Carrera 1988, 1992). 
En el año 1914 se realizó un ‘Contrato reglamentario de las condiciones del trabajo de los indígenas en los Ingenios de Jujuy’, suscripto entre las autoridades militares del Chaco y los representantes de los ingenios que establecía las condiciones para la trata, marcha, paga y racionamiento indígena. Este contrato establecía ocho categorías para la paga indígena:
 
1) Capitán Grande (Cacique Mayor) con por lo menos 10 caciques menores a su cargo.
2) Lenguaraz de Capitán grande que cobra igual que el Cacique Mayor.
3) Cacique menor, jefe de por lo menos diez soldados (indígenas).
4) Lenguaraz de cada cinco caciques menores que cobra igual que Cacique Menor.
5) Soldado (Indio Mayor).
6) China (Indígena mujer, mayor).
7) Muchachos indígenas entre 13 y 15 años.
8) Osacos (Muchachos entre 7 y 13 años) (Conti - Teruel de Lagos - Lagos 1991 y Sierra e Iglesias 1996).
 
Del sueldo se le descontaba al indígena la ración diaria de alimentos y se le realizaba un ahorro forzoso de parte del salario de los últimos tres meses de trabajo, con el fin de acumular dinero para el llamado “Arreglo grande”, retribución única y extraordinaria que se realizaba al término de la zafra.
El costo de algunos productos medido en centavos por kilogramo eran:grasa 60 centavos, azúcar 40 centavos, yerba 70 centavos, maíz 15 centavos, que corresponden a los precios de la proveeduría del Ingenio Ledesma (Lagos 1992):
 
[...] el establecimiento (ingenio) es mezquino en la retribución y exigente en las condiciones de trabajo, trabaja con un capital insuficiente y para salvar la situación financiera deja de pagar al obrero hasta que puede girar sobre sus cosechas [...]” (Bialet Massé en Iñigo Carrera 1992).
 
Mediante el mecanismo del vale o la ficha se intentaba, en última instancia, disminuir el salario real cobrado por el obrero, incrementando así la ganancia empresaria. El político jujeño Benjamín Villafañe decía respecto a la paga indígena:
 
[...] no tiene sentido ofrecerle al indio chaqueño una casa y un techo, bajo el cual, posiblemente, se sentirá asfixiado, ni tampoco un salario que le permita comprar, además de sus alimentos, bebidas alcohólicas [...].
 
Rutledge describe la tendencia que existía a destinar a los distintos grupos o tribus indígenas a un trabajo específico, siendo remunerados de manera diferenciada. Los chiriguanos provenientes del Chaco boliviano eran empleados de forma permanente para realizar el cultivo en las plantaciones y en época de zafra actuaban como cargadores de caña; los matacos -y sus parcialidades chorotes y chulupíes- y tobas eran empleados en forma estacional para cortar y pelar caña en época de zafra; los coyas eran empleados como zafreros y ocasionalmente quedaban como empleados permanentes “debido a su buena predisposición para el trabajo” y por último los criollos, provenientes de las provincias de Salta, Tucumán y Catamarca eran empleados como obreros permanentes en la fábrica de azúcar y los campos (Rutledge 1985).
En síntesis, el salario era una combinación de efectivo, alimentos y bienes de uso que eran entregados por el patrón de manera semanal, mensual, y al final de la zafra (Teruel de Lagos 1995). Este salario de por sí exiguo, servía sólo para cubrir las necesidades de subsistencia, y variaba según los grupos indígenas, siendo los chiriguanos y coyas los mejor remunerados. Los criollos y europeos estaban en la cúspide de los mejor remunerados.
La explotación de los indígenas le permitió a los ingenios salto-jujeños un aporte extra y un mecanismo de regulación para poder suplir las malas cosechas y las continuas crisis que sufrieron en su época de despegue (Conti, Teruel de Lagos y Lagos 1991).
 
Las condiciones sanitarias en los ingenios
           
Los trabajadores vinculados al ingenio padecían -como lo señalan todos los trabajos referidos al tema-, unas condiciones sanitarias pésimas. Respecto de las viviendas de los indígenas, que eran chozas construidas por ramas y paja, los inspectores del trabajo alertaban en sus informes que éstas constituían un importante foco infeccioso. Por su parte, la peonada criolla vivía en condiciones de hacinamiento en cuartos o pequeños galpones cedidos por la empresa. Tanto indígenas como criollos compartían una pésima nutrición, que sumada a la terrible explotación a la que eran sometidos eran las causales de que los índices de mortalidad infantil, alcoholismo, enfermedades venéreas y otras como el paludismo y la tuberculosis fueran elevadísimos, triplicando o cuadruplicando los índices nacionales. 
El Lic. Marcelo Lagos cita un reportaje realizado por el diario ‘El Orden’ al Dr. Héctor Quintana, director del Departamento de Higiene, que describe la situación de los zafreros de los ingenios de la provincia de Jujuy:
 
[...] En Jujuy desgraciadamente tenemos de todo: El paludismo es huésped habitual de todas las familias, con un 80% de la población que padece esta enfermedad [...] el obrero pasa la mayor parte enfermo o convaleciente [...] la tuberculosis hace destrozos en la población, especialmente en el obrero [...] La sífilis y las enfermedades venéreas, favorecidas por sus aliados el alcoholismo y la ignorancia, dan un porcentaje enorme de nacidos muertos y fallecidos en el primer año de vida [...].
 
Para tener una idea de la escasa infraestructura sanitaria, basta decir que hacia la segunda década de este siglo, sólo había en la región del ramal jujeño, cuna de la industria azucarera, un médico: el Dr. Paterson.
Estos elementos sirven para graficar algunos de los “ahorros” que tuvo el ingenio a la hora de obtener una mayor tasa de ganancia, con una relación costo-beneficio ampliamente favorable y un crecimiento significativo de las utilidades empresarias. Ahorros que le sirvieron también a la hora de competir con los ingenios tucumanos, que poseían mejoras cualitativas importantes, como su temprano despegue, y su rápida inserción, a través del ferrocarril, en los principales centros de consumo de la Argentina. 
 
Azúcar y Política
           
El Estado recurría constantemente a estos empresarios.
El mercado central, la primera pavimentación de Jujuy
y parte del financiamiento necesario para la finalización
de la Casa de Gobierno que se
termina en 1908 proviene de los Leach.
Por supuesto que prestan pero con condiciones
 y las condiciones las ponen ellos, por ejemplo,
 el impuesto al azúcar durante diez años no puede elevarse
 junto con los impuestos a los alambiques y las contribuciones territoriales.
Entonces los tipos prestan dinero pero con fuertes condiciones,
 es decir el acreedor te ata de pies y manos en tus decisiones políticas,
situaciones harto conocida en la actualidad por los manejos del FMI.
(Lagos 1997)
 
Desde su nacimiento la industria azucarera y la política tuvieron una relación más que estrecha. Los fuertes vínculos políticos que mantuvieron los empresarios del azúcar con el Gobierno Nacional, se vieron favorecidos, por dos presidentes que pertenecían al riñón de la oligarquía tucumana productora de azúcar. Así, fueron oriundos de esa provincia, Nicolás Avellaneda (1874-1880) y Julio Argentino Roca (1880-1886 y 1898-1904) quienes apoyaron con créditos, rebajas en los fletes, aranceles aduaneros, etc., a la recientemente mecanizada industria del azúcar.
El peso político de la oligarquía del interior dentro del Estado Nacional puede verse a través de los gobernantes comprendidos en el período comprendido entre 1880 y 1916, etapa de afianzamiento de la industria azucarera. De los nueve presidentes que se sucedieron sólo cuatro fueron de Buenos Aires o Capital Federal: C. Pellegrini, L. Sáenz Peña, M. Quintana y R. Sáenz Peña. Los otros cinco provenían del interior: J. A. Roca que fue presidente durante dos períodos, “era de Tucumán”, J.E. Uriburu y V. de la Plaza eran oriundos de Salta, y por último los cordobeses Juárez Celman y Figueroa Alcorta. Si les sumamos la cantidad de ministros provenientes del NOA durante ese período -alrededor de 19-, tendremos una idea cabal del peso político de la oligarquía del interior durante ese período estratégico de tiempo, en el que se obtuvieron gran parte de las condiciones para que fuera posible el surgimiento de esta industria. Muchos de estos gobernantes alternaban sus funciones políticas con sus intereses empresariales, en el caso de Tucumán, Salta y Jujuy vinculados principalmente a la industria azucarera (Natalio Botana, El Orden Conservador. Dona Guy, Libro Morado).
El Estado protegió por medio de diversas leyes aduaneras a los azúcares locales de los importados. Así vemos cómo las leyes 3348, 3699, 3745, 3884, 4288, 10359, etc., que van de los años 1896 a 1935 aproximadamente, gravan a los azúcares importados con impuestos de entre 5 y 30 centavos por kilo (Adolfo Dorfman 1986).
La política estatal estuvo acompañando a la industria azucarera no sólo con la construcción de canales, puentes, viaductos y caminos, sino también con el reacomodamiento de un aparato jurídico que tuvo como principal beneficiario a las empresas azucareras a través de las leyes de conchabo, de vagancia, etc.
El Estado puso también al Ejército a disposición de los ingenios en la captación de indígenas para el trabajo en la zafra, que junto a las mencionadas leyes de “recluta de trabajadores”, permitieron a esta industria tan necesitada de fuerza de trabajo, captar a gran cantidad de campesinos pobres para la cosecha de la caña.
En la provincia de Jujuy, desde su nacimiento, la industria azucarera tuvo un importante poder político traducido en diputados, ministros y hasta gobernadores que dependían o tenían fuertes vínculos con dicha industria, es el caso, por ejemplo, de Benjamín Villafañe, dos veces diputado provincial, diputado nacional entre 1920-1924, gobernador de la provincia entre 1924 y 1927, y senador entre 1932 y 1941.
Este político radical, anti-irigoyenista, de corte conservador, fue un fiel aliado de los ingenios a la hora de gobernar, defensor de las minorías ilustradas en las funciones gubernativas, criticaba fuertemente a la democracia a la que llamaba demagogia (Fleitas 1995, 1996).
Con una airada política proteccionista, Villafañe levantaba en cada tribuna, su defensa a la industria del azúcar “venida a los valles orientales a sembrar el desarrollo y el progreso...”.
Su defensa, por otra parte, comprometía en muchas ocasiones al erario público, al negarse a cobrar una renta por la explotación de la tierra a los terratenientes azucareros, como lo expresa parte del discurso pronunciado en la sede de la Unión Industrial en Buenos Aires en el año 1926 -tanto el impuesto al azúcar, como al alcohol, eran nacionales-:
 
[...] los poetas de las finanzas pretenden que para llenar las necesidades públicas, las provincias graven la tierra [...] hoy por hoy, en vez de gravar la tierra a los terratenientes, con impuestos, sería más justicia pagarles para que no abandonen sus yermos y eriales donde han nacido [...]
 
A la par que decía:
 
[...] un año más sin que los poderes públicos tomen medidas en defensa de la industria azucarera, en forma idéntica que Brasil, Cuba, Italia, etc. y las provincias del norte habrán muerto sin remedio, en provecho exclusivo de los especuladores extranjeros [...]
 
Por otra parte, el dinero recaudado por el Estado de los ingenios en concepto de impuestos, volvía en obras destinadas a favorecerlos. Así obras de regadío, viales y otras tenían como principal beneficiaria a dicha industria.
Una vez en el gobierno, Villafañe, designó como ministros, secretarios y funcionarios públicos, a miembros del Partido Conservador, vinculados al Ingenio Ledesma. Así lo denunciaba el senador radical T.S. de Bustamante, que ofuscado por la designación como Jefe de policía de un político conservador de la zona de las plantaciones de azúcar de la Mendieta, declaraba que “ahora los ingenios son los verdaderos gobernantes de la provincia” (Rutledge 1985).
El 6 de setiembre de 1930 un golpe de Estado derroca al gobierno democrático de Hipólito Yrigoyen e instaura en el poder a un gobierno provisional de corte conservador aliado a los intereses de la industria azucarera.
Este gobierno encabezado por el dictador José E. Uriburu, miembro prominente de la oligarquía salteña, restableció en el poder a los sectores oligárquicos ligados a la industria azucarera, siendo ocupados puestos de importancia directamente por los dueños de los ingenios.
Herminio Arrieta, propietario del Ingenio Ledesma, fue diputado nacional por Jujuy entre los años 1934 y 1938 pasando luego a ser senador entre los años 1938 y 1943. También fue conductor del Partido Conservador local, denominado Partido Popular, durante la década del '30. Por la provincia de Salta, Robustiano Patrón Costas, dueño del Ingenio San Martín del Tabacal, fue senador entre 1932 y 1943 y presidente del Senado Nacional en el mismo período, Presidente de la Nación (interino) en 1942 y presidente del Partido Demócrata Nacional (Conservador) entre los años 1931 y 1935.
La política llegaba “endulzada” a la Legislatura provincial por la influencia de las empresas del azúcar. La contratación de trabajadores para la zafra, se realizaba en varios departamentos donde estas empresas adquirían un poder importante y un control político pleno sobre los campesinos. Estos empresarios designaban como candidatos a hombres que trabajaban o dependían de los ingenios: contratistas, médicos, etc.
Los contratistas eran aquellos hombres que reclutaban, mediante diversos mecanismos, trabajadores para la zafra. Eran muchas veces los dueños de almacenes y proveedurías de la zona donde los campesinos se endeudaban, teniendo luego que ir a saldar su deuda con trabajo en los ingenios. Estos contratistas, estrechamente vinculados a los ingenios, adquirieron un relativo poder en la zona siendo muchos de ellos diputados, u ocupando puestos políticos claves en el engranaje político provincial. Un ejemplo es Mamerto Zalazar, contratista en las tierras altas jujeñas, electo diputado entre los años 1932-42.
Ian Rutledge describe así la forma de trabajo de esta nueva forma de capitación de fuerza de trabajo para los ingenios realizadas por los contratistas:
 
[...] Al comenzar la zafra, la tarea de Zalazar consistía en recoger todos los indígenas que le debían a Patrón Costas servicios laborales y cargarlos en carretas de ganado sobre las cuales eran despachados a las plantaciones. Para asegurar que la mayor cantidad posible de indígenas cumpliera con sus ‘obligaciones’ en la zafra se hacía uso de los métodos más brutales [...] una vez en los ingenios los indígenas eran obligados a cortar y cargar caña de azúcar, bajo una rígida y dura disciplina que era asegurada por los capataces [...]
 
El poder de los ingenios, en síntesis, se podía ver a nivel nacional en los esfuerzos proteccionistas de la industria azucarera, gastos en infraestructura vial, préstamos, etc., y a nivel provincial en la composición de la Cámara de Diputados con decenas de legisladores que mantenían fuertes vínculos y una marcada dependencia con el poder azucarero, es decir, un círculo de poder que garantizaba el “vale todo” a los ingenios. 
 
Conflictos obreros y mecanización
 
“En ese entonces -hacia 1970- Ledesma era tres veces más grande que ahora, si mi memoria no me falla, eran 15.000 hoy me dicen que quedan 5.000. Y un sindicato con 15.000 obreros es un sindicato muy grande. Y los obreros cobraban todavía en bonos, con vales, se les daba semanalmente una limosnita y el resto se hacía ahorro forzoso, que se daba al final de la cosecha porque era un engaño fantástico, porque ellos -los trabajadores-, llegaban con unos pesos en la mano a su lugar de origen y entonces todos decían “vamos a los ingenios que se gana plata y todavía se ahorra”, pero si vos sacabas la cuenta con cuanto los obligaban a vivir todos los meses de zafra era realmente para comer mal, lo de siempre, no alcanzaba para nada”.[1]
Hacia principios de la década del ‘70 los ingenios mantenían un tipo de relaciones de organización y producción creadas a principios de siglo, éstas se basaban en la afluencia masiva de zafreros, que eran contratados para la cosecha manual de la caña, trabajando en unidades productivas independientes. Estos obreros llegaban a Ledesma, generalmente traídos por contratistas para trabajar temporariamente, entre los meses de mayo y noviembre eran ubicados en lotes donde dependían de su contratista, que a su vez dependía de un administrador general; estos lotes eran unidades de producción independientes y tenían en su interior una dotación de técnicos, trabajadores y herramientas propias.
Miles de trabajadores golondrina venidos desde Bolivia -principalmente de Tarija, Potosí y Chuquisaca-, de la puna y quebrada jujeñas y de los Valles Calchaquíes de Salta, llegaban a los ingenios a levantar la caña de azúcar. Se calcula según datos extraoficiales, que hacia principios de 1970 concurrían alrededor de 10.000 trabajadores golondrina solamente al ingenio Ledesma, aunque los datos oficiales señalanalrededor de 6000 (Karasic 1987)
 
Los años setenta: días de agitación y lucha obrera
 
            [...] la mecanización, en la década de 1970 no fue neutral,
políticamente no es neutral la mecanización
ya que esta es la época de mayor sindicalización
 y mayor conflictividad obrera, si bien había experiencias de mecanización
 en Australia, en el Caribe, desde principios de siglo
acá no se compraban máquinas por la sencilla razón
 que acá mantener la zafra a machete seguía siendo más barato
que comprar las máquinas, eso es la racionalidad empresaria.
Pero cuando esa masa de trabajadores que tienen que levantar la zafra
le empiezan a crear conflictos apoyados por un estado de efervescencia
a nivel nacional, ahí sí hacés una inversión muy fuerte
pero te sacás el problema de una mano de obra muy conflictiva [...]
(Marcelo Lagos 1997)
 
Hacia fines de 1960 una serie de conflictos obreros, durante la presidencia de Onganía, sacuden los ingenios tucumanos. Ya a comienzos de la década del ‘70 la efervescencia popular y la conflictividad obrera crecen en los ingenios de la provincia de Jujuy.
 
[...] En aquel tiempo se empieza un trabajo sindical clandestino, por supuesto que esto no puede saberlo Ledesma porque el primero que abría la boca lo despedían. Ese trabajo sindical clandestino dura hasta el año '72 que se hace la primera huelga. Desde el año '49 no había una huelga en Ledesma, recién en 1972 se sale a la calle por primera vez.
Durante todo ese período se venía organizando la base, sección por sección, las posturas eran a través de volanteadas que se hacían adentro de fábrica, de noche, los obreros sacando plata de su bolsillo cada uno, el que iba a comprar papel lo pagaba, el que iba a comprar tinta lo pagaba y el otro imprimía, era como funcionaba todo el sistema sindical y esa dirigencia sindical, sin plata... con la plata de los compañeros. Es lo que se conoce como la Corriente Clasista que hace punta en Ledesma pero que se desarrolló también fundamentalmente en Córdoba, SMATA automotores, Villa Constitución, Gráficos con Ongaro en Buenos Aires. Todos ellos tienen contactos y reuniones y una política en común. El planteo era ‘Recuperación de los sindicatos de manos de la burocracia’ y en la lucha por esa recuperación sindical lo más notable era el pluralismo, es decir, en Ledesma no había gente de un partido, se recuperan a los viejos compañeros de lucha desde la resistencia peronista, a todo lo que viene naciendo después.
Ellos firmaban GOL (Grupo de Obreros de Ledesma) y a partir de eso fijaban las posturas frente a las asambleas sindicales pero clandestinamente, nadie sabía quiénes eran, esto es notable [...] (Dora de Weiss).
 
Los ingenios acostumbrados a la inexistencia de un sindicato comprometido y de fuertes luchas obreras comenzaron a ver con desconfianza estos hechos, que -primero en Tucumán y más tarde en Jujuy- empezarán a sacudir a la industria azucarera.
La gran masa de trabajadores reunida en época de zafra, junto a las pésimas condiciones laborales y sanitarias, comenzó a ser vista como un cóctel peligroso por los dueños del ingenio, ya que constituía el caldo de cultivo ideal para la lucha y conciencia obrera.
Es en este contexto que se produce la mecanización de la zafra en el Ingenio Ledesma, que constituye el mecanismo mediante el cual los ingenios pretenden “desembarazarse” de las reivindicaciones de los trabajadores al rebajar la masa de zafreros ocupados en más de un 50%.
El cambio tecnológico, señala Gabriela Karasic, parece haber respondido a la necesidad de aumentar la productividad, eliminando los períodos de cortes de producción ocasionados por las huelgas, como a la optimización del manejo y recluta de fuerza de trabajo, que debido a su número resultaba extremadamente complicado.
Luego de décadas de abultadas ganancias y beneficios empresarios y ante la “amenaza obrera” se decide cambiar el modelo organizativo y productivo mecanizando la zafra y estableciendo nuevas relaciones productivas. Se abandona el manejo por lotes y el modelo de relación obrero-patrón de tipo paternalista y se pasa a organizar la producción por “tareas” -riego, cultivo, herbicidas, cosecha, etc.-, que significaban un control centralizado de la producción.
La mecanización de los ingenios, señala Witeford (1977), se realiza no solamente para aumentar la producción por unidad de trabajo, sino porque se teme que las demandas obreras -suba de salarios, mejores condiciones de vida, etc.- puedan tener éxito, subiendo de esta manera el costo de la producción. Evaluando este factible aumento de los costos es que se decide mecanizar, eliminando de esta manera la dependencia del ingenio de la mano de obra estacional y eliminando la posible fuente de conflictos.
 
[...] Yo viví el cambio de Herminio Arrieta a su yerno Blaquier, ahí viene la creación de la papelera, y la papelera tiene una técnica mucho más moderna, a medida que la tecnología cambia, cambian también las relaciones de producción [...] De una relación paternalista, personalista, se pasa a una más moderna, por ejemplo, la empresa se atrasaba y no pagaban los sueldos y venía un avión negro, y decían ‘ahí viene Arrieta y él como es tan bueno, cuando sepan que estos atorrantes no nos pagan va a dar la orden de pagar así que al día siguiente van a pagar’ [...]. (Dora de Weiss)
 
La no neutralidad política-social e ideológica de la mecanización queda evidenciada por la actuación del ingenio durante la dictadura, donde una vez más la relación entre el azúcar y la política se hacen visibles, pero esta vez por medio de su cara más siniestra.          
La dictadura instaurada en marzo de 1976 tuvo en la provincia como en toda la República Argentina la complicidad de grandes empresarios, claros beneficiarios de su accionar represivo, sus aliados “civiles” generalmente ocultos, detrás del verde oliva militar.
En el caso de Jujuy es para tener en cuenta la complicidad de la compañía Minera ‘El Aguilar’, que prestó sus vehículos para el secuestro y persecución de activistas sindicales y del Ingenio Ledesma que cedió tanto sus vehículos como sus galpones para la persecución y virtual eliminación de todo la dirigencia sindical comprometida con los trabajadores, los activistas políticos y los militantes populares que se oponían al manejo de los empresarios del azúcar (Co.PD.H 1986).
 
[...] Al poco de andar y organizarse se veía que este trabajo era peligroso y Ledesma era feroz porque detrás del dinero no le importaba la vida y la muerte de la gente. Cuando el ‘Proceso’ tuvo que llevar de a cientos no le importaba poner sus vehículos con el logo, sus choferes y llevarse... era así, a cara descubierta, por ahí en las cañas usaba ‘el familiar’ con los cañeros, pero en la fábrica sin el familiar reprimía a cara descubierta [...].(Dora de Weiss)
 
La política empresaria, como otras veces, estuvo teñida de sangre, los ingenios lograron desarticular el movimiento obrero con la “ayuda invalorable” del Ejército, la Policía Provincial y la Policía Federal, permitiéndoles a estos alcanzar niveles de explotación existentes varias décadas atrás.
Si entre los años 1970-1975 la situación de los trabajadores del azúcar había mejorado sustancialmente, y el nivel del salario había aumentando de manera considerable, contracara de la organización y la lucha sindical, luego del golpe de Estado de marzo de 1976 y la desarticulación del movimiento sindical se observa una caída en picada de los salarios obreros y del poder adquisitivo de los mismos que sólo se frena hacia 1979 (Karasic 1987).
 
Conclusiones
 
La industria azucarera supo, por medio de fuertes vínculos políticos familiares, tanto a nivel nacional como local, sacar ventajas de diverso tipo: arancelarias, financieras, en infraestructura, laborales, etc., que junto a la dura explotación de los indígenas le permitieron consolidar y desarrollar una producción que por su inestabilidad -crisis de sobreproducción, malas cosechas, limitaciones del mercado, necesidad de gran cantidad de trabajadores estacionales, etc.-, de otra forma hubiera sido extremadamente difícil.
Los indígenas chaqueños, hasta el primer tercio de este siglo, y los campesinos de la Quebrada y Puna jujeñas y del sur de Bolivia después, cargaron sobre sus espaldas tanto las malas cosechas como las épocas de sobreproducción y baja en los precios del azúcar. El modelo caracterizado por la utilización de gran cantidad de trabajadores estacionales permitió a los ingenios una baja considerable de los costos, ya que la “época muerta” de trabajo inter-zafra, era absorbida por el trabajador.
Los ingenios encontraron en la dura explotación, el trabajo estacional y los bajos salarios el mecanismo ideal para regular los momentos de crisis y bonanza dentro de este modelo productivo.
En los años 70 el mecanismo por el cual el ingenio se asegura altos márgenes de rentabilidad pasa a ser la mecanización y son expulsados miles de trabajadores del circuito productivo azucarero.
El golpe de Estado de 1976 no hace más que poner en evidencia la complicidad y vínculos del Estado con estos empresarios, gestores de una siniestra política de sangre y desapariciones para la clase obrera.
“El poder y las vinculaciones políticas de los ingenios jujeños se mantuvo, con altibajos, durante décadas hasta la actualidad, trascendiendo gobiernos democráticos y dictatoriales. En la última y genocida dictadura argentina (1976-1983), el ingenio Ledesma participó activamente, prestando sus vehículos y galpones para perseguir, detener, torturar y desaparecer a dirigentes sindicales y activistas políticos por parte de las fuerzas armadas que habían tomado el poder por asalto”.[2]
Con la vuelta de la democracia en el año 1983, los empresarios azucareros, apoyaron el gobierno del ingeniero Snopek, primero, y el de Ricardo De Aparici, después. Estos políticos justicialistas les retribuyeron sus “favores” condonándoles deudas impositivas y bajándole la alícuota del impuesto inmobiliario, con un importante ahorro por parte de los ingenios.
En mayo de 1997, trabajadores desocupados de la localidad de Ledesma, provincia de Jujuy, lugar donde se asientan los ingenios, cortaron las rutas protagonizando una importante lucha en la que exigían puestos de trabajo y atención social por parte del Estado provincial y nacional. La fuerte desocupación en la zona, que alcanza un 37% aproximadamente y duplica a la media nacional del 18%, tiene su origen el proceso de mecanización comenzada por estos ingenios hacia mediados de los años 70.[3]
 
Bibliografía
           
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[1] Entrevista a Dora de Weiss, esposa de Jorge Weiss, dirigente sindical del Sindicato del Azúcar del Ingenio Ledesma, desaparecido en la última dictadura militar.
[2] Denunciado por Olga Aredes, Esposa del Dr. Aredes, intendente de Ledesma, desaparecido en 1976.
[3] Ver artículos Diario Madres de Plaza de Mayo, Junio y diciembre de 1997.