Debate: Mundializacion-globalización del capital.

Esta sección viene a dar continuidad a los debates que sobre el tema se realizaron en los encuentros promovidos por Herramienta en el mes de junio en Buenos Aires y en el mes de setiembre en la ciudad de Rosario. Allí se propuso a los panelistas prolongar el intercambio de opiniones por escrito: publicamos ahora las contribuciones recibidas y con la próxima entrega de la revista daremos a conocer las restantes. Como miembro de la redacción de la revista, quiero sobre todo destacar las “coordenadas” en que, a nuestro juicio, se inscribe la cuestión. Para ello, comenzaré por recordar algo dicho en el primer número de la revista 

“...en los umbrales del siglo XXI, ni los más optimistas ideólogos del capital pueden ocultar el desarrollo rampante de viejas y nuevas calamidades. En este presente pleno de amenazas, afirmamos que es más actual que nunca el antiguo “pronóstico alternativo” de socialismo o barbarie. Y la experiencia secular subraya también que la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos, o no será. Vale decir: si el movimiento obrero y socialista no forja el camino de su emancipación, la barbarie del capital reinará sobre la creciente destrucción de la humanidad y la naturaleza.

Resulta urgente comprender cabalmente el estado actual del capitalismo, sus contradicciones y tendencias. Simultáneamente, el movimiento obrero y popular está impelido a reflexionar sobre el conjunto de experiencias acumuladas. Desandar el camino sin salida impuesto por la socialdemocracia y el estalinismo, pero también llegar hasta las raíces teóricas y organizativas de los fracasos, frustraciones e impotencia de alternativas propuestas por tantísimas organizaciones revolucionarias. Esta labor, necesaria para despejar la confusión que priva de perspectivas la acción de las masas trabajadoras y sus vanguardias, sólo puede llevarse adelante mediante un esfuerzo colectivo de reflexión crítico-práctico-constructivo” .[1]
 
En este caso, se trata de orientar el esfuerzo hacia un tema que está tan tratado como maltratado... Por eso, es útil comenzar por rechazar una equívoca polémica. Por un lado, se suele decir que el conjunto de transformaciones económicas a las que venimos asistiendo constituyen un proceso doloroso pero inevitable, algo inscripto, por así decirlo, en el orden de las cosas. Se trata del viejo pero siempre utilizado esquema que naturaliza los procesos sociales, ocultando el juego de muy concretos intereses y beneficios de clase y negando la capacidad de cambio a partir de las acciones que, en determinadas y antagónicas condiciones históricas, protagonizan los hombres. A esta visión esencialmente justificatoria, se le suele oponer la idea de que los discursos sobre la globalización y las transformaciones económicas son apenas una invención ideológica impulsada por los gobiernos “neoliberales”. Con este simplismo, por un lado se deja fuera de la crítica las muy concretas y materiales formas que necesariamente -en la lógica de su dominación- asume en nuestra época el sistema de el capital, más allá de los ropajes políticos que gusten ponerse los gobiernos de turno. E, inadvertidamente, puede llevarse agua al molino de los que pregonan imposibles restauraciones del “Estado benefactor” o “humanización del capital”...
 
Hemos escogido para abrir la discusión el enfoque propuesto por Francois Chesnais en anteriores artículos.[2] Cabe recordar que se trata de un fragmento de una vasta obra, expresada en colaboraciones a diversas publicaciones, ponencias en congresos y encuentros de economistas y especialmente en dos libros que, desgraciadamente, no están traducidos al castellano.[3] Es una investigación hecha con constancia y rigor. Al mismo tiempo, tiene la particularidad de que siendo economista de profesión, el autor se define más bien como un militante comprometido con las luchas del “movimiento social”, un militante convencido de la causa del socialismo internacional. No trataré de reseñar su opinión, sino de subrayar cuestiones que, incluso más allá del peso que tengan en su exposición, creo de importancia desarrollar y clarificar.
 
Chesnais, evitando una discusión alrededor de términos, dice que se puede ubicar a la mundialización del capitalismo como un período dentro de la fase mucho más larga que comenzara a ser analizada como Imperialismo a comienzos de siglo, a condición de que ese encuadre no anule las características de ese momento, y las diferencias con el actual. Nos recuerda que cuando Lenin hablaba del imperialismo como “etapa superior del capitalismo”, también empleaba términos como “agonía del capitalismo” o incluso “capitalismo de transición”, porque tenía presente la combinación de dos procesos económico-sociales. Tenía presente que el desarrollo de las fuerzas productivas y la socialización de las fuerzas sociales creaban condiciones objetivas que facilitaban y aún exigían como tarea inmediata una transición socialista, pero tenía muy presente también que, a pesar de las dificultades creadas por la guerra, la clase obrera había crecido en número, en fuerza social y en la capacidad de crear dentro mismo de la sociedad capitalista “fortalezas del movimiento obrero”. Los partidos, sindicatos, organizaciones mutuales, deportivas y culturales de todo tipo que existían, podían servir como puntos de apoyo para la lucha, y suministraban tanto un punto de referencia como posibilidades materiales para el desarrollo de la democracia obrera, imprescindible para que los trabajadores desplegaran el conjunto de sus potencialidades en el curso de una lucha revolucionaria.
Es evidente que en la década del noventa el panorama es muy diferente. El movimiento obrero busca abrirse nuevos caminos para la lucha, pero en lugar de apoyarse en las “fortalezas obreras”, está obligado a reorientarse entre las ruinas dejadas por el desmoronamiento del estalinismo y el total aburguesamiento de la socialdemocracia. Y en lo que hace al capitalismo, la mundialización lleva a extremos impensados los rasgos de parasitismo y destrucción, al tiempo que incorpora mecanismos y articulaciones que buscan tanto incrementar la explotación como dificultar la resistencia de sus víctimas. Chesnais deja planteada la cuestión: creo que merece ser retomada y desarrollada en profundidad. Y no sólo en cuanto hace a los mecanismos económicos, sino a los términos que asumen los enfrentamientos sociales y políticos.
 
Otro aspecto a retomar y profundizar son los cambios en las relaciones políticas y de fuerza entre las clases, y dentro mismo de las clases. La desregulación impuesta desde la década de los ochenta busca la más plena libertad de acción para el gran capital a escala global. Junto con ello se ha producido un predominio creciente del capital financiero y en particular, según Chesnais, de un sector de capital prestamista profundamente parasitario. Un incremento contínuo de las tasas de explotación, de la tasa de plusvalía y de la masa de plusvalía extraída con mecanismos que incorporan la técnica no sólo para aumentar la extracción de plusvalía relativa, sino para hacer más difícil la resistencia a la explotación, aparece asociado al desarrollo de una desocupación masiva y duradera a nivel mundial y en gran parte de los países capitalistas desarrollados, en particular los europeos. El autor insiste en que no se trata de fenómenos pasajeros, ni de que las tasas de ganancia no sean todavía los suficientemente atractivas como para desatar un nuevo ciclo de acumulación y expansión sostenida. Se trataría de tendencias profundas y duraderas que caracterizan esta fase, signada por el peso creciente de los sectores más parasitarios del gran capital. De este análisis desprende una conclusión que merece discutirse detenidamente: si en las grandes confrontaciones de clase que se pueden presentar (particularmente en Francia y otros países de Europa capitalista) en el próximo período se impusieran estas tendencias, no se abriría una fase de crecimiento, sino un aumento cualitativo de los elementos de descomposición y barbarie.
 
Todo esto conduce a la cuestión del programa y Chesnais esboza lineamientos de lo que debería ser un programa de acción. Su formulación, así como la forma de articular esa u otras propuestas programáticas con la acción práctica de las masas, son extremadamente sumarias. Sin embargo, más allá de todo lo discutible, vale la pena destacar algunos elementos que considero de carácter estratégico. Se nos dice que, en la actual situación, se tornan impensables batallas -incluso defensivas- capaces de modificar el curso de los acontecimientos, sino es poniendo en juego las fuerzas sociales de los sectores explotados a nivel de toda Europa, y no país por país. Obviamente, esto vale para otras regiones del mundo y en particular para Sudamérica. Tampoco cabe pasar por alto la indicación de que es imprescindible que el programa de acción ayude a fundir en la acción misma los intereses de los trabajadores activos con los de las masas desocupadas y sobre todos los jóvenes parados, sino lo cual incluso algunas victorias parciales no podrían impedir la descomposición de las fuerzas de la clase obrera. Por último, pero no en importancia, cabe subrayar más aún que ningún programa de acción puede disociarse del esfuerzo por recuperar una perspectiva por la cual valga la pena pelear: el socialismo internacionalista. Y en este sentido, no perdamos de vista un hecho muy pequeño, pero significativo y alentador: esta discusión ya es en cierto sentido una acción práctica e internacionalista. Y pondremos el empeño necesario para darle fuerza y continuidad.

  

[1] "A modo de presentación", Herramienta Nº1, agosto de 1996.

 
[2] "Notas para una caracterización del capitalismo a fines del siglo XX" y "La caracterización del capitalismo a fines del siglo XX. Debate Serfati-Chesnais", en Herramienta números 1 y 3.
[3] F. Chesnais, La mondialisation du capital, Syros, 1994, Paris y F. Chesnais (Coordination), La mondialisation financière. Genèse, coût et enjeux, Syros, 1996, Paris.